Francisco Rodríguez - Blog "Paquito el de Cuba".- El arte, y en particular el cine, han sido esenciales para la comprensión en Cuba del derecho a la libre orientación sexual e identidad de género. No por gusto la primera celebración en el país del 17 de mayo, Día Internacional contra la Homofobia y la Transfobia, concluyó en el 2007, hace ya 15 años, en una sala de cine habanera, con la proyección y debate de una película de temática LGBTIQ+, entre activistas y especialistas de Centro Nacional de Educación Sexual (Cenesex).


Después de la exhibición hubo un debate del público asistente. Fotos: Niguel Cruz Serafín

Disímiles iniciativas se sucedieron luego para sistematizar y problematizar desde la comodidad de una luneta y frente a la pantalla grande, el análisis sobre el complejo proceso de construir y asumir nuestra identidad sexodiversa en la sociedad cubana, a partir de referentes internacionales y propios, que nos ayudan no solo a empoderarnos como personas homosexuales, bisexuales o trans, sino también a razonar y hacer comprender nuestras vidas y conflictos a familiares, amistades y ciudadanía en general.

Matías y Máximo es una de esas cintas que nos hace reflexionar sobre ese drama del autorreconocimiento, en este caso como hombres gay o quizás bisexuales, en medio de múltiples influjos grupales, familiares, sociales.

Los trepidantes diálogos en las numerosas escenas de reuniones amistosas y hogareñas que conectan a los protagonistas de este filme canadiense de 2019, del director Xavier Dolan, muestran las presiones psicológicas que todavía, en pleno siglo XXI, rodean a la orientación sexual no heteronormativa, incluso en sociedades de mayor desarrollo económico que la nuestra.

No obstante, la historia de estos dos jóvenes a quienes un beso les remueve el piso de sus sentimientos y certezas, podría muy bien acontecer en la Cuba de hoy, con referentes culturales y formas de ser y compartir no muy distintas a las de cualquier grupo juvenil contemporáneo.

Llama la atención que las tensiones que sacuden a ambos protagonistas luego de ese hallazgo en sus emociones más íntimas, son sobre todo internas de su psicología o carácter, pues ni siquiera predomina un cuestionamiento directo ante su posible homosexualidad, desde el contexto de sus amistades y familias, presentado mediante situaciones para nada complacientes ni edulcoradas en sus múltiples contradicciones.

La construcción de la masculinidad, con toda su naturaleza performática y no pocas veces despiadada, gravita sobre Máximo y Matías en cada interacción familiar, laboral y amistosa que muestra la película, hasta el punto de la explosión —o implosión más bien— del apasionado y climático segundo beso, ya fuera del guion del cine dentro del cine que detona el conflicto.

Esa dificultad extra que aún nos marca a quienes tenemos una orientación homosexual, o simplemente hostiga a cualquier hombre o mujer que, aunque sea una sola vez en su vida, sienta atracción por otra persona de su mismo género, es tal vez la principal baza o lección que nos deja la película.

Por eso llega muy a tiempo su exhibición en nuestro país, donde ahora mismo se somete a consulta popular el proyecto de un nuevo Código de las Familias, ley que permitirá cumplir con los preceptos constitucionales de no discriminación por orientación sexual e identidad de género en el ámbito del derecho familiar.

Estamos a las puertas de nuestra gran oportunidad para saldar una deuda social histórica con las personas LGBTIQ+, con la materialización de nuestro derecho a constituir una familia, ya sea mediante el matrimonio o la unión de hecho afectiva; así como a tener descendencia, mediante la gestación solidaria o la adopción; a no sufrir violencia ni discriminación en los hogares, y a construir nuestra identidad desde la niñez y la adolescencia, con apego a los principios de autonomía progresiva.

Para conseguir concretar tales avances en materia de derechos humanos, más allá de que lleguemos a contar con este Código de las Familias tan progresista y revolucionario, habrá que continuar el fortalecimiento de la educación integral de la sexualidad en nuestra sociedad, y no desmayar en nuestra labor persuasiva y educativa permanente. Tal empeño tiene su momento cumbre en las Jornadas Cubanas contra la Homofobia y la Transfobia, que este año deben regresar a su formato presencial luego de dos ediciones exclusivamente en el ámbito virtual.

Agradecemos entonces esta iniciativa con la colaboración de la Asociación Hermanos Saíz y la Embajada de Canadá, junto a nuestro entrañable Cenesex, para traernos hasta La Habana a Matías y Máximo.

Lo que hacemos hoy en Cuba en materia legislativa y de políticas públicas alrededor del reconocimiento de la diversidad sexual es para que nadie tenga que sentir alguna vez las dudas y temores de los dos jóvenes de esta película.

Gracias, en fin, a todas las entidades y personas involucradas en la organización de esta exhibición, por permitirnos reconocernos en esta historia que nos compele —con la misma pasión del beso de sus protagonistas— a continuar la lucha por el triunfo y plenitud de todo amor verdadero.

(Palabras de cierre en la presentación de la película Matías y Máximo. 30 de marzo de 2022, La Habana, Pabellón Cuba)

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