Mónica Lescano Lavandera - Juventud Rebelde.- La zona roja se inunda de una tranquilidad aparente. Pareciera que la COVID-19 descansa por minutos, pero nada más lejos de la realidad. Cubiertas por sus «trajes», las doctoras del hospital militar central Doctor Luis Díaz Soto, de los Servicios Médicos de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), corren como hormiguitas para asegurarse de que todos los pacientes reciban la atención que necesitan.


Ellas, tres jóvenes a quienes la pandemia les ha impuesto el reto de crecerse ante dificultades jamás imaginadas, protagonizan a diario las páginas de una historia que quedará para siempre en la memoria del pueblo, de la humanidad. Son mujeres cubanas, de esas que no conocen imposibles.

Aneida

Apenas se le distinguen los ojos verdes detrás de la careta. Ser responsable de pacientes positivos con comorbilidades es difícil, pero ella ama su trabajo. Cuando entró, por vez primera, a la zona roja, el 10 de septiembre de 2020, aprendió que lo más importante — y lo más complejo a la vez— es darse cuenta de cuándo puede ocurrir ese momento fugaz en que una persona llega a ponerse grave, para prever consecuencias negativas en el paciente.

Tiene 25 años y sueña con el día en que pueda volver a caminar por las calles de la ciudad sin nasobuco. A esta residente de Medicina Interna, graduada en junio último en la Universidad de Ciencias Médicas de las FAR, se le hace un nudo en la garganta cuando recuerda que por la pandemia su familia no pudo asistir a su graduación, y «yo misma me tuve que poner mis charreteras».

Lo cuenta con pesar la teniente Aneida de la Caridad Ruiz Casas. Sus días en el conocido hospital Naval parecen todos iguales. «No sabemos si es lunes o martes. La rutina es la misma las 24 horas», añade como quien hace un llamado a la conciencia de la población a que se protejan, porque a esta heroína hoy de bata y sobrebata verde, le parece que aún existe mucha irresponsabilidad por parte del pueblo.

«Les pedimos que tomen las precauciones, que no piensen que esto es juego. Aquí en el hospital no descansamos porque nuestra prioridad es salvar vidas, pero necesitamos la ayuda de todos para vencer esta situación», indica esta joven mujer, la misma que agradece las muestras de cariño y afecto de parte de los enfermos por la entrega y dedicación con que asume su titánica batalla.

Para sus padres y hermano, en la casa extrañar a Aneida es ya parte de la cotidianidad, por eso se mantiene en constante contacto con sus seres queridos para contarles de las peripecias que vive dentro de la zona roja, sin darse cuenta de que en cada mensaje de texto escribe parte de la historia de un país que ha demostrado cuán grande es.

Lisbeth

Tiene 29 años, es santiaguera y es la primera de su familia en adentrarse en la de medicina. Al comienzo, su tarea en el Naval estuvo relacionada con un ensayo clínico para comparar la efectividad del interferón con la del heberferón, y para su satisfacción, la mayoría de los pacientes del ensayo mejoraban más rápido. Después, comenzó a entrar en salas con casos positivos a la COVID-19.

La primer teniente Lisbeth Cobas Cervantes, en sus más de cinco años de graduada, no ha vivido ninguna experiencia que la haya marcado tanto como esta pandemia. «Sentimos mucha presión, pero no tenemos miedo, si lo tuviéramos no estaríamos aquí», afirma la muchacha con el estetoscopio en la mano, a punto de entrar a chequear a un paciente.

Entre sus muchos recuerdos, está el de aquel paciente pinareño que le dio su número y dirección para que lo visitara cuando la pandemia termine y así agradecerle por haberle salvado la vida. «Nos preocupamos por todos por igual, tratamos de conocerlos, de saber cuáles son sus estados de ánimo, porque nos sensibilizamos con cada enfermo que pasa momentos difíciles bajo nuestro cuidado».

Esta muchacha, residente de Endocrinología, siente mucho orgullo de ver cómo todas las especialidades se han unido en la pelea contra el SARS-CoV-2. «Nos llegamos a conocer mejor entre todos, incluso, a personas que veíamos todos los días pero no sabíamos sus nombres», precisa, a la vez que agradece la guía constante de los galenos de mayor experiencia, quienes le han ayudado a resolver sus dudas.

A Lisbeth el nuevo coronavirus no solo le ha limitado sus tiempos para estudiar y superarse, sino que le ha retrasado sus planes de ser madre. «Estoy en medio de un tratamiento de fertilidad, y tengo que hacer malabares para que la consulta con el médico y los turnos para los análisis me coincidan con los días en que estoy fuera de la zona roja», comenta la doctora, quien cuenta con el apoyo y la comprensión de su esposo y sus padres, a quienes casi no ha podido abrazar por mucho tiempo en el último año.

La joven agradece también su formación militar, porque le ha permitido mantenerse con fortaleza ante los tantos momentos de tensión a los que se ha tenido que enfrentar. Su momento más anhelado cuando esto pase es caminar por el malecón habanero rodeada de gente y volver a sentir esa sensación de libertad.

Sandra

Ella es más introvertida, tiene miedo a las cámaras. Pero no tuvo susto cuando comenzó el 1ro. de abril del pasado año en el cuerpo de guardia del Naval, la llamada zona cero, que se convirtió en un punto decisivo en la vida de muchos cubanos. «Nos llegaban los pacientes con diversas sintomatologías, y debíamos decidir cuál sería su destino hospitalario. Fue muy difícil, porque el virus era totalmente desconocido y no sabíamos exactamente a qué nos estábamos enfrentando».

Sandra Rojas Inchaustegui tiene 30 años. Su historia con la pandemia ha sido agitada, viendo un ir y venir constante de ambulancias por los brotes que han surgido en la capital. Si ella, que estaba ahí para recibirlos, tomaba una mala decisión, la vida del paciente podría ponerse en peligro. «Atendíamos, además, otras urgencias que no tenían nada que ver con la COVID-19. Fue muy difícil. Aún sigue siéndolo».

Ahora trabaja en la zona roja, y al ser la única residente de Otorrinolaringología tiene que combinar su labor de médico general integral en la sala con pacientes positivos, con las urgencias que se presentan relacionadas con su especialidad. «Hemos logrado muy buenas dinámicas de trabajo. No hay diferencias entre los jóvenes y los de más experiencia, todos tenemos altas responsabilidades».

Prefiere, para liberar tensiones, hacer ejercicios en su tiempo libre. «En los dormitorios hemos llegado a acuerdos para distribuirnos las tareas. Tenemos nuestros propios cubiertos y vasos, y nos turnamos para fregar y lavar», dice la muchacha, a quien su esposo —también médico del hospital— la acompaña en todos los sentidos. Ellos también quieren ser padres, pero esperan que mejore la situación epidemiológica para cumplir sus sueños.

Sandra tiene ganas de sentarse en una heladería y quiere, además, dejar de ir a su casa «de visita». A ella, como a Aneida y Lisbeth, le molesta la cantidad de ropa que deben ponerse para seguir los protocolos de bioseguridad, mirar a través de una careta y tocar solo mediante el látex de los guantes.

Estas jóvenes valientes casi no descansan, y cuando lo hacen, temen a las llamadas telefónicas de madrugada, pues nunca traen buenas noticias. Al interior de la zona roja, se encargan de mantener esa calma que aprecia este equipo de prensa cuando llega al hospital. No saben con certeza —nadie sabe— hasta cuándo seguirán con sus «trajes» de heroínas salvando vidas, pero sí tienen la certeza de que lo harán con todas sus ganas, porque esa es su vocación.

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