Wilkie Delgado Correa* - Cubainformación.- De aquellas vivencias quedaron los recuerdos de episodios que atrapados como realidades en la imaginación se integraron indefectiblemente a mi obra literaria de cuento y novela.


Desde siempre los barrios, como parte esencial de las ciudades, han sido reflejados y recreados por los escritores en su literatura. Son muchas las razones memorables, sentimentales y espirituales que explican esa especie de comunión que enlazan la creación imaginaria con el recuerdo de la realidad vivida en forma intensa e íntima en que se mezclan realidad y ficción en forma enriquecedora.

Algunos fragmentos de algunas de las obras escritas en la década del sesenta incluidas en el libro de cuentos Una noche de dos mundos sirven para ilustrar ambientes y situaciones.

En el cuento Una casa frente a la bahía se describe:

“Se asomó a la puerta que daba a la calle, frente a la bahía, y encontró a la noche con su luna llena encima de las luces pequeñitas y nerviosas de las embarcaciones ancladas. En la noche clara todo presentaba un matiz distinto y la quietud y tiesura sugerían el estado de un niño arrebujado junto a su madre”.

En el cuento El regreso a la casa con la muerte se narra un episodio visto durante años que era el traslado de los enfermos hacia el hospital de la ciudad en unas literas confeccionadas con una sábana amarrada por los extremos a una vara que era cargada por dos hombres, que se turnaban con otros dos durante el largo recorrido.

Una frase de Wladislaw Reymont, Premio Nobel de Literatura, lo preside: “ ¡Pero día vendrá en que las cosas tomen mejor camino: ya lo verás!”

“–Traemos un enfermo. Está grave – dijo la mujer

El soldado la miró de reojo y se quedó indiferente a pocos pasos. La vio vestida son su traje floreado de algodón barato que le quedaba holgado y pensó que parecía un espantapájaros. Luego la observó brevemente y notó su cara pálida y estrecha sobre la que se veía su pelo revuelto.

–Vamos hacia el hospital – dijo la mujer con insistencia en su voz – Necesitamos pasar. Se… está muy malo. Pensó decir que se iba a morir. Pero desechó esta idea”.

En el cuento El reino de Tomás se narra una visión casera de un niño:

“Ahora ya no le importaban que los gatos permanecieran encaramados en la pared; ni siquiera que le miraran con sus ojos estáticos y helados. Ya la rabieta era una tempestad anímica que se disolvía en sí misma por agotamiento.  Tomás no pensaba en la tía Andrea, mujer barrigona y de cara ancha como una luna llena. No pensaba en ella a pesar de que trajo los gatos para la casa y logró embullar a la madrastra para que se quedara con ellos”.En el cuento Un día de derrota se describe la realidad politiquera de la compra o exigencia de los votos durante la dictadura:    

“–Benito, ¿llevas los carneses?

Él no respondió ni sí ni no. Sabía que los llevaba con sólo apretarlos como ahora, hasta casi estrujarlos. Las cédulas electorales iban a votar, exigidas obligatoriamente por el jefe.

Y sintió su cuerpo enervado por la luz del sol. Y se vio cobarde, envilecido, débil, miserable, derrotado, poca cosa, después de un sueño victorioso. Podía regresar, pero no lo hizo. Siguió sus pasos con los zapatos viejos que cogían polvo por entre las suelas rotas. Con la camisa de pintas, desteñida, que se pegaba al cuerpo que sudaba excesivamente.

El perro que orinaba sobre un latón en la acera, no se asustó y continuó orinando mientras él pasaba por la esquina”.

En el cuento Una noche de dos mundos. Premio del Concurso literario de la Universidad de Oriente en 1966, se narran sucesos que ocurrieron en realidad y que tuvieron como objetivo una acción clandestina revolucionaria y como escenario una fiesta en el Club Deportivo durante la tiranía.

“Se lanzó con la bicicleta por el terraplén y se detuvo abajo, en el firme, junto a unos yerbajos. Desde allí miró hacia la carretera. Un auto doblaba la curva. Allí mismo terminaban las casas de las afueras del pueblo…

Aquel era, hacía años, parte de la vía para ir al Club. Pero ahora se iba a través del playazo, entre el río por donde navegaban y el mar, del otro lado. Hasta el Club, todo era una larga lengüeta de playa que prolongaba un extremo de la ciudad. Primero estaba el caserío grisáceo y sórdido de la barriada de indigentes, luego un tramo de arena desierto de árboles de unos quinientos metros, cuya extensión era cubierta en las temporadas de verano, con esteras de tablones para que pudieran transitar los carros, después venía un terreno arenoso pero firme, por el que se extendía la carretera en medio de hileras de altos árboles y almendros, uvas playeras, cañas bravas e hicacos; al final, cerca de la desembocadura del río en el mar, se encontraba el Club...

En el Club Deportivo había ambiente de fiesta. Las luces hacían relucir el amplísimo salón de baile. Los empleados de servicio se movían de un lado a otro llevando bebidas y regresaban diligentes a la cantina. En una mesa se hacían algunas presentaciones: “dos jóvenes de la sociedad de La Habana que están esta noche con nosotros”.

En ese momento el estruendo de la detonación llegó transmitido por el aire nocturno. Hubo algunos aspavientos y algunas bromas en el salón. La gente se interrogaba una  a otras. Después que hubo regresado un automóvil con la noticia, los ánimos se desequilibraron más. Y la música cesó maquinalmente. Y se tuvo el convencimiento de que no habría baile”. 

En el cuento La mensajera se abordan y recrean aspectos del paisaje, del mundo social y de personajes del barrio de Boca de Miel, con su simbiosis de realidad y fantasía.

“Marta. El sol centellea detrás de las colinas grises y nos deja encandilados cuando llega la mañana en este pedacito de tierra que es el poblado de Boca.

Boca sigue con su existencia al lado del camino, con pocas casas en línea recta y el resto situadas en una larga cadena que se retuerce como una culebra.

El río tiene las aguas turbias en estos meses. Pero no se ha desbordado como aquella vez que inundó las casas encaramadas sobre sus orillas y arrastró los muebles, los animales y los tarecos amontonados dentro de las cuatro paredes. Meses atrás llegó a comentarse que el mejor día el lecho quedaría seco, cubierto de guijarros, musgos, carapachos verdosos de jaibas, fango y arena. Pero eso fue durante la sequía.

Marta. Actualmente corre henchido y amenazante. De lejos se oye su murmullo cuando roza con los manglares y los barrancos que se derrumban en terrones. Y hace mal tiempo para las lavanderas que con los líos de ropas sobre las cabezas acostumbran a ir a lavar en la parte del río de los majaguales y la playa de guijarros lisos. Cerca de las majaguas que se lanzan sobre el río con sus troncos y los ramajes de hojas redondas, están las piedras blanquísimas de tanto jabón y ropas exprimidas sobre sus superficies. A un lado se extiende el playazo sobre el cual colocan las ropas como alfombras. Marta, tú la inocente lavandera. Allí estará tu piedra, metida en parte en el río. Sobre ella restregabas las ropas con movimientos precisos mientras las espumas se escurrían de tus manos y caían al agua o salpicaban tu rostro. (…)  

El resto fue tu estancia en el campamento y la alegría de sentirte libre, Marta, hasta la muerte no sabemos dónde, en la misión encomendada. Marta, la mensajera de la tropa.”           

En el cuento El paso los sucesos ocurren en el poblado en que algunos de los personajes aparecen con los nombres reales de habitantes del mismo.

“En la madrugada los pescadores del poblado descubrieron un enorme tablón rústico clavado en el framboyán con un letrero que decía: “Territorio libre de Cuba. Prohibido el paso a los agentes de la tiranía”. Al principio se rumoró que había sido Manuel el primero que vio el letrero. Pero luego se corrió la voz de que Lilo había pasado antes. Y otros llegaron a afirmar que había sido Anselmo, pues acostumbraba a levantarse primero que el resto de los pescadores. Sin embargo, ese día no se le había visto por los alrededores hasta tarde en que estuvo refiriendo que la noche entera se la pasó con el pecho apretado.

Lo cierto es que los pescadores hicieron coro delante del letrero y lo leyeron en voz alta para conocimiento de todos…”                 

En la novela Y miro desfilar mi vida, se narran diferentes momentos en la vida de un luchador inmerso en la clandestinidad, en la que los protagonistas relatan sus versiones sobre los hechos vividos, cada cual aportando los matices con una óptica casi cinematográfica.

Su escenario principal es la ciudad de Baracoa y algunos pasajes corresponden al barrio de Boca de Miel con la descripción de acontecimientos y sitios reales e imaginarios que finalmente rebasan estas localidades, e incluyen Santiago de Cuba y la Habana, y se proyectan incluso hasta Canadá. Por tanto, se describe el mundo geográfico y humano de estos múltiples escenarios.

En una introducción se definen, por ejemplo las cordilleras que rodean a la ciudad. El castillo colonial. La gente que habita a la ciudad. Y dos elementos significativos como el mar frente a la ciudad y el río Miel en el caso del barrio de Boca de Miel, se reflejan de esta manera:

“El mar está frente a la ciudad. Gracias al mar nació la ciudad en aquel recodo  del litoral.  Hace varios siglos era una casa, después varias. Con el transcurso de los siglos le nacieron casas y más casas a la antigua ciudad. El mar siempre es el mismo. Verde o azul plomizo, sereno o encrespado, acariciador o azotador de playas y arrecifes, abrazando al cielo en el horizonte lejano, ancho y enorme. El mar también empequeñece a la ciudad. Pero también le abre una puerta hacia el mundo. Es su liberación. El mar mira a la ciudad como a una hija que acuna en su regazo. La ciudad se lanza hacia el mar y otea el horizonte en busca de aventuras”.

“El río se desploma desde las montañas, corre travieso entre las rocas, los barrancos y la tupida vegetación. Las aguas traen un rumor de voces ancestrales, telúricas. Los dos brazos del río rodean a la ciudad y forman un collar de perlas huidizas que la engalana. Los tibaracones son testigos del encuentro singular del río con el mar en los dos extremos de la ciudad. La gente dice que aquí el río muere en el mar. Pero también puede afirmarse que en este lugar transcurre una ceremonia natural de metamorfosis, en la que el río se transforma en mar. Y la ciudad conoce estos secretos, y las aguas del río y del mar son espejos que reflejan la imagen añosa de la ciudad, que no se cansa de vivir y aspira a eternizarse en sus pequeñas y grandes cosas”.

Como se constata los recuerdos, como parte de la existencia humana, quedan atrapados en lo más íntimo de nuestro cuerpo y del alma espiritual que lo acompaña y que no tiene fin hasta la muerte, aunque logra burlarla cuando deja un testimonio amable y perdurable.  

 

Doctor en Ciencias y Doctor Honoris Causa. Profesor Titular y Consultante. Profesor Emérito de la Universidad de Ciencias Médicas de Santiago de Cuba. Premio Nacional del MINSAP al Merito Científico por la obra de toda la vida.                                                                                                                                                                                                                                                                             

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