Cubadebate.- Melba es la que se recuerda de todas las cosas con mayor exactitud. Yo no recuerdo con precisión las horas, tal vez ella tampoco ahora, después de tantas cosas y tantos años, pero antes cuando nos poníamos a hablar de aquellas horas, a ella le era más fácil reconocer los hechos en detalles.


Si yo comienzo a hablar y sigo hablando por mucho rato sobre el Moncada con seguridad de que me voy a recordar de muchas cosas.

Ahora en lo que más pienso es en los que fuimos al Moncada y en Fidel y me pregunto: ¿cómo es posible que siendo Fidel como es haya habido quien lo traicionara? ¿Cómo es posible que no lo hayan conocido? ¿Cómo es posible que todos no estuvieran perfectamente identificados con Fidel, con la Revolución?

Todas las veces que veo a Fidel, que hablo con él, que lo escucho en la Televisión pienso en los demás muchachos, en todos los que han muerto y en los que están vivos y pienso en Fidel, en el Fidel que conocimos y que actualmente es el mismo. Pienso en la Revolución que es la misma que nos llevó al Moncada.

Estábamos en la casa de Siboney, Melba, Abel, Renato, Elpidio y yo. A Renato se le ocurrió hacer un “chilindrón de pollo”. Me reí cuando me lo dijo y empecé a argumentarle que no era un “chilindrón” sino un “fricasé”. “Así le dicen en Vuelta Abajo”, insistía Renato.

Mientras cocinábamos y sin interrumpir la conversación con Melba y Renato, mi­rando a Abel, pensaba en la última vez que estuvimos en el Central, a despedirnos de los viejos y la familia. Cuando fuimos a dejar la casa por la madrugada para regresar a La Habana, Aida nos advirtió que pusiéramos cuidado en no despertarle la niña. Abel quiso cargarla, quiso besarla.

Yo dije: —Déjanos, a lo mejor es la úl­tima vez que la vemos.

Aida me miró alarmada y yo quise ha­cer un chiste:

—A lo mejor es en la carretera donde quedamos.

—No seas trágica— me dijo Aida y nos fuimos.

Cuando estuvo hecho el “chilindrón” de Renato, Abel no quiso comer. Iba a Santia­go a acompañar un viejo matrimonio que vivía frente a la casa de Siboney. Tal vez sea el último Carnaval que vean, pensé.

Melba estaba a mi lado, hacía siete me­ses que no nos habíamos separado ni un solo día.

Pensaba en casa, en Melba que estaba a mi lado, en los muchachos. A esa hora no se me hubiera ocurrido pensar en la muerte, pero había dos cosas que me punzaban con dolor. Si todo se acaba, que quede Fidel, por él se hará la Revolución y nuestras vidas y nuestros hechos tendrán una significación; la otra se me reveló mucho después, con una terrible angustia, cuando nuestros muertos quedaron entre la sangre y la tierra y ya supimos que no los volveríamos a ver, temí que me separaran de Melba.

Recuerdo a Melba tratando de protegerme; yo tratando de protegerla a ella y unos a los otros tratando de protegernos. Cualquier cosa se hace, cualquier cosa cuando otras vidas están en nuestras manos. Cualquier cosa bajo las balas, bajo las ráfagas de ametralladoras, entre los gritos de dolor de los que caían heridos, entre las últimas quejas de los que morían.

Cualquier cosa es poco y mucho y nadie sabe cómo un hecho de esta naturaleza va a desarrollarse. Nadie sabe lo que va a hacerse en los minutos que siguen. Hay cosas que sí se saben, como todo lo que se ama.

Fui al Moncada con las personas que más amaba. Allí estaban Abel y Boris y estaba Melba y estaba Fidel y Renato y Elpidio y el poeta Raúl, Mario y Renato y Chenard y los demás muchachos y estaba Cuba y en juego la dignidad de nuestro pueblo ofendida y la libertad ultrajada, y la Revolución que le devolvería al pueblo su destino.

Los muchachos llegaban con hambre. La media noche nos encontró conversando, riéndonos, se hacían y decían bromas a todos. Servíamos café y un poco de lo poco que había quedado de la comida, de la comida que Abel no comió.

Volvíamos a los cuentos, a la anécdota de mi llegada a Santiago con dos maletas llenas de armas, de tal modo pesa­das, que un soldado que la movió al pasar junto a mí en el coche del tren, me pregun­tó si llevaba dinamita. —Libros —le dije—. Acabo de graduarme y voy a ejercer en San­tiago. Aproveché el Carnaval para divertir­me un poco después de los estudios. Usted sería un buen compañero para divertirme en el carnaval. —El soldado sonrió amistoso y me dijo dónde debíamos encontrarnos.

Bajó conmigo al andén, llevando mi maleta. Abel y Renato estaban esperándome en la Terminal. Yo me acerqué para decirles: “Esa es la maleta” y agregué: “es un compañero de viaje”. Y al soldado. “Son dos amigos que vienen a esperarme”. El soldado entrego la maleta y partimos.

Uno de los muchachos le hacía chistes a Boris.

—Ten cuidado con Yeyé que tiene una cita en el parque con un solado de la Dictadura —y todos nos reíamos.

Después llegó Fidel, y unos, solos y otros en grupo, llegaron todos.

Después salimos.

Luego estábamos en la máquina, Melba, Gómez García, Mario Muñoz y yo. Después y durante todo el viaje al Moncada pensaba en casa, pensaba en la mañana que vendría: ¿qué pasaría?, ¿qué dirían en casa?, ¿cómo sería el día que comenzaba?

Después llegamos.

Después fueron los primeros segundos y los primeros minutos y luego fueron las horas. Las peores, más sangrientas, más crueles, más violentas horas de nuestras vidas. Fueron las horas en que todo puede ser heroico y valiente y sagrado. La vida y la muerte pueden ser nobles y hermosas y hay que defender la vida o entregarla absolutamente.

Estos son los hechos que Melba recordaba con precisión.

Los que yo inútilmente he tratado de olvidar. Los que yo envueltos en una nebulosa de sangre y humo recuerdo. Los que compartí con Melba. Los que Fidel narra en “La Historia me absolverá”. La muerte de Boris y la de Abel. La muerte segando a los muchachos que tanto amábamos. La muerte manchando de sangre las paredes y la hierba.

La muerte gobernándolo todo, ganándolo todo. La muerte imponiéndosenos como una necesidad y el miedo a vivir después de tantos muertos y el miedo a morir sin que hayan muerto los que deben morir y el miedo a morir cuando todavía la vida puede ganarle a la muerte una última batalla.

Hay esos momentos en que nada asusta, ni la sangre, ni las ráfagas de ametralladoras, ni el humo, ni la peste a carne quemada, a carne rota y sucia, ni el olor a sangre caliente, ni el olor a sangre coagulada, ni la sangre en las manos, ni la carne en pedazos, deshaciéndose en las manos, ni el quejido del que va a morir. Ni el silencio aterrador que hay en los ojos de los que han muerto. Ni las bocas semiabiertas donde parece que hay una palabra que de ser dicha nos va a helar el alma.

Hay ese momento en que todo puede ser hermoso y heroico. Ese momento en que la vida por lo mucho que importa y por lo muy importante que es, reta y vence a la muerte. Y una siente cómo las manos se agarran a un cuerpo herido que no es el cuerpo que amamos, que puede ser el cuerpo de uno de los que veníamos a combatir, pero es un cuerpo que se desangra, y una lo levanta y lo arrastra entre las balas y entre los gritos y entre el humo y la sangre.

Y en ese momento una puede arriesgarlo todo por conservar lo que de verdad importa, que es la pasión que nos trajo al Moncada, y que tiene sus nombres, que tiene su mirada, que tiene sus manos acogedoras y fuertes, que tiene su verdad en las palabras y que puede llamarse Abel, Renato, Boris, Mario o tener cualquier otro nombre, pero siempre en ese momento y en los que van a seguir puede llamarse Cuba.

Y hay ese otro momento en que ni la tortura, ni la humillación, ni la amenaza pueden contra esa pasión que nos trajo al Moncada.

El hombre se nos acercó. Sentimos una nueva ráfaga de ametralladoras. Corrí a la ventana. Melba corrió detrás de mí. Sentí las manos de Melba sobre mis hombros. Vi al hombre que se me acercaba y oí una voz que decía “han matado a tu hermano”. Sentí las manos de Melba.

Sentí de nuevo el ruido del plomo acribillando mi memoria. Sentí que decía sin reconocer mi propia voz: “¿Ha sido Abel?” Miré al hombre que bajó los ojos. “¿Es Abel?” El hombre no respondió. Melba se me acercó. Toda Melba eran aquellas manos que me acompañaban “¿Qué hora es?” y Melba respondió. “Son las nueve”.

Estos son los hechos que están fijos en mi memoria. No recuerdo ninguna otra cosa con exactitud, pero desde aquel momento ya no pensé en nadie más, entonces pensaba en Fidel. Pensábamos en Fidel. En Fidel que no podía morir. En Fidel que tenía que estar vivo para hacer la Revolución.

En la vida de Fidel que era la vida de todos nosotros. Si Fidel estaba vivo, Abel y Boris y Renato y los demás no habían muerto, estarían vivos en Fidel que iba a hacer la Revolución cubana y que iba a devolverle al pueblo de Cuba su destino.

Lo demás era una nebulosa de sangre y humo, lo demás estaba ganado por la muerte. Fidel ganaría la última batalla, ganaría la Revolución.

Tomado de Lunes de Revolución, núm. 69, 25 de julio de 1960, p. 9. Allí apareció con el título «Relato de Haydee Santamaría».

(Tomado de laventana)

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