La posmodernidad de la izquierda española ante América Latina
América Latina
Domingo, 06 de Enero de 2019

David Rodríguez – La Pupila Insomne.- El año 2018 se despide con un debate aún abierto en la izquierda española que marcará su futuro en las próximas décadas.

 

 

Hace referencia al fenémeno que Daniel Bernabé definió como trampa de la diversidad para dar la voz de alarma ante la hegemonía de las tesis posmodernas en la izquierda, es decir, aquellos planteamientos y actuaciones políticas fragmentadas sin la conciencia de clase obrera como elemento unificador, y que bajo el estricto control neoliberal de los tiempos, formas y contenidos, ha tenido consecuencias negativas no ya para la victoria de la izquierda sino para la supervivencia de la misma y las condiciones de vida de la clase trabajadora.

La izquierda se podría definir como un constructo cultural representado a través de unas organizaciones socio-políticas que colectivamente luchan contra la injusticia y la explotación del sistema capitalista (la derecha) al tiempo que construyen una sociedad nueva mediante la lucha de clases. Al menos ese era un lugar común y aceptado que tuvo su gran protagonismo en el siglo XX. Hoy en día, muchas de estas organizaciones de izquierda han degenerado en instrumentos inútiles para la revolución, en gran parte como consecuencia de su deriva hacia la política electoral mediatizada como forma de lucha casi exclusivamente, con la subsiguiente adaptación camaleónica a los cánones politicamente aceptables dentro del sistema, en formas y en contenidos. Otro gran factor de la victoria de la derecha es que ha conseguido que la izquierda juegue con las reglas del rival, es decir, que asuma sus formas individualistas de lucha, conviertiéndose los objetivos colectivos en aspiraciones personales. Evidentemente, el sistema le aplica la guerra, primero mediática, luego judicial, política, económica y diplomática, y si hace falta la militar directa o indirecta, o todas combinadas a un tiempo, a quien se opone a ella o no responde a sus intereses. En definitiva, se trata de un contexto adverso en el que el neoliberalismo cuenta con la ventaja del gran logro cultural: haber conseguido que la mayoría social, incluida gran parte de la autodenominada izquierda, haya interiorizado su visión occidental del sistema económico, político y cultural, el capitalismo, como único posible.

En el estado español el tablero electoral se ha derechizado hacia el codiciado centro como consecuencia de la aceptación explícita, en la mayoría de los casos, o de manera insconsciente en menor medida, de las tesis posmodernas. En el sector de la la izquierda se encuentran opciones políticas diversas: algunas que voluntariamente asumen las posiciones posmodernas o de aquella tercera vía socialdemócrata, que dicen reformar el capitalismo desde el propio sistema (aunque ya sabemos en lo que quedaron, en qué guerras nos metieron y a quien beneficiaron); otras fuerzas que han evolucionado de posiciones izquierdistas a posmodernas, con una pugna entre sus filas que aun no se han resuelto del todo; y hay otras que se mantienen en posiciones de principios ideológicos de izquierda, aunque les pase factura electoral o de apoyo social en un primer momento. Este proceso posmoderno ha traído consigo una restructuración de la función de las organizaciones de izquierda que trae acompañado el abandono de los posicionamientos políticos, condicionadas por las citas electorales y el poder mediático, ya sea en la defensa de la nacionalización de los sectores estratégicos, energía o banca, en la lucha contra la OTAN y las intervenciones militares, o en el apoyo a los procesos revolucionarios y progresistas en América Latina, por ejemplo.

Aun ante este escenario neoliberal adverso, hay quien sigue reivindicando la necesidad de articular y fortalecer lo que se ha llamado, en una dicotomía perversa, la izquierda tradicional, a saber, aquellas políticas organizadas en torno a un proyecto de sociedad anticapitalista, referenciados en una historia de lucha y unos valores y principios de solidaridad internacionalista con unos objetivos bien definidos contra la desigualdad, la guerra y el imperialismo, y en defensa de la justicia social y la democracia participativa. La izquierda que, por tanto, reivindica la conciencia de clase y la unión organizada de los trabajadores y trabajadoras para superar el capitalismo.

Uno de las aspectos, aunque no el único, que define claramente la división entre la izquierda y el posmodernismo es el análisis geopolítico mundial que se hace y los alineamientos que se adoptan en politica internacional. Desgraciadamente, hemos contemplado en algunas organizaciones cambios de posición en función del aumento de la presión mediática o política. También hemos visto cómo líderes de formaciones políticas pasaban de alardear de su colaboración con procesos como la revolución bolivariana en Venezuela, Bolivia, Nicaragua o Ecuador, a través de intercambios académicos y de asesoría jurídica-política, a renegar, entonar el mea culpa y pedir perdón ante la clase política y mediática. Incluso han pasado de denunciar el expolio imperialista de la Unión Europea y de EEUU en Africa, Asia y América Latina, a incorporar en sus equipos a declaradosotanistas, a apartar a políticos incómodos, a justificar las intervenciones militares, o a utilizar la equidistancia en los conflictos desiguales como Siria, Yemen, o Palestina.

En este mismo sentido, mientras la línea roja antiimperialista y anticapitalista separa las organizaciones de izquierda en el estado español, en América Latina también se está librando una lucha descarnada entre dos modelos, uno recolonizador con la OEA y el grupo de Lima como punta de lanza, y otro emancipador, con Cuba, Venezuela, Bolivia y Nicaragua a la cabeza con otros muchos pueblos en lucha. En esta confrontación, la izquierda en América Latina también ha sufrido golpes fuertes tras una ofensiva neoliberal que ha derrotado o frenado procesos políticos antiimperialistas, y que ha asesinado, encarcelado y apartado a dirigentes de izquierda. Este avance (o retroceso para los pueblos) de la derecha más neoliberal sigue con su agresión política, diplomática, económica, cultural y mediática contra los gobiernos y movimientos progresistas y revolucionarios de América Latina. Aunque no se trata de un fin de ciclo de la izquierda, como propugnan los gurús neoliberales, al modo de un fin de la historia latinoamericana, sí que se trata de una batalla abierta entre modelos con base en la lucha de clases nacional y regional. En este sentido, la izquierda está buscando reorganizarse en la unidad de acción, como debatieron y manifestaron en el Foro de Sao Paulo en La Habana en julio pasado o en la reciente Cumbre del ALBA. La OEA, (o también llamado ministerio de las Colonias de EEUU), y el ALBA representan los polos opuestos de este choque de concepciones políticas y económicas. La primera, devuelve el poder del expolio a las empresas de EEUU y a las oligarquías locales a costa de la soberanía y los derechos de los pueblos. La segunda, pone al servicio de los pueblos los recursos propios, comparte y colabora entre los distintos pueblos con mecanismos integradores y compensadores de desigualdades, dándole a América Latina un protagonismo y un poder propio, desde la diversidad en la unidad de acción. En medio hay un gran abanico de realidades que oscilan entre la integración latinoamericana y el servilismo al Imperio. Todavía está por ver hacia donde se inclina la balanza de la correlación de fuerzas en el continente, pero 2019 será determinante con el conjunto de retos en Mexico, Colombia y Brasil, y las diferentes citas electorales en Bolivia, Argentina, El Salvador, Uruguay, Panama y Guatemala.

En este contexto, hay que preguntarse qué posición mantiene la izquierda española respecto a América Latina, y cuál debería ser el papel de las organizaciones de izquierda en el Estado Español. Que la derecha y la extrema derecha española y nacionalista (PP, Ciudadanos, Vox, PNV, PeDeCat,…) ataquen directamente a Cuba, Venezuela, Bolivia, Nicaragua, o al expresidente de Ecuador Rafael Correa, y se alineen con Bolsonaro en Brasil, con Macri en Argentina, con Duque en Colombia o con Trump en EEUU, se puede entender en su lógica derechista y por los intereses que defienden. Pero que la denominada izquierda asuma algunas de estas posiciones es muy peligroso.

La izquierda en el estado español no puede obviar el contexto imperalista y qué fuerzas pugnan entre sí a la hora de posicionarse, de buscar aliados y de apoyar de manera respetuosa a los procesos revolucionarios y progresistas. Si la izquierda acepta el juego del pensamiento único sobre América Latina no solo contribuye al vaciamiento ideológico de sus propias organizaciones, si no que también favorece la injerencia y las agresiones imperialistas. La izquierda debe perder el miedo a decir que es izquierda, y a decir quienes son sus aliados. Debe exigir al gobierno el respeto y la colaboración de igual a igual con los gobiernos de otros países. No se trata tampoco de copiar modelos, ni de negar la realidad contradictoria de los procesos y los gobiernos amigos. Pero sí es necesario tomar partido. Por ejemplo, en América Latina, caer del lado de la OEA es estar al servicio de los EEUU y los grandes capitales de la UE, de bloqueos económicos, de guerras, de expolio de recursos, de pérdida de soberanía y de democracia. Por contra, caer del lado del respeto a los pueblos es estar al servicio de la Humanidad y la Justicia, echando la suerte con los pobres de la Tierra, por los humildes, por la clase trabajadora.

La izquierda española no puede esconderse en la posmodernidad para justificar en ningún caso la guerra, el expolio y la injerencia. Bajo el pretexto de la neutralidad o la equidistancia se acaba siendo cómplice de la barbarie y la explotación. Y tampoco debe olvidar que las consecuencias de las politicas imperiales para los pueblos en latinoamerica no se reducen a perder unos cuantos escaños o asesores liberados y bien remunerados, si no que suponen la muerte de líderes campesinos, políticos y sindicales asesinados, la pérdida de soberanía y de derechos tan básicos como la vivienda, el trabajo, la salud, la educación, la imposición de políticos corruptos y mafiosos, la guerra económica y militar, el terrorismo, la violación de los Derechos Humanos, entre otras.

Por su parte, en el mundo de la Cultura y de la batalla de ideas también nos encontramos con un páramo posmoderno, lejos de aquel Congreso de Intelectuales en Defensa de la Cultura de 1937, encuentro antifascista que defendió a la República Española con las palabras y con las armas. O lejos incluso de aquel reciente No a la Guerra contra la intervención militar en Irak, que consiguió movilizar a millones de personas ante la masacre del pueblo a cambio de petróleo y otros recursos, con un papel movilizador de la Cultura (aunque no consiguió parar la guerra). En la actualidad, el miedo y la censura, la compra de voluntades y carreras profesionales, o simplemente, la aceptación de la lógica del mercado y del indivudalismo, hacen difícil encontrar una cultura popular comprometida con las causas nobles. Con esta lógica posmoderna es más fácil encontrarse con actitudes serviles y cobardes como la de Pastora Soler, quien acabó cediendo al chantaje de la ultraderecha fascista anticubana de Miami que le atacó por vincularse al trabajo de Mariela Castro por la inclusión de la comunidad LGTBI en Cuba, que posiciones combativas como la de Willy Toledo, quien sufre la censura laboral y la amenaza judicial, política y mediática por manifestar y actuar en consecuencia de sus posiciones políticas, marcadamente anticapitalistas y antiimperialistas. Organizar una nueva cultura es urgente, que atañe también a la forma de entender la política. La hegemonia cultural es la antesala de otra forma de sociedad, así como su garante de reproducción social, y de momento el neoliberalismo está ganando la partida.

Evidentemente, la trampa de la diversidad ha sido tejida intencionadamente para dividir y enfrentar a los de abajo con los de abajo, al tiempo que para desarticular y desideologizar a los pueblos y dejarlos sin alternativa al sistema. Por eso mismo, hay que exigirles a las organizaciones de izquierda, desde dentro y desde fuera, que no caigan o que despierten de ese mantra desmovilizador, que no se dejen arrastrar al tacticismo electoral ni que renuncien a los principios, valores y grandes objetivos. Sin utopías, el mundo de lo inmediato nos limita el pensamiento y la acción, y es ese terrero seremos derrotados más pronto que tarde. Si el contenido y la praxis política los marcan los grandes medios de comunicación y los grandes partidos, se estará vaciando de contenido la razón de ser, hasta que llegado un momento se deje de ser aquello que se dice ser. Se puede llegar al escenario que la derrota sea tal que ni la teoría de los espacio vacios nos espolee a la acción, ya que nadie querrá ocupar el espacio de la izquierda revolucionaria.

Aunque parece que el posmodernismo está hegemonizando la izquierda aun hay batalla que dar, y especialmente en los planteamientos sobre política internacional. Falta saber si existe la voluntad en la izquierda política para frenar esta praxis posmoderna. Solo así se estaría a tiempo para reorganizar las fuerzas, más allá de los ciclos electorales. Tarea difícil, pero no imposible. Pongámonos manos a la obra. Desde la solidaridad internacionalista seguimos en ello, confrontando con el imperialismo, sabiendo lo que hay en juego. Quien sabe si retomar el antiimperialismo y el anticapitalismo por parte de la izquierda también ayudará a salir de la telaraña posmoderna. De momento empezamos el año celebrando el 60 aniversario de la Revolución Cubana, pese a quien le pese, cueste lo que cueste, para afrontar un 2019 que viene con retos importantes a los dos lados del Atlántico.

David Rodríguez, es responsable de Solidaridad Internacional del PCPV-PCE y miembro de Honor de la Fundación Nicolás Guillén.

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