teleSUR.- La llegada de los expedicionarios del yate Granma marcó el inició de la lucha guerrillera en la Sierra Maestra y que derrocó con su triunfo la dictadura de Fulgencio Batista.


Hace 63 años desembarcaba en aguas cubanas un pequeño yate blanco cuyo nombre marcaría la historia de la Isla caribeña, Granma. Sobre su reducido espacio, 82 hombres zarparon con la mirada puesta en el horizonte y la única seguridad de que serían libres o mártires.

Eso les había asegurado el máximo dirigente de la epopeya, Fidel Castro antes de la partida el 25 de noviembre de 1956 en las costas veracruceñas de México, tras meses de preparación en ese país. 

A su llegada a México un año antes, Fidel Castro expresó: “Las puertas adecuadas a la lucha civil me las han cerrado todas. Como martiano, pienso que ha llegado la hora de tomar los derechos y no pedirlos, de arrancarlos en vez de mendigarlos. La paciencia cubana tiene límites (…) De viajes como este no se regresa, o se regresa con la tiranía descabezada a los pies".

El mar aguardaba a los expedicionarios con una ferocidad nada halagueña que junto al peso del barco y roturas en el motor retrasaron la llegada prevista para el 30 de noviembre. Tocaron tierra cubana dos días más tarde. El Comandante de la Revolución, Juan Almeida Bosques describió en una ocasión como al desembarcar el agua daba por la barbilla.

“Primero el agua les da por la cintura, al pecho, a la barbilla […] Nueva­men­te bajo el cuello, al pecho. Con la soga que tienen en la mano llegan al mangle y la amarran. Ahora bajan uno a uno. Los hombres más grue­sos al tirarse se entierran en el fango, los más livianos tienen que ayudarlos a salir”, recordó Almeida.

Las fuerzas de la dictadura batistiana conocieron de la noticia del desembarco por Playas las Coloradas al oriente del país, sin embargo pese al fuego de la aviación emprendieron su propósito de alcanzar la Sierra Maestra que sería el escenario principal de lucha en los próximos dos años.

Sobre el desembarco escribiría después el Che Guevara: “Quedamos en tierra firme, a la deriva, dando traspiés, constituyendo un ejército de sombras, de fantasmas, que caminaban como siguiendo el impulso de algún mecanismo psíquico”.

La llegada de esta fuerza vigorosa, entrenada y consciente marcó el inicio de la derrota del dictador Fulgencia Batista. A partir de ese momento comenzó la guerra de guerrillas en las lomas del oriente de Cuba. En esos apartados lares, la sangre y el sudor de hombres y mujeres forjaron la Revolución que alcanzara su triunfo el 1 de enero de 1959.

 

Expedicionarios del Granma: “Me quité los zapatos y ahí sonó el primer cañonazo”

Equipo Editorial Fidel Soldado de las Ideas

El yate Granma tocó tierras cubanas el 2 de diciembre de 1956, luego de una travesía de ocho días desde Tuxpan. No solo de 82 hombres venía lleno el barco, también de temores y valentías. Hoy, a 63 años de ese desembarco, liderado por Fidel Castro, recordamos algunas de esas historias.

Uno de esos expedicionarios es Manuel Echavarría Martínez, quien recuerda la primera vez que conversó con el Comandante en Jefe. De Manzanillo, criado entre “ocho muchachos, por la vieja y el viejo”, lo invitaron a La Habana a reunirse con Fidel.

“La primera vez que lo vi me encargó muchas cosas, y poco a poco fui organizando el movimiento en Manzanillo, hasta que Frank País me llamó de Santiago, y me dijo: oye, tienes que irte para México.

“Sin conocer a nadie me dieron un papel con una dirección. No nos conocíamos unos a otros. Estuvimos tres días dando vueltas. Entonces fuimos a comer a un hotel. Dejen todas las maletas debajo de la cama, nos dijeron. Estábamos a un kilómetro de donde estaba el barco, pero nosotros no lo sabíamos. Ahí tú no sabías nada. Cuando vimos el barco dijimos: esto es lo más grande. Pero cuando nos dijeron monta, no era ese, era un bote comparado con el que estaba ahí.

“En el mar se cayó Roque, y nosotros buscándolo. Medio kilómetro así. Hasta que salió Fidel y mandó a dar atrás no sé ni cuánto, hasta que Roque gritó: ¡aquí! Yo creí que no se salvaba”.

Gilberto García Alonso también habla de la travesía en el mar con particular temor, porque no sabía nadar. Nació en Luyanó y su padre era empleado de ferrocarriles y la madre ama de casa. Conoció a Fidel en la Juventud Ortodoxa.

“Yo no sé nadar. Cuando encallamos, que un compañero tiró una soga hasta la orilla, dije, bueno, por lo menos con la soga me agarro, y si me voy a hundir con el fusil, me agarro”.

Durante el desembarco, Esteban Sotolongo Pérez, por su parte, se resbalaba mucho y se hundía en el fango. Este expedicionario, que no terminó el tercer grado, pero ya a esa edad estaba aprendiendo el oficio de zapatero, cuenta la travesía:

“Llegué al barco. Estaba lloviendo. Una oscuridad tremenda. No cabíamos allí ni parados. Aquello era una locura.

“Yo pasé la travesía mal. Los dos primeros días yo creía que me iba a virar al revés. En el desembarco yo bajé bastante rápido. Me resbalaba mucho. Las botas que traía me quedaban grandes. Se me llenaron de fango y parecía que tenía cristales rotos dentro del zapato. Me quité los zapatos para quitarme un poco de tierra, y ahí sonó el primer cañonazo”.

Luego, Esteban, procedente de Placetas, lograría escapar herido del combate de Alegría de Pío y se mantendría luchando hasta el triunfo de la Revolución.

El combatiente Arsenio García Dávila, de madre campesina y padre obrero, nació en una finca cerca de Catalina de Güines. Desde temprano se vinculó a la Juventud Ortodoxa y ya era menor de edad cuando lo arrestaron y lo llevaron para el Vivaldi en Pinar del Río. De la primera vez que habló con Fidel, cuenta:

“Inmediatamente que Fidel es puesto en libertad yo voy a reunirme con él al apartamento donde estaba. Le digo que estoy dispuesto a vincularme al movimiento. Me preguntan si tengo pasaporte y digo: bueno, yo no he viajado ni a la provincia de Matanzas nunca.

“Así salí para México con el primer traje que me prestó un amigo. Vivimos meses de entrenamiento, hasta que hicimos la travesía con muchas tensiones.

“El momento más dramático fue la llegada, cuando encallamos el barco allí en Las Coloradas. Nos dispersamos en 18 o 20 grupos. Yo salí solo y me interné en el monte. Un hombre, que estaba debajo de un árbol, me hizo señas. Me acerqué y cuando le pregunté: ¿dónde está la finca de Guije Pérez? Me dice: ese soy yo”.

Luego, Arsenio bajó a Bayamo y regresó a la capital, “donde había una situación terrible de persecución”.

“Entonces, me buscaron un uniforme de los que usaban la gente de los ómnibus aliados y un carnet falso. Hice el intento tres veces en el mismo ómnibus, hasta que pasé todos los controles del ejército. Me empecé a mover en la Sierra hasta que lo encontré y luché en el Primer Frente en la Columna 1, junto al Che”.

 

Sobre las olas, una proa a la esperanza

Con el desembarco, tras la ruta épica del Granma, los expedicionarios serían los primeros combatientes de la última etapa de la gesta libertaria, y la fecha, el día fundacional de las Fuerzas Armadas Revolucionarias

Dilbert Reyes Rodríguez - Granma

La libertad es un derecho de los hombres; mas, de esta Isla, condición natural. Quienes la habitan y honran como patria ven su destino infinito e indomable, como el mar.

Por eso se levantan si la hieren, la humillan o la pretenden con ansias de imperio, y vuelven sobre las olas nuestros héroes, a vencer las afrentas y a situar, en la poltrona del pueblo, la voluntad soberana. Hay tormenta y agua fiera, pero es peor el tormento de la tierra secuestrada y mayor la fiereza de la rabia.

Grabado sobre la proa, Granma empezaba a rotular nuevas fechas en la historia del país moribundo, de retos permanentes, de desafíos, de fe, que es la fuerza motriz de la utopía contra los malos augurios: el clima, la estrechez, las náuseas, el retraso respecto al alzamiento de Santiago, el arribo por un bosque de mangles de la costa, a la irónica distancia de la playa ideal.

No hay mala suerte en las pruebas del sacrificio cuando se somete a examen el temple del carácter, la resistencia, la solidez de la idea, el desprendimiento heroico a riesgo de la vida, porque «morir por la patria es vivir».

Llegaron el día 2, y hasta ese día los méritos alcanzaban para epopeya. Pero ni el amparo de la tierra firme ofreció concesiones. Un bautizo de fuego en desventaja fracturó la columna y en la sangre que rodó por las cañas de Alegría de Pío empezó a pagarse el precio de la épica.

Tres perdieron la vida en el instante, los demás perseguidos, algunos capturados y asesinados; pero varios escaparon de la masacre y, amparados bajo el manto del campesinado fiel, caminaron a salvo hasta el reencuentro: ¡Ahora sí ganamos la guerra!

Cinco Palmas recobraría el sentido de la expedición menguada. No estarían todos, pero bastaban. Aunque muy corta, fe es una palabra honda y con raíces.

En cada hombre del Granma de­sembarcó una semilla, quedó en la tierra fértil, y cuando aquel faltó, segada la vida por el plomo, retoñó en el ideal de la victoria que triunfó sobre la desesperanza.

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