Luis Toledo Sande* - Cubaperiodistas.- El pasado 7 de agosto, en la Plaza Simón Bolívar, de Bogotá, la toma de posesión presidencial de Gustavo Petro propició ver a un Felipe VI, rey de España, sentado mientras la espada del Libertador de América era recibida con los correspondientes honores. ¿Podrá explicarse la conducta del jefe de Estado español como un simple descuido, o aduciendo que la presencia del símbolo bolivariano no aparecía en el plan protocolar que los invitados habrían recibido antes de la ceremonia?


Para empezar, la omisión de lo relativo a la espada en el programa no fue casual. El presidente relevado —Iván Duque, alabardero de Álvaro Uribe, por quien en su momento el gobierno español no disimuló simpatías— intentó restar lucimiento a la ceremonia privándola “legalmente” de la presencia de ese gran símbolo de liberación.

Esa espada representa los mejores caminos de la emancipación latinoamericana, aún hoy incompleta por la injerencia —que Bolívar previó— de los Estados Unidos, con el servicio que a esa agresiva nación le han prestado, o vendido, oligarquías vernáculas y gobiernos como el derrotado por Petro en las recientes elecciones colombianas.

La complicidad del Estado español con la voraz potencia imperialista no terminó en 1898: recientes y rotundas pruebas hay de su participación en acciones contra la Cuba revolucionaria y la Venezuela bolivariana, entre otros hechos. ¿Cómo ignorar el saludo del mismo Felipe VI a un congreso de la lengua celebrado en Puerto Rico, “territorio estadounidense”, según él?

El significado de la toma de posesión presidencial de Petro lo reforzó la fecha, aniversario 203 de la victoria de Bolívar y sus huestes en la batalla de Boyacá sobre el ejército de la España colonial. Es probable que, aun si hubiera querido atenerse a las buenas maneras y se hubiera puesto de pie, al Borbón no le habría alcanzado su preparación física para mantenerse sobre sus piernas ante la emblemática espada.

Viene al recuerdo su padre, a quien, en medio de las evidencias de su condición de delincuente, se le regaló como patente de corso de intención vitalicia el título de Rey Emérito, que traducirán como Bandido Demérito muchas personas honradas dentro y fuera de España. Tal fue el monarca que el 10 de noviembre de 2007, en la XVII Cumbre Iberoamericana, celebrada en Santiago de Chile, se permitió una grosería colonialista contra Hugo Chávez, presidente venezolano electo, a quien dirigió el grito de “¿Por qué no te callas?”, del que luego el propio Chávez se reiría.

El fondo de la conducta de Juan Carlos I en la escena mencionada se apreció con mayor claridad porque tuvo lugar en un momento particularmente significativo: el entonces presidente español, José Luis Rodríguez Zapatero, intentaba defender a José María Aznar de fundadas acusaciones que Chávez le hacía. Zapatero —de quien es justo apuntar que años después se vio cumplir decentemente su misión de observador internacional de la realidad venezolana—  “basó” su defensa de un integrante del genocida Trío de las Azores en el hecho de que había sido presidente de su país.

En la estela de toda una demoniocrática transacción edulcorada hasta el delirio con el nombre de Transición Democrática —y que se decretó iniciada en noviembre de 1975, con la muerte de Franco el 20 de ese mes, pero fraguada desde años antes por el propio caudillo asesino—, Zapatero se sintió tan llevado a defender a Aznar, como Felipe VI a no respetar la espada de Bolívar.

Si, pese a esos indicios, alguien aún no hubiera aquilatado la sabiduría de quien afirmó que la historia es siempre contemporánea, recuérdesele un hecho que se reavivó en la memoria de muchos alrededor del pasado 18 de agosto. Ese día se cumplieron ochenta y seis años de la muerte de Federico García Lorca a manos de esbirros del bando anticonstitucional y terrorista que, a las órdenes del general Francisco Franco, se había rebelado contra la Segunda República Española.

Ese bando —que se apropió del rótulo Nacional— derrocó cruentamente a la República e implantó el fascismo, aún hoy visible en fuerzas políticas que han llegado a ocupar la presidencia del país. Se augura incluso que volverán a ella con un partido todavía más franquista que Franco. Y no es cosa de juego discutirle ese “mérito” al PP, beneficiado con la connivencia del PSOE y debilidades, o más, de otras fuerzas políticas.

A inicios de 1977 —proclamada hacía ya más de un año la transacción para la cual su artífice, el caudillo fascista, preparó a Juan Carlos como rey— sucedió en relación con la figura de Lorca un hecho que mostró la herencia y la presencia de esa historia. En París la UNESCO organizó una exposición para rendirle homenaje al poeta asesinado, y por presiones del Embajador de España ante esa institución internacional se retiró, cuando ya estaba expuesto, un dibujo del destacado artista Francisco Martín Morales, también español.

Años más tarde el dibujo se exhibiría en la propia España. Pero —así como en Madrid, la capital del reino, la derecha gobernante ha eliminado en fecha cercana símbolos de la presencia de Miguel Hernández, muerto en una ergástula franquista— el motivo esgrimido por aquel diplomático en su gestión fue propio del fascismo que perdura. Medios afines lo apoyaron argumentando que la imagen presentaba a Franco “de modo poco digno”. El dibujante recreó a Lorca devolviéndole al general golpista objetos personales: las balas con que había sido asesinado, que le pertenecían al jefe mayor de los esbirros asesinos.

El “argumento” del diplomático y sus reproductores puede compararse con el que veinte años después creyó tener Zapatero para su defensa de Aznar. Sí, el arraigo del fascismo en España requiere un tratamiento de eficaz exorcismo. Pero no se les podrá confiar a oficiantes del pensamiento y la conducta en que perduran los fantasmas diabólicos.

La sanación le tocará acometerla al pueblo español o, para decirlo con propiedad, a la parte de ese pueblo que sea capaz de revalidar versos de Antonio Machado —otra de las víctimas del franquismo— y opte por desempeñarse como el español “que quiere/ vivir y a vivir empieza”. Para ello tendrá que actuar “entre una España que muere/ y otra España que bosteza”, y conseguir que ninguna de las dos le hiele el corazón con monarquía y fascismo, apropiados para sometimientos a los Estados Unidos y la OTAN.

 

* Escritor, investigador y periodista cubano. Doctor en Ciencias Filológicas por la Universidad de La Habana. Autor de varios libros de distintos géneros. Ha ejercido la docencia universitaria y ha sido director del Centro de Estudios Martianos y subdirector de la revista Casa de las Américas. En la diplomacia se ha desempeñado como consejero cultural de la Embajada de Cuba en España. Entre otros reconocimientos ha recibido la Distinción Por la Cultura Nacional y el Premio de la Crítica de Ciencias Sociales, este último por su libro Cesto de llamas. Biografía de José Martí. (Velasco, Holguín, 1950).

 

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