Por Arthur González*/Martianos-Hermes-Cubainformación.- No hay dudas que el presidente Donald Trump está más interesado en el dinero que en salvarle la vida a millones de estadounidenses, ante el avance descontrolado de la pandemia del coronavirus que ya infestó a más de 46 mil personas y mató a unas 600, cifras que crecen por horas.


El estado de New York es el más afectado, donde la situación se hace muy crítica ante la falta de personal de la salud, equipos de ventilación y medios de protección, mientras el Presidente en conferencia de prensa le resta importancia a la pandemia al expresar:

“Los accidentes de automóviles son muchos más que cualquier número del que estemos hablando sobre el coronavirus y eso no significa que vayamos a decirle a todo el mundo que deje de conducir autos”.

Desde enero que se conocieron las dimensiones que tomaba la situación sanitaria del coronavirus, el gobierno de Estados Unidos no tomó acción alguna, pensando que, a ellos como “súper hombres”, no los afectaría y ahora su población paga caro los errores de sus gobernantes, que solo temen que la economía se afecte, algo confirmado por Trump al anunciar durante conferencia de prensa el 13.03.2020:

“Estoy considerando rebajar las medidas del Gobierno para frenar la propagación del covid-19, por el impacto negativo que están teniendo en la economía”.

¿Qué lugar ocupan los derechos humanos para el Presidente, al que solo le interesan las bolsas de valores y no la salud de sus ciudadanos?

En sus convicciones no hay equívocos y por eso afirmó:

“Esto puede crear un problema mucho mayor que el problema con el que empezamos, Estados Unidos no quiere perder empresas ni perder trabajadores”.

Todos los países toman medidas drásticas ante el avance de la pandemia, donde los muertos suman centenares por día, a pesar de la terrible afectación que tendrán sus economías, a la vez que buscan soluciones para los trabajadores que no pueden asistir al trabajo, pero Trump hace lo contrario, inactividad total, sumada a la del Congreso que, ante ese dantesco escenario de muertos y enfermos, no llega a un acuerdo para salvar vidas.

Los magnates están preocupados por sus negocios, dejando en un segundo plano la vida de los ciudadanos, algo que ratifica el carácter inhumano de ese sistema que se auto proclama “paladín de los derechos humanos”.

En momentos tan cruciales para la salud de millones de personas, los banqueros solo se intranquilizan por la crisis económica, temiendo que sea peor que la sufrida en el año 1929, algo que irremediablemente sucederá ante los miles de enfermos que no pueden asistir a sus trabajos y por tanto las producciones se verán reducidas, pero sino asumen una cuarentena como hizo China, la pandemia dejará más muertos entre los yanquis que las ocurridas durante las últimas guerras.

Trump se muestra enajenado ante la hecatombe que le espera y solo repite como un desequilibrado:

“Estados Unidos volverá, y pronto, a estar en funcionamiento, mucho más pronto que tres o cuatro meses como algunos sugieren. No podemos permitir que el remedio sea peor que la enfermedad”. Nuestro país no fue construido para ser cerrado”.

El coronavirus no solicita el monto de las cuentas bancarias para infestar y menos los cargos que ostentan sus víctimas, por eso están contagiados hombres de negocios, representantes y senadores, lo mismo que cualquier simple obrero, un homeless o un inmigrante sin documentos legales, situación que el mandatario no quiere ver.

Ya Nueva York suma 157 muertos y más de 20 mil infectados, entre ellos médicos, personal de la salud y hasta la policía, que reporta 129 agentes contagiados.

Una idea clara del pandemónium que vive hoy ese país, se refleja en la petición que le hicieran a Trump, varios gobernadores estatales y otros funcionarios, para que aplique iso facto la Ley de Defensa de la Producción, lo que permitiría al gobierno acelerar la producción de equipos y medios necesarios para salvar y proteger a la población, pero el presidente respondió: “tengo dudas, porque nacionalizar nuestros negocios no es un buen concepto”.

Esa forma de pensar es usual para hombre como él, nacido en cuna de millones de dólares, graduado en ciencias económicas, en la especialidad del sector inmobiliario. Su principal interés es hacer dinero sin mirar al prójimo, de ahí que en febrero 2018 la revista Forbes lo ubicara en el puesto 766, entre las personas más ricas del mundo, con un valor neto de 3 mil 100 millones de dólares.

Un gobernante diseñado para ganar millones no piensa jamás en su pueblo y eso lo pudieron escuchar los estadounidenses el 16 de septiembre de 2015, durante el segundo debate entre los precandidatos presidenciales del Partido Republicano, transmitido en vivo por la cadena CNN, donde sin el menor sonrojo dijo:

Soy un hombre muy rico”. “Yo manejo un gran negocio con números, uno en todos lados”. “Necesitamos mi manera de pensar y mi carácter para traer de vuelta el país. Por lo tanto, mi temperamento es bueno”.

En 2016 The Economist, publicó un análisis de la carrera empresarial de Trump,  en que concluyó:

“Su desempeño de 1985 a 2016 ha sido mediocre, en comparación con el mercado bursátil y la propiedad en Nueva York, teniendo en cuenta tanto sus éxitos como sus quiebras”.

Mientras The Washington Post afirmaba:

“Trump es una mezcla de fanfarronería, fracasos comerciales y verdadero éxito, y las quiebras de su casino son el fracaso más infame de su carrera comercial”.

La demora en la toma de medidas traerá como consecuencia una montaña de muertes, ante el crecimiento de la pandemia, situación que tendrá que cargar Trump sobre su endeble conciencia, observando con ansiedad como sus ambiciones de reelección de evaporan en cuestión de días.

Exacto fue José Martí cuando expresó:

“En los Estados Unidos el afán por la riqueza pervierte el carácter y hace a los hombres indiferentes”

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