“(…) la esencia de su publicitado ‘artivismo’: disfrazar la provocación política de arte y disfrazar de éxito el fracaso absoluto de su gesto (…)”. Foto: Tomada de Pixabay


Jorge Ángel Hernández - La Jiribilla

Cuando en 2015 la artista cubana Tania Bruguera convocara a un boicot internacional contra la Bienal de La Habana, luego de haber participado en espacios privilegiados del programa oficial de ediciones anteriores, intentó dar un giro a su discurso público-propagandístico y centrar la atención en un tópico exacto: “el pueblo cubano tiene miedo”. Declaraciones y entrevistas de entonces, que no fueron pocas, se centrarían en ese tópico. Televisoras, diarios y revistas le cedieron su espacio para la insistencia. Algo en común compartían todas: la perspectiva ideológica de que hay censura y represión policial sobre ella y su trabajo artístico.

En estos cinco años, la cobertura de prensa se ha mantenido intacta en su estrategia. Para ninguno de los entrevistadores es significativo, paradójico, contradictorio, que esas performances que muestra por el mundo como ejemplo de su activismo político, han formado parte del programa central de la Bienal de La Habana, en sucesivas ediciones, y, elemental, se ejecutan en instituciones de primer orden en un panorama cultural que el proceso revolucionario auspicia. A caja destemplada, se remacha en la censura en tanto pasan por alto el hecho de la representación de una obra con mensaje muy claro y evidente. Nada más emblemático de eso que sus incursiones en el Museo Nacional de Bellas Artes y el Centro de Arte Contemporáneo Wifredo Lam. Como no parecían suficientes para ella, y no lo eran, obviamente, intentó apropiarse de la Plaza de la Revolución, un sitio cuyo universo simbólico es justo lo contrario de lo que se propone en su accionar, más interesado en el resorte propagandístico que desarrolla que en cualquier otra de las conceptualizaciones que entraña, a esas alturas ya epigonales y reiterativas. Así, y ante las cámaras dóciles, pasa de aludir a la primaria ambigüedad oral que generan las negociaciones para exponer obras tan abiertamente contrarias al sistema constitucional, siempre asumidas desde su testimonio único y en su propia óptica, a confirmar el estatus represivo y dictatorial de la Revolución cubana. De ahí que la mayoría de los diálogos televisivos parezcan más una obra teatral —u otro performance suyo— que una entrevista.

“(…) esas performances que muestra por el mundo como ejemplo de su activismo político, han formado parte del programa central de la Bienal de La Habana, en sucesivas ediciones (…)”.

En un Dossier de la Colección Cisneros que se publicara a propósito de su boicot a la Bienal de La Habana en 2015, con una balanza claramente inclinada a favor de quienes accedieron a su petición, su amigo, el artista Luis Camnitzer, le sugiere buscar soluciones alternativas a ese “marasmo de egos que estuvo generando”. En breves oraciones, el artista enumera los altos valores del evento, aun cuando puedan hallarse altas y bajas en su historia, y aconseja a Tania centrarse en su taller de artista. Como suele ocurrir en su habitual conducta, Bruguera invertiría el consejo y llevaría su taller personal de estudio de la Constitución a un llamado al comportamiento anticonstitucional, forzando las provocaciones públicas y condicionando, autoritariamente, el sentido ideológico a la conceptualización artística. No sé si a causa de la estrechez de miras de sus lecciones, y su alumnado, o si por su desconexión con la inmensa mayoría del pueblo soberano de Cuba, en cualquiera de sus estratos, pero la Constitución socialista terminaría refrendada en abrumadora mayoría en tanto los activos de guerra mediática continuaban sus bombos y platillos a las minorías frustradas.

En noviembre de 2020, Tania Bruguera se apresuraría a liderar la conducta de los manifestantes que fueron a sentarse ante el Ministerio de Cultura y terminaron en un largo diálogo con algunos de sus dirigentes. A la salida, declaraba salir viva, dando a entender que su vida peligraba por esa actitud y apropiándose, de paso, y para no ser menos con su propio método de creación artística, del dramático final de la película Clandestinos, de Fernando Pérez, quien por allí también andaba.

Del mismo modo en que la ambigüedad significante inherente a la expresión artística sufre una manipulación ideológica forzosa en la obra de Tania Bruguera, su conducta pública vive, y se alimenta, del espectro ideológico forzado por la propaganda hegemónica anticomunista. Cuando declara, ante las cámaras de TV, que el asombro, el desconcierto y la curiosidad de los ciudadanos que la ven avanzar por la calle en uno de sus performances es una “manifestación” —si tomamos del vocablo su contenido semántico relativo a la protesta social, o política—, revela la esencia de su publicitado “artivismo”: disfrazar la provocación política de arte y disfrazar de éxito el fracaso absoluto de su gesto. Si tanto la elección política como la expresión artística merecen libertad, ninguna de ambas ha de supeditar la libertad y derechos de la alteridad. Los rostros de la mayoría de las personas en las fotos que ella misma muestra como manifestación contra el gobierno, revelan ese estupor que se produce cuando un perturbado de sus facultades mentales sale a la calle a gritar incoherencias. No hay ni siquiera extrañamiento, porque el extrañamiento supone comunicación y entendimiento de sentidos, aunque sea en grados muy bajos. Y aun así, esto le sirve para la exhibición global que martilla el descrédito de oficio a la Revolución cubana. Las evidencias de las fotos parecen invisibles, como las telas del Rey que desfiló desnudo. Son axiomas que se cumplen con estricto rigor cuando se alude al caso Cuba con intenciones concretas de desestabilización social.

Esta es la clave esencial de la nueva conducta en que se esmera hoy la “artivista” cubana. Aquel miedo que, según sus insistentes declaraciones, sentía la población en 2015, se ha convertido en miedo del gobierno cubano. Le ha dado un giro de inversión al tópico para ajustarlo al constructo que desde julio se viene divulgando. Y ha llevado el performance personal al extremo de presentarse al mundo como la sacrificada negociadora de la libertad de determinados disidentes, con una pizca de drama en esas lágrimas que suelta al disfrazar su fracaso de victoria parcial pues, según su propio testimonio, “uno sabe que pide más de lo que van a dar”. Como nada está claro en sus declaraciones, en una trama de thriller clase B que va con todos sus parámetros de manipulación masiva, la propaganda se da banquete con la interpretación, sin cuestionar, eso sí, nada de lo que la artista ha asegurado.

Ni la más mínima insinuación de duda, siquiera en esos giros periodísticos en los que la opinión se descarga en el declarante, sucede a la andanada de reproducciones en los medios de prensa. Les basta conceder que el gobierno cubano ha faltado a su palabra de trato, lo que explicaría por qué no han liberado a los de San Isidro, sin que se le pregunte a la entusiasta mediadora, dada la capacidad de presionar que la asiste, cómo es que no tuvo la paciencia de esperar hasta que se cumpliera el trato. Un paquete de embustes que no deja rescoldos. Y ante superchería de tal índole, tampoco brotan los cuestionamientos de aquellos de conciencia crítica que tanto se apresuran a impugnar públicamente a otros artistas, creadores, intelectuales e instituciones por su expresión honesta, apegada a la verdad. Ninguno de ellos parece detectar la más mínima contradicción en las declaraciones de Bruguera. Como si santa palabra la envolviera en aura. Solo la escena de la sandalia de Brian, en la película La vida de Brian, del genial grupo Monty Python, pudiera comparársele. Y en tanto el filme es sátira especulativa, esto se da como suceso cierto y pretexto para convocar a disturbios y confrontaciones.

Tan dócil es la respuesta al consenso contrarrevolucionario, de redivivo macartismo, que ni siquiera recibe una pregunta incómoda, o de duda velada. Tal parece que todo se ha establecido previamente, en un guion que no se puede violar ni por aquello de guardar en algo la apariencia. ¿Por qué un periodismo ducho en ese tipo de rejuego pone en riesgo su ética profesional cuando se abordan problemas relativos a Cuba, Venezuela, o cualquier otro proceso social de verdadera diferencia anti hegemónica? ¿Sigue valiendo oro ese patrón de juicio? Huelgue o no la respuesta, es evidente que la conducta insiste en su reiteración. Vuelve a lo mismo la canción, en ese punto al menos.

“Del mismo modo en que la ambigüedad significante inherente a la expresión artística sufre una manipulación ideológica forzosa en la obra de Tania Bruguera, su conducta pública vive, y se alimenta, del espectro ideológico forzado por la propaganda hegemónica anticomunista (…)”.

Al colmo ha llegado la “artivista” al declararse, en el Foro de Oslo, parte de una mayoría dentro de Cuba. Y aunque esto parece una boutade más, de las tantas e infinitas que usa, su sentido se acopla a plenitud con los nuevos métodos injerencistas que estamos resistiendo quienes formamos parte de la verdadera mayoría cubana, la que ha refrendado la Constitución que ella no quiere, y aun así enarbola numerosos criterios críticos acerca de ciertos métodos de liberalización comercial, y manipulación de la moneda, para citar solo un par de ejemplos que hoy se desbordan del tintero. O, para aterrizar los ejemplos en el ámbito del arte y la literatura, de los injustos desniveles de retribución y reconocimiento, según las manifestaciones, la popularidad, el economicismo burocrático, y otros lastres de industria cultural.

Tania Bruguera no representa a ninguno de esa mayoría de ciudadanos soberanos, sociedad civil todos, aunque la ideología de contrarrevolución se niegue a reconocerle esa condición, según sus intereses, y que hoy vivimos en Cuba, llenos de insatisfacciones y necesidades, seamos artistas, escritores, profesionales de cualquier otro ramo o empleados de servicios públicos. No representa, siquiera, a la mayoría de los artistas que escudan su plattismo en intereses mercantiles, o aceptan, por dinero, un plattismo que de ser posible hubieran esquivado. Sí representa, en cambio, y sin dejar atrás lo que Luis Camnitzer llamara “marasmo de egos” —y que cualquier sicólogo reconocería como megalomanía—, los intereses de quienes no toleran que nadie sea políticamente diverso, diferente, menos si esa diversidad es comunista, o comparte, sin serlo, sus resultados concretos y palpables de transformación social. Y representa, cómo no, a los inescrupulosos mercaderes de la guerra mediática que ignoran la viga en el ojo de quienes la financian, y exageran la paja del ojo de quienes resistimos del lado de la revolución.

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