Julio Guerra Izquierdo, en el centro, junto a varios integrantes de la brigada al momento de llegar al aeropuerto de Turín. Foto: Enrique Ubieta 

Cubainformación.- Cuba tiene 30 mil cooperantes de la salud en cerca de 60 países. Y en los últimos meses, para ayudar al mundo a frenar el Covid-19, ha activado a pleno rendimiento el llamado Contingente Médico Henry Reeve frente a catástrofes y epidemias, con 25 nuevas brigadas solidarias. Varias de ellas están en Europa. Una, en la ciudad italiana de Turín, a donde nos acercamos para conversar con Julio Guerra Izquierdo, jefe de esta brigada y un experimentado cooperante, con misiones anteriores en Djibouti, Guatemala y Venezuela.


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Igualmente conversamos con el también cooperante Raúl González García y con Sergio Livigni, Director del Hospital Covid-OGR, con este último gracias al trabajo de interpretación a italiano de Lucía Arese.

“Venimos a compartir lo que tenemos, no lo que nos sobra”. Es una frase que se ha oído mucho y que encierra algo mucho más trascendente de lo que parece pero, ¿qué significa para un médico cubano cooperante en Europa?, preguntamos al doctor Guerra Izquierdo.

Hablamos también de la campaña enorme –mediática, diplomática desde EEUU- contra la cooperación cubana y de los sentimientos que provoca a estas personas que se encuentran en misión a miles de kilómetros de sus casas.

Agradecemos a estas personas el haber atendido a Cubainformación, cuyo equipo siente un inmenso honor por conversar con quienes hoy representan una de las más avanzadas experiencias de humanismo en el mundo: los cooperantes médicos de Cuba.

Gracias infinitas. E inmenso desprecio para los enemigos de la solidaridad.

 

Julio Guerra Izquierdo: “Nuestro deber es corresponder a las esperanzas depositadas en nosotros”

 Enrique Ubieta Gómez - 5 de Septiembre

Conocí al doctor Julio Guerra Izquierdo, hoy destacado nefrólogo, hace ya casi 14 años en el Amazonas venezolano. Recorrimos un largo trayecto en una lancha rápida por el río Orinoco desde la capital estadual hasta San Fernando de Atabapo, junto a la entonces alcaldesa de Atures, bajo un aguacero típico de las selvas tropicales.

En mi libro Venezuela rebelde (2006) lo recordaba así: “La velocidad de la lancha duplicaba la velocidad de las gruesas gotas de agua que caían sin tregua sobre nosotros, fijos a los improvisados asientos, envueltos en inútiles sacos de nylon. Nos hemos encontrado en varias ocasiones con el doctor Julio, sin embargo, la imagen que guardamos de él es la de aquel día: sentado en una pequeña silla plegable de tela, levemente encorvado pero de cara a proa, haciéndole frente a las balas de agua que traía el viento, erizado por el frío, el semblante impasible, estoico. Algo de aquella filosofía griega marcaba su sino”.

No podría describirlo mejor. Ese rasgo de su personalidad lo define. No habla alto ni presume al hacerlo, pero jamás retrocede. Por eso me alegró tanto saber que a sus 43 años, sería el Jefe de la segunda Brigada Médica Cubana en Italia, que lucha contra la COVID-19. Su itinerario como internacionalista deshace los prejuicios que invocan los voceros imperiales cuando alegan la existencia de una “guerra de civilizaciones”: los médicos cubanos rompen las barreras artificiales que nos separan, y son admitidos como hermanos por las sociedades y culturas precolombinas, islámicas o europeas. Esta presentación se la debía a los lectores cienfuegueros y de toda Cuba.

Julio, nosotros nos conocimos en el Amazonas venezolano en el año 2006, pero antes habías cumplido ya una misión en Guatemala, con el pueblo quiché.

Mi primera misión internacionalista fue a los 26 años de edad. Yo formaba parte de un grupo de recién graduados con excepcional rendimiento académico e integré el Contingente Mario Muñoz Monroy. En aquella época, por una decisión muy acertada del Comandante en Jefe, los que nos graduábamos con esa categoría iniciábamos la especialidad de Medicina General Integral (MGI) por vía directa, con un programa adaptado, reducido, que se vencía en dos años. Hicimos el primer año en Cuba y el segundo en el exterior. En Cuba lo hicimos en un lugar de difícil acceso; mi grupo fue dividido en dos: una parte estuvo en Guantánamo y la otra en zonas difíciles de la antigua Provincia Habana (hoy Artemisa). A mí me correspondió el Mariel, que es, por cierto, mi municipio natal. Estuve en un pueblito de la costa llamado Vistas del Mar. Allí hice mi primer año de residencia. Para la misión en el exterior mi promoción fue dividida en tres, y ubicada en Haití, Guatemala y Honduras. A mí me correspondió Guatemala. Trabajé en el departamento del Quiché; al inicio en el municipio Joyabaj y luego en otro más pequeño que se llama Pachalum. Éramos solo dos médicos y cada uno atendía 30 comunidades indígenas.

Del mundo de los quichés, de los ixiles, pasaste al mundo de los yekuanas y los yanomami en el Amazonas…

Así fue. Me hice especialista en MGI en Guatemala. Discutí mi tesis allá, en la misión. Yo soñaba con hacer mi segunda especialidad en Nefrología, pero hubo un llamado del Ministerio de Salud Pública para que nos incorporáramos a la recién abierta Misión Barrio Adentro, en Venezuela, que había comenzado en 2003. Terminé en Guatemala en 2004, regresé a Cuba y ese mismo año acepté partir hacia Venezuela. Llegué en junio de 2004 y me ubicaron en el estado de Amazonas. Allí estuve cinco años. Recorrí cada rincón del estado de Amazonas, navegué prácticamente por todos sus ríos y tuve el placer de interactuar con casi todas las etnias que lo habitan. Allí, ciertamente, nos conocimos. Fui transitando por casi todas las responsabilidades: desde simple colaborador en el municipio Esmeralda, del Alto Orinoco, hasta coordinador de la Misión Milagro; después de Barrio Adentro I y más tarde de Barrio Adentro II. Inicié la construcción e inauguré los Centros de Diagnóstico Integral y el nuevo modelo de los Consultorios Médicos en el estado de Amazonas. Ese privilegio nos correspondió a nosotros. Llegué a ser el vicecoordinador y luego el coordinador de la Misión en el estado. Al cabo de cinco años, la dirección nacional me pidió que fuera a dirigir la misión en el estado de Miranda, un cambio radical. En el Amazonas eran apenas 120 colaboradores, separados por distancias extremas, y en Miranda eran 3 mil, en un territorio relativamente pequeño, con una situación política y social muy diferente. Con 32 años ya había sido coordinador de dos estados importantes en Venezuela. En total estuve siete años en la patria de Bolívar.

¿Cómo prosigue tu carrera en Cuba? ¿Logras concluir la segunda especialidad?

A mi regreso inicié la especialidad de Nefrología en el CIMEQ, donde había estado vinculado durante mi formación como médico. Le agradezco a ese Hospital lo que soy. Hice una residencia un poco apretada, en dos años y ocho meses, porque venía desfasado, pero fue buena. Entretanto, me casé con Lucía Gándara Rey, una estomatóloga cubana que conocí en Amazonas. Al terminar la residencia, me trasladé a la provincia de Cienfuegos, de donde es ella. Una decisión difícil, que sorprendió a mis profesores y sobre todo al jefe de servicios de Nefrología del CIMEQ, que contaba con que yo permaneciera en esa institución. Todavía hay personas que no lo entienden. Pero soy feliz. Llegué al Hospital Gustavo Aldereguía Lima de la capital provincial y me incorporé al servicio de Nefrología. En menos de cuatro meses, asumí la dirección de los servicios de Hemodiálisis de la provincia, por un año y unos días, hasta que salí nuevamente de misión, esta vez a África.

Otro mundo diferente, culturalmente hablando…

Sí, allí encuentro un panorama diferente. Me dicen que había un país que necesitaba de mi esfuerzo y mi experiencia, y me asignan como jefe de misión en Djibouti, un pequeño estado del cuerno africano, donde se practica el islam como religión. Más del 90 por ciento de la población es musulmana. Fue una experiencia única, conocer a los somalíes y a los afar, los dos grupos étnicos predominantes. El idioma oficial es el francés; debimos aprenderlo un poco para poder comunicarnos con los pacientes, sus familiares y las autoridades. La cultura musulmana está muy estigmatizada en el mundo, y fue bueno conocerla mejor. La aceptación fue plena. Claro, había que respetar su cultura, su idiosincrasia, como sucede en todos los países. La misión cubana llevaba doce años en ese país y ellos conocían perfectamente la calidad del médico cubano. Solo había que continuar el trabajo, lo que nos tocaba hacer. También hay que decir que es una misión con características peculiares, porque solo tiene especialistas de nivel secundario y se trabaja en hospitales. Alrededor del 70 por ciento de la fuerza médica especializada en ese país es cubana. Al final, la población la atiende Cuba. Terminé la misión en junio de 2019 y me reincorporé a mis labores en Cienfuegos, en el Hospital. Ya no era el jefe de los servicios de Hemodiálisis, por supuesto; a solo quince días de mi arribo me nombraron jefe de los servicios de Nefrología de la provincia. Y a los tres meses de estar trabajando ya en esas funciones, me propusieron la vicedirección general del Hospital Gustavo Aldereguía, cargo que me encontraba desempeñando cuando me llamaron para esta tarea.

Háblame del reto que abre esta nueva variante del coronavirus y el hecho de que se haya producido la pandemia.

El reto es grande. Este microscópico virus ha puesto de rodillas al mundo. El gran reto es entender que a pesar de toda la tecnología existente, también somos sensibles y que situaciones como esta pueden repetirse. La pandemia ha puesto sobre la mesa el valor del ser humano, el valor de la solidaridad. Hemos visto en estos días actitudes solidarias y reacciones egoístas.

Nuestro país está dando un ejemplo al mundo de solidaridad, como ha hecho durante más de medio siglo, pero ahora se aprecia más.

El mundo va a ser otro después del coronavirus, porque nos dejará enseñanzas no solo desde el punto de vista médico, tecnológico, sino también desde el punto de vista humano. Porque va a situar al ser humano en ese sitio de responsabilidad que tiene consigo mismo y con la naturaleza. El reto mayor es que la Humanidad entienda que después del coronavirus tenemos que pensar la vida de forma diferente.

¿Cómo reaccionó tu esposa, tu familia, ante la decisión de incorporarte al combate en el epicentro de la pandemia?

La noticia la recibo alrededor de las 12:00 del día, sentado en mi oficina. Me llaman por teléfono para comunicarme que iban a hablar con la dirección provincial, porque el Ministerio de Salud, previa consulta con el ministro, consideraba que yo era la persona que debía dirigir la segunda brigada que partiría hacia Italia. Inmediatamente llamé a mi esposa, ya le sentí la voz entrecortada, y en apenas una hora entregué todo lo que tenía que entregar en el hospital, porque me habían dicho que debía salir esa misma tarde. Finalmente, salí al día siguiente en la mañana. Cuando llegué a la casa encontré a mi esposa en la puerta, llorando. Pero luego me apoyó.

Has transitado de las culturas precolombinas en América Latina y del África musulmana, al llamado Primer Mundo, a uno de los países más poderosos, en una misión que abre una nueva época e invierte la cooperación entre estados ricos y pobres…

Cuando me ofrecen esta tarea —nunca imaginé que me seleccionarían a mí, sinceramente-—, lo primero que pensé fue lo difícil que sería cumplirla, porque es la primera vez que entra un contingente cubano de trabajadores de la Salud a un país desarrollado, con visiones diferentes de la medicina, con diferencias tecnológicas grandes y con una manera de ver al enfermo y de organizar los sistemas de salud diferente. El reto, en este sentido, es y será el impacto que puedan generar nuestros conocimientos, nuestras características como cubanos, nuestro humanismo y nuestra solidaridad; la manera en que diagnosticamos y curamos sin mayores gastos, sin mayores tecnologías.

Llegamos a Turín el 13 de abril y el recibimiento ha sido inesperado, tanto por parte de las autoridades, como de la población, que nos ha manifestado afecto y agradecimiento.

Estamos impresionados con lo que la gente dice y espera de nosotros (…), tenemos el deber de corresponder a las esperanzas que ellos han depositado en nosotros.

Así lo hemos hecho desde que llegamos y nos incorporamos a las tareas de organización. Nosotros no solo somos profesionales, somos organizadores. El día previo a la inauguración nos pidieron casi de favor si podíamos ayudarlos a armar el hospital. La persona que nos atendía nos advirtió, apenada, que para poder terminar, tendríamos que trabajar hasta las 11:00 de la noche. Y yo le dije: Usted no conoce a los cubanos. Vinieron todos los brigadistas y organizamos el hospital, desde las camas hasta los monitores, y todos los detalles, antes de las 2:00 de la tarde. Porque una de las cosas que nos elogian los profesionales que trabajan aquí con nosotros, es la disciplina y la organización que tenemos. Esa es nuestra fortaleza, junto a nuestros conocimientos. Porque contamos en esta brigada con profesionales de una alta calidad científica y técnica.

¿Qué significa ser un médico internacionalista cubano?

Yo creo que nosotros nos formamos con la información genética del internacionalismo incorporada. Porque lo estamos viendo desde que damos la primera clase en la Escuela de Medicina. Yo creo que un médico internacionalista cubano debe saber que está lleno de historia, y que puede apoyarse en esa historia para seguir adelante y cumplir las nuevas tareas. Que le corresponde dar continuidad a un legado histórico que nos inculcó el Comandante en Jefe y que todos tratamos de imitar y seguir.

Significa humanidad, solidaridad, alta preparación profesional; significa tratar de ayudar a todo el que se pueda ayudar, y siempre poniendo el corazón.

¿Algún mensaje para tus pacientes de Cienfuegos?

Bueno sí, a mis pacientes —yo sé que me siguen desde Cuba-—, que piden que me cuide y que cuide también a mis compañeros, y que se sienten tan orgullosos como yo cada vez que me ven en la televisión, porque ven a su médico, a su nefrólogo, a su jefe de servicios, al que no los ha abandonado, porque a pesar de estar en la vicedirección del Hospital no dejo de ir a mi sala, y no dejo de participar en una entrega de guardia, y trato de hacer pases de visita cuando puedo y trato de resolver todos los problemas que puedan tener mis pacientes. Eso es algo que caracteriza al médico cubano y sobre todo al nefrólogo: no se puede desligar de su especialidad, lo que significa decir, de sus pacientes. ¡Decirles que los extraño! Y que esperen de nosotros lo mejor; se va a cumplir la tarea y yo creo que se van a sobrecumplir las expectativas. Empezó bien y va a terminar mejor.

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