La conjura de la mafia y el amor de Juan Miguel
Emigración
Domingo, 17 de Junio de 2007
Darel Avalus - Rebelión.- Hace menos de una década el mundo informativo se estremecía con la noticia de un niño cubano de cinco años que fue rescatado por dos pescadores estadounidenses frente a las costas de Miami, mientras era supuestamente defendido por delfines del acoso de tiburones, tras sobrevivir el naufragio de un viaje de emigración ilegal desde Cuba hacia Estados Unidos, en que lo implicó su propia madre.
 
Pero la tragedia de Elián, el niño sobreviviente, recién comenzó con el rescate, pues su caso fue inmediatamente aprovechado sin escrúpulos por oscuros poderes políticos miamenses con fines propagandísticos espurios hasta el punto de impedir el regreso del niño a su patria, reclamado legítimamente por Juan Miguel González, su padre. Así, la conmoción mundial creció ante la viril lucha del indoblegable padre, con el respaldo de todo un pueblo, por recuperar a su hijo: ante la opinión pública estadounidense apareció sin afeites, acaso por primera vez en casi medio siglo, el rostro verdadero de la mafia política (anti)cubana-estadounidense (llamémosle como corresponde; ella no es ni cubana, ni americana)… Valgan estas líneas, recordatorias de aquello hechos, en calidad de homenaje a la solidaridad humana, a la virtud de la sencillez y al amor paterno.

Quien cuenta con la generosidad de un medio masivo para difundir criterios y opiniones, ha de diluirse tras lo expresado, ha de confundirse en las voces de la razón, en los giros de la verdad, en las definiciones irrebatibles de las ciencias o en las argucias discursivas del intelecto… “No mentirás, ni diseminarás infundios, ni edulcorarás la realidad, ni adornarás los eventos con los frutos de tus deseos, ni expondrás tus flaquezas (o firmezas), ni invocarás sentimientos primarios de tus lectores para manipular sus acciones, ni enaltecerás tu imagen al narrar hechos, ni te adjudicarás juicios irreprochables, ni dictarás pareceres indisputables, ni señalarás conductas obligatorias, y —sobre todo— no testimoniarás acaecimientos de los que no has sido partícipe directo”, parece decir el código tácito de ética por el que se rigen los muy escasos buenos autores, porque, vamos a ver, ¿a quién puede importar el impacto personal que una fecha o un hecho tienen sobre un (afortunado) escribidor de artículos editados? ¿Quién, si no los malos escribanos, apela a la sensiblería malsana, a los textos baratos afectados, a la exposición descarnada y vanidosa de sus amores, alegrías y pesares en busca del favor del lector, de su lástima, de su comprensión, de su aplauso o su sostén?... Más aún, ¿a quién le puede interesar un escrito sobre la fecha aceptada en Cuba del “día de los padres” (tercer domingo de cada junio)? ¿Es que hay algo sensato, impersonal, reflexivo que se pueda escribir objetivamente sobre el día oficialmente destinado a resaltar el amor paterno? ¿No es esta una data para que cada cual, amparado en su individualidad incompartible, desapasionadamente discrimine infortunios de venturas y se regocije por los gratos recuerdos que guarde de su padre y le excuse altruistamente, con filial comprensión y humano gozo, los desatinos cometidos por él?... Es cierto que la historia de Juan Miguel González, sus tribulaciones por recuperar a su hijo, es muy seductora, de hecho su nombre ocupó los titulares de numerosos periódicos del mundo durante una buena temporada, pero eso ocurrió hace tiempo… Además, el autor de estas líneas —argumento de mucho peso— no conoce personalmente a Juan Miguel González… Caramba, lo conoce como todos los cubanos, que muy esporádicamente (ahora, casi nunca) lo hemos visto en televisión y lo hemos escuchado, pero eso no significa que sepamos todos los detalles de los sucesos que dieron “casual notoriedad” a este hombre humilde y real… La cordura siempre espolea a la mente para que llene los vacíos anecdóticos con filigranas intuitivas de tangible coherencia… Entonces, aunque todo podría haber transcurrido de otro modo, uno se imagina —con la plausibilidad que otorga a ambos la comunión de realidades— que alguien se le acercó un mal día:
 
“¡Juan Miguel! ¿Ya te enteraste? Anoche hubo una salida ilegal y parece que a Eliancito se lo llevó la madre con ella…” “¿¡Qué!?” “¿Tú no sabías nada?” “¡No, claro que no!... ¿Cómo que ‘se llevó a Elián’? Pero, ¿ella está loca?” “Seguro que su marido la embulló… Ese tipo era un cabeza hueca… ” “¿Se sabe si ya llegaron?” “No, no sé… Si en algo puedo ayudarte, mi hermano…” “Gracias. Voy a ver si la familia de ella tiene noticias.”

Ha de ser terrible escuchar algo así. Debe de haber sido un golpe interior demoledor para Juan Miguel aquella mala nueva… A aquellos que tenemos la dicha incomparable de ser madres o padres (o portar sin enojos ni convencionalismos ambas cualidades, o aspirar desprejuiciadamente a hacerlo), nos provoca un dolor inenarrable imaginar ese momento. Porque nadie se somete voluntariamente a meditaciones que producen tanto desasosiego. Incluso los practicantes de yoga expertos evitan meditar en torno a ideas lacerantes como la muerte de un familiar cercano y querido, todavía vivo… No se trata de que ingenuamente piensen los saddhakkas que esas reproducciones mentales podrían invocar males reales; simplemente resulta una experiencia subjetiva tan desagradable que todos las evitamos por instinto. Nadie conscientemente, salvo quizás los alienados mentales o los seres de espíritu muy pobre, pone siquiera en “peligro intangible” a segundas personas… Solo cuando uno se prepara para encarar adversidades extremas, puede llegar a situarse en medio de eventos sin salida… Cuentan que los revolucionarios se adiestran psíquicamente imaginando torturas atroces, para enfrentar el momento de la muerte con dignidad (siendo la muerte inevitable, es más virtuoso no postergarla con infamias)… Es ese un verdadero “entrenamiento espiritual”: como ocurre a los deportistas, es difícil salvar obstáculos sin haberse instruido previamente… Y los torturadores profesionales dominan muy bien estos conocimientos. Por eso, amenazan festivamente la vida del amado ante el amante, y someten a escarnio al ser querido para conmover al ser queriente… Sí, decididamente nadie cuerdo se figura a un hijo sufriendo un daño mayor, encarando una adversidad terrible… Pero esta no es una afirmación gratuita o vana: cualquiera que dude de ella está en el derecho de hacer el experimento de cerrar los ojos y sentarse a elucubrar escenas pavorosas y aterradoras en las que un ser muy querido (un hijo pequeño, de acuerdo al caso) se encuentra de noche, solo, en medio del mar, con tiburones en derredor… (Independientemente de cuán terrible le parezca al presunto lector este ensayo mental, resta adicionarle, en el caso de Juan Miguel, la realidad de su ocurrencia: esto es algo que él vivió porque su hijo sufrió esas atroces circunstancias.)… Uno que se asoma nomás a una habitación separada unos pasos de donde estemos y encuentra a sus vástagos retozando, o estudiando, o durmiendo, o qué-se-yo, haciendo cualquier cosa (o fingiendo que la hacen); uno que se escuda tras la sonrisa esbozada de sus hijos —digo— para dar sentido y cordura a los propios desconsuelos, apenas soporta sin quebrarse el instante en que Juan Miguel se vio obligado a reflexionar en la pesadilla que estaba viviendo su hijo, y los ojos de su alma lo contemplaron acurrucado contra el regazo de su madre, en medio de una embarcación precaria, rodeada de personas insensatas —a él extrañas y hostiles—, que se adentraba en un mar lleno de peligros y presagios… Nunca —repito— he hablado con él, y no conozco un texto en que Juan Miguel haya narrado estos pormenores, como si se sintiera sin derecho a transferir su dolor a los demás, como si un prurito genuino le impidiera descargar en otros una congoja innecesaria, como si su propia dignidad le bastara para apurar su cáliz sin condolencias interesadas o ingenuas… Y esa falta de referencias firmes otorga la libertad de estructurar una cadena de incidentes en su gestación fáctica, no como la vemos ahora cuando toda ella es parte del pasado, sino en su decursar causal, para asomarnos contritos, sin morbo, al momento espantoso en que alguien le comunicó:
 
“Parece que hubo un naufragio…” “¡¿Un naufragio?!” “Sí… No te desesperes… Están diciendo que se han encontrado restos como de un bote hundido, pero no es seguro que sea en el que ellos iban…” “Pero, ¡coño! ¿Cómo quieres que no me desespere si no sé dónde está mi hijo, ahora mismo?”

Es grotesca la actitud de quienes ostentan ante terceros su mundo interior como si fuera objeto de feria… Andan pavoneándose con sus amores, o con su fe, o con sus preferencias y hastíos de cualquier tipo como si los demás tuviéramos que tomar lecciones de sus antojos y virtudes… No les basta con sostener una creencia íntima: allá van a grabársela en la piel, o a colgarse una cruz que resalte, que anuncie a todos su probidad… No les basta con amar con toda intensidad y fuerza, pero de manera serena y personal: necesitan explayar sus apegos; necesitan estregarlos en la cara de quienes les rodean para hacer patente su propia valía; necesitan rituales absurdos y ridículas vestimentas cardenalicias y estultos adornos papales para gritar a los dioses, como a sordos descorteses: los dioses —de serlo— siempre escuchan; de inexistir, qué caso tiene cómo les hablemos… Ahí está el sha Jehán, quien “argumentadamente” erigió el Taj Mahal en testimonio de su “amor” por Arjumand Banu o la Preferida de Palacio, Muntaz-i-Mahal se dice en parsi medio este apelativo cortesano, cuya corrupción fonética dio nombre al edificio… (¿El sha Jehán erigió el Taj Mahal?, ¿él solito?)… Cualquiera comprende que el palacete es puro narcisismo, orgía de poderes, exaltación de potestades, porque si el amor se valida de por sí, ¿cuál es el sentido de tamaño giga-túmulo marmóreo? ¿Puede la humildad ser atributo acompañante de megalómanos deseos de público reconocimiento y aplauso servil? ¿Es más valioso el estupor que conmueve a los humanos cuando nace de una obra concebida para la algarada de los sentidos, que el suspiro casi impronunciado que despierta en nuestro celo un gesto apocado, apenas ofrecido? ¿Se potencia de algún modo el sentimiento que gozosos compartimos cuando lo exteriorizamos impudentes, en lugar de regalarlo bajo la mirada exclusiva del amado? ¿Puede ser estimable, en su mismo vigor, la apología, y deseables en conducta los apologistas?... (Estas son preguntas muy sencillas que exigen de cada quien respuestas bien directas)… Es insoslayable el hecho de que tamaña suntuosidad y magnificencia —a despecho de sus fulgores— se alza, más que sobre un plinto de mármol, sobre la sangre y la pobreza de muchas gentes, sobre los dogmas e inquietudes que apretaban sus almas, sobre los temores que las constreñían, la esterilidad de sus carencias y las limitaciones de su época: su necesidad proviene de la sublimación de sus propósitos y la sobrepujanza de sus fines, porque como tumba es demasiado grande y como albergue del amor — con sólo el corazón, basta… No hay comedimiento. Tanto menos ahora cuando todo se vende: los escritores se arrellanan compungidos (¡mas atentos!) al pie del lecho de sus hijos moribundos a narrar detalladamente cuánto sufren unos y otros, y después cobran sin recato derechos de autor por los relatos… Tal vez debería de existir una penalización ciudadana por exhibicionismo intimista desvergonzado con fines mercantiles. Aunque, bien miradas las cosas, no es su culpa: las sociedades los han educado con esmero hasta convertirlos en seres totalmente devaluados y desvalidos. Así son los obedientes.

“Mi mamá me dijo que me aguantara duro a esta cámara de goma y que moviera los pies y las manos, sin soltarme, para que se me quitara el frío… ‘Mira, Eliancito, es como un salvavidas… Agárralo duro y no te sueltes por nada, mi niño lindo.’ —me dijo… ¡Pobrecita mi mamá, cómo lloraba!... Mi mamá me dijo que no tuviera miedo de esos animales… Ellos son buenos, como los de la televisión… Tengo frío y sueño, pero mi mamá me dijo que no me durmiera, porque podía hundirme… Mi mamá se fue, pero seguro mi papá viene a buscarme…”

¿Y el arte? ¿Qué queda del arte sin desnudez del alma? ¿Tendríamos hoy las obras tardías de Michelangelo sin su pasión vetusta por Tommaso dei Cavalieri o su amor rancio por Vittoria Colonna?... No, sin dudas las raíces de esos frutos se hunden más en las veleidades subjetivas del genio interior del artista —tutsi, renacentista o maya— que en sus manos luminosas y agrestes, pero ellos únicamente reflejan los motivos… Son imperecederas por su alusión recatada, porque obligan a adivinar el fragor de la lengua ardorosa tras el corte delicado de la piedra y el semen expandido sobre la piel o el suelo, en el reclamo de una pincelada imprescindible… El arte no parece ser solo el reflejo de la necesidad individual de recrear el mundo que inevitablemente anima a cada ser humano; es en buena medida la necesidad social de subrayar arquetipos. Por eso el arte verdadero pena entre el decoro de la circunspección y la utilidad social de la trascendencia; su verdadero intríngulis es lograr proselitismo en torno a la virtud desechando propaganda, jactancia de autor y didactismo. Todo lo otro es mercado: venta de sentimientos fingidos, feria de pasiones pueriles, subasta de trasfondos, lavatorio público de posaderas sin el beneficio de la comunidad de la especie ni de la humana comprensión… Sin adornar la luz de lentejuelas, permitir su difusión —en cambio— no lastima. Hacerlo ilumina.

“Bueno, Juan Miguel, parece un milagro, pero ya se sabe con seguridad que Eliancito está vivo… Ya puedes estar más tranquilo.” “Sí, por lo menos está vivo.” “La madre tuvo que volverse loca…” “Yo no quiero hablar nada de eso… No quiero saber qué pensó, por qué lo hizo, cómo pudo exponer al niño a un peligro como ese… Con eso, ya no se gana nada… Lo único que quiero es hablar con la familia de ella que tiene al niño allá para que lo envíen conmigo lo antes posible.”

Los padres fundadores de gens de la Roma primera tenían facultades excesivas sobre su descendencia. Actuando como dioses hogareños, suerte de genetistas desproporcionados, decidían el merecimiento de sus vástagos a la existencia. Para el ejercicio de sus privilegios, se ampararon de un pater potestas que el amor y la razón han limado de arbitrariedades y desmesuras, hasta devenir en los derechos filiales que recogen las legislaciones actuales de cualquier oscuro y claro rincón de este planeta: todo progenitor tiene la obligación primera de educar a sus hijos y el derecho de hacerlos permanecer bajo su cuidado —hasta la adultez— para conseguirlo… Ese es un derecho para todos de suyo evidente. Las personas menos avezadas suponen que las condiciones materiales son el factor más importante cuando de educación se trata… Están errados: de acuerdo a las evidencias mundológicas, es mucho mayor la cantidad de ricos tontos, instruidos, perjudiciales y maleducados que de pobres sabios, cultos, amables, fructuosos y entregados… Cuando otros calculaban riesgos contra beneficios, pros y contras, ventajas y desventajas, gastos contra dividendos, Juan Miguel soñaba acariciar el rostro de su hijo y darle un beso.

“Pero, ¿cómo que no te pueden enviar al niño de vuelta? ¡Si es tu hijo!… ¿Qué fue lo que te dijeron?” “Dicen que el niño está bien, que lo encontraron dos pescadores y que parece que unos delfines lo estaban cuidando…” “¡Tranquilízate, Juan Miguel! Vamos, haz un esfuerzo… Ya no hay que afligirse.” “No, si yo sé que lo peor para su vida ya pasó, pero me cuesta mucho trabajo hablar de eso sin ponerme en su lugar, sin imaginar todo lo que tiene que haber sufrido mi hijo en medio del mar…” “Bueno, pero pronto lo tendremos con nosotros…” “No sé si va a ser fácil eso… Ahora, los parientes que lo tienen dicen que allá el niño va a estar mejor, que la voluntad de la madre era que creciera en los Estados Unidos… No quisieron ni oírme, pero me lo van a tener que devolver, porque es mi hijo.”

Al inicio fue el asombro (“Pero, ¿estas gentes están locas?… ¿Cómo que van a quedarse con el niño?... ¿Cómo es eso de que no se lo pueden devolver al padre?”). Después —muy pronto— llegó la ira (“Pero, ¿estos hijos’eputas se creen que por ser ricos pueden cambiar las leyes como les dé la gana?... ¿Qué es eso de que los parientes tienen más derecho que el padre biológico y legítimo?... ¿Quiénes son los tribunales yankis para dilucidar el ámbito de acción, las circunstancias y el alcance de esos derechos eternos?... El padre lo quiere con él ¡y tienen que dárselo!”). Entonces gritamos con Juan Miguel y con él desbrozamos el absurdo. Su injuria fue de todos. Sus pasos se multiplicaron en los nuestros y en nuestras gargantas se dejó escuchar el clamor de su herida.

“¿Y ahora, qué vas a hacer?” “¡Voy a buscarlo! ¡A ver si no me lo dan!” “Pero, ¿tú estás loco? ¿Cómo vas a ir a buscarlo a Miami, Juan Miguel, si nosotros no tenemos documentos, mucho menos dinero para esos trámites?” “¿Y qué quieres que haga? ¿Qué me quede tranquilo mientras me roban a mi hijo?... Le voy a escribir al ministro…” “¿A qué ministro?” “Al de relaciones exteriores… Ese es el que tiene que ver con los cubanos que están con problemas en el extranjero, y Elián es cubano, así es que tiene que ayudarme…” “Pero, si tú no lo conoces, ni él sabe quién tú eres, ¿tú crees que te ayude con tantos problemas que debe tener?” “Tiene que ayudarme, porque yo lo único que quiero es recuperar a mi hijo, para que se críe aquí conmigo, para que se haga cubano, que es lo que somos todos nosotros…” “¿Y qué piensas escribirle?” “Eso mismo: ‘Compañero ministro, ayúdeme a recuperar a mi hijo que tiene 5 años y está solo en Miami, en contra de mi voluntad, que soy su padre.’… Algo así escribiré.”

Los meros actos, desnudos de intenciones, no son sino eventos del mundo físico. Un aplauso deviene así el choque de dos masas que pertenecen a un sistema “cerrado”, de algún modo discriminable, mientras que los golpes se definirían como masas chocantes pertenecientes a sistemas diferentes, y un beso se reduciría al contacto de dos puntos específicos de las superficies de varios sistemas. Si algo distingue, pues, las acciones humanas son su intencionalidad y su historicidad, o sea, su eticidad, puesto que son los pilares éticos que aceptemos los que delimitan el peso de las circunstancias sobre nuestras conductas y los giros que demos a esta. Hay por tanto actos cuya comisión nos califica para siempre: podremos argüir flaquezas, pero luego de haber incurrido en ellos deberemos de vivir con el peso de lo que somos y —especialmente— de lo que no somos, sabiendo además (o intuyendo) que es muy probable que jamás tendremos una oportunidad redentora. Los relativistas maximalistas alegan que el absoluto de la muerte anonada los actos de la vida; nada más falso: son las acciones quienes dan contenido y sentido a nuestras vidas. Morir es fácil pues nada exige; llegar a ella sin lamentaciones requiere, en cambio, vivir según aquella plenitud que nos permita preferentemente maximizar la realización de nuestras potencialidades con el mínimo dable de recursos y gastos… Por eso los hechos no solo nos revelan, sino que —más importante— nos moldean: aquello que hoy nos permitimos tal vez sin información ni previsiones, mañana será curso advertido; luego, salida posible; más tarde, hábito conductual; al final, no repararemos en sus consecuencias… Después que el rapto de Elián González descubrió ante el mundo la infame axiología de la mafia (anti)cubana-estadounidense, nadie puede aducir ignorancia.

“Sí, he conocido el caso… Ha sido muy publicitado en los medios y muy politizado por la mafia cubano-estadounidense de Miami: ‘niño con nombre de profeta salvado milagrosamente por dos pescadores estadounidenses frente a las costas del país de la libertad, mientras era resguardado por delfines del acoso de los tiburones’… ¿Y dices que el padre escribió pidiendo ayuda para recuperar a su hijo?” “Así es.” “¿Tú conoces al padre?” “No, no personalmente… Sé que es un hombre sencillo que trabaja de cocinero en Varadero… Se llama Juan Miguel González” “¿Él no sabía que la madre quería llevarse al muchacho?” “No, él alega que no lo sabía…” “¡Es un verdadero crimen la famosa ‘Ley de Ajuste Cubano’! ¿Cómo puede llamarse “ley” a un edicto que ampara secuestros, raptos, robos, desvío de naves?… ¡Tenemos que seguir denunciando todo eso! Tenemos que esclarecer a todo nuestro pueblo qué es ese engendro leguleyo, para que nadie sea engañado incautamente y no haya padres que expongan irreflexivamente la vida de sus hijos… Lo primero que tenemos que hacer es hablar con ese joven, Juan Miguel, porque esto puede ser una empresa muy complicada… No podemos infundarle falsas esperanzas, porque si los hechos han ocurrido como él dice, debe estar desesperado y sentirse muy impotente… Y no es para menos: ¡Un sencillo padre cubano contra la maquinaria política de todo un imperio!… ¡Hay que hablar con él cuanto antes!”

Como puede fácilmente esperarse, muy pronto los protagonistas de la tragedia despertaron la curiosidad de sus conciudadanos. Todos queríamos saber quiénes era estas personas, cómo vivían, qué aspecto tenían, dónde trabajaban, qué pensaban realmente… Hubo quienes especularon que a Juan Miguel no lo dejarían salir de Cuba, porque se quedaría en Estados Unidos con su hijo. Después, al saberse que ya se le estaba gestionando el viaje, aparecieron quienes alegaron que le permitirían viajar solo, pero que su nueva familia quedaría retenida en Cuba, para que sirviera de rehén, y le obligara a regresar. Cuando se anunció que toda la familia viajaría en pleno a Estados Unidos, se propaló el bulo de que en cuanto pisaran Miami, todos se acogerían a la “ley” de ajuste cubano. Pasaron los días sin que Juan Miguel cumpliera esos vaticinios y entonces se difundió que había demostrado ser un individuo muy calculador que estaba esperando sacar el mayor provecho posible… Después apareció una mujer, caritattiva y millonaria, que, conmovida con la historia, prestó a Juan Miguel una mansión para que se reuniera con su hijo durante el período de adaptación; también se supo que la primera dama, Hillary Clinton, le había dado a conocer ante las cámaras de televisión el monto de las grandes colectas monetarias que se habían realizado en su favor, mientras le conminaba a acogerse a las bondades materiales que le brindaría vivir en el poderoso país… Se me antoja creer que en ese mismo instante, mientras su cara prestaba atención a las palabras de la esposa del mandatario estadounidense, Juan Miguel soñaba tercamente con acariciar la nuca de su hijo para luego correr a iniciarlo en el juego de pelota, formando parte de un “pitén” de “cuatroesquinas”, y enseñarle a patinar y a montar bici en las calles de su Cárdenas natal… Al final los maliciosos y los incautos adujeron que Juan Miguel no se quedaba porque al regreso lo esperaba una palacete y una vida muelle, mejor que la que jamás tendría en los propios Estados Unidos… Luego lo vimos con nosotros y a todos se nos hizo un nudo enorme en la garganta… Lo escuchamos, menudo de cuerpo, enorme de espíritu y talante, con su voz pequeña y pausada, sus palabras nuestras y comunes, su razonamiento sabio e impecable, y comprendimos por qué Ricardo Alarcón, no el inteligente y culto Presidente del Parlamento Cubano, sino el ser humano Ricardo Alarcón de Quesada proclamó con orgullo que se sentía enormemente complacido por haber tenido la oportunidad de apelar a los consejos y asesoría de Juan Miguel González en disímiles problemas, y por qué Fidel Castro Ruz, ahora solo como hijo de Lina Ruz y Ángel Castro, con deseos evidentes de ser tomado muy en serio, anunció tener el inmenso honor de ser amigo de esa familia…

“Tu hijo se parece mucho a ti físicamente… No sé cómo hay desalmados que puedan negarte la custodia de un hijo que evidentemente es tuyo…” “Es lo mismo que yo digo.” “Lo que ocurre, Juan Miguel, es que —así como tú lo ves de simple— es como debía de ser todo este asunto: en primer lugar, siendo Elián menor de edad, la madre no tenía derecho a llevar al niño consigo sin tu consentimiento… (Eso fue un secuestro)… Pero ahora —al faltar infortunadamente ella—, y de acuerdo con cualquier legislación de este mundo, tú eres la única persona con potestad para decidir qué es lo mejor para tu hijo… Sucede, sin embargo, que la mafia cubano-estadounidense ha politizado un asunto tan claro legalmente como ese, y ha montado un espectáculo mediático de increíbles proporciones…” “Sí, yo me doy cuenta de todo eso: están usando a mi hijo de instrumento para sus fines… Por eso solicité ayuda al gobierno, porque yo solo no he podido hacer entrar en razones a esa gente.” “¡No, qué vas a poder tú solo! ¡Estás desafiando los mitos del imperio, los tópicos de la mafia miamense!... Eres un padre común contra la altanería, insensatez y el rencor de un enorme imperio… Te digo una cosa con toda franqueza: esta puede ser una lucha muy larga que va a exigir mucho esfuerzo de todos nosotros, porque esta es una lucha del amor contra el odio, y vamos a demostrar que puede más el simple amor de un padre simple que los abusos, atropellos y tropelías del más poderoso de los imperios… Va a haber muchas presiones de todo tipo: psicológicas, económicas, políticas… Va a haber intervenciones de personalidades mundiales que con aparente buena fe tratarán de interceder en tu contra, porque muchos parten del supuesto de que no hay mejor sociedad que aquella, la estadounidense, para educarse, ni hay país que ofrezca más riquezas materiales a sus ciudadanos… Van a intentar doblegar tu voluntad con prebendas monetarias, con amenazas, con injurias… Todo eso ocurrirá y va a ser una situación muy tensa para todos… Estoy pensando —y es lo que más me preocupa— en las angustias a que son capaces esos desalmados de someter al niño, que es el más importante en toda esta tragedia… En fin, cuenta conmigo y con todo tu pueblo, porque cuando los cubanos sepan qué ocurre, te van a apoyar en todo… ” “¡A mí no hay que preguntarme! ¡Yo estoy dispuesto a dar esa batalla hasta que mi hijo regrese conmigo!” “¡Y yo estaré contigo, el primero!”
 
Puestos los humanos a ser tales, la compasión es un sentimiento imprescindible: ya que físicamente no nos es dable conseguirlo, nos implicamos con la imaginación en el pathôs de un semejante y penamos con él para dividir entre ambos sus dolores. Impelidos de amor, quisiéramos com-partir su realidad en modo cierto, sufrir sus agravios, encarar sus aprensiones, recorrer su calvario. Nos obligamos a indagar pormenores aciagos para dotar de realismo la virtualidad de nuestros afanes… A su vez, los más íntegros de nuestros prójimos se esfuerzan por afrontar su destino lo más subrepticiamente posible, para que sus sufrimientos no nos alcancen; no escudan su conducta en modestia falsa ni en gestos estudiados; no buscan provocarnos con su indulgencia; no dicta sus actos la ignorancia de su valía… Por eso la tentación por resaltar su ejemplo: no para llamar la atención sobre el individuo humano que se esconde tras un nombre y un destino, sino para señalar el páramo que alguno de nosotros, con su voluntad y su sentido de ser, alcanza…
 
Evento muy raro, hace poco más de un año, quizás, apareció Juan Miguel Gonzáles en la pantalla del televisor. Dada la naturaleza esencial del protagonista, presentar a este padre-madre sencillo ante las cámaras fue un acontecimiento que obliga a calificarlo de “reciente”… El entrevistador resaltó el hecho de que había ido a visitarlo en el único lugar donde es posible encontrarlo en horario laboral: la misma cocina en que trabajaba antes que conociera el tortuoso rostro del dolor paterno…
 
En toda esta historia, parece obvio que Juan Miguel González prefería asegurar a su primogénito condiciones en las que la huera opulencia no opacara el sentido de la existencia, y pudiera él disfrutar por ello de un futuro sin guerras, sin discriminaciones, sin fronteras clausuradas para las personas y abiertas para los dineros, en un mundo de cooperación donde esplenda la naturaleza y no la polución, y donde se imponga la razón, florezca sin amenazas la paz, reverdezca sin interrupciones la felicidad humana, y —sobre todo— impere el amor, de manera que de Elián surja con naturalidad, en la adultez, un nuevo Juan Miguel…
Me pregunto si en verdad no conozco a Juan Miguel González.

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