Dixie Edith - Cubadebate / Letras de Género - Foto: Archivo Mujeres.- “La primera vez que una mujer humilde, y además negra, iluminó con su sonrisa la portada de una revista cubana fue el 15 de noviembre de 1961 en el primer número de Mujeres. Era la declaración de principios de un colectivo que nacionalizó la revista Vanidades y el american way of life que ella representaba”. 


Así se presenta en internet la revista de las mujeres cubanas, pero el texto bien podría ser el inicio de cualquier conferencia acerca de la prensa femenina en Cuba después de 1959. Noviembre, su mes de nacimiento, es solo un pretexto para pensar las publicaciones periódicas para mujeres en Cuba –que ya superan los dos siglos- y han tenido un historial persistente.

Durante la segunda mitad del siglo XX, los cambios sociales ocurridos en este archipiélago pusieron a las mujeres, de golpe y porrazo, en el centro de una dinámica acelerada, de ruptura, retadora. A conquistas como el derecho al voto o el divorcio se sumaron la plena integración de la mujer al trabajo, el fortalecimiento de su independencia económica, y, con la legalización del aborto, su libertad para elegir el número de hijos; además de cultura, alfabetización y atención médica gratuita.

En medio de esa vorágine, las publicaciones dirigidas al público femenino fueron cambiando, actualizándose. No quedaba de otra. Candentes debates rodearon la aparición -en las páginas de Mujeres, por ejemplo- de los primeros temas de educación sexual de la prensa cubana. Fue idea de Vilma Espín, presidenta de la Federación de Mujeres Cubanas (FMC). En los tiempos que corren, bien valdría la pena rescatar aquellas historias.

Las fundadoras de entonces cuentan que aquellas primeras polémicas rompieron con los tabúes sobre la sexualidad femenina y masculina que existían en una sociedad profundamente machista. Contaba la profe Isabel Moya que una mirada a los archivos de la Editorial que durante tantos años condujo a puerto seguro, permitía reconstruir el proceso de transformación de las cubanas en los años de Revolución y el papel de la FMC en cada momento histórico: las brigadistas sanitarias en Playa Girón, las alfabetizadoras, las escuelas para domésticas, la Escuela para Campesinas Ana Betancourt, las primeras taxistas, la creación de los círculos infantiles, las milicianas. 

Parafraseando a Carpentier, más allá de la la limitación que puede tener la letra impresa ante la riqueza de la vida, la crónica de la historia de la Revolución desde las mujeres está en las páginas de la revista.

Viaje a la semilla

En 1811, El Correo de las Damas inauguró lo que sería la prensa destinada a mujeres en Cuba. Cuenta el historiador Julio César González que muchos preceptos morales, sexuales y de todo tipo eran resaltados por estas publicaciones: “no escapaban de la visión patriarcal de la sociedad cubana decimonónica, donde los roles maternales, maritales y de familia la ponían en una eterna minoría de edad”.

A punta de poesía y notas sobre la naturaleza, y la fertilidad, la prensa femenina que surgió en la Isla en el siglo XIX defendía los valores familiares para las mujeres. Publicaciones como La moda o Recreo Semanal del Bello Sexo (1829), Las Hijas de Eva (1874), El Recreo de las Damas (1876) o La Familia (1884) son apenas algunas de las publicaciones que salieron de las rotativas en aquellos años para hablar de estos temas.  

Sin embargo, escritoras como Gertrudis Gómez de Avellaneda y su Álbum Cubano de lo Bueno y de lo Bello (1860) rompieron estereotipos románticos y pusieron zancadillas a los modelos femeninos “de belleza etérea”, al decir de González.

El 24 de febrero de 1895, “Esperemos”, un impactante editorial publicado por Aurelia Castillo en El Fígaro, visibilizó una historia que sigue rodeada de vacíos y mitos: la del feminismo cubano. Tomando esa fecha como referencia, las publicaciones con artículos dedicados a la “palabra maldita” empezaron a ser comunes. Así, nacieron entre 1902 y 1940, nombres como El Feminista Cubano, Emancipada, Feminista, La Mujer, La Mujer Moderna, La Sufragista o Lyceum, entre muchas otras.

Una vez obtenidos de forma legal algunos de los sueños de las feministas -como el sufragio, el divorcio y mejoras laborales en la Constitución de 1940- el debate sobre la temática femenina se movió a temas relacionados con la Segunda Guerra Mundial y la idea expandida de “una vuelta a las casas para las mujeres”. Revistas como Vanidades, Romances y Selecciones ayudaron a pensar –otra vez- que el consumo y el cuidado del hogar eran misiones fundamentales de las mujeres.

Más tinta para el papel

Tras presentar cartas credenciales en noviembre de 1961, a Mujeres se sumaron con su talento intelectuales como Dora Alonso, Rene Potts, Mari Blanca Sabas Alomá, Mario Rodríguez Alemán, Marta Rojas, Fernández Retamar, Elsa Gutiérrez, Patricia Ares, Adelaida de Juan, Nuria Gregori o Mercedes Santos Moray.

Cuando Muchacha, la hija menor, fue a hacer su debut en la palestra periodística cubana en la década de los ochenta, su salida estuvo amparada por una encuesta nacional de intereses y preferencias de su público potencial –las mujeres más jóvenes-, que la llevaron rápidamente  a altos ranking de lectura. Sus portadas, sus osados y orientadores temas, su tratamiento acertado de la responsabilidad de la pareja le aseguraron un público crítico y activo con una amplia y fructífera correspondencia.  

Igual que algunas personas desconocen el impacto de estas publicaciones en el devenir de la sociedad cubana de los últimos más de 60 años, otras les reprochan la inclusión en sus páginas de temas vinculados con el espacio que tradicionalmente se ha considerado como propio sólo de las mujeres. Moya defendía que “el problema no era publicar recetas de cocina”, sino presentar estos temas como exclusivos del público femenino. 

“Es hora de reivindicar la vida cotidiana y darle el lugar que merece dentro de los medios. No solo de pan viven el hombre y la mujer, pero sin pan no viven ni el hombre, ni la mujer”, me contó en una dilatada entrevista hace una década.

 

Los azares del Periodo especial y el desarrollo de la informática y las telecomunicaciones cambiaron el escenario donde se mueven estas publicaciones. Basta decir que en los últimos dos años la revista Muchacha, que había recuperado algo de visibilidad tras el largo apagón que sobrevino en la década de los noventa, solo ha llevado a imprenta un par de números, un destino que comparte, para mal, con casi todas las revistas juveniles del patio.  

La historia no se detiene

 

 

¿Necesitamos publicaciones para visibilizar los estudios de género? Por supuesto que sí. En una sociedad diversa, plural y heterogénea, con públicos muy segmentados y una avalancha de nuevos medios, dos revistas “no hacen primavera”. Pero la tinta veterana de la Editorial de la Mujer necesita seguir compartiendo sus lecciones. 

Desde que el conocido poeta Julián del Casal firmó como una mujer para rendir homenaje a sus congéneres femeninas que no podían hacerlo, ha llovido mucho. Ahora, con indicadores de incorporación social y nivel intelectual que hubieran asustado a sus bisabuelas, las cubanas se insertan en el debate editorial del país con derecho propio y capacidad bien ganada. 

A la par, necesitamos que las revistas estén ahí: pulsando intereses, complaciendo peticiones y también garantizando que esta mujer del XXI -integrada, diversa y transgresora- tenga quién le escriba.

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