Raúl García Sánchez* - Vocesenlucha.- No es complicado desafiar los esquemas de lo políticamente correcto en esta Europa en decadencia. Pero Chávez los hacía añicos.


Conocimos a Chávez por vez primera desde el Norte Global, que es como decir desde una lejanía integral, que tenía menos que ver con distancias kilométricas que subjetivas, si acaso pudiera medirse la subjetividad. Una lente desenfocada, emborronada, casi opaca se colocaba entre el fenómeno Chávez y nuestras vidas, allá por el año 99, cuando agonizaba un siglo XX de frustrados horizontes y llegaba al mundo, tímida todavía, su figura. Para los sectores oprimidos, Chávez significaría el rescate -imposible para el Occidente del fin de la historia– de ese horizonte roto y desfigurado, de la mirada que vislumbra un futuro de dignidad posible y necesario.

Acá en Europa, en la Castilla de tierra arrasada por los “cantos al sol”, la figura de Hugo Rafael Chávez Frías no levantó ninguna pasión popular. En los albores del siglo XXI era apenas un militarzucho más que tocaba poder en la corrompida América Latina. Aunque para algunos fue una osadía intolerable que un personaje como él llegara a la presidencia, todavía los focos mediáticos del panóptico global no se prendían alumbrando al Comandante. Cómo imaginar que poco después tendríamos a Chávez hasta en la sopa. Portadas, noticias, vídeos, reportajes, suplementos, revistas. El fenómeno Chávez logró inundar toda la industria cultural de la dominación. Esa maquinaria productora de sentidos orientó hacia él sus focos permanentes. Cuando hace semejante despliegue, pretende vendernos o colarnos algo. Y así nos colaron la figura de un Chávez despreciable, excesivo, bruto, desubicado. Chávez tirano, bestia, no humano. Chávez nació al mundo mediático para ser humillado y despreciado. Pertenecía al Sur del Sur, de donde vienen los de abajo. Su rostro no encajaba en los cánones eurocéntricos de la razón occidental. Indígena, negro, mestizo, se parecía demasiado a los históricamente olvidados. No hablemos de su personalidad y su verbo irreverente. Para unos sujetos devastados por el fin de los grandes relatos, el consumo y los fenómenos post, Chávez era demasiado. No es complicado desafiar los esquemas de lo políticamente correcto en esta Europa en decadencia. Pero Chávez los hacía añicos.

Ese fue el primer Chávez que nosotros conocimos. Y claro, en aquella relación primeriza surgía la inevitable pregunta de por qué al poder le molestaba tanto. Por qué tanto interés en su figura. Ante esa cuestión, nacía la posibilidad de un acercamiento a otro Chávez.

Conocimos a un segundo Chávez todavía en estas tierras castellanas. Lo descubrimos en los otros relatos del norte, los contrahegemónicos, en las corrientes que intuyen y cuestionan, contra la corriente implacable que nos engulle en su quimera del pensamiento único. Lo descubrimos en las tradiciones de lucha que tratan de acercarse a otra narrativa sobre América Latina. Ese segundo Chávez es el que a nosotros se nos fue un 5 de marzo de hace ahora 10 años. No tuvimos la suerte de conocer al Chávez de carne y hueso, de verle y escucharle en persona. Pero lo lloramos. Aquel 5 de marzo de 2013 lloramos a Chávez desde la desolada Castilla. Lloramos a Chávez desde la desolada capital del Reino de España.

Apenas unos meses antes, el diario El País del Grupo Prisa describía a un Chávez abandonado por su pueblo, solitario sobre un escenario, agarrado a un triste micrófono bajo la lluvia. Hablamos de la marcha de las 7 avenidas. Recibe ese nombre en la conciencia colectiva de los venezolanos porque ese día se llenaron como aguas fecundas las 7 avenidas principales de Caracas para acompañar y arropar al Comandante en el cierre de campaña. Al día siguiente de su despedida física, su figura ocupaba una vez más las portadas de la prensa española. “La enfermedad derrota a Chávez” (El País); “El caudillo se calla” (El Periódico); “Maduro convierte la muerte de Chávez en un asesinato imperialista” (El Mundo); “Chávez, muerte del caudillo” (La Razón). La industria de la mentira cada vez más osada produciendo sus mercancías de usar y tirar.

Conocimos a un tercer Chávez caminando las tierras de América Latina. Lo encontramos en los pobladores de Santiago de Chile, en las fábricas recuperadas de Neuquen o las tomas de tierra de Buenos Aires, en los trabajadores de Envidrio en Montevideo, en el Movimiento Sin Tierra-MST de Brasil, en las niñas, niños y adolescentes trabajadores organizados de Paraguay, en los mineros bolivianos, en los presos políticos del Perú, en los guevaristas de Ecuador, en el movimiento Congreso de los Pueblos de Colombia, en el zapatismo insurgente mexicano o en el pueblo revolucionario de la Cuba socialista. Acompañando esos procesos, Chávez aparecía en cientos de conversas, caminares y entrevistas, y hasta en los muros aparecía Chávez como un faro alumbrando conciencias y sentires. Contagiando con su legado la esperanza y la alegría necesarias para seguir haciendo lo que él hacía: luchar por el socialismo. Hacer, estudiar, aprender y volver a hacer. Pensar y actuar con la mirada puesta en las grandes mayorías.

Conocimos a un cuarto y definitivo Chávez junto a su pueblo venezolano, justamente en esas grandes mayorías que la historia de la infamia relegó a los márgenes del olvido. Compartiendo el calor de un fogón, la alegría de una arepa o la conversa en la oscuridad de un apagón. Lo encontramos en los cerros, en los humildes, en los procesos organizados en lucha. En las instituciones cuyas puertas Chávez abrió para que pasaran los de abajo, en las estructuras estatales penetradas de pueblo, contradicción, disputa y lucha. Vemos a Chávez en la Venezuela que resiste a todas las formas de guerra no convencional que el imperialismo ha podido inventar. Sentimos al Chávez arañero junto a la CORENATs, movimiento de niñas, niños y adolescentes trabajadores organizados junto al cual militamos y en cuyo logo se dibuja el Chávez niño vendedor de arañas. En Venezuela descubrimos de nuevo a un Chávez que se había insertado en el pueblo. Que había calado en las raíces de la venezolanidad, resignificándola, dándole nuevos sentidos. Solemos preguntar en nuestras entrevistas quién era Chávez para la persona que entrevistamos. Juntar las respuestas llenaría cuartillas y cuartillas. Si pudiéramos condensarlas en una palabra, diríamos dignidad.

Cada vez que regresamos al Reino de España nos duele encontrarnos con aquel primer Chávez en las opiniones y el sentido común de nuestra gente, labrado a base de una estrategia mediática de tierra arrasada apuntando sobre los cerebros, objetivo del engendro que su propio creador, el imperialismo, llama guerra neocortical. A nuestros pueblos no se les ha permitido conocer a otro Chávez que a ese primero que nosotros conocimos hace más de 20 años, desde la distancia de subjetividades como kilómetros. Duele constatar lo que se pierden.

A esos cuatro Chávez conocimos nosotros. ¿Cuál de los cuatro es el verdadero? ¿Qué retrato se ajusta a su raíz y su acción? Pensamos que todos. Sí. Chávez sigue siendo el azote de las conciencias del norte y los grandes poderes globales. Chávez es el aprendiz que mira con ojos colectivos que intuyen e inventan. Chávez es el internacionalista que se reconoce en las rebeldías e insurgencias de América Latina. Y Chávez es raíz de pueblo venezolano. Es el azote porque le duele a su sujeto antagónico: el capitalista. Es aprendiz porque cuestionaba y se cuestionaba, porque inventaba mareas contra la corriente. Es internacionalismo porque supo leer la historia popular de América Latina y caminar hacia ella dibujando integración y Patria Grande. Y es raíz de Venezuela porque conocía a su pueblo y a su gente, y porque nadie como él supo aglutinar los dolores y amores de las olvidadas y los oprimidos. Y lo hizo rescatando sus historias de lucha. Poniendo en valor la historia en su sentido más genuino, el de la lucha de clases. Rescatando a los mitos emancipadores que crean identidad política nacional-popular.

“Aquí estamos hoy los hijos de Guaicaipuro…De ahí venimos nosotros, de la resistencia aborigen, de la resistencia india, de la resistencia negra, de los explotados, de los dominados de siempre”, dijo en aquel épico discurso bajo la lluvia. Hoy en Venezuela la historia indígena, libertadora, bolivariana y guerrillera está en la mesa y los fogones, en las busetas y caminos, en las calles y los cerros.

Hay muchos más Chávez. Porque Chávez no fue un individuo aislado de su tiempo sino proceso histórico, sujeto colectivo, condensación de oprobios y luchas libertadoras. Hoy queríamos recordar a estos cuatro. Y uno más, que es el mismo: el Chávez comunero. El del “Comuna o Nada”.

Si en algún lugar pudimos conocer de primera mano al Chávez pueblo, horizonte y esperanza, es en las comunas. Ahí, a 10 años de su siembra, permanece viva su raíz y su acción. En las comuneras y comuneros que adelantan en el presente la construcción de esas otras relaciones sociales, ese otro modo de producción y esa otra subjetividad que necesitamos se multiplique por doquier en Venezuela, América Latina y el mundo. Ahí, en la vía comunal al socialismo, vemos transparente su legado.

Por eso, seguiremos gritando ¡Chávez vive! ¡La lucha sigue!

¡Venceremos!


Raúl García Sánchez es antropólogo y comunicador popular de Vocesenlucha.

 

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