Juan Guillermo Almeida, a los 10 años de la muerte de su padre: "Siento su abrazo cuando la gente me abraza"
Historia
Miércoles, 11 de Septiembre de 2019

Cubadebate.- Juan Guillermo Almeida, popular músico cubano, hijo del Comandante de la Revolución Juan Almeida recuerda a su padre a diez años de su muerte.

Conversando con el Comandante Juan Almeida: entrevista realizada por Estela Bravo en 1996 al Comandante de la Revolución Juan Almeida Bosque

JG: “Cuando la gente me abraza es a mi padre a quien siento”

Arleen Rodríguez Derivet - Cubadebate

JG “suena como se ve”, dice el slogan de su banda. Y lo que se ve es a un hombre de energía infinita, un torbellino de improvisación y baile. Cuesta imaginárselo serio, tranquilo y callado, después de asistir a uno de sus populosos conciertos. Pero cuesta más punzar su corazón de muchacho apasionado, tocando una herida que sigue abierta diez años después.

Hoy hace una década que su familia y Cuba perdieron a uno de sus seres más entrañables: para la nación el Comandante de la Revolución Juan Almeida Bosque, alma y cuerpo del pueblo en la vanguardia. Para su hogar, el “hombre de la casa”, el guía insustituible, el vacío eterno.

De ese vacío nació la canción Querido viejo, que hace un año tocó en lo más profundo al país, desde la voz y los sentimientos de su hijo más pequeño. En ella JG afirma que la ausencia de su padre lo tortura. Y frente a la cámara de Cubadebate, explica los sentimientos que canta:

“Me tortura no tenerlo para conversar con él, para recibir los consejos que siempre me supo  dar desde niño. Él y yo siempre estuvimos muy unidos.

“Yo era de los que terminaba la escuela y salía a buscarlo donde estuviera para estar juntos. Es una manera de decirlo, pero verdaderamente me duele mucho buscarlo a veces y no tenerlo.

El joven músico, que tiene mucho de su padre, física y espiritualmente, dice que “sin embargo, cuando la gente me abraza siento sus abrazos, sus besos, aunque es torturante no tenerlo.”

Y habla del padre Juan Almeida:

“Era un hombre muy familiar, que siempre buscaba en tiempos libres, para estar con sus hijos. A lo mejor no se podía encontrar con todos el mismo día, pero siempre buscaba un momento para estar con nosotros.

“Mi hermana Diana y yo, fuimos los que tuvimos la posibilidad de vivir con él desde que nacimos hasta que falleció, pero él siempre tenía un momento para sus otros  hijos. Unos lo veían en la casa, otros en su oficina pero él siempre tenía un momento para todos.

Pregunto si, como suelen decir muchas personas de sus padres, era Almeida “cariñoso pero duro”. Y no duda en la respuesta:

—No diría que duro, sí que inspiraba mucho respeto. Y todo bajo una disciplina. Él se levantaba temprano, a veces se quedaba un rato en la casa leyendo. Y mi hermana y yo sabíamos que cuando él estaba en sus momentos de lectura o de descanso, no podía haber gritería en la casa, ni peleas entre ella y  yo. Pero, no porque lo haya impuesto él, sino porque nos inspiraba ese respeto y siempre lo mantuvimos así.

—Dices en la canción que con él aprendiste a reír y a  llorar. ¿Lloraba Almeida?

—No lloraba con frecuencia, es un modo de decir que me enseñó muchas cosas en la vida, me enseñó a reír, a brindar, también me pudo enseñar a llorar. Yo lo vi llorar sólo una vez, yo era muy chiquito y lo vi con los ojos aguados. Fue el día que murió mi abuela.

—Hablas también del Coraje de no rendirse y de la sencillez como grandeza…

—Él era un hombre muy sencillo. Parte de la sencillez y la humildad que llevo siempre en mis conciertos, se la debo a él. Disfruto mucho cuando termino los conciertos y las personas se me acercan y me saludan, me dan la mano y me dicen que saludarme a mí, darme la mano, es como dársela a él.

Todas las personas de este mundo con las que me encuentro, me lo recalcan todos los días: tu padre era muy sencillo, sigue así como tu padre. Tu padre era muy humilde, era de pueblo, la gente lo quería mucho.

Hace poco una persona se me acercó y me dijo: lo que más admiré siempre de tu padre, es que no se escondía del pueblo. Andaba en su Lada, con la ventanilla baja y sin aire acondicionado.

—¿Qué otros valores aprendiste de él?

—La lealtad. Era un hombre muy leal: a Fidel, a Raúl, a la Revolución. El compañerismo. Era un hombre que se relacionaba mucho con sus amistades. Sentía una gran afinidad con su pueblo y siempre estaba pendiente de las personas que le planteaban algún problema.

Tuve la posibilidad de estar con él en muchísimos actos, en distintos  lugares y siempre que alguien se le trataba de acercar y no lo dejaban, él decía: déjenlo que llegue. Dime mijo, qué te pasa, cuál es tu problema, qué es lo que te molesta…y siempre tenía un momento para esas personas. Nunca lo vi rechazando a nadie que viniera a hablarle, aunque fuera de problemas. Nunca lo vi rechazando a nadie.

—Tu padre escribió más de 300 canciones, pero tú no cantas muchas.

—Pues sí, yo canto la música de mi padre. Ahora mismo, estamos haciendo con Manolito Simonet un disco con diez canciones de mi padre, de las que no se conocen, llevadas a la onda contemporánea para que los jóvenes también tengan acceso a esa música desde  una sonoridad más moderna.

Eso va en el arreglo. Manolito se está destacando en eso y lo está haciendo bien movido y bien bailable.

Hago salsa porque es la música que quería hacer cuando creamos la orquesta, porque lo mío es música popular bailable. Pero su obra está ahí. Incluso en el primer disco mío, hecho por Juan Manuel Seruto, incorporé tres temas suyos, algunos inéditos, Qué le pasa a esa mujerSi te preguntan, absolutamente inédito y  El Jalao, otro tema que no se conocía, con arreglos muy contemporáneos. Ese se escuchó bastante en la radio desde que comenzamos en el primer año de la orquesta.

Y nunca tuve miedo de hacer su música, al contrario, me sentía orgulloso de poderla interpretar. Porque le hubiera encantado ver su música interpretada por mí.

—En la canción hablas de tu anhelo de que te viera, ¿qué crees que diría?

—No sé qué pensaría si me oye, pero creo que estaría orgulloso.

—¿En qué cosas tuyas reconoces a tu padre?

—Hay muchísimo de él en mí y también de mi mamá. Cuando estoy serio, con el carácter fuerte, soy él. Cuando estoy divirtiéndome tengo el carácter de mi mamá… De él me gustaba todo. De él aprendí mucho, pero su talento musical es lo que más disfruto.

Querido viejo, ¿cómo nace?

—Es un tema muy lindo, compuesto por mí y por Yaliesky Zaldívar, uno de los ganadores de Sonando en Cuba del año pasado. Yo tenía todas las ideas de lo que quería que dijera la canción y un día me senté con él y le dije: quiero hacerle una canción a mi papá. Y me dijo: pero, ¿tienes más o menos la idea de lo que quieres que diga la canción? Y le respondí: tengo todo lo que quiero que diga, pero no sé de qué manera organizarlo. Nos sentamos en su casa y en diez minutos lo organizó completo, es un talento, es brillante.

—¿Te la piden en los conciertos?

—Cuando lo hicimos nunca pensé tener que cantarlo en los conciertos, en los carnavales, donde trabajo, porque como quiera que sea es un tema sentimental, de hijo a padre, pero ya se ha convertido en un tema que la gente quiere escuchar siempre.

 

Juan Almeida: Revolución y Música

Adriana Orejuela Martínez - Cubadebate

Revolución y música parecieran constituir dos vocaciones dispares para ser asumidas por una misma persona, si se piensa en el alto nivel de compromiso, disciplina, talento y entrega que ameritan una y otra. Merecer, entre valientes, el grado de Comandante de la Revolución Cubana a base de coraje y convicción profunda en la justeza de las ideas que se defienden y, al mismo tiempo, no sólo componer, sino popularizar decenas de piezas en la médula de un pueblo tan musical como el cubano, son dos condiciones que rara vez vienen juntas. Sin embargo, el Comandante Juan Almeida Bosque logró conciliarlas.

“[…] en la clandestinidad componía para mí solo con la esperanza puesta en el combate y en el tiempo”[i]

El tiempo llegó, el combate se ganó y esas composiciones escritas en la tensa tregua de los fusiles, los asaltos y las emboscadas, vieron la luz. Ya en septiembre de 1959, el diario Revolución[ii] anuncia la salida de un disco sencillo (45 rpm) grabado por el sello Discuba (filial de la RCA Víctor) con dos temas de Juan Almeida en la voz de Amelita Frades y el acompañamiento de la orquesta de Bebo Valdés: Hoy sé reír y La Lupe, primer gran hit del Comandante compuesto en tierras mexicanas en el año 1956.

“Y ahora que me alejo
para el deber cumplir,
que mi tierra me llama
a vencer o a morir,
no me olvides, Lupita;
ay, acuérdate de mí.”

Aunque es evidente que la prioridad de Juan Almeida residía en consolidar la transformación social y política de su país, no solo no dejó de componer a lo largo de su vida, sino que el gran tema de su prolífica obra autoral no fue la canción de barricada, sino el amor. Canciones, baladas y boleros reflejan esa preferencia de Almeida por abordar en sus textos la gama de momentos felices, frustraciones y desencuentros que experimenta toda relación amorosa.

Un buen ejemplo de lo dicho, es Juan Almeida y sus canciones, primer álbum que reúne una selección de sus composiciones, interpretadas –¡nada menos!– por Elena Burke, Fernando Álvarez, Gina León, Hermanas Valdivia y Amelita Frades.  Esta rareza discográfica fue editada bajo la numeración 1004 por la Imprenta Nacional de Cuba[iii] con dirección y orquestación de los maestros Adolfo Guzmán y Rafael Somavilla. Pero detengámonos en la mayoría de los títulos y saquemos conclusiones: Ya no te extrañe, Yo quisiera tenerte, Un beso de recuerdo, Fue anoche, Yo no te olvido, Hablo a tu corazón, Fui dichoso y Tiempo ausente.

Negro enamorado

“Hay una tendencia a llamar autores sociales a los que reflejan determinadas formas de lucha en sus composiciones, pero se es social cuando se le canta al exilio como cuando se refleja una costumbre. No debería haber divorcio entre los compositores. A fin de cuentas es la sociedad la que condiciona al autor. Milanés y Matamoros son autores de reflejo social, cada uno en la época en que ha vivido”[iv]

¡Nunca más claro ni mejor dicho! Y como Almeida era un hombre de su tiempo y de su patria, gozosa y bailadora, sin abandonar la veta romántica, en 1966 el famoso grupo de percusión Los Papines populariza de su autoría, Negro enamorado. Aunque me adelante un poco en el tiempo, es necesario anotar que este número se incluiría hacia los ochenta en un disco instrumental dedicado a su obra a cargo de la fabulosa agrupación Los Amigos, integrada por Frank Emilio al piano, Orlando López Cachaíto en el bajo, Tata Güines, en las congas, Guillermo Barreto en la batería y para completar la nómina de lujo, Gustavo Tamayo en el güiro[v]. La selección musical de este fonograma evidencia la incursión del compositor en los géneros bailables de su Isla. Especial mención merece la guaracha Que baile sola el son, una verdadera joya de la discografía cubana.

En cuanto a sus composiciones de contenido político, camino que también trasegó, escribió piezas como El gran día de enero, A Santiago, Hiroshima y Nagasaki o Elegía al mayor General Antonio Maceco.

No me grites

Durante los sesenta, setenta y ochenta Juan Almeida dio a conocer un amplio repertorio de inspiración romántica que ha logrado permanecer en el gusto popular y más allá. Cuando un tema, o fragmentos de él, se escapan de su marco estrictamente musical y se convierten en códigos referenciales del habla cotidiana entre la gente de a pie, estamos en presencia de un fenómeno que en el lenguaje coloquial se denomina “pegar”, y en serio. Es el caso de Mejor concluir, más conocida como: No me grites…que no hay por eso más razón en lo que dices… Alce usted la voz en cualquier lugar de Cuba y no le extrañe escuchar esa socorrida estrofa a manera de respuesta y tate quieto.

Decide tú, Me acostumbré a estar sin ti, Este camino largo, Dime, ¿eres tú? Es soledad, Cómo le explico yo a mi corazón y Mejor diciembre –además de las arriba mencionadas– son algunas de esas canciones, baladas y boleros que siguen tarareando varias generaciones de cubanos. Además, como bien dice mi amiga, la editora y escritora Olga Martha Pérez: “Juan Almeida era muy melodioso”. No es mera casualidad, que Beatriz Márquez, La Musicalísima, incorporara a su repertorio y “pegara” en toda la Isla numerosas obras del Comandante. “Siempre sentí que [las canciones de Almeida] estaban hechas para que yo las cantara”[vi], expresó Beatriz, una de las voces más afinadas y melodiosas de Cuba entera.

Pecado de omisión

Ahora bien, enumerar las agrupaciones e intérpretes que cantaron a Almeida dentro y fuera de Cuba, no solo ocuparía gran espacio, sino que se corre el riesgo seguro de “pecar por omisión”. Baste decir que, desde cancioneras como Elena Burke, Omara Portuondo y Farah María, hasta orquestas de música popular bailable como La Aragón, Rumbavana, Los Van Van, Irakere, Original de Manzanillo, Adalberto Álvarez y Sierra Maestra, entre muchas otras, abordaron su obra.

Por otra parte, Juan Almeida cuenta con una discografía dedicada por entero a sus composiciones en distintos formatos y desde diversas aproximaciones. En 1978 la EGREM lanza Beatriz canta a Juan Almeida, fonograma que recoge sus canciones románticas más populares hasta ese momento, acompañada por orquesta de gran formato dirigida por Tony Taño, con arreglos de Vicente Rojas.

En una senda similar al mencionado álbum de Los Amigos, en 2003 el sello Abdala apuesta por el jazz latino instrumental en una selección de temas con arreglos de Miguel Ángel de Armas, José Marcos Grecco y Gabriel Gómez Dihigo. Un año antes el mismo sello había editado Una manera mejor, trabajo coral bajo la dirección de la maestra Digna Guerra y Entrevoces. N.G La Banda interpreta canciones de Almeida es un disco EGREM de 2007, con orquestaciones del destacado músico José Luis Cortés, El Tosco. Otro C.D compilatorio de su obra es editado por los Estudios Siboney de Santiago de Cuba en 2015, a propósito del medio milenio de esa ciudad que tanto significó en la vida del Comandante Almeida.

Que están bailando

Aunque es incomparable con el volumen de sus composiciones románticas, también en el ámbito de lo popular bailable Juan Almeida conquistó más de un hit a nivel nacional e internacional, cuestión para nada fácil, pues dar en el clavo y seducir con el bendito coro o estribillo, alma y nervio de los sones y guarachas, es cosa complicada. No pocos compositores darían la camisa porque un buen día les fuese revelada esa pequeña estrofa de simplicidad pasmosa pero, como el Ave María, llena de gracia. “Dame un traguito ahora chico, que están bailando”.

Así de simple, así de misterioso y así de cubano.

El traguito, en la versión del conjunto Sierra Maestra cantada por ese sonero de cepa que fue José Antonio Rodríguez, contagió con su gracia a toda Cuba, justo cuando se daba una etapa de cierta recesión en la música popular bailable a comienzos de los ochenta del pasado siglo. Qué le pasa a esa mujer, también del mismo período, contó con una versión del famoso sonero venezolano Oscar D’León. Déjala que baile sola y Lo que te dice un guajiro, interpretada por Los Van Van, son ejemplos de la exitosa incursión del compositor Juan Almeida en la música para el baile.

Cuando calla el son

Pero Este son homenaje es, sin duda, el himno más sentido que haya dedicado compositor alguno al canto sonero, así por su texto, como por la emocionante dramaturgia que poco a poco teje la melodía ascendente, delicada y conmovedora. Definitivamente no es un son para ser bailado.

Este son no se ha escrito para el baile
es un póstumo homenaje
al que tanto son cantó
lleno de gracia sonera.
Miguel Cuní se llamó.

Este son es sentimiento sonero
que resulta una ocasión
para recordar entero
a aquél que siempre cantando
a la vida dijo adiós.

A la vida dijo adiós
con sentimiento sonero
el que tanto son cantó,
Miguel Cuní se llamó.

Cuba pierde a un trovador,
el son pierde su sonero
y yo pierdo al compañero
que en la vida me enseñó.
¡Miguelito!

La Original de Manzanillo, Adalberto Álvarez y su son, con Elena y Omara, y Pablito Milanés interpretaron ese son de altura para respetar.

“La muerte de Cuní fue algo que nos dolió a todos los músicos[vii]”, expresaría el Comandante Juan Almeida Bosque, en quien se dio una inusual convergencia entre la Revolución y la Música.

Notas:
[i] En Cubadebate, 14 de septiembre de 2009. Entrevista realizada por la periodista venezolana Lil Rodríguez en 1988. La Habana.
[ii] En Revolución, 23 de septiembre de 1959, p. 15. La Habana.
[iii] La Imprenta Nacional de Cuba se funda en 1959, primero para editar libros y luego incorpora la edición de discos. Infiero que este Larga Duración debió salir entre 1961 y 1962.
[iv] En Cubadebate, 14 de septiembre de 2009.op cit
[v] Carlos Averhoff y Oscar Águila fueron músicos invitados en este fonograma. Saxofón y corneta china respectivamente.
[vi] Juventud Rebelde, 12 de septiembre de 2009, La Habana. Entrevista a Beatriz Márquez
[vii] En, Cubadebate, 14 de septiembre de 2009. Op cit
Fuentes:
Lil Rodríguez, Cubadebate, 14 de septiembre de 2009. Entrevista realizada al Comandante Juan Almeida en 1988. La Habana
Adriana Orejuela Martínez, El son no se fue de Cuba, Claves para una historia 1959-1973. Editorial Letras Cubanas. La Habana, 2006.
Revolución, 23 de septiembre de 1959, p. 15. La Habana
Juventud Rebelde, Septiembre de 2009

 

Almeida vive hoy más que nunca

Edilberto Carmona Tamayo, Dinella García Acosta - Cubadebate

Cubadebate y el sitio Fidel soldado de las ideas recordamos hoy las palabras que dedicara nuestro líder histórico a horas de la desaparición física de Juan Almeida Bosque. Este 11 de septiembre, en el décimo aniversario de su muerte, compartimos también algunas fotografías poco conocidas de su vida.

La Reflexión Almeida vive hoy más que nunca, escrita el 13 de septiembre de 2009, es la prueba irrefutable de que Fidel siempre confió mucho en él. Comandante del Tercer Frente, moncadista, expedicionario, compañero de prisión, oficial del Ejército Rebelde. Ambos crearon juntos muchas de las huellas de nuestra historia.

Y Almeida, quien siempre cumplió con él, cual deber inquebrantable que solo hace el amor por la misma causa, dijo en una ocasión: “No se engañen, voy a cumplir con Fidel”. Y lo hizo, de eso no existen dudas. Hasta al partir de esta vida lo dejó orgulloso.

Disciplinado y recto, “enfrentar la muerte era para él un deber como todos los que cumplió a lo largo de su vida”, como también dijera nuestro Comandante en Jefe. Así, con la valentía y el coraje del que siempre fue hijo, partió hacia la inmortalidad, esa que nos permite afirmar: Almeida no ha muerto, vive hoy más que nunca.

Foto: Fidel Soldado de las Ideas.

Tuve el privilegio de conocerlo: joven negro, obrero, combativo, que sucesivamente fue jefe de célula revolucionaria, combatiente del Moncada, compañero de prisión, capitán de pelotón desembarcando del Granma, oficial del Ejército Rebelde ―paralizado en su avance por un disparo en el pecho durante el violento Combate del Uvero―, Comandante de Columna, marchando para crear el Tercer Frente Oriental, compañero que comparte la dirección de nuestras fuerzas en las últimas batallas victoriosas que derrocaron a la tiranía.

Escuchaba con placer algunas de sus canciones, y en especial aquella de encendida emoción que ante el llamado de la Patria a “vencer o a morir” se despedía de humanos sueños. Ignoraba que había escrito más de 300 de ellas, las cuales sumó a su obra literaria, fuente de lectura amena y de hechos históricos. Defendió principios de justicia que serán defendidos en cualquier tiempo y en cualquier época, mientras los seres humanos respiren sobre la tierra.

¡No digamos que Almeida ha muerto! ¡Vive hoy más que nunca!

Para conocer más sobre el ideario del líder de la Revolución Cubana, visite nuestro sitio Fidel Soldado de las Ideas. Síganos en Facebook y Twitter.

 

Almeida de Santiago

A una década de su retorno a las serranías del Tercer Frente, el ejemplo de luz del Comandante de la Revolución Juan Almeida Bosque sigue intacto entre los hombres y mujeres de la tierra que le acogió orgullosa como uno de sus más entrañables hijos,gesto que él supo reciprocar tocando el corazón de su pueblo

Juventud Rebelde

Santiago de Cuba.— Le conocen la bahía y los rojos tejados del Tivolí, el parque Céspedes, el Moncada y la Gran Piedra, los intrincados parajes del Tercer Frente a los que en sempiterno pacto de amor les devolvió la dignidad.

El bolero, el son, la conga: la música oriental y los afamados carnavales santiagueros le deben el ímpetu de quien los defendió desde su fina sensibilidad de artista. La historia que se acuna en este lado cubano encontró en él al testigo-testimoniante de sus mejores pasajes y sus hijos caídos, el más devoto guardián de su memoria.

Cada piedra, cada obelisco, cada pedestal de héroe de esta cálida tierra supo de sus cuidados, como la persona de detalles que era. Recordada es su constante preocupación por los monumentos de los mártires del Moncada, en la carretera de Siboney, por el estado de los combatientes y madres de mártires.

Las invictas montañas del Tercer Frente Mario Muñoz, que lo vieron erguirse como comandante, guerrillero del coraje y la justicia, aún guardan la poesía de sus pasos, la melodía de su música y se respira el cariño que sembró con el fusil al brazo o tocando el corazón de su pueblo.

«Nunca le dije no al Comandante Almeida…», acostumbraba a repetir Titina, la hija de Apolinaria Biset, «Zurita», quienes pusieron familia, casa, cama y comida a disposición del jefe guerrillero, y que el reciprocó con amor de hijo.

«Con el Comandante me hice hombre…», suelen enfatizar curtidos labriegos a quienes se les humedecen los ojos mientras cuentan a los nuevos de sus hazañas por los trillos de la serranía, quizá porque les enseñó desde su estatura, ganada con coraje, de uno de los íconos de la épica resistencia de la Patria; que es posible llegar a la cumbre sin olvidar los orígenes, sin traicionar la condición de humano de sólidos principios: sensible y cordial, leal y franco.

Quienes tuvieron el privilegio de acompañarlo en las disímiles y complicadas tareas que asumió aquí como delegado del Buró político en la antigua provincia de Oriente, no olvidan que les legó un estilo de dirección basado en el ejemplo, el rigor, el humanismo y el contacto directo con la gente, que ha marcado pautas  hasta hoy y es paradigma para quien intente conducir con certeza a los habitantes de esta región.

Nació en La Habana, pero era santiaguero, pues así lo sintió y declaró muchas veces. «Yo soy como los santiagueros, que dan vueltas y vueltas y regresan. Santiago es mi musa», le promulgaría más de una vez a José Camejo Acosta, su cercano colaborador aquí por muchos años.

Se decía hijo de este terruño, amante enamorado de la familia Maceo-Grajales, y todavía se recuerdan sus desvelos por transformar la situación de cada barrio —los que recorría regularmente—, por el problema del agua o porque una orquesta emblemática del territorio, como la Chepín-Chovén, no se desintegrara.

Dirigió aquí con el carisma del jefe que no admitía chapucerías, el dirigente apegado a la gente simple, que sin alardes enfrentaba directamente los problemas hasta solucionarlos, luchaba contra los errores, no contra los hombres y enseñaba a ser exigente, puntual, concreto y justo.

En el fragor de días difíciles demostró que en medio de disímiles responsabilidades es posible encontrar tiempo para caminar por las calles, cantar o polemizar en un parque, depositar una flor ante el compañero caído, ejercitar sus músculos, intentar descifrar los caminos del cocoyé y hasta una que otra noche asomarse a uno de los balcones del hotel Casa Granda para contemplar el corazón de la ciudad o la bahía santiaguera.

En el Santiago que hizo suyo dejó su impronta, hecha canción, a la manera de aquel tema con el que reciprocó el cariño de un pueblo, en 1976: A Santiago. Tu Santiago, mi Santiago… pero también de maneras bien tangibles como la fundación de los Estudios Siboney, de la Empresa de Grabaciones y Ediciones Musicales, en 1980; la que como acto de elemental justicia tuvo su debut con un sencillo que tenía por una cara a La Lupe y por la otra A Santiago, ambas de su autoría.

Fue un defensor de la unidad como raíz de la libertad y la independencia; y como portador de una fidelidad sin límites protegía la autoridad de Fidel y de Raúl como la niña de sus ojos. «Eres el primero en Santiago», cuentan que le dijo en pleno parque Céspedes un amigo de acá, pero el ripostó de inmediato: «No, soy el tres; el primero es Fidel y el segundo, Raúl».

Quien haya compartido ese himno al sentimiento más universal que es La Lupe, lanzado un piropo a una mujer que quiere que la miren o leído alguno de sus libros, que abundan en el pasado histórico de los cubanos, comprenderá la explicación que él mismo dio a un diplomático extranjero: «Aunque hice la guerra, compongo canciones de amor», y sabrá de su especial sensibilidad humana y artística, evidencia imperecedera de que en él latía el corazón de un poeta que nunca dejó de soñar con la belleza.

Artista de vocación, mecenas de su tiempo, como legado cultural, al decir de muchos de sus amigos intelectuales, nos dejó también su cortesía, su forma de vestir y su apoyo al desarrollo del buen arte oriental.

Más allá de las medallas y condecoraciones que recibió su andar, su pecho de poeta y combatiente pertenece hasta hoy a los hombres y mujeres humildes de Santiago de Cuba en los que supo calar.

Por eso, Juan Almeida Bosque sigue teniendo un lugar especial en el corazón de los santiagueros y toda la autoridad, para desde aquí seguir convocando a enfrentar el mañana, tal vez desde aquel pensamiento de Antonio Maceo que tuvo entre sus máximas: «Quiero tener la gloria de haber contribuido al bien e independencia de Cuba y llevar, con orgullo, el título de buen ciudadano, que da brillo y grandeza cuando se obtiene sin mancha».


Un héroe con música en el alma

Pedro de la Hoz - Granma

Era bien avanzado el mes de julio de 1953 cuando un hombre alto, de tez clara y cuerpo enfundado en un traje veraniego, tocó a la puerta de una humilde y pulcra casa de la barriada de Poey, en la periferia de La Habana. Preguntó por Almeida a una señora de mirada escrutadora. «¿Cuál de los dos? ¿El padre o los hijos?». Debe ser el hijo, el que trabaja en la construcción. Juan o, mejor dicho, Macho, como quedó en la familia al ser el segundo de la prole a causa de que la mayor, una hembra, al nacer su hermano, no dejaba de repetir: «Pero si es machito, un machito…».

Ese día hablaron como otras tantas veces en los últimos tiempos el visitante y el joven albañil. Este presentaba una leve lesión en su mano derecha, por lo que el amigo que llegó a la casa trató de persuadirlo de que tendría otra oportunidad más adelante para emprender la obra en que ambos, y muchos más, se hallaban comprometidos. Para Charo, la madre, el hombre alto era alguien que venía a contratar a su hijo para un trabajo fuera de la capital.

Muchos años después doña Charo recordó: «Macho dejó que el hombre hablara, para al final pedirle que le lanzara una pelota que estaba en un butacón. La agarró en el aire con la mano izquierda: “Como acabas de comprobar, la mano con problemas es la derecha y no sé si te has percatado, yo soy zurdo”. Pero el hombre no se daba por vencido. Parece que como vio la casa tan bonita, se le ocurrió decirle: “Hay otro problema, tú eres casado”. Mi hijo se rio: “¿De dónde has sacado eso? Aquí vivo con mis padres y mis hermanos”. Y alzó la voz: “Vieja, ven acá”. Fui hasta donde ellos y Macho me dijo: “Vieja, este es Fidel Castro. ¿Te acuerdas de que conversé contigo acerca de la oportunidad de cambiar de trabajo? Bueno, es con el ingeniero Fidel, que va a hacer unas obras en Varadero. Es una buena oferta, ¿verdad?”. Le dije al señor: “Mucho gusto, Rosario Bosque, para servirle. Esta es su casa. Si Macho dice que puede, póngale el cuño, que es cumplidor”».

Horas más tarde Juan Almeida Bosque viajó a Santiago de Cuba e integró el destacamento de combatientes que en la madrugada del 26 de julio de 1953 asaltó el Cuartel Guillermón Moncada, la segunda fortaleza militar del país, bajo el liderazgo de Fidel Castro. Ya se sabe, aquella fue la chispa que generó el incendio. Desde ese día hasta la alborada del 1ro. de enero de 1959, los hombres y las mujeres de la acción del Moncada, junto a tantísimos más que a lo largo y ancho del país en montañas y llanos, a la luz del día y en las sombras de la clandestinidad, se empeñaron en hacer real el cambio: arrojar a la dictadura usurpadora, restaurar el sueño hasta entonces incompleto de José Martí, y culminar la gesta libertadora que en esa propia región oriental había comenzado un siglo atrás.

Al triunfar fueron por más, por hacer cumplir lo que quería Martí para la República, un pedestal donde se rindiera culto a la dignidad plena de los seres humanos, trazar un rumbo independiente para la nación sin ataduras neocoloniales, desmantelar los pilares de la injusticia, hallar el mejor modo posible de repartir entre todos la riqueza, luchar por la erradicación de la ignorancia, el analfabetismo, la discriminación y la explotación. Esto solo podía darse mediante la construcción de una nueva sociedad, bajo los preceptos del socialismo. Esto solo podía conseguirse a base de consagración, entrega, superación, sacrificio, fidelidad y compromiso, principios encarnados en las vidas y las obras del líder y la vanguardia.

El joven albañil lo tuvo claro: Fidel era el guía y a él se debía con lealtad y voz propia a esa vanguardia. Militó en ella cuando marchó al Moncada, ­soportó los días de la prisión fecunda en el Presidio Modelo de Isla de Pinos, viajó al exilio mexicano, se enroló en la expedición del Yate Granma y escaló a la Sierra Maestra con el Ejército Rebelde. Y confirmó su puesto en primerísima fila cuando desempeñó importantes responsabilidades militares, entre ellas la creación del Ejército Central; participó en la fundación del Partido Comunista de Cuba, y desarrolló una intensa labor política en la antigua provincia de Oriente durante más de siete años.

Miembro del Buró Político del Partido, diputado y vicepresidente del Consejo de Estado, una de las obras a la que en los últimos tiempos dedicó mayor energía fue a la fundación y consolidación de la Asociación de Combatientes de la Revolución Cubana.

Fidel, por supuesto, también lo tuvo claro. A raíz del deceso de Almeida escribió: «Tuve el privilegio de conocerlo: joven negro, obrero, combativo, que sucesivamente fue jefe de célula revolucionaria, combatiente del Moncada, compañero de prisión, capitán de pelotón desembarcando en el Granma, oficial del Ejército Rebelde –paralizado en su avance por un disparo en el pecho durante el violento combate del Uvero–, comandante de Columna, marchando para crear el Tercer Frente Oriental, compañero que comparte la dirección de nuestras fuerzas en las últimas batallas victoriosas que derrocaron a la tiranía. Fui privilegiado testigo de su conducta ejemplar durante más de medio siglo de resistencia heroica y victoriosa, en la lucha contra bandidos, el contragolpe de Girón, la Crisis de Octubre, las misiones internacionalistas y la resistencia al bloqueo imperialista».

2.

Al combatiente es imposible escindirlo del poeta. El hombre que en Alegría de Pío, apenas tres jornadas después del desembarco del Granma, al ser conminado a la rendición, respondió con una frase para la Historia –«¡Aquí no se rinde nadie, cojones!», con el atributo fiero e indoblegable por delante, que ya había sido consagrado en un verso del extraordinario poeta y también combatiente que fue el español republicano Miguel Hernández– era también el hombre sensible que evocó el amor de una muchacha mexicana al despedirse en la distancia para emprender la gesta en tierras cubanas, sin saber si la volvería a encontrar. La Lupe es una canción indiscutiblemente emparentada con las páginas a la mujer bayamesa, firmada una por Céspedes, Castillo y Fornaris en el siglo XIX y otra por Sindo en la primera mitad del siglo xx. Prueba al canto los versos que siguen:

Y ahora que me alejo

Para el deber cumplir

Que mi tierra me llama

A vencer o a morir

No me olvides Lupita

Acuérdate de mí.

Al valorar su obra musical, la destacada musicóloga María Teresa Linares expresó: «Si nos propusiéramos enmarcar la obra de Juan Almeida, tendríamos que señalar entre sus valores, sus aportes a la cancionística cubana; pero si quisiéramos formular un ­juicio sobre su permanencia en lo que será la historia de la música cubana, su presencia en el tiempo, Dame un traguito y La Lupe contienen los elementos de cubanía y de popularidad suficientes para que las generaciones del 2000 recuerden a aquel guerrillero, uno de los mejores capitanes que hizo tan buena música insertado en su cultura».

Por su parte, Harold Gramatges, en quien se reconoce su jerarquía en la música de concierto creada en América Latina y el Caribe durante la pasada centuria, apreció la capacidad de Almeida para transitar con igual gracia en la canción romántica y la música bailable: «Me siento a gusto con sus baladas que son en definitiva boleros acomodados a la línea de nuestra época; no por gusto varias de las mejores boleristas cubanas las han incorporado a su repertorio y las han defendido como se merecen. Pero, como yo soy un fervoroso amante del son, me siento todavía más a gusto cuando escucho esas composiciones de Almeida disfrutadas por la gente, que, como buenos cubanos, se sienten atraído por el baile. Puede que estés pensando en Dame un traguito, pero ahora mismo compite en picardía y sabrosura el son en el que habla de una mujer que quiere que la miren. Si esto no viene de Miguel Matamoros o de Ignacio Piñeiro, que me digan de qué se trata. Y por si fuera poco acabo de escuchar un son elegíaco magnífico salido de su mejor veta poética y patriótica».

Harold se refería a Ese son homenaje, que Almeida compuso para honrar a Miguelito Cuní, cuya voz se hizo imprescindible en la línea frontal del conjunto Chapottin:

Este son

no se ha escrito para el baile

es un póstumo homenaje

al que tanto son cantó

lleno de gracia sonera.

Miguel Cuní se llamó.

Recuerdo a Almeida el día en que dijimos adiós a Elio Revé Matos, el hombre que puso a toda Cuba, de una manera creativa, a bailar el changüí. Cruzamos unas cuantas palabras en las que coincidimos en la necesidad de que el son y las especies bailables de nuestra cultura se mantuvieran vivas, lo cual, puntualizó, no quiere decir que permanezcan en el pasado. Confesó que no perdía pie ni pisada  de lo que hacía Juan Formell. En el momento culminante de la ceremonia, Almeida profirió con voz rotunda: «¡Viva por siempre, Revé!».

En otra ocasión discutimos largamente sobre lo que se debía o no ser llevado al disco y, desde luego, la importancia de que la industria discográfica cubana ocupara un lugar prominente dentro y fuera de la Isla. Él mismo había sido el principal impulsor de la fundación de los Estudios Siboney, de la Egrem, en Santiago de Cuba. Tomé nota de algo que me dijo entonces: «El disco es la memoria, y eso lo tenemos que interiorizar. Hay tantos valores que no se advierten si no pasan por el disco. Hay otros valores que nunca sabremos lo que pudieran haber sido porque no grabaron. La prensa debería darle calor a esto».

Es que en el poeta y el combatiente se articulaba el sentido de la memoria histórica. Almeida escribió libros; unos sobre su propia experiencia revolucionaria y guerrillera; otros para plasmar testimonios de hechos y gente cercana en el tiempo y el crecimiento humano.

Esa sensibilidad aflora, por ejemplo, cuando se vuelve a las páginas de Contra el agua y el viento, Premio Casa de las Américas en 1985. Solo alguien tocado por esa naturaleza puede lograr una descripción tan sobria y a la vez estremecedora como la que refleja el efecto del huracán Flora sobre el paisaje y las personas: «Una terrible pesadilla: una masa de agua carmelitosa en kilómetros y kilómetros cuadrados, sin que se le pueda ver el fin; cientos de objetos que sobresalen… Avanzan los objetos extraños y los conocidos, arrastrados por la corriente… también se ven cuerpos humanos, infortunados que no encontraron nada salvador a su alcance, nada a qué aferrarse... Sobre casas de mampostería de plantas altas, hay mujeres, hombres, niños, que han llegado a esos lugares buscando altura como refugio… Más adelante vemos vehículos, caravanas de camiones, tractores con carretas, todo cuanto puede prestar ayuda ante obstáculos insalvables».

Razón tuvo Roberto Fernández Retamar cuando al prologar ese testimonio afirmó: «Feliz Revolución la que tiene héroes con música en el alma y palabras para conservar y transmitir los combates, los esfuerzos y los sueños».

De su heroica vida

- El Comandante de la Revolución Juan Almeida Bosque nació en La Habana el 17 de febrero de 1927 y falleció en esta misma ciudad el 11 de septiembre de 2009.

- De su actuación como jefe del Tercer Frente Oriental Mario Muñoz Monroy, el General de Ejército Raúl Castro destacó: «Almeida cumplió, con su proverbial lealtad, eficacia y espíritu de sacrificio, la misión de crear el iii Frente y posteriormente cerrar el cerco a Santiago».

- Integró el Buró Político del Comité Central del Partido desde su fundación en 1965, responsabilidad en la que fue ratificado en todos sus Congresos. Resultó electo Diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular y Vicepresidente del Consejo de Estado desde la primera legislatura en 1976.

- Fue distinguido con el Título Honorífico de Héroe de la República de Cuba y la Orden Máximo Gómez Primer Grado, otorgados el 27 de febrero de 1998, a 40 años de su ascenso al grado de Comandante en la Sierra Maestra, mediante orden firmada por Fidel.

De su literatura

- Contra el agua y el viento, Premio Casa de las Américas

- Crónicas de la Revolución Cubana

- La Sierra Maestra y más allá

- Por las faldas del Turquino

- ¡Atención, recuento!

- Algo nuevo en el desierto

- El General en Jefe Máximo Gómez

De su cancionística

- La Lupe

- Dame un traguito

- Este camino largo

- Cualquier lugar es mi tierra

- Elegía a José Martí

- Déjala que baile sola

- Si tú eres

- Qué le pasa a esa mujer

- Mi amigo el capitán

 

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Los yanquis desesperados por captar jóvenes cubanos

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Por Arthur González*/Martianos-Hermes-Cubainformación.- A pesar de las desilusiones sufridas, los yanquis insisten desesperadamente en captar algún joven cubano que les posibilite organizar una contrarrevolución entre la juventud.

Arthur González (Heraldo cubano) | Miércoles, 18 Septiembre 2019

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