Acoso callejero, más allá del maquillaje cultural
Género
Jueves, 07 de Diciembre de 2017

Lirians Gordillo Piña - Red Semlac.- Cambiar la ruta de regreso a casa, apresurar el paso y evitar una esquina suelen ser experiencias comunes en mujeres jóvenes y adultas. ¿La razón? El acoso callejero, los chiflidos y gritos, las miradas lascivas e incluso roses que agreden y violan el espacio público y personal de ellas.

 

Pero estas manifestaciones de la violencia por motivo de género aún se disfrazan de “expresión cultural”. La académica feminista Ailynn Torres Santana opina que uno de los retos actuales es desmontar los mitos culturales que sostienen el acoso callejero y apuesta por la intervención pública para enfrentar esta forma de violencia machista.

¿Cómo se define el acoso callejero?

Primero, es importante aclarar que el acoso callejero es parte de un campo más amplio, el de las violencias sexuales y de género. En específico, podemos hablar de acoso callejero cuando la acción, el comportamiento o el gesto social al que nos estemos refiriendo incluyen prácticas con connotaciones sexuales, explícitas o implícitas, que provienen de un desconocido. Es unidireccional (quien habla o hace no considera el malestar de quien escucha, mira o siente), ocurre en espacios públicos y provoca malestar en quien lo recibe.

El conjunto de esos cuatro elementos define, en línea gruesa, qué es y qué no es acoso sexual callejero. Si un gesto social se deslinda de esas claves –bien porque sea reciprocado, porque sea solicitado de alguna forma, o por cualquier otra razón–, entonces entraríamos en otro campo. No obstante, muchas veces es difícil discernir las fronteras, teniendo en cuenta que esas situaciones involucran, también, percepciones sociales y códigos que se entienden como universales (muchas veces a desmedro de las mujeres).

¿Por qué es importante hablar de acoso callejero como violencia machista?

Las violencias machistas, en sus diferentes registros, están invisibilizadas en nuestras sociedades, están naturalizadas en el sentido común. A pesar del trabajo de instituciones, colectivos a iniciativas ciudadanas, es habitual, por ejemplo, que los celos y sus expresiones violentas y restrictivas se consideren parte constitutiva del amor, que solo se considere violencia la agresión física, que la desposesión material de las mujeres en situaciones de separación o divorcio no se lea como violencia patrimonial, o que se califiquen como “piropos” situaciones y comportamientos típicos del acoso callejero.

Entonces, es importante llamar a las cosas por su nombre: el acoso callejero es violencia machista y calificarlo así es muy importante en, al menos, dos sentidos: ayuda a comenzar a quebrar la naturalización del acoso callejero –y sus manifestaciones violentas asociadas– y, además, evidencia que el asunto es susceptible de ser tratado dentro de las políticas públicas. Si el acoso callejero parte del campo de las violencias machistas, no se trata “solo” de un contenido “cultural” o “idiosincrático” (como he escuchado decir más de una vez), sino que supone la coartación de derechos y expresa desigualdades y dominación en el ámbito de las relaciones sociales. Requiere, entonces, la participación activa de los Estados, la sociedad civil y de las agencias de sujetos individuales y colectivos.

Sin embargo, es una de las expresiones de violencia machista más naturalizada en nuestro contexto. ¿Por qué y qué consecuencias tiene?

Como dije antes, muchas formas de violencia machista están naturalizadas de formas casi inauditas. El acoso callejero, ciertamente, lo está en grado superlativo. En el contexto cubano, la naturalización del acoso tiende a explicarse por su asociación con contenidos de identidad cultural, temperamento social, expresión de nuestra “caribeñidad”, etc. Pero eso es falso.

En otros contextos culturales el acoso también está naturalizado y se justifica entonces por otras vías. Si consideramos que el acoso callejero es un problema global, transversal a sociedades culturalmente diferentes, a sistemas políticos, a grupos y clases sociales, entonces es evidente que el acoso es imprescindible ubicarlo en el campo del sistema general de subordinaciones al cual pertenece: el patriarcado.

El acoso, entonces, está naturalizado porque “encaja” en el sistema de subordinaciones y dominaciones que evidencian las relaciones desiguales de género. El acoso callejero no puede leerse en un registro diferente al de la desigualdad con arreglo al género y a otras pertenencias sociales.

Las consecuencias de esa naturalización son múltiples y ya me he referido antes a ellas. La ausencia de crítica frente al acoso callejero naturaliza la violencia en una de sus formas, legitima el ejercicio del poder en el espacio público, reproduce desigualdades en las formas en que las personas se apropian de ese espacio público, naturaliza el hecho de que la calle y el transporte público no son territorios neutrales y que los grados de libertad para hombres y mujeres, al transitar la ciudad, son distintos.

Con todo, me interesa dejar sentado que el acoso callejero se funda en un contexto de asimetrías de género y reproduce el poder que otorgan esas asimetrías.

¿Qué acciones podrían contribuir a afrontarlo?

Las acciones tienen que ser –como en el tratamiento de todos los procesos sociales – multidimensionales. Es necesaria su inclusión como contenido y eje de políticas públicas, también dentro de las agendas de la sociedad civil en sus múltiples existencias en Cuba y además la promoción, desde esas instancias, de que sea una preocupación ciudadana.

Es muy obvio que la educación ocupa un lugar central en el campo de las acciones necesarias de emprender en ese sentido. Y me refiero tanto a la educación escolarizada como a la no escolarizada; esto es, la que se agencia mediante los medios de comunicación, los espacios comunitarios y al interior de los hogares.

Además, se trata de ofrecer alternativas a las mujeres para la construcción de ciudades seguras en todo lo que eso significa. He visto en otros países, por ejemplo, campañas contra el acoso en el transporte público donde las mujeres pueden denunciar situaciones de acoso estando dentro del transporte; estudios hechos por colectivos ciudadanos sobre la territorialización de la violencia (qué zonas de las ciudades son más propensas a situaciones de acoso u otras violencias, etc.) y ello contribuye a identificar y sectorializar la acción pública al respecto, etc. O sea, hay muchas iniciativas en ese camino que se sabe que funcionan y que podríamos pensarlas para Cuba.

Sería imprescindible, también, pujar por la regulación legal de las violencias de género, incluido el acoso. Debemos recordar que en nuestro país no contamos con formas legales que regulen y sancionen ese tipo de violencia. Para encontrar amparo jurídico, las personas afectadas requieren evidencia de la reiteración del acoso; de lo contrario, se califica como “vulgaridad, grosería o casualidad”.

A la vez, es necesario reconocer el trabajo de colectivos que intentan colocar en la agenda pública cubana las cuestiones de las violencias de género y otras relacionadas con las desigualdades de género. Vemos publicaciones, campañas de bien público, e incentivos -como esta publicación- para discutir al respecto. Ese es un camino imprescindible para atemperarnos con los debates de la región sobre el tema y aprender de los movimientos feministas que llevan décadas trabajando en ese sentido en América Latina y en otras geografías.

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