En el rotativo holguinero Ahora, Elson Severino Concepción Pérez decidió que sería periodista. En sus dominios esperó toda una madrugada a que saliera el periódico impreso, el día que escribió su primera nota y supo que se publicaría. Cuando lo tuvo en sus manos, aun caliente, y leyó su nombre, sintió un escalofrío que espantó cualquier duda que hubiera podido albergar.


Cuqui, un maestro del que escribe sin apellidar, lo enseñó a diagramar las páginas del periódico, a medir el tamaño de las fotos y su ubicación en la página, a valorar una noticia. “Una y otra vez escribí y me publicaron”. Así lo hicieron trabajador de Ahora y pasó un curso de seis meses sobre periodismo.

Pero corta fue su estancia en el diario holguinero. Al año, con la creación de Juventud Rebelde (JR), se convirtió en su corresponsal en la entonces provincia de Oriente y radicó en Santiago de Cuba. Lo hizo hasta 1970, a la vez que colaboraba con el Sierra Maestra, que había surgido de Surco. De esa manera, el periodismo empezó a echar hondas raíces en la vida de Elson Concepción Pérez.

En esa etapa —cuenta— hubo un alzamiento en la zona de Punta Silencio, en Baracoa. “Tres periodistas estuvimos diecisiete días movilizados junto con los militares, participamos en los combates, hasta que se cogió el último de los alzados.

“En 1970, recorrí todos los centrales azucareros de Oriente, todos los planes agrícolas de la provincia involucrados en la famosa Zafra de los Diez Millones. Estuve en la primera parte de la reunión donde se le informó a Fidel que los Diez Millones no iban: triste y complicada noticia, después de tanto esfuerzo, de tanta dedicación a esa gran batalla”.

Fue ese el año en el que Elson Concepción se instaló en La Habana, donde en 1971 nació su hija Leipzip. Iban a abrir la Escuela Nacional de Corresponsales de Juventud Rebelde, que estaba en la calle 25, del Vedado, y estuvo a su cargo. Allí hubo maestros como Guillermo Lagarde, Orestes Cabrera, José Antonio Benítez y Tomás Lapique, que era titulista.

—Yo matriculé en la Universidad, en la Escuela de Periodismo por el curso de trabajadores, junto a un grupo de periodistas de Juventud Rebelde; entre ellos Lázaro Barredo, Soledad Cruz, Elsy Carbó… Cuando me gradué ya estaba en Juventud Rebelde, en el edificio de Prado, que era donde radicaba entonces.

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Casi una década antes, a fines de diciembre de 1962 toda esta historia hubiera podido no acontecer. A la entrada de la Cueva Siboney, cercana a la Granjita del mismo nombre, en Santiago de Cuba, en medio de un paseo familiar, Elson Concepción cayó al fondo de una sima de más de 40 pies de profundidad y solo habitada por murciélagos. Un amigo, Panchito Brow, logró hallarlo y ascender hasta la entrada de la caverna con su cuerpo casi inerte a cuestas, donde los esperaba un médico que había ido a buscar su hermano Eloy.

El cráneo de Elson se había fracturado por tres partes y sin esperanzas de que sobreviviera los doctores Luis Simón Cantón y Bonifacio Rivas lo sometieron a tres operaciones de cabeza en el Hospital Militar de Santiago. Costó 31 días que recuperara la conciencia y tres meses de ingreso en ese centro asistencial.

Ya en la casa, en proceso de recuperación, un hematoma epidural doblemente localizable en la parte anterior de la cabeza volvió a poner en alto riesgo su vida. Los médicos dudaban si operar y ante la incertidumbre familiar su hermano Eloy Sebastián propuso asumir el riesgo. El doctor Cantón —cuenta Elson— extrajo con su lengua la sangre del hematoma, mientras que Rivas buscaba la forma de cortar huesos para acceder al lugar exacto de la fractura. Había que cortar, sacar el hueso dañado, astillas y otros componentes de las regiones laterales de la cabeza”. Nuevas operaciones lo salvaron de la muerte y dejaron marca en su fisionomía para siempre.

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Elson Concepción nació en enero de 1945 en una casa de campesinos muy pobres, en un lugar conocido como Barajagua, en la Carretera Central, entre Holguín y Cueto. “Cuando tuve razón de vivir, me encantó el lugar donde había nacido. Siempre observé un piso de tierra en el comedor y la cocina que era rociado con agua para que no se levantara el polvo. También recuerdo la pulcritud de mi madre hirviendo la ropa de cama y hasta almidonándola con un producto salido de la yuca que ella misma rallaba con la ayuda de mi padre. Mantenía toda aquella ropa sin arrugas con una pesada plancha de hierro fundido, calentada al fuego con leña de matorrales y algún que otro carbón de elaboración casera. Sobre mi padre, habría que escribir un abultado libro donde se muestre la ética, cultura natural, respeto, severidad y ternura de un hombre que vivió 80 años, 7 meses y 12 días, y nunca dijo ni permitió que sus hijos dijeran alguna mala palabra, ni de las de antes ni de las de ahora”, escribió Elson en su compendio autobiográfico Confesiones de Severino.

“A la escuela donde asistí desde el primero hasta el sexto grado tenía que ir todos los días a pie o a caballo: estaba a seis kilómetros de donde vivíamos. Y no podía faltar porque mis padres, Josefa y Manuel, nos enseñaron a los cinco hermanos que todas las mañanas había que asistir. Con mi padre, también aprendí a arar, a sembrar, a desyerbar, a recolectar. Cuando terminé el sexto grado triunfó la Revolución. Salimos de Barajagua y nos fuimos a vivir a Holguín. Mi hermano Eloy Sebastián había sido coordinador del Movimiento 26 de Julio en esta ciudad y había estado entre los alzados en la zona de Bajaragua (luego tuvo que marchar al exilio). Yo le llevaba a los alzados el almuerzo que mi mamá les hacía todos los días e iba a Cueto a buscar distintivos del 26 de Julio en un serón, entre el arroz y los frijoles, a caballo. O a traer pistolas y revólveres que mandaba Irving Ruiz desde Cueto para los que estaban alzados allí. Empecé a hacer ese tipo de actividades con Eloy cuando yo tenía unos trece años.

“En Holguín estuve un año trabajando en la escuela privada Regil (que Eloy me había gestionado para que hiciera el bachillerato). Allí también limpié el piso por seis pesos al mes, más los estudios de ingreso en aquel lugar. Lo hice con dignidad campesina, con humildad. Luego ingresé en un tecnológico a estudiar electricidad, que era lo que yo quería hacer, pero el accidente sufrido en la Cueva Siboney me impidió continuar esa carrera.

Después Eloy influyó tanto en mí, que decidió el destino de mi vida en el periodismo. “Gracias a él y a Rolando Castillo Montoya (Premio Nacional José Martí), llegué a esta profesión, que cuando se pega es difícil separarse de ella, te quedas enredado ahí toda la vida. Mi hermano Eloy, que estuvo en el periódico Trabajadores, en Radio Rebelde y fue director de Radio Reloj, fue mi guía en muchos momentos y también en el periodismo”.

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Era periodista de JR cuando en 1974 Ernesto Vera le pidió que trabajara en la Upec. Como secretario de Educación y Cultura de la organización, recorrió el país y supo que los periodistas reclamaban más cercanía de esta a los problemas reales de la prensa. “En esa etapa se hizo mucho énfasis en la creación de las escuelas de periodismo en las provincias y, entre otras, fue fundada la de Camagüey. Por las noches, en la propia sede nacional, también se daban cursos con profesores como Benítez sobre reportaje, con Lapique sobre titulares, con Martha Rojas…”

Fue la época —subraya— de la creación de la Bienal Internacional de Humorismo Gráfico. La idea salió de una reunión entre Ernesto Vera, René de la Nuez, Enrique Núñez Rodríguez y yo. “Elegimos a San Antonio de los Baños como sede porque es el pueblo de Abela y de otros caricaturistas, y por sus vínculos con la cultura cubana”.

Enviado por la Upec, Elson Concepción ejerció como representante de Cuba y América Latina en la Organización Internacional de Periodistas (OIP), entre enero de 1984 y octubre de 1989, en Praga, Checoslovaquia. Allí fue condecorado con la Medalla de Honor Julius Fucik, máximo galardón de esa institución, por el trabajo desarrollado en favor de las organizaciones de periodistas de América Latina y el Caribe y por haber desarrollado y consolidado la presencia de la OIP en la región.

—Durante los casi seis años que estuve en la OIP, la organización contribuyó significativamente al nacimiento y desarrollo del Instituto Internacional de Periodismo José Martí, a los Seminarios Latinoamericanos de Periodistas y a la Bienal Internacional de Humorismo, en Cuba.

—También al fortalecimiento de la Federación Latinoamericana de Periodistas (FELAP) y a la atención a los colegas latinoamericanos que tuvieron que marchar al exilio, a México o a Europa, debido a la instauración de sangrientas dictaduras en Chile, Argentina, Brasil, Uruguay y Paraguay.

A su regreso a Cuba, comenzó a trabajar en el Periódico Granma, en la Redacción Internacional, donde ha estado durante 34 años.

—En Granma formé parte del equipo de periodistas cubanos que acompañó a Fidel Castro en viajes al extranjero. Entre otros, a la Cumbre de los No Alineados, en Sudáfrica; a la Cumbre contra el Racismo, también en Sudáfrica; a la visita al Vaticano; a la Cumbre de la Alimentación en la FAO, Italia; a la visita a Ecuador para los actos de inauguración de la Capilla del Hombre; a la Cumbre Iberoamericana, en Panamá; a su visita a Argelia; a tres reuniones de CARICOM y Petro Caribe en Barbados, a Jamaica y a Trinidad y Tobago.

—Esos viajes me dieron la dimensión de quién era Fidel, ese hombre extraordinario, siempre al tanto de las condiciones que los periodistas teníamos para hacer nuestro trabajo. En Sudáfrica, en su visita a la cárcel donde Nelson Mandela estuvo 27 años preso, él se montó en un “barquito” y a los periodistas nos subieron a otro. Una vez en tierra, nos llamó a Bárbara Betancourt, a Irma Cáceres y a mí para que fuéramos con él. En el lugar, se puso a medir con sus brazos la altura de la puerta para explicarse por qué Mandela estaba caminando un poco encorvado. Y dijo: “el problema es que había caminado veintisiete años bajando la cabeza”.

—En la Cumbre Iberoamericana en Panamá, Fidel llegó al aeropuerto bajo un tremendo aguacero, y enseguida nos adelantó: “Vamos para el hotel que tengo noticias que darles”. Y sacó de un baúl la denuncia de Cuba sobre la presencia en Panamá de Posada Carriles. Después, a uno de los anfitriones panameños se le ocurrió proponerle que por su seguridad podían cambiarse algunas de las actividades del programa. Él se negó, y dijo: “Se cumple todo en el horario establecido, minuto por minuto”.

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Durante 14 años, desde su fundación, Elson Concepción formó parte del equipo de panelistas del programa televisivo la Mesa Redonda, y por dos años también de la de Telesur, que se hacía desde Cuba, casi siempre con temas relacionados con el Medio Oriente, una de las regiones que más he estudiado.

Nunca me adapté —dice— a la luz que se usa para hacer el programa y siempre llegaba nervioso. “Pero fueron más las experiencias positivas, como las veces que Fidel se reunió con nosotros, nos daba la mano y nos felicitaba. Allí empecé a conocer cómo a ese gran periodista que era Fidel Castro, manejaba la temática internacional. La Mesa… me robaba buena parte de las horas del día. A diario, tenía que leerme 100, 200, 300 cables de materiales periodísticos, pero eso me consolidó más desde el punto de vista profesional”.

Al referirse a las coberturas más importantes como periodista del periódico Granma, Elson enumera: “reporté el cambio de gobierno de la dictadura de Pinochet a la democracia de Patricio Aylwin, en Chile; también fui enviado a Yugoslavia tras los bombardeos de la OTAN y Estados Unidos, para asistir a un encuentro internacional sobre aquella agresión”.

Junto a la periodista María Elena Ruiz (su esposa), escribió el libro Dios, Chávez y Fidel con testimonios recogidos en Venezuela y en Cuba, de venezolanos que vinieron a atenderse a nuestro país y que, en muchos casos salvaron sus vidas aquí, gracias al plan de atención médica concebido por Fidel y Chávez. El texto fue editado en Venezuela y presentado por el propio Chávez en la Televisión. Luego, con motivo del 90 aniversario de Fidel, se reeditó en Cuba.

“María Elena, mi esposa, es una periodista que después fue subdirectora de una institución de salud, y que ya está jubilada. Es mi colaboradora ferviente y necesaria de todo lo que hago. Todos los trabajos que escribo se los doy a leer y lo vemos entre los dos. Llevamos 45 años juntos, tengo una hija que yo le digo que es linda igual que el padre, y con esa hija tengo dos nietas bellísimas. Ella tiene otros tres hijos y otros nietos. Cada hijo de nosotros ha tenido dos hijos.

Más de 55 años en el periodismo han sido la realización profesional de Elson Concepción. Si algún aporte pude haber hecho —dice— es haberme integrado a la generación de periodistas revolucionarios que acompañó a Fidel.

Foto de portada: Omara García Mederos

 

 

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