Francisco Rodríguez - Blog "Paquito el de Cuba".- La retrasmisión íntegra de la película estadounidense Yo soy Simón, incluyendo la escena del beso entre los dos adolescentes varones que fuera censurada quince días antes por el mismo programa juvenil de la Televisión Cubana, es un resultado de la larga, contradictoria e irreversible evolución del respeto a la libre orientación sexual e identidad de género en nuestro país.


Fue ese el motivo por el cual, luego de la rápida disculpa del Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT) al día siguiente del grave error, como resultado de las reacciones y acciones de activistas LGBTI, del Centro Nacional de Educación Sexual (Cenesex) y de  muchas personas aliadas, en las redes sociales y fuera de ellas, escribí en Facebook lo siguiente:

Por otra parte, más de una fuente cercana al ICRT me confirmó que el lamentable hecho de cercenar el filme obedeció a una decisión de la dirección del programa Pensando en 3D, una autocensura que denota lo accidentado que puede llegar a ser la superación de tales prejuicios homofóbicos y transfóbicos, cuando existen antecedentes de censura estructural y no hay suficiente claridad en las normas al respecto.

Todo ello nos lleva a alertar sobre la importancia de tomar medidas para que algo así no vuelva a ocurrir. Luego de superar el reciente conflicto con la “rectificación” de este sábado 14 de marzo, no se debe “botar el sofá” e ir al extremo opuesto de un retraimiento o cohibición para insertar este tipo de audiovisuales u otros materiales que reflejen la diversidad sexual en nuestros canales y medios públicos.

Dice el refrán que quien más hace es quien más se equivoca. Así que no podemos descartar ni sentir frustración porque en este proceso de aprendizaje colectivo haya nuevos entuertos y malas decisiones, junto a buenas prácticas y ejemplos positivos. Tenemos entonces que tratar de evitar los primeros, y reparar el daño si llegaran a ocurrir; sin renunciar nunca a hacer más y mejor, en este empeño educativo en favor de una causa justa.

Basta revisar los comentarios en la propia página del ICRT, como en otras publicaciones digitales que replicaron su nota, donde cientos de internautas manifestaron su aprobación y desaprobación, tanto de la mutilación de la escena del beso, como de la decisión de repetir la película, para percatarnos de cuánta falta hace de que prosiga este debate y el reflejo de la sexualidad en todas sus variantes en nuestros medios de comunicación.

Por todo eso, al celebrar y conmovernos con la esperada proyección otra vez de la cinta, considero imprescindible insistir en cinco ideas que me parecen esenciales para entender lo sucedido y orientar nuestra actuación hacia el futuro:

  • Tanto la selección y abordaje del tema de la diversidad sexual en ese y otros espacios televisivos, y en los medios de comunicación en general, como la crítica ciudadana ante las resistencias y errores que pueden ocurrir al tratarlo, son el resultado de más de doce años de acciones educativas, desde la institucionalidad y el activismo social, con un impacto en la sensibilización de la población y el empoderamiento progresivo de las personas lesbianas, gais, bisexuales, trans e intersexuales (LGBTI).
  • Nuestras inconformidades y exigencias concretas como activistas y personas LGBTI ante los prejuicios homofóbicos y transfóbicos, así como las acciones discriminatorias que de ellos todavía pueden derivar, tienen en nuestro país como principal sostén y garantía la inclusión del principio de no discriminación por orientación sexual e identidad de género en los principales documentos rectores del Partido Comunista de Cuba y en la nueva Constitución. No desconozcamos ni vayamos contra lo que nos hace fuertes ante cualquier interlocución.
  • Es necesario, pertinente y justo el ejercicio ciudadano de la crítica ante cualquier incumplimiento de las políticas y preceptos legales que prohíben la homofobia y la transfobia en Cuba. No obstante, como activistas y personas LGBTI ganamos poco, o nada, con intentar “serrucharles” el piso al Cenesex y otras instituciones que abogan por nuestros derechos, los respaldan y tienen la responsabilidad de hacerlos efectivos. Es posible compulsar, y incluso hasta aguijonear cuando hay equivocaciones o lentitud en las respuestas, desde una postura de acompañamiento y compromiso constructivo que favorezca la acción y no la estanque o retarde.
  • Tenemos que preguntarnos siempre si lo que hacemos fortalece el entendimiento social alrededor del problema de la discriminación, o lo debilita, como consecuencia de una probable intransigencia e incomprensión del carácter gradual de este proceso colectivo de aprendizaje cultural. En ese camino, siempre existe la posibilidad de que nos equivoquemos, y debemos tener la honestidad para admitirlo y procurar superar los conflictos y rebajar las tensiones, cuando entendamos —siempre que hacemos activismo corremos el riesgo de que nos suceda— que nos excedimos o rebasamos los límites que le impiden a la otra parte entender y aceptar como legítimo nuestro reclamo.
  • No podemos contentarnos ni acomodarnos, pero tampoco debemos desesperarnos o dejarnos confundir por agendas políticas que pretenden utilizar nuestros derechos de personas LGBTI como un pretexto para arremeter contra la Revolución y el socialismo. También en la polémica con sujetos e instituciones que mantienen posturas o rezagos homofóbicos y transfóbicos hay que mostrar generosidad, sin histrionismos absurdos ni celitos pueriles, por supuestos méritos o acciones individuales, para dejar siempre una puerta abierta al diálogo y la comprensión. Solo así fructificarán las alianzas que nos permitan avanzar más rápido como sociedad en esta lucha contra la homofobia y la transfobia, desde los argumentos científicos y vivenciales, y no necesariamente por la fuerza o la intimidación, en ese respeto que las personas LGBTI merecemos y exigimos, con razón y con pasión.
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