Cuba y Estados Unidos: normalización imposible en el actual sistema internacional
Vincenzo Basile
Martes, 13 de Noviembre de 2012

Vincenzo Basile - blog Capítulo Cubano / Cubainformación. - Mucho se ha hablado de las recientes elecciones presidenciales de Estados Unidos que vieron a  Obama contra Romney. Por un lado, estaba el demócrata y paradójico Nobel por la Paz a quien sólo hay que reconocerle su intento -respeto al inculto y ex-alcohólico Bush- de buscar una mínima cooperación internacional (claramente limitada a pocas potencias) para presentarse al mundo como un nuevo liberal-idealista, estilo Woodrow Wilson, ocultando así a la opinión pública mundial el patrón de la política exterior yankee, es decir, la lógica de poder y el unilateralismo. Por el otro, estaba el fantático republicano que sufre de una anacrónica megalomanía muy peligrosa para esos tiempos, una especie de mezcla entre el exaltado Dwight Eisenhower y el paranoico senador Joseph McCarthy, que imagina terroristas y amenazas para Estados Unidos en todas partes.

 

Por fin ganó el mal menor para el mundo. Las posiciones de Rusia y China y la búsqueda de Obama de un consensus mínimo en el Consejo de Seguridad acerca de la situación en Oriente Medio pueden evitar el comienzo de una guerra generalizada, con consecuencias inimaginables para toda la humanidad.

A pesar de ésto, muchos han hablado de esa victoria de Obama como un ‘mal menor sólo para Cuba’, como si la sobrevivencia de la especie humana o el intento de evitar una guerra genocida no fuera lo que buscan todos los pueblos del mundo.

Pero, en el específico caso cubano, hay que admitir que efectivamente el presidente demócrata, durante su primer mandato, ha desplegado una política verbalmente ‘menos agresiva’ y ‘más aperturista’ hacia Cuba, ha evitado el discurso mafioso, violento y fascista típico del lobby cubano-americano radicado en Miami y respaldado por el candidato republicano.

Además, tras las elecciones, muchos analistas políticos esperan un cambio de rumbo en la política exterior de Obama hacia Cuba en una dirección aun más aperturista, si se considera que es su último mandato y que, por lo tanto, está sujeto a menores limitaciones. En ese sentido, el presidente podría efectivamente levantar el bloqueo o liberar los Cinco, pero no se trataría finalmente de un cambio verdadero en las relaciones entre los dos países que seguirían siendo hostiles.

El problema, por supuesto, no es la postura personal de un presidente, demócrata o republicano que sea, quien puede tomar aisladas medidas a favor de Cuba. La cuestión en este caso es más compleja y tiene un conjunto de elementos que van mucho más allá de la personal visión de política exterior que puede tener el transitorio inquilino de la Casa Blanca y que hacen imposible una normalización completa, estable y duradera.

Elementos de la política exterior

Cada análisis de un proceso de política exterior requiere un estudio del peculiar contexto interno de cada país. Ésto se compone de una multitud de elementos, de corte realista y liberal, que son fundamentales para poder entender las orientaciones y la postura que una nación asume hacia el sistema internacional.

Imprescindible, en primer lugar, es la concreta experiencia histórica que caracteriza cada país. En el caso de Estados Unidos, el hecho de que en su larga historia ha sido invadido un limitadísimo número de veces, provoca en las élites políticas norteamericanas un sentido de superioridad hacia el resto del mundo. Además, históricamente, Estados Unidos -bajo las declaraciones de la doctrina Monroe y del corolario de Roosevelt- ha considerado el hemisferio occidental perteneciente a su esfera de influencia. En ese caso, Cuba ha desafiado a Estados Unidos en su patio trasero, jugó un papel determinante durante la guerra fría con su postura antimperialista, ‘permitió’ el ingreso de los soviéticos en el hemisferio y, a pesar de que Estados Unidos salió ‘ganador’ del conflicto bipolar, la Isla ha decidido seguir con su política independentista y autonomista, algo parecido a lo que han hecho también países como Iraq, Siria, Irán y Corea del Norte, y los últimos acontecimientos internacionales están al alcance de todos.

El hecho de que la batalla contra Cuba lleva demasiado tiempo para terminarla con un rendimiento y la capacidad atractiva que una Cuba socialista, revolucionaria, antimperialista y próspera a 90 millas de sus costas podría representar para los pobres países del entorno geográfico, son otros factores que impiden una real reconciliación entre los dos países.

Un segundo elemento esencial para entender la política exterior son los grupos de presión internos. El poderoso lobby mafioso cubano-americano, legado histórico de la tiranía batistiana, con su fortaleza en el sur de la Florida, representa un gigantesco centro de poder con influencias políticas relevantes en el Congreso, en el Senado y en las campañas presidenciales de todas las etapas históricas de los últimos cincuenta años, aunque vaya perdiendo su antiguo poder.

Otro elemento básico es la ideología norteamericana, una mezcla de capitalismo y de destino manifiesto que los hace sentir portadores de supuestas superioridades morales, los que establecen las normas de comportamiento para todos los seres humanos, identificando los normales y los anormales, lo que se ha prácticamente convertido en un auténtico imperialismo cultural. Hay que considerar también, hablando de algo más reciente, la fuerte sensación optimista que atravesó la política norteamericana tras el derrumbe del campo socialista entre 1989 y 1991. En ese sentido, autores como Francis Fukuyama interpretaron el fin del conflicto bipolar como la definitiva victoria del capitalismo occidental, algo que provocaría -usando las palabras del autor- el fin de la historia, es decir, la gradual convergencia de todos los países del mundo hacia un modelo económico, político, social y cultural basado en la democracia representativa, el capitalismo occidental, el consumo de masa y el llamado american way of life. La tesis de Fukuyama, por supuesto, se concluyó con un evidente fracaso y los actuales escenarios geopolíticos están lejos de ser considerados uniformes, pero permanece una fuerte idea de ese tipo, de imponer su propia visión del mundo, de convertir sus valores en valores universales, anulando diferencias históricas, culturales y locales.

Todo eso, y por supuesto no solo, puede considerarse un válido motivo para que Estados Unidos siga con su campaña agresiva contra Cuba. La cuestión, clara y sencillamente, es que las relaciones entre los dos países no cambiarán nunca por decisión propia del imperio del Norte. El hecho de que Estados Unidos, en el breve período, cambie su mentalidad y su manera de percibir las relaciones internacionales, parece algo decisamente improbable. Quizás habrá cambios ‘más aperturistas’ o ‘concesiones’ para luego aumentar las ‘restricciones’, alternando zanahorias y palos, pero -considerando la actual y muy radicada percepción que las élites norteamericanas tienen del sistema mundial- no se puede esperar una verdadera reconciliación.

El sistema y el derecho internacional

Lo que debe ser cambiado es el actual sistema internacional. La anarquía sigue dominando las relaciones entre las naciones del mundo, mientras que el Foro Mundial nacido sobre las ruinas de la Segunda Guerra Mundial ha sido un obvio fracaso y asiste inerme a las violaciones de todos los principios básicos de la coexistencia pácifica y de la colaboración entre las naciones.

No hay que ser cínicos para admitir que las Naciones Unidas, como todas las grandes organizaciones internacionales impulsadas por las grandes potencias mundiales, sólo son un instrumento de poder y de control promovido por esas mismas potencias que, tras un evento histórico (en el caso concreto el fin de la Segunda Guerra Mundial) crean una institución con el único objetivo de cristalizar el statu quo político, territorial y económico. Otras organizaciones inmediatamente sucesivas a la guerra tuvieron el mismo fin: el Fondo Moneatrio Internacional, el Banco Mundial, la Organización Internacionl del Comercio y, luego, la Organización Mundial del Comercio, tenían el objetivo de establecer un sistema económico internacional capitalista afín a los intereses de Estados Unidos y de sus aliados europeos.

La lógica de poder y de superioridad de unas cuantas naciones sigue llevando adelante el anácronico principio del equilibrio de potencia: un poder difundido a nivel internacional representaría una amenaza para la estabilidad del sistema. Es decir, es preferible que haya pocas potencias que establecen los destinos del mundo, respeto a una igual distribución del poder entre todas las naciones, considerando, por supuesto, que estabilidad del sistema e intereses de pocos países son el mismo concepto.

Siguiendo ese principio, los redactores de la magna carta que dió vida a las Naciones Unidas, establecieron que el órgano donde se representaban todos los países del mundo, la Asamblea General, no podía tener poder legislativo ni adoptar decisiones vinculantes para los países. El principio democrático era imposible. Era demasiado peligroso otorgarle poder decisional a países del Sur, de África, Asia y América Latina, que en el conjunto hubieran representado la inmensa mayoría en la citada Asamblea. Por lo tanto, las potencias ganadoras de las Segunda Guerra Mundial (más China) se atribuyeron el derecho de ser los titiriteros del mundo. Se creó así el Consejo de Seguridad, expresión de un principio de potencia, único órgano de las Naciones Unidas con un efectivo poder decisional.

Las consecuencias son conocidas y también deducibles. Hasta que haya cuestiones entre las potencias, con el uso veto cruzado y siempre que haya cooperación, se impedirán grandes enfrentamientos bélicos. El dilema surge cuando una país poderoso quiere aniquilar a uno pequeño. La intervención armada, por supuesto, está ‘condicionada’ a la aprobación o a la abstención de las otras potencias en el Consejo de Seguridad y a la voluntar ‘cooperativa’, pero nadie puede obligar a un país potente el cese del cumplimiento de actos que de hecho violan el derecho internacional (consuetudinario y particular).

El derecho internacional, como conjunto de normas que vinculan los estados, tiene una aplicación claramente imperfecta. Siendo el sistema internacional un sistema que, por las mismas razones de la falta de un principio democrático en la Asamblea General, no reconoce la existencia de una autoridad jurídica superior capaz de imponer una decisión a un determinado país (anarquía internacional), el único instrumento que un Estado tiene para que se respeten sus derechos es la autodefensa, es decir, hacerse justicia por mano propia. Claramente, en un sistema todavía basado en una lógica de fuerza y de poder, ningún país pequeño podrá impedir que una potencia viole sus derechos o sea obligada a poner fin al cumplimiento de un acto dañoso.

Cuba y Estados Unidos: el bloqueo

Las históricas relaciones entre Estados Unidos y Cuba son un claro ejemplo de ésto. En los últimos 53 años, las violaciones de las más elementales normas de mutuo respeto y mutua aceptación han sido violadas por parte del poderoso vecino del Norte, frente a una combinación de aquiescencia e ineptitud de la comunidad internacional y a la impotencia del pequeño estado soberano de Cuba.

El 13 de noviembre, por vígesimo primer año consecutivo, la Asamblea General de Naciones Unidas, ha votado casi unánimamente un nueva resolución para pedir el levantamiento del bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por el gobierno de Estados Unidos contra el pueblo de Cuba. Sobre un total de 193 naciones que integran la Asamblea General de Naciones Unidas, 188 países votaron por el levantamiento del bloqueo, 3 en contra (Estados Unidos, Palau e Israel) y 2 se abstuvieron.

El bloqueo es un acto inhumano que aisla a la mayor de las Antillas, le impide el acceso al crédito internacional, bloquea su crecimiento económico y dificulta su desarrollo social y que, hasta la fecha, ha provocado un daño monetario de 108.000 millones de dólares (84.000 millones de euros) con consecuentes e incalculables daños humanos y sociales.

El bloqueo (que muchos insisten en llamar embargo) es un acto de una guerra no declarada. No se trata de una sanción soberana, como se consideraría una normal retorsión para reaccionar contra otra violación de normas internacionales por parte de un país extranjero, sino de un verdadero castigo contra un pueblo que hace más de cinco décadas se levantó y decidió elegir autonómamente su camino y escribir independientemente su historia.

En ese sentido, aunque no existan precisas disposiciones internacionales ya que no se encuentran otros casos de bloqueo en tiempos de paz, el derecho consuetudinario y la práctica, parecen afirmar que un acto como el bloqueo debería considerarse una violación del derecho internacional, específicamente de la no injerencia en los asuntos internos de una nación soberana ya que el bloqueo, que también causa efectos extraterritoriales, tiene el único objetivo de condicionar la política interna de un país soberano en el sentido de “causar hambre y miseria entre el pueblo, tratando de provocar insatisfacción y resistencia a la revolución cubana y sus líderes”.

Además, considerando las citadas razones que llevaron sus creadores a imponer dicho bloqueo y la Convención de Ginebra de 1948 para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio (art. 2) que define genocidio cualquier lesión grave a la integridad física o mental de los miembros del grupo, es evidente que el bloqueo es calificable también como acto de genocidio.

Sigue. Cuba y Estados Unidos: el emblemático caso de Guantánamo

Emblématico, en el caso de las violaciones del derecho internacional, es el caso del centro de tortura de Guantánamo.

Era el 1903, pocos años después de la guerra contra España, cuando Cuba, tras independizarse del colonizador ibérico, se convirtió en un protectorado de Estados Unidos, que empezaba su carrera imperialista y extendió su control desde Filipinas hasta Puerto Rico. Tras la guerra, Cuba y Estados Unidos, en el marco de dicho protectorado, firmaron un tratado para, entre otras cosas, el arrendamiento de parte del territorio de Guantánamo.

Hoy, tras más de un siglo, la base de Guantánamo se ha convertido en el símbolo de la agresividad norteamericana, de su desprecio para los derechos humanos y, sobre todo, de la incapacidad del derecho internacional para imponer el respeto de sus normas.

Hay que empezar considerando que en Cuba en 1959 hubo la que el derecho internacional califica sucesión de Estado con cambio radical de soberanía consecuente a eventos revolucionarios.

En ese caso, surge la cuestión de la continuación de los tratados internacionales anteriores. En ese sentido, la Convención de Viena (1978), así como el derecho general consuetudinario, establece que, en caso de sucesión, el nuevo Estado está vinculado a todos los tratados anteriores que tengan objeto territorial o real. El tratado que establece el arrendamiento del territorio de Guantánamo se coloca en esa categoría y, por lo tanto, aplicando el principio res transit cum suo onere, la presencia de Estados Unidos en Guantánmo se consideraría válida.

Pero, y esta es la importante excepción, el derecho internacional consuetudinario, siempre avalado por la citada Convención de Viena, establece otros dos principios: la tabula rasa y el rebus sic stantibus. Es decir, cualquier tratado internacional, aunque tenga carácter real o territorial (como el arrendamiento de Guantánamo), se considera extinguido (tabula rasa) si -después de un cambio radical del gobierno- faltan las condiciones (rebus sic stantibus) que fueron fundamentales al momento de la conclusión del tratado que no hubiera sido estipulado en caso contrario, o si el tratato es incompatible con el nuevo régimen político.

Es evidente que después del triunfo revolucionario, se verificaron todas las condiciones para la aplicación de rebus sic stantibus y tabula rasa. Cuba se levantó contra un dictador avalado por Estados Unidos, declaró su independencia del poder neocolonial norteamericano y su carácter socialista y antimperialista, nacionalizó las grandes compañías norteamericanas que explotaban a los obreros cubanos y depauperaban los recursos de la Isla. Todo ello, en el marco del derecho internacional que establece el poder soberano de cualquier país para nacionalizar empresas extranjeras.

Sin aqui considerar el hecho de que la misma existencia de la cárcel de Guantánamo representa una violación grave (gross violation) de los derechos humanos en términos de tortura a la que toda la comunidad internacional asiste impotente, se puede afirmar que la presencia de Estados Unidos en Guantánamo, rebus sic stantibus, es ilegal y, a pesar de eso y de las reiteradas peticiones de Cuba para que se le devuelve la soberanía sobre dicho territorio, los norteamericanos siguen en Guantánamo en el completo desprecio de las leyes internacionales.

Sigue. Cuba y Estados Unidos: otras violaciones del derecho internacional

También la invasión mercenaria en Playa Girón en 1961, los atentandos a lo largo de las décadas, las subversiones y los intentos de matar a los dirigentes cubanos, el envío de mensajes radio y televisivos con carácter subversivo a través de Radio y Televisión Martí, el respaldo a la organización de  acciones terroristas o subversivas contra la Isla a través de la Fundación Nacional Cubano Americana y de otras organizaciones de corte terrorista, la injerencia en los asuntos internos de una nación soberana a través del financiamiento de elementos contrarrevolucionarios por parte de la CIA, la USAID y la NED, son todos actos que violan normas del derecho internacional consuetudinario y el respeto de la soberanía interna de un país, sin considerar las responsabilidades penales individuales por las víctimas provocadas por dichas acciones.

Conclusión

Queda claro que el respeto del derecho internacional por parte de los gobiernos norteamericanos no es algo debido, sino algo que Cuba, según la lógica fascista e imperial del Norte, debería ganarse con comportamientos conformes. Así, Estados Unidos sigue condicionando cada normalización con Cuba a un cambio democrático en la Isla. De este modo, el Imperio saldrá siempre ganador frente a la opinión pública mundial.

Como dijo Zbigniew Brzezinski -politólogo polaco y consejero de Seguridad Nacional del Presidente Jimmy Carter- hay dos tipos de éxitos en las relaciones internacionales. Si el objetivo es el acuerdo, entonces el diplomático debe ser paciente, no debe amenazar, insultar o imponer condiciones inaceptables para la otra parte. Pero, si el objetivo es la enemistad, una estrategia exitosa para un diplomático es también hacer fracasar las negociaciones presentando a la otra parte intransigente y por lo tanto culpable del fracaso de la diplomacia. En ese sentido, el diplomático anunciará de antemano que la condición para negociar es el cambio del régimen y del gobierno ya sabiendo claramente que la otra parte considerará inaceptables tales condiciones.

Por lo tanto, en un sistema mundial donde la casi totalidad de los países no pueden tener un poder decisional que sancione o impide las violaciones de básicas normas y donde es una superpotencia la que decide autónomamente si respetar o violar el derecho internacional, presentando ese respeto como un acto otorgado y no como un deber cumplido, es evidente que una única medida como un posible levantamiento del bloqueo u otras favorables para Cuba no representan la solución al problema de las violaciones de la soberanía de la Isla.

Hasta que no se reforme el actual sistema internacional y, en primer lugar, no se le otorgue un efectivo poder legislativo a la Asamblea General de las Naciones Unidas, no se cree una efectiva autoridad judicial superior capaz de imponer el respeto de las leyes internacionales y no se establezcan principios democráticos en las relaciones internacionales, los cambios totales de una política exterior de Estados Unidos hacia Cuba y hacia el resto del mundo, seguirán siendo dependientes de la voluntad interna de un país imperial que jamás aceptará someterse a las leyes y jamás respetará una soberanía extranjera que no esté conforme con sus propios intereses políticos, económicos, sociales y culturales.

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