Mercedes Santos Moray - Revista Mujeres.- Para Cuba, José Martí es el Apóstol de su independencia, el hombre que unió las voluntades de los cubanos, blancos, negros, mulatos, chinos, creyentes y no creyentes, ricos y pobres, dentro de la Isla y en la emigración; y que organizó la tercera y última guerra que libró el pueblo en el siglo diecinueve para luchar por la independencia, la soberanía, y también para acceder a la justicia, la paz y la democracia en una sociedad con todos y para todos. 
Fue, además, el intelectual orgánico que diseñó el programa de la revolución, desde su concepción política, y el mayor de nuestros escritores, el renovador de la prosa y del verso, nuestro más grande lírico, periodista, maestro, diplomático, tribuno, traductor y revolucionario, el paradigma de la cultura y de la nación cubanas.

A ese hombre, al que todos y todas rendimos un culto muy especial en el archipiélago y también en toda nuestra América y cuya obra debemos divulgar desde el principio martiano de que “Patria es Humanidad”, a él, le hemos querido dedicar espacio en nuestra publicación, con un dossier donde se presente, desde su encarnadura más subjetiva, cuáles fueron sus vínculos con las mujeres de su vida: su madre, hermanas, amantes, novias, esposa, compañeras...Y cual, además, fue la visión martiana sobre la mujer, que por cierto, evoluciona, como evolucionó su existencia, en el apretado marco referencial de haber vivido sólo 42 años.

Este costado de José Martí, en el que no se suelen detener mucho sus biógrafos y estudiosos resulta imprescindible porque las mujeres cubanas, desde la primera guerra de independencia, e incluso, en el proceso de gestación de la nacionalidad, han sido abanderadas de la libertad, la soberanía y la independencia y hacedoras de la cultura.

A ese Martí nos acercamos en estos trabajos, al hombre sensible, inteligente, culto, no exento de contradicciones, que fue creciendo, a paso acelerado, como los ejércitos que fundaron pueblos, porque también en su obra, como en su vida personal, las mujeres tuvieron un papel protagónico, en su pensamiento, en su escritura, en la fragua de su existencia.

También es un justo tributo a todas las que le brindaron amor, compasión, amistad, consuelo, afecto a lo largo de sus años de intensa lucha por Cuba que, como mujer también, desde la sustancia matriz de la tierra se adueñó de su espíritu y fue nutriente de su producción literaria y de su ideario político y revolucionario.

José Martí, el hombre público y el individuo, se revelan en un diálogo plural con mujeres de carne y hueso, nervio y fibra, que jamás jugaron papeles secundarios a su lado, o lo alimentaron con amor y ternura, o lo estimularon con su pasión y su vehemencia, en medio de sus desgarramientos más íntimos. Y es que quien conozca a la mujer cubana podrá comprobar que bajo esa envoltura de sensualidad y erotismo, de belleza y de gentileza, hay un volcán de lava que se expande y se desborda desde las entrañas hacia el aire, con fuerza y voz propia. Bien lo supo Martí que tuvo en la mujer cubana, como en la española, la mexicana, la venezolana y la guatemalteca inspiración y acicate para su propio verbo.
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