Manifestarse en contra de «la dictadura», sacar el sable y hundirlo hasta la empuñadura, es una moneda de cambio para abrirse paso en los inciertos circuitos culturales de Miami.


Rolando Pérez Betancourt - Granma - Obra de Michel Moro Gómez

–¿Y tú qué esperas para manifestarte, mijita?– le reprochan en pleno programa anclado en YouTube a una joven actriz cubana que llegó hace poco tiempo a Miami y ha estado hablando de arte, amores y actuaciones, sin acabar de posarse en el tema ineludible que, la salva, o la desbarranca.

–Bueno, yo la verdad es que defiendo ciertos valores –le responde la actriz a la espectadora que la incrimina en las redes desde la distancia–, y pienso, vaya… que estaría muy bien un razonamiento entre los seres humanos porque...

La influencer, conductora del programa, la mira de reojo, otros invitados, mayorcitos y con experiencia en el arte de la palabrería propicia, sonríen, o levantan la cabeza hacia las ilusorias musarañas del techo, mientras la muchacha, indecisa ante los mensajes en su contra que comienzan a llegar cual cañonazos en noche de desembarco, entreteje los dedos, y se los aprieta, como si de la acción dependiera abrirse una puerta hacia el escape.

Manifestarse en contra de «la dictadura», sacar el sable y hundirlo hasta la empuñadura, es una moneda de cambio para abrirse paso en los inciertos circuitos culturales de Miami. Allí la lista de acosos y desmoronamientos es tan larga como lastimosa, porque no pocas veces los métodos y presiones parecen salidos de uno de aquellos manuales del odio concebidos por Mussolini, en los que la razón la sustentaban los que, sin descanso, más mentían y gritaban.

La muchacha de esta historia real no ha sido explícita en un primer momento y le caerán, en los días subsiguientes, las diatribas más ofensivas y alarmantes de youtubers y comparsa (¿acaso se trata de una simpatizante del comunismo?), hasta que, finalmente, dé muestras ella de comprender las reglas del juego y entre por el aro.

Hay otros que llegan y, sin deshacer las maletas, no necesitan presiones de ningún tipo, al punto de que sus mismos patrocinadores suelen maravillarse con el cambio de imagen pública adoptada de la noche a la mañana, un striptease socarrón y de renuncias estrepitosas que, con tal de estar en el bombo y garantizar un dinerito salvador, no vacilarían en comerse la lombriz de la manzana.

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