Jesús Arboleya Cervera - Progreso Semanal.- El pasado 30 de abril, una persona se situó frente al edificio de la embajada de Cuba en Washington y de manera impune realizó 32 disparos contra la fachada y el interior del edificiocon un fusil AK-47.


 

Si hubiese sido una embajada de Estados Unidos en cualquier parte del mundo, el hecho sería calificado como un claro acto de terrorismo, el gobierno del país sede estaría obligado a brindar todo tipo de explicaciones y la prensa internacional daría cabida a cualquier teoría conspiratoria, respecto a los promotores del acto y sus objetivos.

Pero el evangelio norteamericano no funciona igual para todos y en este caso se supone que basta filtrar la información de que el agresor es un loco, para que los interesados queden complacidos. Efectivamente, puede haber sido un loco, un loco suficientemente cuerdo para escoger la hora de menos peligro y entregarse a la policía de la manera más dócil posible, pero un loco al fin, por lo que si somos razonables no debemos seguir insistiendo en el asunto.

Sin embargo, aun aceptando la hipótesis del tipo enloquecido, quedan muchas dudas por dilucidar. No es tan raro que un individuo,supuestamente bajo tratamiento siquiátrico, deambule por Estados Unidos con un fusil de asalto en su poder, pero queda la interroganterespecto a la manera en que este hombre, al parecer en estado de indigencia, pudo recorrer el paísy mantenerse durante meses sin recursos económicos reconocidos.Incluso cabe preguntarse de dónde sacó el dinero para comprar un paquete de cocaína, que convenientemente apareció en el asiento trasero de su auto.

Tampoco está clara la naturaleza de sus vínculos con instituciones y activistas políticos miamenses, los cuales fueron denunciados por el gobierno cubano. No deja de llamar la atención que el periódico El Nuevo Herald, que se edita en esa ciudad,afirmara a priori y con destaque en el titular de la noticia, que el gobierno cubano no tenía pruebas respecto a estos vínculos, aunque ellofue reconocido públicamente por los propios involucrados y es fácil comprobar en las redes sociales.

Todavía las autoridades cubanas están esperando una explicación formal de su contraparte norteamericana, así como que éstas respondan a las ofertas de colaboración en la investigación ofrecidas a ese país.Por lo menos, que el presidente o el secretario de Estado estadounidenses lamenten lo ocurrido, como es usual en las normas diplomáticas. Pero la respuesta de Estados Unidos vino por otro lado y llegó en tono de burla, consistió colocar a Cuba en la lista de países ¡que no colaboran en la lucha contra el terrorismo!

Pudiera pensarse que por tratarse de Cuba las reglas del juego son otras y Estados Unidos no se siente impuesto a dar explicaciones, ni siquiera ante un hecho de tal gravedad, ocurrido en la capital del país, en una zona repleta de embajadas, a pocas cuadras de la Casa Blanca. Sin embargo, el desprecio de sus obligaciones diplomáticas, no es excepción sino norma de la política del gobierno de Donald Trump y otra expresión de los niveles de disfuncionalidad que amenazan el sostenimiento de la propia arquitectura del sistema.

La política norteamericana nunca se ha caracterizado por la cortesía de sus gobernantes hacia otros países, más bien la violencia y la falta de respeto han sido un patrón de conducta bastante generalizado. No obstante, durante el período de la guerra fría el país se vio compelido a actuar dentro de los límites que le imponía la competencia con la Unión Soviética y las normas del orden internacional vigente, lo que dio lugar a cierta revalorización de la diplomacia.

Finalizada esta etapa, se rompieron los diques de la arrogancia estadounidense y, sobre todo, en el gobierno de George W. Bush tuvo lugar una escalada de imposiciones y agresiones, resumidas en la filosofía de “conmigo o contra mí”, expresada por el propio presidente. Las consecuencias fueron tan negativas para la hegemonía norteamericana, que fue necesario el llamado “poder inteligente” de Barack Obama, para intentar restablecer el maltrecho prestigio de Estados Unidos.

Donald Trump ha sido un retroceso a las cavernas de la política. Su gobierno refleja una crisis de fondo y de forma, que abarca a todo el sistema político del país, imponiendo la lógica de que todo vale, con tal de satisfacer intereses que no pueden ser llamados nacionales, debido a la extraordinaria polarización económica, social y política que existe y que el propio Trump se ha encargado de agudizar.

Estamos en presencia de un presidente que ha generado el fanatismo salvaje de una parte de la población y la repulsa absoluta de la otra; la mediocridad y el sometimiento irracional de los funcionarios; la corrupción a niveles que harán historia cuando se destape la podredumbre; la mentira como arma política recurrente y el desprecio de los “otros” como filosofía de gobierno.

No se puede decir que la prensa ha sido indiferente a esta conducta, la mayoría de los grandes medios norteamericanos y extranjeros no han dejado de machacar a Trumpsin clemencia, el problema es que, paradójicamente, esto está jugando a favor del magnate newyorkino.

Porque la propia prensa ya no tiene el prestigio de antaño, porque a sus partidarios no les importasus críticas y porque, gracias a la atención que recibe, está en condiciones de imponer la agenda noticiosa de cada día, lo que le permite manipular los contenidos y desviar la atención de cualquier asunto que no le resulte conveniente, como es el caso de los miles de muertos ocasionados por la pandemia del coranovirus.

La política hacia Cuba cae igual en este saco de arbitrariedades y falsedades. Si nos fijamos bien, veremos que se sostiene en tres mentiras monumentales: el invento de un ataque sónico que nadie es capaz de demostrar, la absurda afirmación de que son esclavos los cientos de miles de médicos cubanos que realizan trabajos de colaboración en el exterior y que las fuerzas de la seguridad cubana son las que sostienen al gobierno venezolano.

Se trata de una política sin decencia, cuyos objetivos son tan elementales como obtener unos cuantos votos en Miami. Todo el mundo sabe que es así, incluso se reconoce abiertamente por partidarios y opositores, pero actuar de esta manera ha devenidopráctica aceptable en la política de Estados Unidos y en ello radica el deterioro moral que tenemos frente a los ojos.

Con esos truenos que nadie espere explicaciones o excusas por el tiroteo a la embajada. Claro, tampoco uno está obligado a creerse el cuento del loco previsor que decidió atacar la estatua de José Martí, colocada a la entrada del recinto diplomático cubano.Por cierto, recién acaba de conmemorarse el 125 aniversario de la caída en combate del prócer cubano.

 

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