Pueblo cubano recordó a Camilo Cienfuegos: un ejemplo que inspira
Historia
Sábado, 28 de Octubre de 2017

Martha Gómez Ferrals - Cubadebate - Foto: Agustín Borrego Torres - Video: Noticiero de la TV Cubana.- El Comandante Camilo Cienfuegos hubiera cumplido 85 años este seis de febrero de 2017. Pero al Señor de la Vanguardia los cubanos lo aman y recuerdan con la estampa radiante y joven que tenía en el momento de su desaparición física, el 28 de octubre de 1959, cuando perdió la vida en un accidente de aviación durante el cumplimiento de una misión.

A pocos días de la histórica batalla de Yaguajay, en el centro de la Isla, donde se lució como estratega al frente de su columna guerrillera invasora y se ganó definitivamente el título de Héroe, con mayúsculas, todo el pueblo de Cuba conoció al carismático y corajudo cubano, tras su llegada a La Habana, para preparar junto al Che la entrada de la Caravana de la Libertad.

Enseguida el pueblo vio que se trataba de un representante genuino de esta tierra, pero con condiciones y virtudes acrisoladas. Nació en 1932 en la barriada de Lawton, La Habana. Era hijo de una humilde familia de emigrantes españoles, muy influyente en la forja de sus valores y tempranos ideales de justicia social.
Desde la adolescencia participó en protestas populares contra el aumento del costo de la vida, y en 1954 se incorpora a la lucha contra la dictadura de Batista. Fichado por los órganos represivos, se ve obligado a salir del país.

Por razones económicas, además, viaja a Estados Unidos a los 21 años, de donde es deportado. A su regreso a la Isla se vincula al movimiento revolucionario estudiantil. Cae preso y es torturado, por lo que elige nuevamente el exilio.

Durante una estancia breve en Nueva York, conoce de los planes de Fidel Castro en México, dedicado a la organización de una expedición libertaria a Cuba.

Ya en la capital mexicana, en septiembre de 1956 contacta al movimiento 26 de julio liderado por Fidel y se enrola en la tripulación del yate Granma, la que finalmente saldría del puerto de Tuxpan con 82 futuros combatientes dispuestos a vencer o morir por la independencia de la patria.

El desembarco azaroso por Las Coloradas el dos de diciembre, el bautizo de fuego de Alegría de Pío, confirmaron su decisión de ser fiel a la causa hasta el final.

Ya reorganizada la exigua tropa, Camilo se destacó en el cumplimiento de múltiples misiones armadas al mando de Fidel, Almeida y el Che.

El 16 de abril de 1958 por su coraje y valentía, su capacidad de estrategia y organización ganó los grados de Comandante del Ejército Rebelde que operaba ya como una realidad irreversible en las montañas de la Sierrra maestra.

Promovido a jefe de la Columna dos Antonio Maceo, realiza exitosas misiones en los llanos del Cauto, fuera del territorio de la cadena montañosa.

Por el impacto y efectividad de sus misiones, la tiranía se sintió herida en sus flancos y desató una ofensiva contra las fuerzas combatientes. Esto no hizo más que radicalizar la conciencia patriótica nacional y creció el apoyo popular, sobre de todo de valiosos jóvenes del campo y la ciudad, al movimiento revolucionario.
Por lo tanto, el jefe rebelde retorna a las cercanías del mando, que ya trazaba la mejor respuesta a las fuerzas del dictador Fulgencio Batista.

Es así que las fuerzas revolucionarias pasan a la ofensiva final y el 18 de agosto el Comandante en Jefe ordena la ejecución de la invasión de Oriente a Occidente, tal como lo hicieron las huestes mambisas en la última guerra de independencia.

Camilo iría al frente de su Columna dos Antonio Maceo, mientras el Che Guevara encabezaba la Columna ocho Ciro Redondo.

El héroe de la sonrisa franca y el sombrero alón combatió entre octubre y diciembre de 1958 en zonas tan apartadas y desconocidas hasta entonces como Seibabo, Venegas, Zulueta —en dos ocasiones—, General Carrillo, Jarahueca, Iguará, Meneses, Mayajigua y Yaguajay, en cuyo cuartel y otras dependencias se habían hecho fuerte las tropas enemigas.

Tras nueve días de batalla, el sitio de Yaguajay culminó con el triunfo rebelde. Esta victoria coincidió con la toma de la ciudad de Santa Clara por las tropas del Che y con la fuga del tirano Fulgencio Batista, el 31 de diciembre de ese año.

En esa campaña Camilo confirmó sus cualidades de Señor de la Vanguardia y la batalla de Yaguajay, en la antigua provincia de Las Villas, centro del país, lo catapultó como héroe y estratega brillante en el combate, junto a su aguerrida tropa. Esta última, al igual que la batalla de Guisa, dirigida en la Sierra por Fidel, y la de Santa Clara, por el Che, fueron decisivas en la victoria del Ejército Rebelde.

Tras la huída de Batista y de conocerse los intentos de un gobierno nuevamente proyanqui, Camilo recibió la orden de marchar con rapidez hacia La Habana. Allí tomó el Estado mayor de la tiranía: el Cuartel de Columbia.

A la entrada de la Caravana de la Libertad, el ocho de enero en la capital, encabezada por Fidel, Camilo era uno de los Comandantes que lo esperaban , al igual que el Che y Almeida. Durante su discurso en horas de la noche, el líder de la revolución demostró la confianza depositada en él con hermosas y sencillas palabras, grabadas por siempre en las mentes de los cubanos.

Fue un año de intenso trabajo y ejecutoria de los jóvenes dirigentes de la naciente Revolución que desde muy temprano empezó a cumplir su vocación de igualdad, justicia social y soberanía nacional.

La muerte de Camilo en un desastre aéreo sobre el mar, pocas horas después de haber enfrentado y conjurado con fidelidad y valentía un hecho de alta traición, consternó al pueblo cubano, quien había empezado a amarlo profundamente desde los primeros días en que lo conoció.

El pueblo siempre conoció bien a Camilo, al igual que su Comandante en Jefe, y lo acogió en su seno como uno de sus mejores hijos. Vio al cubano reyoyo y también al crisol de los ideales más puros de la juventud: coraje, honestidad, solidaridad, alegría de vivir, patriotismo, humanismo y fidelidad, que siempre tuvo entre otras tantas virtudes.

 

Fidel Castro: “En el pueblo hay muchos Camilo”

Octubre es un mes con muchas fechas importantes para la historia cubana. Dos de ellas, enlazadas para siempre, son el 8 y el 28, entre las cuales celebramos la Jornada Camilo-Che, dos héroes unidos físicamente y a través de la historia, aun después de su muerte.

Sobre Camilo, expresó Fidel en el acto de conmemoración del XXX Aniversario de su desaparición física, en Lawton, Ciudad de La Habana, el 28 de octubre de 1989: “Camilo estaba muy claro sobre lo que significaba revolución: no en balde tenía antecedentes revolucionarios en su familia, no en balde fue trabajador humilde, no en balde bebió desde la cuna las ideas revolucionarias, no en balde tenía un tremendo temperamento revolucionario, no en balde tenía un gran alma revolucionaria.”

En ese mismo acto, refiriéndose al hombre del sombrero alón, dijo: “Cobra todo su significado la historia de Camilo, no solo por lo que hizo, no solo por sus heroicas proezas combativas, sino también por sus ideas, por sus conceptos, por sus propósitos profundamente revolucionarios. También por eso decía que un día como hoy Camilo sería feliz, y si hay pelea por delante, más feliz todavía; si hay dificultades, más feliz; si hay reto, más feliz; si quedan injusticias por subsanar, más feliz; y si se mantiene en todo su vigor la lucha heroica e histórica de nuestro pueblo contra el imperio, ¡más feliz sería Camilo!”

“El camino de nuestro pueblo, la marcha firme de nuestro pueblo, sin claudicación ni vacilación, sus logros en medio de las agresiones y del bloqueo, sus perspectivas futuras, estoy seguro de que habrían entusiasmado extraordinariamente a Camilo.”

De sus experiencia personales con este compañero de lucha, rememoró en aquella ocasión: “Recuerdo que a raíz de su muerte dije una frase: “En el pueblo hay muchos Camilo.” Camilo salió del pueblo, tuvo la posibilidad de potenciar y desarrollar sus extraordinarias facultades; pero cuando veo a nuestros jóvenes al pie de un torno, al pie de un horno de fundición, cuando los veo en un laboratorio, cuando los veo trabajando 10, 12, 13 y 14 horas, me confirmo más y más en aquella profunda convicción de que en el pueblo hay muchos Camilo.”

“Y cuando pienso en estos momentos en que en nuestro país se trabaja con entusiasmo, con confianza, con seguridad, sin miedo a nadie ni a nada, sin desalentarse porque puedan surgir dificultades de cualquier tipo; cuando sé que nuestro pueblo es capaz de enfrentarse a cualquier cosa, cuando sé que nuestro pueblo es capaz de alcanzar cualquier objetivo, de alcanzar cualquier meta, de desafiar cualquier peligro; cuando sé que nuestro pueblo es capaz de defender el socialismo, el comunismo y el marxismo-leninismo hasta la última gota de sangre, digo con la misma convicción de aquel año: ¡todo el pueblo cubano es hoy un Camilo!”

Reafirmando la inmortalidad del Héroe de Yaguajay, en esa misma jornada, expresó: “Por eso hoy hablé de la muerte física, que esa es una cosa, y otra es la presencia del ejemplo, de la inspiración, ¡de los valores morales que nos legaron hombres como Camilo y el Che!”

Para conocer más sobre el ideario del líder de la Revolución Cubana, visite nuestro sitio Fidel Soldado de las Ideas. Síganos en Facebook y Twitter.

 

Quién era el piloto del avión donde viajaba Camilo Cienfuegos? (+fotos)

Enrique Ojito - Cubadebate.- Nacido en Sagua la Grande, Luciano Fariñas Rodríguez fue integrante de una célula del Movimiento 26 de Julio en Santiago de Cuba y acumuló más de 2 000 horas de vuelo.

Como al Señor de la Vanguardia, al piloto Luciano Fariñas Rodríguez el mar le sirvió de tumba, profunda e inmensa tumba, aquel 28 de octubre de 1959. Habían partido a las 6:01 de la tarde en el Cessna 310C No. 53 blanco y rojo desde el aeropuerto de Camagüey, junto a Félix Rodríguez, escolta de Camilo Cienfuegos.

A Fariñas desde muchacho le obsesionó volar en esos aparatos. El sueño empezó cuando a los siete años un tío abuelo materno le regaló un avión de juguete en Sagua la Grande, donde vino al mundo el 7 de septiembre de 1921.

En los archivos del Museo Municipal General José Luis Robau, de su ciudad natal, descansa el testimonio de Isabel —hermana de Luciano—, quien recordó cuando él le regaló sus zapatos a un amiguito negro en el kindergarten al verlo descalzo.

Fariñas no creció como niño bitongo bajo la saya de su madre Leonor, maestra de profesión. Casi desde la cuna supo que las manos no eran adornos del cuerpo; la advertencia vino de su padre Gerardo, administrador de salina. Al parecer, por ello, cuando los bigotes ni siquiera intentaban asomar, ya se veía al muchacho con las manos embarradas de grasa en un taller de automóviles.

Solo sus más allegados saben cuándo nació la pasión por Estrella Sánchez, con quien tendría dos hijos: Luciano y Estrella. También en el museo sagüero guardan como reliquia la carta que el joven le remitiera a la muchacha desde Santa Clara en noviembre de 1939, donde le confesaba la disyuntiva en la que se encontraba: hasta ese momento no había decidido si estudiaría agrimensura o piloto. “Me gusta más la aviación, pero si estudio aviación no sé si tú podrías vivir tranquila, después con la vida que tuviera que llevar yo”, le escribió.

Al final ganaría por partida doble: cursó la agrimensura en Santa Clara y venció los estudios por correspondencia de piloto, mecánica y navegación agrícola, auspiciados por una escuela particular de aviación de Estados Unidos.

Como recompensa a sus calificaciones, le enviaron desde ese país el motor por pieza de una avioneta, además de otros componentes, que le posibilitaron armar una aeronave privada de una sola plaza.

A los 18 años, Luciano ya volaba bajo la mirada de los hermanos Yánez, dueños de un aeroclub y animadores del desarrollo de la aviación civil en Sagua la Grande en la década de los 40 de la centuria pasada.

El historiador y periodista José Miguel Pérez, estudioso de la vida de Fariñas, sostiene que su coterráneo llegó a convertirse en representante del Ministerio de Obras Públicas en la compañía Arellano y Mendoza en Varadero, donde intervino en acciones de dragado en la zona con el empleo de una aeronave, a la cual adaptó una cámara fotográfica para acometer trabajos posteriores de este tipo.

Gracias a su experiencia, a mediados del siglo anterior se sumó al dragado de parte del río Sagua, una de las grandes preocupaciones de los habitantes de la urbe villareña por esa época.

Pero otras motivaciones también rondaban el actuar de este sagüero, quien integró el Movimiento de Resistencia Cívica durante la lucha contra la tiranía de Fulgencio Batista, comentó a Escambray Yolanda Collazo Goicochea, directora del Museo Municipal General de la Villa del Undoso.

Debido a su quehacer clandestino, no era santo de la devoción del Servicio de Inteligencia Militar —de los principales órganos represivos de la dictadura—, que lo circuló. En agosto de 1958, las fuerzas del régimen lo apresaron en Santa Clara y lo condujeron, junto a otros dos revolucionarios, al Palacio de Justicia, de donde escapó, no así sus compañeros, ultimados a la postre.

Y hasta Santiago de Cuba no paró. Allí no solo trabajó como dibujante e instrumentista en las funciones de dragado del puerto, sin abandonar los aviones; sino que integró una célula del Movimiento 26 de Julio y como parte de esta, trasegó armas y participó en sabotajes contra el tirano, según recordó varios años atrás su hermana Isabel.

En su tesis doctoral Reconversión del Ejército Rebelde en ejército regular (1956-1970), Francisco Silva Ardanuy expone que en marzo de 1958 Luciano piloteó un Cessna 170 para trasladar a Orestes del Río Herrera (días después primer jefe de la Fuerza Aérea del Segundo Frente Oriental Frank País García) desde el aeropuerto santiaguero al de Moa —con escala en Baracoa—; por ese sitio debía llegar un armamento (finalmente no arribó por allí) procedente de Costa Rica con destino a la mencionada fuerza guerrillera comandada por Raúl Castro.

La victoria del Primero de Enero de 1959 sorprendió al combatiente en Varadero, donde participó en la rendición de la guarnición del aeropuerto. Luego asumió como piloto del Gobierno provincial de Las Villas, en específico de su comisionado Adolfo Rodríguez de la Vega, y poco después se incorporó a la Fuerza Aérea Revolucionaria como instructor de aviones de enlace.

Por un tiempo fungió, igualmente, como piloto del Comandante René Vallejo Ortiz en Manzanillo, y con posterioridad pasó al aeropuerto militar de Ciudad Libertad.

El 28 de octubre de 1959, Luciano recibió la misión de pilotear el avión que trasladaría a Camilo Cienfuegos, jefe del Estado Mayor del Ejército Rebelde, hasta Camagüey, lugar al que había viajado jornadas atrás para abortar la conspiración de Hubert Matos, al frente del Regimiento No. 2 Ignacio Agramonte. El día 28, luego de hacer escala en la tierra de los tinajones, Fariñas siguió ruta y dejó en Santiago de Cuba al entonces capitán Senén Casas Regueiro. A las 4:40 p.m., estaba de vuelta para recoger al Héroe de Yaguajay.

Poco antes, Camilo le entregó las llaves de dos carros al tunero Eusebio González Rodríguez, miembro de un equipo especial del Comandante, a quien le ordenó llevar para La Habana a un criminal contrarrevolucionario. “Te espero mañana temprano en el Estado Mayor”, le indicó el Señor de la Vanguardia.

Ya en camino, uno de los vehículos se averió, relataría a Juventud Rebelde González Rodríguez. Llamó por microonda a la torre de control de Camagüey pues no arribaría a la capital a la hora fijada. Pasados unos 40 minutos, el Cessna contactó con Eusebio. Félix Rodríguez le preguntó si habían resuelto el problema, y luego el tunero escuchó decir al piloto Fariñas: “Nos tenemos que desviar”.

González Rodríguez insistió en que le pusieran a Camilo, quien le habló con toda la serenidad del mundo. “No, no hay problemas, Eusebio; no te preocupes. Dice el piloto que nos desviamos porque hay una tormenta”. Y aquella tormenta les cavaría una tumba profunda e inaccesible en el mar.

 

Ese ser extraordinario llamado Camilo Cienfuegos

Leysi Rubio A. - Cubadebate.- Ella venía con un mar pacífico rojo en su mano derecha, rumbo al malecón. Un pañuelo en la cabeza y una jaba blanca de nylon colgada de su brazo. Me recordó a mi abuela, pero un poco más alta. Imaginé por las arrugas de sus ojos que ella vivió la noticia de la desaparición de Camilo hace 58 años. Entonces interrumpí su paso con mi curiosidad, sin esperar nada más que una respuesta honesta. Pero Cándida, Cándida me dio un regalo.

“Él es tal como describen que él es, y como se comportaba. Eso es cierto. Absolutamente cierto.”

Cándida Abreu Cabrera tiene 79 años. Es natal de Macareño, Santa Cruz del Sur, en Camagüey. Su tía materna Carmen Cabrera y su esposo Fermín Jaime, vivían cerca del central Narcisa, en Yaguajay. Terminó la Escuela Superior allí. Corría el año 1959.

“Él era el héroe de Yaguajay. Toda su gente, bueno, pues vivían allí. Él también vivía allá mientras duró el derrocamiento de Batista. Entonces después iba mucho. Y cuando estaba, todo el mundo se alborotaba.”

En una ocasión, “mi tío Fermín Jaime consiguió un caballo para que mi primo Jaimito fuera con ellos, a acompañarlos hasta Yaguajay. Entonces yo fui hasta allá. Yo iba con Camilo, pero de manos. Él tenía una novia allí y entonces iba bastante a Yaguajay.”

“Yo iba de la mano. Siempre procuraba (tomarle de la mano) si alguien lo soltaba.” –  Cándida se ríe a carcajadas, con picardía. – “Siempre que hablan de él yo me acuerdo de eso, porque me da una risa conmigo misma. Corriendo iba y le daba la mano. Pero era como si yo fuera su familia, o como si fuera alguien que hubiese peleado con ellos o que me hubiera conocido. Así era él de sencillo, pero increíblemente el ser humano más natural y más sencillo. Con toda la muchachera aquella joven y no muy joven, caminando hasta el Central Narcisa que no era tan lejos.”

“De Camilo te digo eso. Yo lo que hacía era (cogerlo del brazo), porque ni hablaba con él. Todo el mundo iba hablando: la gente mayor, iba conversando y preguntándole algunas cosas o él contándoles de algunas cosas.”

“Andaba con el sombrero. Igualito. Su sencillez sobresalía en él. Él iba sin ningún tipo de preocupación, junto con el gentío aquel. La gente no salía a verlo, salían a ir con él.”

“Yo iba así, contenta. Él a cada rato me miraba, (como interrogándola a través de su sonrisa). Eso me daba una alegría tan grande. Y fue varias veces, en el tiempo que yo estuve allí, que fueron unos meses.”

Cándida tenía solo 19 años. Por su mirada, le pregunto si Camilo era bonito.

“Ni antes ni ahora me he fijado en la belleza externa de la gente. Yo los miro por dentro y los veo por dentro. Evalúo a la gente también de buenos hasta que me demuestren que no lo sean. Siempre tuve “oído, olfato y visión”. La suficiente como para darme cuenta cuando las cosas salían del alma, cuando eran con una sinceridad extraordinaria, cuando verdaderamente se estaba haciendo o diciendo algo con sinceridad. Tenía que ser así, pienso yo.”

“A Camilo yo lo veía tan noble, tan cariñoso, tan alegre, tan sencillo. Yo lo veía allá, en Yaguajay. Pero nos duró tan poco. Duró tan poco tiempo.”

“Él también visitaba las casas de familias, donde estuvieron mientras duraron los días de tumbar al Chino, que era el jefe del regimiento de Yaguajay. Vivían ahí; en casa de mis primos vivían algunos, incluso uno que después murió con el Che allá en Bolivia.”

“Dos de mis primos pelearon hasta la toma de Santa Clara, uno se quedó en el Ejército Rebelde. El otro, su problema era la Revolución y ya. Terminó en Santa Clara y regresó. Los Quintero, son de apellido Quintero.”

La mamá de Cándida es de Las Villas. Ella es la menor de cinco hermanos, la única que queda viva. Su papá era zapatero. Según cuentan, era una persona muy inteligente. Murió de tuberculosis cuando ella tenía apenas dos años. Agradecida, dice que sobrevivieron gracias a la ayuda de la gente.

“Desde los ocho años yo trabajaba de sirvienta, fregando en la casa de las familias que vivían allá que eran los dueños de la carnicería y de la lechería: los Malagaños. Después mi mamá nos mandó a la escuela que estaba en el batey del central. Allí na´ ma´ habían dos aulas. Una maestra de primer grado y una maestra del resto de los grados. Conchita Montalván era la de primer grado y Manuela Ontañol Lara era la del resto de los grados. Allí aprendimos otro tanto. Nunca yo conocí a alguien que hubiera estado hasta sexto grado.”

“Yo estaba estudiando antes del 59, pero, por supuesto, con los grandes sacrificios. Al triunfo de la Revolución todo marchó a las mil maravillas en el plano de la superación, en el plano de la igualdad. Porque yo tengo muchas razones para haber estado atrás: Mujer, guajira, muerta de hambre, negra. O sea, una infinidad de cosas.”

“Lo que pasa es que nosotros sí aprendimos a leer y a escribir. Mi madre sí fue a la escuela, en Cartagena, de donde ella era, que ahora pertenece a Cienfuegos. Entonces nos enseñó por lo menos a leer y a escribir. También las tablas en una libreta que valía cinco centavos. Y cinco centavos era mucho dinero. Conseguir los cinco centavos era difícil.”

Cándida estudió primero contabilidad. Luego Administración Pública en la Facultad de Ciencias Sociales y Derecho Público, en la Universidad de La Habana, en el edificio José Martí. Estudiaba y seguía trabajando. Después, cuando la Revolución, estudió pedagogía en Física. Es una mujer sencilla, inteligente.

El ruido de la “turba de muchachos” bajando por G la alertó. Enseguida se puso una ropita y salió de su casa. Pidió permiso a un árbol antes de coger su flor. La sostiene en sus manos mientras me habla, paradas junto al muro del malecón. Mira el mar pacífico y me dice:

“Aquí siempre he venido sola. Cuando trabajábamos veníamos juntos. Años atrás venía el CDR, la federación, todos juntos.”

“Yo nunca he dejado de venir a traerle una flor. Porque afortunadamente, aquí en la Habana, siempre he vivido cerca del mar.”

Cándida recuerda aquel final de octubre de 1959. Sus ojos se pierden en el infinito de las olas, en la profundidad de su memoria.

“Aquello fue tremendo, muy triste para todo el mundo. Porque Camilo era muy querido. El que lo conociera y el que no lo conociera. La gente lo quería.”

Todos los años le trae su flor. Me dice que es lo menos que puede hacer.

“En los últimos tiempos vengo sola, porque la salud no anda muy cerca de mí. Entonces no tengo que ir al paso de nadie. Y yo no vengo para que nadie me vea, ni la cabeza de un guanajo. Yo vengo porque es mi sentimiento. Es mi deber venir, mientras yo viva.

 

Camilo, del pueblo y para el pueblo

Evelio Tellería Alfaro – trabajadores.cu.- Desde su hogar nacieron las virtudes con las que caló muy profundo en el corazón de todos los cubanos.

Así era Camilo Cienfuegos Gorriarán, el legendario Comandante rebelde que escribió páginas de gloria en la última etapa de la lucha insurreccional en Cuba, no como un héroe idealizado, sino como el hombre real, de carne y hueso, de principios solidarios, humanos y de incondicional lealtad a la Patria y a la Revolución Cubana.

Un 28 de octubre, hace 58 años, desapareció en un anochecer tormentoso cuando junto a otros compañeros el pequeño avión bimotor en que retornaba a La Habana, desde la provincia de Camagüey, en el oriente del país, sucumbió sobre el mar sin dejar indicios. Había cumplido su última misión luego de desarticular una artimaña traidora que pretendía crear una quinta columna en la unidad del naciente proceso revolucionario en la Isla.

Joven de ideas emancipadoras, humilde trabajador de una sastrería, emigrado en Estados Unidos en busca de mejor sustento económico para ayudar a su familia, hombre de sangre jacobina frente a la tiranía imperante en su patria, bisoño soldado en la expedición del yate Granma para emprender la lucha armada en Cuba, sagaz guerrillero en las montañas y en el llano.

Sus altos valores patrióticos le hicieron merecedor de la absoluta confianza del Comandante en Jefe Fidel Castro. Como afirmara Ernesto Che Guevara, otro héroe de aquella gesta, “No ha habido en esta guerra de liberación un soldado comparable a Camilo”. Ambos compartieron con éxito la misión de llevar sus respectivas columnas invasoras hasta el centro del país, hostigados por el hambre, el frío y sorteando incontables veces el asedio de un enemigo equipado con el mejor armamento de la época, suministrado por Estados Unidos.

Con el triunfo de la Revolución Cubana, el primero de enero de 1959, Camilo es nombrado jefe del Estado Mayor del Ejército Rebelde, al que calificó como “el pueblo uniformado”

Organizó un proceso de alfabetización, preparación política y cultural en las nuevas instituciones militares del país. La exigencia de que todo miembro de los cuerpos armados estudiara se hizo tan perentoria que Camilo la estableció como un requerimiento ineludible para ingresar en sus filas.

Toda su acción estuvo encaminada a consolidar la alianza entre obreros y campesinos, a la unidad de todos los revolucionarios y a desenmascarar públicamente a traidores y conspiradores que dentro y fuera de Cuba le hacían el juego al imperialismo yanqui.

Así era el Señor de la Vanguardia cuyo raudo paso por la vida en sus apenas 27 años de edad, dejó la huella de ser útil y fiel a su Revolución. Ese es el hombre que toda Cuba evoca cada 28 de octubre.

En tan significativa ocasión, recordamos las palabras del presidente cubano, General de Ejército Raúl Castro Ruz. “En Camilo se personifican las más elevadas cualidades del carácter nacional cubano, las más altas virtudes del combatiente revolucionario, de los méritos y las condiciones personales que convierten al luchador en un militante y al militante en un dirigente”.

 

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