Enrique Ubieta Gómez - Granma.- En vísperas del 8vo. Congreso, conversamos con el Comandante José Ramón Machado Ventura (Vueltas, 1930), miembro del Comité Central del Partido Comunista de Cuba desde su fundación en 1965, y de su Buró Político a partir de 1975; ministro de Salud Pública de 1960 a 1967 y Primer Vicepresidente de los Consejos de Estado y de Ministros, de 2008 a 2013, así como Segundo Secretario del Partido desde 2011 hasta abril de 2021.


Es un hombre de pequeña estatura, movimientos rápidos, y mirada incisiva. Respetado por sus compañeros de la Sierra, y por los nuevos, que ya integran varias generaciones, todos nacidos al filo o después de la Revolución que impulsó con las armas y con su ejemplo de trabajador incansable, Machado Ventura, como se le conoce, es uno de los grandes de la historia. No le gusta aparecer en primer plano, pero está atento a todo, y sus señalamientos críticos suelen ser certeros. Tampoco acostumbra a dar entrevistas. Cualquiera que no lo conozca creería que es un hombre de 70, quizá de 80 años. Pero el año pasado arribó a los 90.

La prensa contrarrevolucionaria concentra en él su odio: como es menos visible, fabrica una imagen tenebrosa. Pero cualquier interlocutor que se siente frente a él, encontrará a un hombre (me resisto a llamarlo anciano) que sabe reír, que ha participado con pasión y humildad en los más importantes acontecimientos históricos de las últimas seis décadas, y que, sin embargo, «no se cree cosas», como dirían los muchachos de hoy.

Soy consciente de lo privilegiado que soy: a las puertas del 8vo. Congreso del Partido, cuando, dicho por él, «ya se va», Machado Ventura me concede esta entrevista. Hablamos durante dos horas. No estamos en su despacho, sino en su verdadero lugar de trabajo: la larga mesa de reuniones de su oficina en el Comité Central, llena de papeles, que es donde se siente más cómodo.

La conversación salta de un tema a otro, a veces retrocede o se adelanta en el tiempo, pero he preferido dejarla así, porque el aparente caos expositivo tiene un orden secreto: Machado Ventura nunca pierde el hilo de la conversación, aun si introduzco un comentario o una pregunta no programada. Trae por escrito respuestas pensadas a mis preguntas, pero las abandona, y asume y acepta giros inesperados. Todavía no me he sentado y ya empieza a hablar, y debo apurarme con la grabadora. «En la Sierra –dice–, al principio, solo éramos tres médicos: Martínez Páez, que fue el primero que llegó, después Sergio del Valle y tras él yo, que llegué un mes o dos después. En aquel primer año en la Sierra solo éramos tres médicos».

–¿Y el Che?

–Bueno, pero el Che ya no ejercía como médico, tenía su columna (1). Claro, si te pasaba algo, sabía más que los demás y ayudaba, pero esa no era su función. Durante ese primer año, te hablo de 1957, en la Sierra no hubo más médicos. Y yo me fui con Raúl para el II Frente en marzo de 1958. Es decir, que en la Sierra quedaron solo Martínez Páez y Sergio del Valle. La Sierra recibió más médicos después de la huelga del 9 de abril, cuando se produjo la ofensiva de la tiranía. Algunos habían sido delatados y se unieron a la guerrilla, pero yo estaba ya en el II Frente.

–¿Usted conocía a Raúl de antes? Hábleme de los principales líderes de la Revolución.

–No, no lo conocía. A Raúl lo había oído mencionar en la Universidad, pero no lo conocía. Y a Fidel tampoco: lo había visto algunas veces, cuando iba a la escalinata o caminando por la calle Infanta, cuando salía de mis clases de Química, pero no lo conocía.

«Cuando estaba en la Sierra, bueno, ahí nos conocimos todos, no éramos muchos. Y hemos tenido relaciones de trabajo durante años. Cuando era el primer secretario del Partido en Matanzas, Fidel iba prácticamente todos los fines de semana a seguir el desarrollo de las vaquerías, de la genética, recorría todos esos lugares. Hablo de los años 68 y 69.

«Después pasé a ser secretario del Partido en La Habana –que entonces abarcaba todo lo que es hoy Mayabeque, Artemisa, más la ciudad de La Habana–, era la época en que se estaban construyendo las Escuelas en el Campo y el trabajo era intenso. Casi todos los días me recogía para ir a San Antonio de los Baños, a Güira, bueno, a las zonas donde se concentraban las escuelas. Durante el trayecto conversábamos, y aparte de las orientaciones que nos daba, hablaba de otras cosas, de gente que conocía, preguntaba por lugares donde antes había estado, como Nueva Paz, donde hubo un campo de tiro, me narraba historias.

«Tuve bastante relación con Fidel. Le debo mucho: en la forma de trabajar, en cómo enfocar los problemas. Era muy objetivo en sus análisis y sentías que detrás había mucho pensamiento, porque te daba la solución de cualquier problema enseguida; nosotros, yo, tú, nos tardábamos en llegar a la solución, pero él respondía de inmediato: debemos hacer esto. Y cuando comprobabas, veías que tenía razón. Era como si él lo hubiese calculado antes. No fallaba. Uno trataba de absorber lo que podía.

«Con el Che también me relacioné mucho. Cuando yo era ministro de Salud Pública, él era ministro de Industrias, y las fábricas y los laboratorios de medicamentos estaban a su cargo. Cada 15 días nos reuníamos, porque escaseaban las medicinas, a veces los envases no tenían la calidad, les faltaba la tapa o la etiqueta. Era una etapa muy dura».

–¿Tenía un carácter difícil?

–Sí, era difícil, pero era chistoso también. Hacía muchos chistes… Sí, era difícil, eso lo sabe todo el mundo, pero con razón, porque no te mandaba a hacer algo que él no fuera capaz de hacer. Predicaba, de verdad, con el ejemplo. Hay gente que predica con el ejemplo y no es tan así, no porque no tenga calidad el individuo, sino porque no lo puede hacer, no al cien porciento. Pero él trataba de que fuera así. Si era para comer y lo que había era un boniato, lo dividía a la mitad, no era un poquito más para él, era a la mitad. Era extremista en ese sentido. Pero él tenía sus chistes y era una persona con la que daba gusto conversar, porque era un hombre instruido y penetraba en la esencia de los problemas.

«Conmigo jaraneaba mucho, como que era médico y siempre estaba bromeando sobre las exigencias que le hacían los médicos… Y con el tema de las medicinas teníamos encontronazos, porque él defendía sus producciones y yo le señalaba los defectos que tenían. Pero aquello terminaba bien, porque él como médico sabía realmente que no debía ser así y criticaba a sus compañeros. A menudo iba al Ministerio de Salud Pública a verme. Pero además, él influyó en los primeros meses para los cargos que ocupé, primero en la Sanidad Militar y luego como jefe de los Servicios Médicos de La Habana en el año 59. Yo no era el gran médico, era muy joven, había gente de más experiencia, tenía 28 años. Cuando Fidel me llamó en mayo de 1960 para hacerme ministro de Salud Pública, yo no me lo esperaba.

«Fidel estaba en esos días enfermo, le había dado gripe, tenía una neumonitis, y estaba acostado. Me había llamado para entregarme el Ministerio. Yo le dije, “figúrate, esa gente me dio clases, o fueron mis jefes en las salas donde trabajé, ¿cómo voy a llegar yo de jefe?”. Yo no sabía lo que era ser Ministro de Salud Pública. Y, ¿sabes lo que me respondió Fidel?, nunca lo olvido: “lo que tienes que hacer es trabajar, trabajar y trabajar”. Ese fue su consejo y hasta donde he podido lo he seguido. Cuando llevaba tres, cuatro meses ahí, ya conocía el panorama, y tenía confianza. Es verdad que trabajé duro. Comprendí que había gente en aquella sociedad con mucho nombre, que cuando lo probabas no daba para nada».

–¿Usted estudió en La Habana?

–Sí, ¿dónde si no? No existían más escuelas de Medicina en el país. La segunda, que fue la de Santiago de Cuba, la fundamos a pesar de que encontramos mucha oposición, porque dividía la poca fuerza de profesores existentes. Hubo que conciliar criterios. Después abrimos la de Santa Clara. Pero antes, solo existía la de La Habana.

«En Cuba no existía salud pública, ni cuando nos quedamos con 3 000 médicos, ni cuando teníamos 6 000. No existía un esquema de vacunación. La primera vacuna que se administró de forma masiva fue contra la poliomielitis en 1962 y se hizo con la colaboración de los cdr, no había ni médicos ni enfermeros suficientes. La gente de Oriente, del campo, tenía que venir al Calixto García. Yo me encontré allá en la Sierra Maestra a la hija de una mujer que había operado en La Habana, era de Media Luna. Imagínate, para llegar hasta el Calixto García en La Habana tuvieron que vender las vacas, todo lo que tenían.

«Esa era la salud pública que había en Cuba: los muchachos se morían de gastroenteritis, de una vulgar diarrea, no había forma de contenerla, ni sueritos para ponerles. Las clínicas privadas atendían a los que tenían dinero. En los primeros años de la Revolución se produjo una paradoja: los médicos se iban del país, y los indicadores de salud pública mejoraban todos los años, con medidas organizativas y una pequeña masa de médicos revolucionarios, no eran muchos, pero cada uno valía por diez. Si comparas los indicadores de salud del 60, con los del 61 y los del 62, verás que cada año eran mejores, y cada año, sin embargo, teníamos menos médicos.

«Aquí vinimos a respirar cuando Santiago de Cuba y Santa Clara empezaron a graduar médicos. Porque los jóvenes que venían de otras provincias a estudiar en La Habana se quedaban en la capital. La mitad de los médicos del país estaba en La Habana y la otra mitad, fundamentalmente, distribuida por las capitales de provincia. En los pueblos podía haber uno, dos o tres médicos».

–Siendo usted Ministro viajó al frente de aquella primera brigada médica internacionalista que trabajó en Argelia…

–Eso fue en 1963. Cuando se inauguró la nueva Facultad de Medicina, a la que se le puso el nombre de Victoria de Girón, los argelinos acababan de obtener su independencia de Francia, y Fidel anunció que los ayudaríamos, y les enviaríamos médicos. Imagínate, en aquel momento se estaban yendo nuestros médicos. Quedaban poco más de 3 000. Y yo allí oyendo aquello…

Reunimos 56 o 57, entre médicos y enfermeros, y los llevé, estuve dos meses con ellos en Argelia, recorriendo el país para ubicarlos, porque yo tenía que saber a dónde iban y qué iban a hacer. Estaba el problema del idioma de por medio, del árabe ni pensar, lo más que podían hacer nuestros médicos era hablar un poco francés, porque algunos argelinos con cierta cultura lo hablaban, pero el pueblo utilizaba, naturalmente, el árabe. Yo recorrí aquel país con mi homólogo argelino. En ese periodo el Che visitó Argelia, nos encontramos allá. Llegó unos días después que yo. En 1965 volví, pero ya iba a otra misión. Hice un recorrido por el Norte de África y estuve también en Egipto.

–¿Cuándo se encuentra con el Che en el Congo?

–Eso fue en el mismo año 1965, pero después. A los dos o tres meses de aquel viaje es que se plantea mi encuentro con el Che. Yo debía trasladarle algunas instrucciones de Fidel, pero también porque Gaston Soumialot, un líder congolés de aquel movimiento, en una visita a Cuba, había pedido médicos para su país. Fidel me consulta y yo le digo que lo mejor es ir, valorar en el terreno y encaminarlo organizadamente. Yo tenía la experiencia de la Sierra Maestra y del II Frente. Además, ¡yo tenía ganas de ir también! Entonces Fidel me autoriza.

«Fui con esa misión y con unos documentos que Fidel me dio para el Che, con algunas recomendaciones. El Che tenía su campamento cerca del Lago Tanganica, pero cuando llegué estaba para adentro, en el corazón de África, en Lulimba. Tuve que caminar durante 15 días para encontrarlo. Éramos tres o cuatro, con el guía. Llegamos de noche, muy cerca ardía un rancho, y como no sabíamos lo que pasaba y se escuchaban disparos (parece que el fuego activó alguna bala), nos acercamos con cautela. El Che nos recibió y enseguida me dijo: “oye, ¿te enteraste que te nombraron miembro del Comité Central?”, y agregó: «Fidel leyó una carta que le dejé». Yo no sabía nada. Él había escuchado la noticia por Radio Habana Cuba. Ahí me enteré que yo era miembro del Comité Central. Fíjate que en la foto de aquel Comité Central no estoy.

«Él se alegró de verme. Nos pasamos casi toda la noche hablando. Estuve allí con él poco más de un mes. Nos movimos juntos por varios lugares. El Che estaba tratando de unir a los combatientes congoleses, porque había mucho tribalismo. Se apoyaban unos a otros según la tribu. Si yo estoy comiendo y eres de mi tribu, comparto lo que tengo. Pero si eres de otra tribu, ni te miro. Y después tú hacías lo mismo. Él había convocado una reunión con los jefes, con la intención de buscar la unidad. Tuve la oportunidad de participar en esa reunión. Por ahí hay una foto en la que aparezco. La impresión no fue buena.

«El camino de regreso hasta la base de los guerrilleros en el Lago Tanganica duró otros 15 días. Y allí estuve detenido otro mes, porque había que esperar hasta conseguir un motumbo con motor fuera de borda para cruzar, y esquivar a una cañonera pequeña que trataba de impedir el paso de los hombres y los suministros que venían del poblado de Kigoma, en Tanzania. Cuando llegué a Cuba le di mi impresión a Fidel: no hay que mandar tantos médicos, porque los que estaban allí (con el Che había cinco médicos, uno de ellos era Octavio de la Concepción y la Pedraja, Tabito; a Tabito lo conocía desde el Calixto García, porque fue mi alumno y estuvo conmigo en el II Frente) me relataron los problemas que había. Yo le llevé un sobre que me entregó Fidel. Los días que estuve de paso en Francia dormía con aquel sobre grande cuadrado debajo de la camisa, como había frío… y no solté el sobre para nada A mí me parece, porque no lo vi, que Fidel le decía en su carta que, si aquello no tenía resultados, saliera de allí. El Che se resistía a la idea de salir, porque significaba un fracaso. El único que podía convencerlo era Fidel».

Nota

(1) En su libro Un médico en la Sierra (1990), Julio Martínez Páez cuenta que el Che Guevara, al recibirlo, le anuncia la inmediata entrega de un «regalito»: «Aquí está el regalito, es mi instrumental de cirujano. Desde hoy dejo de ser médico para ser guerrillero. ¡Tú no sabes cómo ansiaba tu llegada!».

 

«La Revolución es lo que es, porque lo que se dijo se hizo»

Inconforme y rebelde, el joven médico José Ramón Machado Ventura subió a la Sierra Maestra. En las montañas, demostró sus cualidades como organizador al frente de los servicios médicos, y encontró en Raúl a un hermano y a un maestro. Como la Revolución misma, sus ideas y convicciones fueron madurando: de su radical antimperialismo y del contacto con el campesinado cubano, nació su militancia comunista.

–Cuénteme de sus inicios revolucionarios. ¿Cómo y cuándo se hizo comunista?

–Yo me integré al Movimiento 26 de Julio cuando supe del asalto al Moncada, y pude leer La historia me absolverá. Pero ya desde antes estaba convencido de que la solución era la vía armada, que después del golpe de Estado tendría que producirse un cambio radical, total, tanto en lo social como en lo económico y que había que erradicar para siempre la politiquería.

«Yo estaba en cuarto año de Medicina cuando se produce el golpe y al otro día tenía un examen de Obstetricia y Ginecología, que se suspendió. Estaba esa noche estudiando en 3ra. y 2, cerca del hotel nuevo que han hecho en 1ra. y Paseo, en un tercer piso, con un compañero. Estudiábamos hasta tarde, y como a las tres de la mañana sentí unas corneticas, al principio creí que era el sueño, porque estaba medio dormido... Frente al edificio estaba el cuartel del Cuerpo de Ingenieros, con al menos una compañía de soldados, y desde arriba empezamos a ver cómo los soldados se subían a los camiones. Bajé, me acerqué a la puerta del cuartel y le pregunté al que estaba de guardia –porque a mí me conocían, yo iba mucho por ahí– ¿qué está pasando? “Sigue, sigue, apártate”, me respondió. En ese momento salía un camión cargado de soldados. Pero seguí averiguando, hasta que me enteré.

«Fui para mi casa. Yo vivía en Buena Vista. Cuando llego, la vieja me dice: “¡otra vez ese hombre!”, porque la vieja sí lo sabía todo, aquel era un barrio de soldados y de guardias, y enseguida se supo todo, estaba al lado de Columbia, yo vivía a tres cuadras del campo de aviación, “¡este hombre otra vez!”, dijo la vieja, porque en mi casa siempre fueron antibatistianos. Y recuerdo que le respondí: “mira, yo me alegro, porque ahora esto sí se va a resolver de verdad”. No le dije que con una revolución, pero le dije: “esto se va a resolver con una guerra. Para que este país se arregle tiene que haber una guerra”. Cuando se produjo el Moncada, confirmé que ese era el camino. Hasta entonces no pertenecía a ninguna organización, pero participaba en todas las actividades que se hacían en la Universidad. Iba a todas las manifestaciones.

«Cuando la muerte del estudiante Rubén Batista Rubio, que fue al primero que mataron en una manifestación, la feu orientó ir a los cines para exigirle al proyeccionista –sin armas, a pecho– que interrumpiera la película y colocara una foto fija que mostraba el llamado a asistir al entierro, que era al día siguiente.

«En un cine ubicado en la calle Reina, al que fui con mi hermano y otro compañero en su camioneta, el hombre que operaba el proyector nos explica: “eso que ustedes traen no se ajusta al equipo”. Era verdad, en aquel aparato no funcionaba la foto fija que traíamos. Entonces le digo a mi hermano: “quédate en la puerta para que vigiles y cuando yo llegue al escenario, le dices al proyeccionista que pare la película y encienda las luces”. El tipo, asustado, así lo hizo, aunque la gente, por lo general, cooperaba con la feu. Efectivamente, fui para allá, me encaramé por un costado y el hombre paró la película. Se encendieron las luces y aparecí yo en el escenario. Oye, había hasta guardias viendo la película. Entonces leí el llamamiento: “la feu convoca…”, acabé de leer y me fui. Los guardias se quedaron confundidos, no reaccionaron de inmediato, pero cuando ya voy saliendo, veo a dos que salen. Yo le había dicho a Eddy, el de la camioneta, que arrancara en cuanto me viera. Él arrancó y le caí atrás; me subí a la camioneta en movimiento. Ya mi hermano había montado, y no nos alcanzaron, ni pudieron cogerle la chapa.

«Mi papá tenía actividad en la política. Era tenedor de libros, vivía de eso y era una especie de procurador, no tenía ningún título, pero había recibido cierta ayuda después de terminar el 6to. grado de parte de un pariente que le puso maestros. Tenía alguna cultura, estudiaba, y le hacía papeles a la gente para los juicios, para la audiencia de Santa Clara, y reclamos, pero cuando llegaba la época de la política siempre fue en contra de Batista. Siempre en mi casa se habló mal de Batista. Y mi padre nos contaba que los americanos no habían dejado entrar a Calixto García en Santiago de Cuba. “Los americanos son los que mandan en este país”, repetía. Él no era comunista, pero se daba cuenta de todo eso, y nos lo repetía: “los americanos siempre han querido apoderarse de Cuba”. De ahí surgió mi antimperialismo.

«Después de aquel día en que le dije a mi madre que había que cambiar las cosas por medio de una guerra, lo materialicé con mi incorporación a toda la actividad revolucionaria que me fue posible: en el Hospital Calixto García, en la feu, en las manifestaciones, hice algunos sabotajes por cuenta propia, nunca lo dije, ni nadie me mandó tampoco, hasta que busqué la forma de irme para la Sierra por mis medios. A mí no me llamaron. En aquellos momentos se limitaba la incorporación de nuevos combatientes, porque escaseaban la comida y las armas, y yo no llevaba ninguna. Pero me busqué la conexión aquí, porque tenía una cosa en contra: yo conocía a Faustino Pérez, de la clínica, y a Sergio del Valle, porque trabajamos juntos en una que se encontraba por Ampliación del Almendares, pero mi hermano se había vinculado al 26 de Julio y estaba con Faustino.

«Yo conocía más a Faustino que mi hermano, pero lo conocía de médico; mi hermano lo conocía de la clandestinidad. Y mi hermano lo que hacía era aislarme, yo le decía que me buscara un contacto y él no me daba entrada, como hermano mayor quería protegerme. Entonces me fui por mis medios. En mi casa no se enteró nadie. Lo supieron cuando llegué a la Sierra. No se lo dije a nadie. El único que lo supo fue Taín, un cirujano cardiovascular que estuvo trabajando hasta hace poco, era entonces alumno, y no me quedó más remedio que decírselo, porque yo había operado a una mujer el día anterior en la clínica y le pedí que se hiciera cargo en caso de que surgiera alguna complicación, “no digas nada, pero si es necesario le avisas al médico (que era el jefe de la clínica), le dices que yo desaparecí, si surge algo, si no, no le digas nada”.

«Lo demás lo resolví por otras vías. Al que le dejé el carro, en la Terminal de Ómnibus de Boyeros, le dije: “llévate el carro, espera dos o tres días y llama a mi hermano para que lo recoja”. ¿Y sabes lo que me pasó? Que estando en la guagua aparece mi hermano en la Terminal, él no sabía nada. Lo veo pasar. “¡Ave María!”, digo y me agacho. Pero no me vio. Después le conté, cuando regresé.

«Bueno, uno tiene que caer en esos cuentos personales que no forman parte de la historia…».

–Pero la enriquecen…

–Entonces busqué todas las formas de irme para la Sierra. En la Sierra la sanidad militar no podía existir porque la guerrilla era nómada, hubo intentos de asentarnos en un campamento, pero no duró mucho, porque Sánchez Mosquera entró. Fue cuando hirieron al Che. Eso fue en el Hueco del Hombrito. Ya había un hospitalito que habíamos empezado a hacer y Sergio del Valle hizo otro en La Pata de la Mesa. Pero aquello no duraba porque no había estabilidad para mantenerlo y era difícil establecer una organización. Martínez Páez estaba en una parte, atendía lo que podía, Sergio en otra y yo en otra, pero no existía una estructura, eso fue después, cuando se creó el hospital de La Plata, y llegaron más médicos. Después de la huelga del 9 de abril se incorporaron muchos médicos, en la Sierra hubo como ocho o diez médicos. Yo llegué a tener 19 en el II Frente.

«En el II Frente la cosa era distinta: pude tener más recursos, creé todo un sistema, logré una organización. Llegué a tener como 13 o 14 hospitales, hubo algunos que tuve que mover de un lugar a otro, estuvieron dos meses aquí, tres meses allá y al final de la guerra los tuve que situar más cerca de los escenarios de combate, porque algunos estaban muy lejos, en la medida en que avanzábamos y se consolidaba el Frente. Ahí sí hubo una organización. Teníamos enfermeras, laboratorios, plantas eléctricas. Había campesinos de cierta posición económica que tenían plantas eléctricas en sus casas y nosotros las usábamos para operar».

–¿Hacían operaciones?

–De todo tipo. Desde luego, en condiciones de campaña…

–¿Atendían a los campesinos?

–Más que a los rebeldes. Después de los combates, siempre había cuatro o cinco heridos. Pero lo cotidiano era la población campesina, muchachos, mujeres de parto… El trabajo era en realidad con los campesinos. Los campesinos decían: «cuando la guerra se acabe ustedes se van…», y yo les repetía: ustedes verán que no. Y chico, me di el gusto de que en todos esos lugares se hicieran hospitales. Cuando fui Ministro de Salud Pública me preocupé por que todo aquello que se prometió se cumpliera. Por eso la Revolución es lo que es, porque la gente vio que se cumplieron las cosas, que lo que se dijo se hizo. Pero toda aquella gente, pensando como se pensaba en aquella época, creía que cuando nos fuéramos, las cosas serían otra vez como antes. Casi que querían que la guerra siguiera, que aquello no se acabara nunca.

«En la formación de mi pensamiento fueron decisivos mis padres. Mi padre siempre me explicaba lo de los yanquis, lo que Martí escribió de ellos, su frase clásica, porque en la escuela no lo enseñaban. Después en el Instituto, siendo un poco mayor, veía las diferencias sociales. Yo no podía ser comunista, porque no tenía todavía suficiente desarrollo. Por otro lado, ser comunista en aquella época era una heroicidad, con la propaganda anticomunista que había montado el imperialismo.

«Pero en mi casa nunca fueron anticomunistas. Como eran antimperialistas, nunca hubo un enfrentamiento con los comunistas. Es más, en los tiempos en que mi padre hacía política (él era del Partido Auténtico), los comunistas, que habían adoptado la consigna de crear frentes amplios contra el fascismo, autorizaron a sus militantes a pactar a nivel de municipio con los partidos que quisieran. Y los comunistas de Vueltas, mi pueblo, lo hicieron con los auténticos que estaban en la oposición, y entonces mi padre –que era de origen humilde– tuvo mucho contacto con ellos.

«El que dirigió la campaña en el pueblo en representación de los comunistas fue un hermano de Jesús Menéndez que se llamaba Bartolomé. Y ese hombre era amigo de nosotros. No teníamos prejuicios, pero no éramos comunistas. Muchas veces cuando discutía en las salas del hospital Calixto García con algunos hijos de gente rica, enseguida me decían: “tú eres comunista”. “No, no. Yo soy antimperialista”.

«Pero mi vida como médico me llevó a ver muchas injusticias. Quizá a otros no le importaba, a mí me afectaba. Yo nunca le cobré al paciente, siempre trabajé en clínicas y me pagaban un salario. Es que no encontraba cómo cobrarle a un paciente. Yo fui al Central Elia (hoy se llama Colombia) a trabajar como médico en una clínica y el dueño propuso hacerme accionista: “No. Usted me paga un salario y ya”. A mí me dolía ver a un guajiro sacar los dos pesitos estrujados de su bolsillo, que era lo que costaba la consulta. Yo eso no lo podía hacer. El dueño sí cobraba, pero yo vivía de mi salario. Estuve en el Central Elia cuatro meses, porque me di cuenta de que aquel hombre me estaba explotando. Yo no le cobraba al enfermo y él me echaba todos los casos encima. No me gustaba el ambiente. Cuando terminabas la carrera, si eras hijo de un doctor famoso tenías empleo, de lo contrario tenías que pasar dos o tres años trabajando de gratis, en alguna clínica, haciendo las guardias, para cuando alguno de los fijos se fuera.

«Cuando salí para la Sierra trabajaba en una clínica que estaba en F y 25, en un edificio donde ahora está la Fiscalía. Hay quien cree que yo era accionista; pero no, era un simple empleado. Fíjate, la vida se burló de mí: yo criticaba a los médicos que se ocupaban de actividades administrativas, porque veía a los dueños al tanto del arreglo del elevador o de la cocina, preocupados por el abastecimiento de la clínica y me parecía insólito que un médico se ocupara de esas cosas, y oye, cuando me tocó ser ministro de Salud Pública ¡tenía que meterme en todo!, velar por los ladrillos, por las sábanas, por todo lo que yo tanto rechacé.

«La vida me fue llevando. En el Ejército Rebelde conversaba con mis compañeros de armas, había comunistas, trabajadores, campesinos, y yo tenía un poco más de cultura y los interrogaba, “de dónde tú eres, qué haces”, y venían las historias: “se me murieron cuatro

hermanos”, “mi papá murió de tal cosa”. Uno se daba cuenta de la vida aquella, además la veía. Estábamos en lo más intrincado de la Sierra Maestra. Y yo me preguntaba, ¿cómo resuelve esto la Revolución?, ¿cómo sacamos a esta gente de la pobreza? Todo eso me fue moldeando en un pensamiento comunista, pero aún así, si me decían, oye, ¿quieres afiliarte al Partido Comunista? Respondía: “no, no me metas en eso”. Pero vi la pobreza en el campo.

«Al triunfo de la Revolución, la lucha ideológica se hizo más intensa y empezó la presión anticomunista, y ahí me tuve que decidir: ya yo no podía seguir como estaba, era o no era. Mis sentimientos estaban del lado de acá, los comunistas podían haber tenido algunos problemas, los hombres, no la doctrina, la doctrina no era responsable de sus errores, y, además, Raúl fue también decisivo, porque yo le consultaba algunas cosas, ¿y esto a qué se debe?, “esto es por esto y por esto”, me decía; le hacía muchas preguntas, y sin ningún tipo de presión me explicaba. Yo veía lo que Raúl hacía y cómo lo hacía, y de verdad influyó en mí, no porque impusiera su pensamiento. Cuando el ataque a Playa Girón se proclamó el carácter socialista de la Revolución, pero para entonces, yo ya era comunista, estaba plenamente identificado».

–Hábleme de Raúl.

–Nosotros hemos tenido siempre mucha relación, desde los primeros días en que nos encontramos allá en la Sierra y después en el II Frente, porque él también se interesaba, preguntaba por la vida de uno. Yo no creo que Raúl haya sido el que pidió que me integraran a la columna del II Frente, yo creo que me seleccionaron porque era el más joven. Martínez Páez era un hombre ya mayor, tenía cincuenta y tantos años, Sergio tenía un problema en un pie que limitaba su apoyo, creo que de nacimiento. No se notaba mucho. Y fíjate, después hizo la invasión. Y parece que pensaron en mí porque era más joven y caminaba con agilidad…

–Sigue caminando igual…

–Por eso… Es que eso yo lo tengo de chiquito… el caminar rápido. Y parece que se dieron cuenta también. El que integró la columna fue Fidel. No creo que haya sido Raúl el que me pidió, pero con él tuve una relación de mucha confianza. Primero estaba solo como médico, el jefe mío era yo, pero después, cuando empezaron a llegar más médicos y organicé el primer hospitalito, me designó como jefe de los servicios médicos. Raúl me apoyó extraordinariamente. Siempre la gente habla de mí cuando se refiere a la organización de los servicios médicos, pero yo insisto en mencionar a Raúl, porque él comprendió que era necesario centralizar las decisiones y me dio el mando. Y después del combate del Central Soledad (hoy Salvador), me ascendió a capitán.

«La salud pública tiene que ser centralizada, porque si alguien que entraba por uno de los frentes traía medicinas, el jefe quería quedarse con ellas. Pero si entraban aspirinas, yo era quien las distribuía. ¿Por qué las repartía yo? Porque yo sabía dónde había más necesidad. Yo lo recorría y lo sabía todo: iba desde Baracoa hasta la entrada de Santiago de Cuba. Y por el norte igual: desde Sagua de Tánamo hasta la entrada de Guantánamo. Todo eso lo “caminaba”: a pie, en yipi y a caballo. De las tres formas lo “caminaba”. Por eso sabía dónde ubicar mejor los recursos, lo cual me creaba contradicciones con los jefes de columnas que pretendían quedarse con ellos. No obstante, siempre fueron comprensivos y apoyaron mis decisiones.

«Lo mismo hacía con el personal sanitario que se incorporaba al Frente. Por eso se pudo organizar el servicio médico, si no cada cual hubiera agarrado lo suyo, y entonces unos tendrían mucho y otros por allá no tendrían nada. A unos le sobrarían las medicinas y otros no tendrían ninguna. Raúl siempre me apoyó. Tenía una mente avanzada para la organización, se dio cuenta de que aquello había que organizarlo y tuvo confianza en mí.

«Siempre hemos estado muy vinculados. Hablar de Raúl es hablar de un hermano. Siempre hemos tenido la suficiente confianza para contarnos los problemas, para criticarnos, para lo que sea. Raúl es un año más joven que yo. En junio es que él cumplió 90 años. Nosotros siempre jaraneamos, la gente ve que en las reuniones me “tira”, bromea conmigo… Raúl fue para mí un verdadero maestro, al margen de la amistad y de la confianza mutua que mantenemos».

 

Hoy el Partido es centro de continuos ataques por parte del imperialismo y de la contrarrevolución. Quieren debilitarlo o anularlo. ¿Cuáles son los retos fundamentales que este enfrenta?

–Los retos que enfrenta el Partido son los retos que enfrenta el país. Y en las actuales condiciones, el principal es el económico. Tenemos que resolver el problema de la economía. Claro, todos sabemos a qué se debe la situación en la que estamos, pero tenemos que aprender, preparar al pueblo para que pueda subsistir y a la vez desarrollarse. Hay que resistir, correcto, pero hay que tratar de avanzar también. Y no es lo mismo avanzar cuando no existen fuerzas que se opongan, que cuando tienes un enemigo poderoso como el nuestro.

«El espíritu de resistencia lo tiene que tener, en primer lugar, el Partido, para poder trasladárselo al pueblo. Ya llevamos más de 60 años de bloqueo, y no se conforman, todos conocen las medidas extremas que tomó el gobierno de Trump. Eran duras y las extremó, lo que atenta contra nuestras posibilidades de desarrollo. El reto del Partido es mantener al pueblo en conocimiento de esa situación, para que sea capaz de resistir. Resistir y avanzar en todo lo que esté a su alcance. Se requiere de trabajo político, y este tiene que cambiar, no porque el que estemos haciendo sea malo o no sirva, sino porque lo que ha cambiado es el escenario; la realidad cambió. Tenemos que extremar el trabajo político-ideológico diferenciado. Esa palabrita la emplea todo el mundo: diferenciado. Pero no saben qué significa. Yo le agrego: de calidad. Diferenciado, pero de calidad, para que cumpla su cometido. Ese es el reto que tiene el Partido en nuestros días.

«Y acudir a la historia. Tenemos que trasladar más la historia. ¿Por qué yo me hice comunista? Por lo que me enseñó mi papá, que tenía la historia cerca, tíos de él que fueron veteranos, mi abuela que sufrió la Reconcentración de Weyler. Esos cuentos los escuché de mi abuela. No los leí en ningún libro. A estas alturas, las cosas no son iguales. El escenario es otro para las nuevas generaciones. Si trasladamos la historia de una manera mecánica, a base de clichés, no tendremos éxito. Conocer no solo lo que dijo, sino lo que hizo Martí, “cuanto he hecho hasta hoy”, escribió; no solo lo dijo, no, no; hizo, actuó, organizó una guerra sin la ayuda de Estados Unidos y trató de impedir con la independencia de Cuba, que cayeran sobre nuestras tierras de América, como dijo en su carta a Mercado… Martí sabía.

«Esas son las cosas que hay que trasladar. No solo Martí, muchos de aquellos patriotas sabían ya cuál era el propósito de Estados Unidos. La historia hay que hacerla bien, no se trata solo de contar la biografía de los más importantes patriotas. Eso hay que saberlo, pero hay que ir al fondo del problema. Ellos querían algo más que liberarse de España. Que había anexionistas, hay que decirlo. Tenemos que aprender todo lo posible de la historia.

«Y en cuanto a los retos actuales, hay uno muy importante: la unidad, pero no solo la unidad del Partido. Una de las cosas que caracteriza al Partido nuestro, después de todo aquello de la microfracción, es que nunca ha sufrido un resquebrajamiento; algún individuo por allá que hizo una declaración, o que no sirvió como cuadro del Partido, eso como persona, pero en el Partido no ha existido ningún tipo de divisiones. El Partido, en sus estructuras internas, mal que bien ha funcionado. No puedes decir, qué bien está el Partido en Camagüey, allí los núcleos se reúnen, y qué mal está en Guantánamo, eso no existe en este país, hay una uniformidad, pero no de cuadratura, sino de funcionamiento; con errores, con problemas, el Partido siempre ha funcionado. Y ha desempeñado su papel.

«Esa es una virtud de nuestro Partido, que ha conservado la unidad. Nunca se han producido escisiones, problemas ideológicos. Problemas ideológicos los podemos tener tú y yo, tú piensas de una manera y yo de otra, pero dentro del Partido. No hay una fracción que quiera hacer otro Partido. En ese sentido podemos sentirnos orgullosos, pero eso hay que trasladárselo a las nuevas generaciones.

«Ahora viene el cambio generacional, que ya por cierto está hecho en lo fundamental. El otro día leía un artículo que dice que todos los que dirigimos el país, menos tres o cuatro, nacieron después del triunfo de la Revolución. Los que nacieron después de la Revolución están ya gobernando este país. La esperanza del imperialismo era lo que sucedería después de que nos muriéramos los viejos. Pero no se acaba con nosotros: desde hace años, los que dirigen este país nacieron después. Fidel era imprescindible, pero cuando faltó no se acabó la Revolución. Y Fidel era Fidel. Y hemos seguido. Vino Raúl. Ahora viene Díaz-Canel. Y han arreciado el ataque. Han visto este momento de crisis económica como el idóneo para empujar. Y les fracasó Trump, que intentó ahogarnos.

«Pero los imperialistas son imperialistas. Quieren dar el golpe final, creen haber visto una brecha y se están empleando a fondo. Por eso tenemos que plantar en lo ideológico, no solo a nivel de Partido, sino a nivel de pueblo. Ahí está el 86 % de apoyo a la nueva Constitución socialista. Siempre habrá gente que esté en contra, aun cuando la medida que tomemos lo beneficie. No podemos aspirar a la unanimidad, eso es falso. Es en esa dirección que tenemos que marchar, seguir profundizando nuestro trabajo, pero con calidad, teniendo en cuenta los problemas actuales, el cambio de escenario y lo que persigue en estos momentos el imperialismo.

«Hay que conocer cuáles son las fuerzas enemigas y cuáles son las debilidades que tenemos. Estas últimas radican, sobre todo, en la economía, que se ha complicado por factores naturales; hemos tenido problemas propios y limitaciones objetivas, porque sí, a veces cometemos errores en la conducción de la economía, pero tenemos un bloqueo económico, comercial y financiero desde hace más de 60 años. Lo peor que tiene esto es que la gente se acostumbró a vivir con el bloqueo, como si tú te acostumbraras a vivir sin zapatos. Ya no reclamas el par de zapatos. La inmensa mayoría de los cubanos nació con el bloqueo. Díaz-Canel tendría tres años cuando fue implementado. Hay personas que ni siquiera conocen el periodo especial, porque nacieron hace 20 años, que en 1995 no habían nacido.

«Por eso el trabajo ahora se hace más difícil. Hay un segmento de la población de mediana edad, que conoció algo por sus padres, pero hay otro que no, porque sus padres ni siquiera lo vivieron. Ese es el trabajo que tenemos que hacer. Pero podemos sentir el orgullo de que el Partido no haya tenido que pasar por momentos de división, hubo personas que fallaron, pero el Partido se mantuvo cohesionado. Y hay muchos nuevos cuadros en el Partido que proceden de la Juventud. Como que tengo tantos años, los he visto crecer casi desde que eran pioneros. A algunos los conocí en asambleas pioneriles, y hoy son ministros».

Una vida intensa. Usted conserva una salud envidiable. Lo vemos ir y venir a las provincias, meterse en los surcos, caminar por los pasillos del Comité Central como cualquier joven…

–Tuve suerte. Eso es genético. La gente me pregunta, ¿tú haces ejercicios? Yo no hago ejercicios. Toda mi familia vive más de 95 años. Mi mamá murió a los cien años, mi abuela a los 99, y la otra abuela igual, a esa edad, mi papá a los 96, y podía haber durado mucho más, no tenía nada, pero se cayó y se fracturó la cadera, y se complicó con una neumonía, cosas que le pasan a los viejos, pero él todavía leía la prensa, estaba al tanto de todo lo que pasaba en Cuba o en Siria…

Usted ya tiene 90 años, y una vida intensísima…

–Eso me ha ayudado… Fíjate que yo no pongo el teléfono al lado mío. Lo tengo allá, para tener que pararme cuando suena, así sea 20 veces al día. Ese es el ejercicio que yo hago. Y voy para la oficina y regreso, camino mucho. Yo digo que es genético, pero además, yo no me aburgueso. El problema no es solo físico, es estar claro de la cabeza.

Cuando reflexiona sobre su vida, ¿se siente satisfecho de lo hecho, de lo que ha logrado?

–Totalmente. En los días de la Sierra pensaba –los médicos cuando se ausentaban de su puesto tenían derecho a recuperarlo en el plazo de un año, pero yo llevaba más tiempo en aquello–, que cuando la guerra terminara tendría que empezar a buscar empleo. Todas las responsabilidades que la Revolución me ha dado, ni las imaginé. Nunca abandonaría mis ideas, pero pensaba que mi papel habría terminado. Me siento más que satisfecho por la oportunidad que me dio la Revolución de participar –con lo poco que yo haya podido hacer–, pero me dio esa oportunidad. Si a mí me hubieran dicho, «vete para tu casa», me hubiera ido tranquilo a trabajar como médico, porque nunca pensé otra cosa, ni tuve otras aspiraciones. Me siento supersatisfecho. ¿Sabes lo que quisiera? Durar 200 años, ¿para qué?, para trabajar más. Sí, porque hay gente que quisiera durar más para disfrutar la vida, no, no, yo quisiera vivir más para trabajar más, y ver el desarrollo de esto. Oye, yo cuando estoy un rato aquí y no tengo nada que leer y no recibo una llamada, ni tengo que ir para otro lugar, cuando me siento y estoy 15 minutos sin hacer nada, me siento mal, «me han olvidado»… ¿Los domingos? No, yo me llevo un montón de papeles para la casa. No puedo pasarme un domingo en la casa sin hacer nada. Hasta el Noticiero lo veo como parte de mi trabajo, de una forma diferente, y después digo: oye, vi esto o aquello; ustedes lo saben, es un defecto, la gente me dice que yo abuso de eso…

Es una virtud… Usted disfruta su trabajo.

–Hay quienes me critican (y yo no los critico). Pero es que yo soy así. Cuando era un muchacho, tenía un equipo de pelota y cuando había juego iba por las casas despertando a todos los jugadores. Y yo era bueno para mi edad, a pesar de que era flaco, y aun así, era el que buscaba la pelota, los implementos, siempre me encargaba de organizar aquello para que funcionara. El que llegaba tarde lo mandaba a buscar o iba yo mismo a buscarlo. ¿Qué hay que hacer? Yo voy. Yo nací así.

«Y me siento muy satisfecho de la oportunidad que tuve. Yo soñaba con que había que hacer grandes transformaciones; y me dijeron: no hay que hacerlas, vamos a hacerlas».

Quiero felicitarlo por el Congreso y por su larga vida de combatiente revolucionario…

–Yo me voy ya.

Pero seguirá aportando…

–Bueno, vamos a ver qué hago.

Y cuando cumpla 200 años, ojalá pueda ser yo quien lo entreviste de nuevo.

–No quiero hacer como los árabes, que se sientan en la puerta de su casa para ver pasar el cadáver de sus enemigos. No, no, yo quiero sentarme en la puerta de mi casa para ver el desarrollo del país. La vida, como es lógico, se acaba. Y no puedo sentirme mal por eso. He tenido la suerte de que ni siquiera me he enfermado. He visto a compañeros que han tenido que ser operados, otros que eran asmáticos, y vivían así. A mí me da pena, pero nunca me he enfermado. Yo solo me he operado una vez, de la vesícula, pero por el método este moderno de mínimo acceso. Me operaron el sábado y el lunes vine a la oficina. La gente creía que no me habían operado.

«Y lo otro es una vieja herida de guerra en una pierna. Pero no me dejó cojo porque no me limité, porque seguí trabajando. Eso fue cuando la ofensiva en el II Frente. No cogí muletas ni nada. Seguí haciendo lo que tenía que hacer y con la pata esa renca me montaba en un mulo de costado, y así iba, con la pierna esta medio colgando. Y me bajaba después y caminaba. Y el movimiento ese me ayudó, la pérdida de músculos que tuve fue grande –parece que fue un casco de mortero el que me impactó, que es peor que una bala, porque es un pedazo de hierro que cuando entra se lleva un trozo de masa muscular–, y la fisioterapia natural me salvó de quedar cojo. Ni me acosté, seguí caminando para allá y para acá.

«Tengo un hijo y un nieto. Mi familia es de varones nada más. Mi hermano tuvo tres varones y yo otro. Y ahora tengo un nieto varón. Yo pude tener más hijos. Hubiera querido tener más hijos, pero mi mujer no podía ya. Pero a mí me gustan los niños. Ahora tengo un nieto, que tiene un año y pico, y que para mí es lo más grande del mundo. Todos los abuelos se obsesionan con los nietos, todos son iguales, y yo también. He sacrificado a mi familia y a mi esposa por el trabajo, ahora me doy cuenta. No fue por andar de fiesta, fue por el trabajo».  

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