Dixie Edith - Cubadebate / Letras de Género.- Nunca la conocí personalmente, pero no olvido su nombre, aunque no sea prudente divulgarlo en estas páginas. Vivía en Yateras, tenía 26 años y 8 hijos y nunca llegó a conversar con el equipo de prensa que llegó a su localidad montañosa, en el extremo este de la Isla, a indagar sobre su fecundidad prolífica. Después de un par de horas inútiles de espera en su portal, renunciamos a entrevistarla.


Cuando doblamos el recodo que nos pondría en la carretera principal, rumbo a Guantánamo, una vecina reveló lo impensable: “No le crean a ese hombre nada de lo que dijo. Ella está en casa de su hermana con un ojo morado y el brazo partido y él le advirtió que si hablaba con los periodistas, la mataba.”  

Fue el primer encontronazo con una realidad que para nada está superada en Cuba, a pesar de los pasos ganados por la igualdad y los derechos. El problema no puede verse en blanco y negro. La cuerda se tensa cuando, por un lado, tira el incuestionable protagonismo ganado por las cubanas en la vida social y, por el otro, la permanencia de valores y comportamientos construidos desde una óptica machista, androcéntrica. 

Después de aquella visita a Yateras se han sucedido aprendizajes, consultas, entrevistas, pero esa primera vez facilitó el camino para comprender algunas esencias sobre la violencia de género. Una de ellas, en opinión de la socióloga Iyamira Hernández Pita, “es que estamos hablando de un fenómeno que tiene que ver, sobre todo, con las desigualdades de poder”.

Por tanto, para atenderla hay que escudriñar los sistemas de opresión que la atraviesan, que tienen profunda raíz en el patriarcado. Incluso, cuando ese maltrato se ejerce contra personas de diferente orientación sexual o identidad de género, en el fondo se les está victimizando porque incumplen con el mandato heteronormativo considerado “natural” en las sociedades machistas. 

Otro aprendizaje es que no hay perfiles: la violencia de género está presente sin distinción de religión, adicciones, nivel escolar o cultural, situación económica, color de la piel, edad o tiempo de relación de la pareja; pero atender y estudiar esos diferenciales –mirar el fenómeno desde la interseccionalidad- permite diseñar mejor los caminos para la prevención y la respuesta. 

En cuanto a las consecuencias, el impacto es físico, pero también emocional, intelectual y muy desestabilizante; las secuelas son de larga data y alcanzan no solo a la víctima directa, sino también a su familia, con especial impacto en niñas, niños y adolescentes que se exponen a esas situaciones.

En ese camino, una realidad muy dura es que la violencia de género funciona como una espiral maldita de la que cuesta mucho trabajo salir. Las víctimas muchas veces no reconocen las situaciones de maltrato que sufren; otras, viven con temores de todo tipo que las paralizan, les impiden reaccionar: miedo a separar a los hijos de sus padres, a quedarse “en la calle”, a perder el sostén económico, a las represalias, a la sanción moral de la comunidad y la familia... En pocas palabras: no tienen capacidad para salir del círculo de violencia. 

Mirar hacia adelante 

Cuando termine 2021, a la vuelta de poquito más de un mes, no solo estaremos celebrando el año en que nuestras vacunas soberanas pusieron un freno a una pandemia inédita. También chocaremos copas por un año en que, aunque el confinamiento obligatorio profundizó todas las formas de maltrato, también se dieron pasos enormes para la atención a la violencia de género.

Las tres décadas de las jornadas de activismo contra ese flagelo se celebran en Cuba con un Programa Nacional para el Adelanto de las Mujeres, ya funcionando, que marca la ruta política también de la atención al maltrato; una Estrategia Integral a las puertas que normará los protocolos de actuación articulado de instituciones, organismos de la administración del Estado o entornos comunitarios y una serie de leyes recién aprobadas o en curso para el futuro inmediato que se entrelazan como red para atender de manera explícita la violencia de género.

Durante la semana que ahora termina cerca de medio centenar de investigadores de perfiles, territorios y procedencias institucionales diversas se reunieron para estudiar contextos y diseñar rutas de avances de ahora en adelante.

Convocada por el Centro Oscar Arnulfo Romero (OAR), la Sociedad Cubana Multidisciplinaria para el Estudio de la Sexualidad (Socumes) y el Centro Nacional de Educación Sexual (Cenesex), la IV Reunión de Investigadores (as) "Construyendo políticas basadas en evidencias científicas", puso sobre el tapete desafíos impostergables para que todo ese contexto legislativo y político llegue a puerto seguro. 

¿Qué rutas dibujan los resultados de estudios realizados en el país por parte de este colectivo de profesionales de la sociología, la psicología, el derecho, la demografía, la pedagogía, la salud, la filosofía y la comunicación?  ¿Qué debe ser prioridad para los próximos pasos?  Estas Letras de Género comentan algunos de esos retos –no los únicos- en los que coincidieron muchas voces de la cita académica de este noviembre:

En primer lugar, urge continuar trabajando en el diseño de una ruta de atención integral e integrada que no solo actúe cuando ya se produjo el acto violento, sino también en la prevención, la visibilización y atención de las causas de la violencia de género. 

Para la socióloga Iyamira Hernández, también profesora de la casa de altos estudios capitalina, es esencial “culminar el diseño de los protocolos ministeriales para atender la violencia -y de todos los sistemas que forman parte ellos-, con indicadores que permitan monitorear la implementación y, sobre todo, que todos estos protocolos tengan los enfoques necesarios para poder articular ese trabajo, con un carácter vinculante desde el Estado”.

“Atender de manera oportuna las causas y condiciones que sustentan las manifestaciones de violencia basada en género en diversos contextos es esencial”, asevera Rayda Semanat, investigadora del Centro de Estudios sobre la Juventud (CESJ).

“Se necesita propiciar análisis particulares, con un enfoque multidimensional y desde la interseccionalidad, teniendo en cuenta otras variables determinantes como la edad, el territorio, el color de la piel, entre otras, pero sin estigmatizar el fenómeno en comunidades, grupos o personas”, agrega.

Para la socióloga Yailyn Rosales Sánchez, del Centro Nacional de Educación Sexual (Cenesex), debe existir también un protocolo para el acompañamiento y seguimiento de los casos de violencia de género, después de la primera atención. 

En el ámbito jurídico, es importante la integración y articulación de las diferentes leyes y normas con ejes transversales de género y de protección, algo que ya ha venido ocurriendo. Los incorpora la nueva Ley del Proceso Penal, aprobada este octubre y también pueden rastrearse en la más reciente versión del proyecto del Código de las Familias que se someterá a consulta popular, por solo poner un par de ejemplos. 

Lo otro es una respuesta integral desde esas leyes.  “No funciona que un juez coloque una sanción extrema a un perpetrador de violencia de género, si luego no hace acompañar esa sentencia de las sanciones accesorias que lleva, o de restricciones del comportamiento y de la atención multidisciplinar por parte de otros profesionales” considera Arlín Pérez Duarte, experta en derecho penal y profesora de la Universidad de La Habana.

Es necesario entender a la violencia de género como un fenómeno social, pues no se trata solamente de un asunto únicamente de salud, jurídico o de asistencia social, sino que involucra a todos los actores políticos, sociales, comunitarios, económicos. En ese camino, medirla, contabilizarla y estudiarla resulta de primer orden pues la carencia de estadísticas contribuye a que no se advierta toda su magnitud y que su respuesta –y el diseño de políticas- pueda verse limitada.

Finalmente, pero no menor, es importante visibilizar qué es la violencia de género para que las personas en situación de vulnerabilidad por esta causa tengan herramientas para identificarla, reconocerla y actuar en consecuencia.

Además, un reto mayor es capacitar a todas las personas que de un modo u otro están involucradas en la prevención y atención de la violencia de género, insiste la socióloga Clotilde Proveyer, coordinadora del equipo asesor de la Federación de Mujeres Cubanas (FMC) para el tratamiento de este fenómeno. 

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