Marilys Suárez Moreno - Revista Mujeres.- Resulta demasiado recurrente a veces ver a muchas madres y también padres expresándose a golpes y palabrotas con hijos e hijas que consideran revoltosos y rebeldes. Frases como “Soy tu madre y me da la gana”, “Aquí el que manda soy yo, tu padre” y otras del mismo estilo, es posible escuchar en la casa vecina, la calle o cualquier comercio.


Empujones, sacudidas, malas palabras y hasta  golpes propinados a la par de la rabia, nos estremecen no pocas veces, haciéndonos chocar con la fea cara del maltrato. Incluso he visto a ciertas madres empujar y darle un golpe a un niño de muy poca edad porque este, adelantado a ella, entretenida con su móvil, intentó cruzar una calle solo. Fueron los transeúntes los que, conscientes del peligro pasado por el menor y la desidia de la madre, la criticaron y conminaron a prestar, más atención al infante y menos al telefonito.

Entiéndase como quiera, pero maltratar es tratar mal, es agredir física o verbalmente y es una manera de dañar a un semejante, tenga la edad que tenga. Si bien en el caso de los niños y niñas, este maltrato puede tener implicaciones mayores en el futuro.

El respeto es un valor que permite al ser humano reconocer, apreciar y valorar las cualidades del prójimo y sus derechos; se debe a todos, en especial a los infantes y las personas mayores, familiares y maestros, por lo que deviene esencial para la mejor convivencia y armonía entre las personas y la sociedad en general. Cuando no se respeta, se anda a la desbandada, con total ausencia de deberes y derechos y con propensión a la agresión física como botón de fuerza.

Muchos de esas niñas y niños que hoy muestran tener comportamientos irrespetuosos y hasta agresivos con sus padres y otros familiares y personas, son el resultado de los maltratos sufridos o  porque copian un patrón de la realidad  en que desenvuelven sus vidas y buscan así probar fuerzas. Si bien la situación puede constituir un espejo de repetición a una actitud aprendida de sus mayores. En cualquiera de los casos, revela  soberbia, falta de valores y poca o ninguna educación. De hecho, resulta una conducta inaceptable y exige tomar medidas para cortar de raíz el problema..

En una época en que los padres son más permisivos de la cuenta, por aquello de ofrecerles a los hijos e hijas todo lo que ellos desean o por considerar erróneamente que estos son otros tiempos y los infantes actuales son más “libres” y desprejuiciados, el hecho de agredirlos o maltratarlos físicamente o de palabras, es visto como algo normal por algunas y algunos que entienden  la situación como algo “normal” Entonces ¿cómo  educarlos si no somos capaces de introducir en su agenda los códigos formales de comportamiento y, por tanto, no llegamos a ser ejemplo para ellos?

 Lo que si no puede pasar es que se manifieste respondón y ofensivo con las personas, repitiendo comportamientos trasmitidos por sus mayores, pues somos  los padres y famulares cercanos los destinados a formar en ellos patrones educativos  y éticos a imitar. De hecho, la intervención paterna y materna debe hacerse sentir por la firmeza del ejemplo, no por las amenazas, castigos y los golpes.

 ¿Cómo hacerlo? ensañándole a mantener el control de sí mismo con su propio comportamiento, reconociendo al mismo tiempo su buena conducta, a la par que procuramos que se valga de la palabra para expresar cualquier tipo de disconformidad que pueda sentir en vez de proyectarse inadecuada e irrespetuosamente.

En esta batalla sin cuartel que es el respeto que nos debemos y debemos a los demás, no puede haber nunca descanso a la hora de educar a hijas e hijos. Sobre esa base se asienta el propio comportamiento infantil para con la familia y los demás.

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