Por Lorenzo Gonzalo*/Foto Virgilio Ponce -Martianos-Hermes-Cubainformación-Radio Miami.- Cuando en el año 2014 el entonces presidente Barak Obama, restableció relaciones diplomáticas con Cuba, hubo todo un jubileo en el ambiente cubano de Miami y mucha alegría entre la población cubana. Aunque no faltaron los eternos ortodoxos de Miami que prefieren resolver sus odios con un bautismo de sangre. Para ellos, la medida no fue de su agrado. Tampoco faltaron ortodoxos dentro de Cuba diciendo que todo era una nueva “maniobra del imperio” para derrocar la revolución cubana.


Hoy el presidente Joe Biden, contrario a lo decidido por su vicepresidencia, ha seguido la política de ahogo puesta en práctica hace 60 años y reforzada por el anterior presidente Donald Trump.

La noticia del restablecimiento de relaciones diplomáticas con Cuba no sólo era un paso objetivo, sino que marchaba a tono con la realidad internacional y vislumbraba el surgimiento de una era de relaciones normales entre dos vecinos, quienes necesariamente no tienen que visitarse, pero que, al menos podrían saludarse cuando ocasionalmente se encontraran en la acera o el traspatio de sus respectivas casas.

Ese saludo y no más, es precisamente a lo que aspiramos toda una serie de cubanos, para dar inicio a la solución de una tragedia vivida por un pueblo y, por qué no decirlo, de un gobierno, que no ha agredido a Estados Unidos jamás y que nunca ha conspirado para que el sistema político vigente en la tierra de George Washington cambie su rumbo.

Decir o pensar que el gobierno de Estados Unidos aspira a un cambio de sistema en Cuba y que no desaprovechará la oportunidad para lograrlo, es una verdad de Perogrullo. Así será por muchas décadas más.

En el espectro de quienes nos oponemos al embargo-bloqueo hay tres posiciones diferentes, que sólo coinciden en la necesidad de erradicarlo: unos consideran que es un asunto de principio, contrario a toda norma internacional y humana; otros lo consideran el mejor modo de destruir al gobierno; y finalmente están aquellos que aún no han podido dejar atrás deseos de revancha, como respuesta a sufrimientos que experimentaron como consecuencia de la revolución y padecen de un anticastrismo visceral.

Un núcleo grande de cubanos que tienen la aspiración de conseguir un cambio de sistema alejado de un proyecto socialista, conformó el equipo que trabajó con Ben Rhodes para el establecimiento de las relaciones con Cuba y sirvieron de asesores y consultores previos al restablecimiento de las relaciones diplomáticas. Entre ellos estaban también muchos de quienes no han podido desprenderse del fardo del anticastrismo.

El presidente Obama no dijo que quería cambiar el sistema cubano, pero no desaprovechó la oportunidad para “vender” las maravillas del sistema que representa cuando habló durante su visita a La Habana. No dijo haberlo hecho por una cuestión de justicia y para subsanar un error de décadas, interfiriendo en la política interna de otro país por métodos agresivos y conspirativos. Las relaciones eran con la intención de establecer una intimidad entre “los dos pueblos” que hiciera cambiar la mentalidad socialista por un gobierno de raíces capitalistas. No lo expresó así, pero si leemos el discurso es obvio que ese era el mensaje.

El poder político cubano estaba abierto al reto porque está consciente que el modo en que está organizado el estado cubano y los planes de reacomodo de su organización, incluyendo el siempre cambiante modo de facilitar la alternancia en la administración del estado, para hacerlo más participativo (palabra que se introdujo en el lenguaje oficial a partir de 1992), era suficiente para garantizar el desarrollo efectivo y eficiente del sistema.

Pero la idea del establishment no era esa. Es más, la idea del grupo cubano de fuerte influencia en Washington, que ayudó a facilitar y promover aquellas relaciones diplomáticas, comulgaba de una manera u otra, con el objetivo de que Cuba adopte eventualmente, un sistema acorde con el resto del Hemisferio.

El señor Ben Rhodes, que parece tener algunas diferencias con el modo en que Biden conduce las relaciones con Cuba (según informaciones poco claras), asesor adjunto de seguridad nacional para comunicaciones estratégicas y redacción de discursos del presidente Obama, dio forma y contenido a las palabras de Obama en La Habana, en el antiguo teatro Tacón, hoy Rosita Fornés. Allí habló Obama de las maravillas del sistema estadounidense y dejó en claro que el pueblo cubano debía aprender del mismo.

Para explicarse la actitud de Biden, aparentemente en contradicción con Obama, habría que preguntar, quiénes son su cuerpo de asesores, especialmente los cubanos de todo el espectro envueltos en ese quehacer. Preguntar, sobre todo, cómo interpreta el presidente una política, implementada en su época de vicepresidente, que no estaba dirigida a resolver un problema, sino a continuarlo por otra vía, aunque de un modo más potable para el gobierno cubano y menos peligroso. Sin dudas que para Cuba es mejor aquellos que quieren cambiar su sistema político con abrazos y no con zancadillas y conspiraciones.

Entre muchos de los cubanos que quieren acabar con el embargo, brilla la aspiración de que todos los acuerdos pasen por esta bella ciudad para poder hacer negocios a su manera y a lo grande. Ese sector no sólo es muy activo en esas gestiones, sino que tienen tanto acceso y dinero, como la antigua Fundación Cubano Americana fundada por el difunto Más Canosa quien llegó a tener tanto poder que se jactaba de haber manoteado en la mesa hablando con el presidente Clinton par que éste firmara la Ley Helms Burton, la cual puso el clavo final a las probabilidades de Estados Unidos para establecer una relación normal con Cuba en 1996.

No todo lo que brilla es oro. Las personas que se oponen al embargo-bloqueo, no importa sus razones, son positivas para ayudar a terminar una pesadilla que vive el pueblo cubano hace 60 años, pero llegado determinado punto, algunos pueden ser un obstáculo de proporciones descomunales.

En Cuba han ocurrido en los últimos dos años cosas que pueden alentar a quienes NO se oponen al embargo por una cuestión de principios, sino que consideran que ha sido un instrumento político, cuya hora tocó a su fin y cuyo final puede significar la disolución del proyecto socialista de Cuba o la desaparición definitiva de todo legado que la era de Fidel Castro haya dejado.

Una de los sucesos negativos ha sido la pandemia, lo cual retrasó el manejo de cierto capital por parte del estado cubano que, si bien no era de la envergadura requerida para producir un despegue económico sólido y de alto rendimiento, era suficiente para crear la superestructura requerida tanto en la industria del turismo como en la pequeña y mediana industria nacional engarzada a esa actividad. Además, hubiera favorecido otros rubros de alta especialidad, como la biotecnología y la programación. La aparición del virus detuvo esta marcha.

Es muy probable que surgiera entonces de nuevo la esperanza, en el sector mencionado, de un desmoronamiento eventual de la sociedad cubana y con ello, el desequilibrio del gobierno. Para apuntalar esta vieja idea, ocurrieron luego los sucesos de julio del 2021. Ya anteriormente venían llegando noticias de deterioro, falta de medicamentos, problemas con los alimentos y otras necesidades sociales elementales ocasionados por la disrupción económica provocada por la pandemia. Ante esta nueva realidad, los sectores que aspiran al desplome no tenían por qué continuar alimentando la política del “buen vecino”. En definitiva, no se trataba del “vecino” que ellos quieren y por ende los “consejos” a la administración Biden, con las mismas pretensiones que la de Obama, no tenían por qué seguir alentando una continuidad de aquella política. Aunque especulativo, puede que hayan avalado esa política o callar, dejándola correr y ver cómo se desenvuelven los acontecimientos.

El ideal es que la campaña contra el embargo-bloqueo fuera capitalizada por aquellos que deseamos su terminación por una cuestión de principios y no para que el proceso cambie, aunque implica también, la necesidad de continuar las reformas económicas iniciadas por el gobierno cubano y hacer un cuidadoso ajuste del sistema político que permita la permanencia del poder, con mayores libertades. Hace falta la consolidación de un gobierno socialista estable, dinámico y participativamente democrático.

Todos quienes estén contra el embargo-bloqueo son miembros de un mismo grupo y sus esfuerzos son necesarios para terminar definitivamente con la infamia de la injerencia de Washington en los asuntos internos de Cuba. Donde surge la diferencia es en las razones por las cuales nos oponemos. Esto último es de crucial importancia ante determinadas circunstancias. En el presente las mismas pueden significar una gran diferencia, especialmente frente a un gobierno débil como el del presidente Joe Biden.

 

*Lorenzo Gonzalo, periodista cubano residente en EE.UU., Subdirector de Radio Miami.

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