Los cuerpos sexuados y etiquetados de las mujeres negras constituyen territorios de batallas, textos y aprendizajes compartidos

Rosa Campoalegre Septien. Doctora en Ciencias Sociológicas. Especial para SEMlac Cuba / Foto: SEMlac Cuba.- ¿Cómo se posicionan las mujeres negras en Cuba? ¿Cuáles son los ejes de tensión latentes? ¿Existe el racismo en el país a pesar de las transformaciones sociales y de un proyecto orientado a la igualdad? ¿Cómo se manifiesta en cuanto a las mujeres negras? ¿Qué voces, silencios, violencias y resistencias emergen?


Nacer y vivir en el Caribe es la oportunidad de crecer en la complicidad de los imaginarios de la negritud, inspiradores de un cimarronaje continuo ante la colonialidad. En este sentido, destaca el pronunciamiento de Ochy Curiel1, quien revindica a los feminismos negros2 como una praxis política de cimarronaje intelectual por sus orígenes y fines.

Los feminismos negros son, ante todo, un proyecto histórico de lucha. Esta tesis, desde las genealogías críticas que promueven los feminismos negros, también llama la atención sobre los vínculos entre racismo y sexismo3 que invaden la vida y los cuerpos de las mujeres negras, vistos en calidad de territorio de opresiones que arraigan mitos, prejuicios y estereotipos racistas, marcados por la resistencia. Los cuerpos sexuados y etiquetados de las mujeres negras constituyen territorios de batallas, textos y aprendizajes compartidos.

Los feminismos negros abarcan un polémico recorrido que puede ser sistematizado, a grandes rasgos, en tres etapas: la fundacional, en que aparecen las pioneras en Estados Unidos. La “segunda ola,” que continúa la teoría y la práctica de los feminismos negros por afroamericanas y afrobritánicas, con nuevos temas. La tercera etapa presenta otras narrativas pos/de/descoloniales en el Sur.

Para el caso cubano, encontramos a las precursoras Carlota y Ferminia, mujeres esclavizadas que comandaron las sublevaciones negras frente al colonialismo español en el centro de la isla. Después vendrían las mambisas de la guerra de liberación nacional iniciada en 1868. De ahí emerge Mariana Grajales, una afrocubana proclamada “Madre de la Patria” en 2017, a más de 100 años del fin de la guerra independentista. Sin embargo, la imagen histórica que transciende de ellas, es sexista. Como tendencia, se focaliza en roles tradicionales de madre y esposa de los próceres de la independencia nacional, sanitarias, mensajeras; pero la figura de lideresas y pensadoras no se clarifica, en general, en el relato histórico.

Hasta hoy, en Cuba es escasa la producción académica en clave de feminismo negro, debido a la invisibilización histórica del tema racial. Se desconocen los nombres y los rostros de las heroínas negras a lo largo de las luchas por la formación y consolidación de la nación y su independencia. No obstante, para el análisis de narrativas insurgentes de las mujeres negras, son referentes la Revista Minerva4, los avatares de los congresos de mujeres y del Partido Comunista durante los años veinte del pasado siglo y de la propia Asamblea Constituyente de 1940, donde se alzaron las voces de las mujeres negras en defensa de sus reivindicaciones. Es inmensa la deuda de la historiografía cubana con estas luchas. La invisibilidad del pensamiento social afrocubano de todos los tiempos sigue siendo un asunto por solucionar en la lucha contra el racismo. Lo decisivo es quebrar los silencios y hacer luz a las narrativas insurgentes.

En la actualidad, el devenir del feminismo negro en Cuba trasciende en dos escenarios fundamentales: la cultura y el quehacer académico; pero es débil en áreas decisivas como la política y la económica.

Hay nombres relevantes para la comprensión del tema negro en Cuba —y en particular del feminismo negro— como los de la actriz Rita Montaner, las poetisas Georgina Herrera y Nancy Morejón, la realizadora Gloria Rolando o la rapera Magia López, por sólo poner algunos ejemplos en el espacio artístico cultural. En el plano académico, destacan los trabajos de Inés María Martiatu, María del Carmen Zabala, Daysi Rubiera y Zuleica Romay, aunque no todas estas autoras enmarcan sus reflexiones en una perspectiva feminista.

En general, son difusos los derroteros de los afrofeminismos en la producción académica cubana.

¿Racismo en Cuba?

La inexistencia de las “razas” ha sido corroborada por los estudios del genoma humano en articulación con los avances de las Ciencias Sociales y Humanísticas. Sobre esta base se definen las “razas” como construcción social trasfigurada, según elementos fenotípicos congénitos, que responden realmente a relaciones de poder, de superioridad entre grupos sociales, en contextos históricos culturales determinados.

Desde el siglo XIX, la contribución decisiva de personas negras al proyecto emancipatorio nacional cubano colocó la lucha contra el racismo en la agenda política. El acercamiento al problema “racial” parte del posicionamiento de José Martí, quien deconstruye tempranamente el concepto de “raza”5. La visión martiana parte de la refutación de las “razas”, que se hace nítida en su histórico ensayo “Nuestra América”, cuando afirma “no hay odios de razas, porque no hay razas”6.

Así, el proyecto popular de liberación nacional jerarquizó la igualdad y la inclusión social en una sociedad colonial y esclavista. Pero el siglo XX cubano no logró concretar este ideal martiano. El proyecto martiano de República con todos y para el bien de todos se frustró en una sociedad neocolonial, donde las afrocubanas se ven sometidas a una doble y triple discriminación, debido a ser mujeres, ser negras y pobres7.

En 1959, la revolución triunfante genera un modelo de bienestar universalista, con amplia cobertura al funcionamiento familiar, mediante políticas inclusivas que garantizan acceso universal y gratuito a servicios sociales básicos: salud, educación, empleo, seguridad y asistencia social. La igualdad de derechos y oportunidades es fundamento de las políticas públicas con rango constitucional, respaldada por instrumentos jurídicos que proscriben todo tipo de discriminación, con lo cual se eliminan las bases estructurales del racismo.

En este modelo, la atención a las mujeres es otro de los rasgos fundamentales, en tanto se benefician de las políticas públicas universales diseñadas para toda la población y de las dirigidas específicamente hacia ellas, pero desde un enfoque esencialista de mujer, que no logra revertir a plenitud la desventaja social histórica de las mujeres negras cubanas, ni erradicar la discriminación racial en un nuevo contexto histórico.

Para el análisis del racismo en Cuba, resulta relevante la distinción entre las modalidades de racismo estructural e institucional que adelanta Rita Segato8. Llamamos racismo estructural a todos los factores, valores y prácticas que colaboran con la reproducción de la asociación estadística significativa entre raza y clase (definida aquí como la combinación de situación económica e inserción profesional); es decir, todo lo que contribuye a la fijación de las personas no-blancas en las posiciones de menor prestigio y autoridad, y en las profesiones menos remuneradas. En tanto, el racismo institucional alude a las prácticas institucionales que llevan a la reproducción de las desventajas de la población no-blanca.

La persistencia del racismo en Cuba es una problemática compleja, que refleja tendencias de reanimación. Si bien no se trata de un racismo estructural, según confirman estudios regionales comparados, se mantiene el prejuicio y la discriminación con manifestaciones de racismo institucional, así como en el ámbito de las relaciones familiares e interpersonales más generales.

Todo lo que las instituciones estatales dejan de hacer, soslayan, no ven, o en la práctica invisibilizan en materia de las relaciones raciales, expresa el racismo institucional. Se reafirma la tesis de que, en Cuba, asentado en el colonialismo y el esclavismo, se afianzó un racismo estructural de larga data, pero que es capaz de reproducirse bajo ropajes nacionalistas y globales, de manera difusa y controversial hasta la actualidad.

El contexto explicativo de porqué subsiste en Cuba el racismo, a pesar de la obra social de la Revolución, articula la herencia cultural, la desventaja social acumulada, las políticas públicas aplicadas y los nuevos procesos sociales generados durante la transición socialista.

Las transformaciones del problema después del triunfo de la Revolución transitan desde su más alta prioridad en las políticas públicas, posterior asunción como problema resuelto hasta su reavivamiento actual, en que la discriminación “racial” abandona el espacio privado, se hace más visible en esferas claves de la sociedad como la laboral y en el acceso a servicios privados. La reinserción del tema en el discurso político y debate público desde 2011, llegando al debate en la Asamblea Nacional, implica que ha dejado de ser un tema tabú, aunque aún sin un replanteamiento de fondo.

Resulta necesario identificar las transformaciones principales en la lucha contra el racismo en Cuba que involucran a las mujeres negras. La primera de ellas es la ampliación del activismo, que ya no se concentra en lo fundamental en el ámbito sociocultural.

Lo novedoso de esta ampliación es la extensión al barrio, con el surgimiento de nuevas organizaciones caracterizadas por un amplio liderazgo de mujeres negras, que tienen capacidad de articulación desde disímiles proyectos y de diálogo con las academias. El mapa social del activismo afrocubano muestra un predominio de mujeres negras frente organizaciones, proyectos, redes y blogs, aún con la focalización en La Habana, lo que constituye una limitante; pero el paso a redes muestra un mayor nivel organizativo.

La falta de disponibilidad de datos oficiales e información sistematizada a escala nacional sobre pobreza y desigualdades basadas en el color de la piel, no permite hacer un estudio comparativo a profundidad. No obstante, se aprecia cierto patrón de vulnerabilidad familiar en Cuba en el que son mayoritarias las mujeres negras y está caracterizado por: bajo nivel de escolaridad, residencia en comunidades de tránsito o territorios de desventaja social; pertenencia a familias extensas con alto grado de dependencia; bajos niveles de ingreso económico; presencia de violencia agravada, discapacidad, fecundidad adolescente o discriminación por identidad de género, entre otras. En estas familias, ha sido constatada la reproducción de la desventaja social de una generación a otra y la reemergencia de manifestaciones de pobreza9.

Otro elemento importante es el sector no estatal de la economía, en el cual se reproducen roles sexistas tradicionales en las relaciones de género, que revelan la escasa participación de las mujeres negras como propietarias de negocios. La contratación laboral, las actividades que desempeñan y las condiciones del empleo colocan a esas mujeres, mayoritariamente, en posiciones de subordinación.

La discriminación no es sólo económica, adopta otras dimensiones: mediática, institucional y familiar.

La mediática se verifica en una tendencia a mercantilizar la imagen de las mujeres negras como objetos sexuales; la institucional muestra la baja presencia en cargos de dirección económica y política en los niveles alto y medio de la organización social; unido a un proceso de blanqueamiento y feminización de la educación superior y la sobrerrepresentación de personas negras como procesadas y sancionadas por el sistema de justicia penal y el enfrentamiento de los órganos policiales. En la dimensión familiar, si bien se mantiene la presencia de parejas interraciales, subsisten estereotipos sociales diversos.

La formulación de una política pública en este campo es un desafío vinculado, directamente, a la cultura y la identidad que nos define como cubanas y cubanos. Un proyecto anclado en la igualdad y la dignificación humana tiene potencialidades para afrontar el desafío planteado. Emerge el imperativo de deconstruir los enfoques y prácticas tradicionales de la transición socialista en el país con respecto a las relaciones raciales.

Igualmente, urgen transformaciones en el activismo afrocubano hacia mayor complejidad, diversidad socioestructural y posicionamientos; su orientación a la búsqueda de soluciones y al diálogo, así como respecto al papel de las mujeres negras, en una nueva etapa que se emerge como oportunidad.

El reto está latente: la experiencia cubana en este campo debe resignificarse asumiendo nuevos códigos, acciones y actores sociales. La clave será la capacidad de conjugar las políticas distributivas con las de reconocimiento, incorporando de manera más plena a la sociedad.

 

1 Curiel, Ochy (2007) “Perfiles del Feminismo Iberoamericano” (Buenos Aires). En Catálogos Vol. III. Primer trimestre.

2 También denominado afrofeminismos o feminismos afrodiaspóricos.

3 Viveros, Mara (2016). Intervención en el Simposio Internacional 15 años después de Santiago. Colombia: Universidad de Cartagenas.

4 Revista quincenal para la “mujer de color”, publicada por primera vez en 1888.  

5 El entrecomillado señala el distanciamiento de la autora con este término.

6 Martí, José (1991). “Nuestra América”. En Obras Completas. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales. Volumen 6, p.2.

7 Rubiera, Deysi y Martiatu, Inés María (comps) (2011) Afrocubanas. Historia, pensamiento y prácticas culturales. La Habana: Editorial Ciencias Sociales.

8 Segato, Rita (2016). La crítica de la colonialidad en ocho ensayos. Buenos Aires: Prometeo.

9 Campoalegre, Rosa; Chávez Negrín, Ernesto; Samón, Milagros; Castro, Anisia y González, Laura (2017). Estudio sobre familias en situación de vulnerabilidad social en los barrios habaneros el Fanguito, la Corea, la Güinera y el Palenque. La Habana: Centro de Investigaciones Psicológicas y Sociológicas.

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