Foto: Leandro Pérez Pérez/Adelante.
El peso de la muerte
Elia Rosa Yera Zayas Bazán
Adelante
CAMAGÜEY.- Yohandris Varona Torres vio las fotos de los 32 cubanos caídos en Venezuela el pasado 3 de enero y no pudo evitar emocionarse. Lo hizo esta mañana en el homenaje desde el Salón de Protocolo Nicolás Guillén en Camagüey. No era la primera vez que los miraba. No tenía enfrente imágenes de desconocidos. Eran sus compañeros. Y sabemos que la muerte se vuelve más real cuando toca de cerca a tu familia, amigos, equipo.
Habló poco. Quizás no encontró las palabras. Solo las justas para hacernos entender el dolor. Todo en menos de cinco minutos. Caminaba erguido, pero seguía guardando en los ojos una tristeza difícil de explicar. Procedente de Vertientes en Camagüey, llevaba dos meses y seis días como seguridad personal en Venezuela cuando ocurrió el ataque, la experiencia más intensa en 23 años de servicio militar, justo en su primera misión internacionalista.
“Nos batimos ahí contra los aviones que estaban ametrallándonos. A pesar de que nuestro armamento era más pequeño no dejamos de pelear, nos enfrentamos. Tengo mi preparación y sé cómo combatir, pero eran superiores a nosotros. En ese momento mi único pensamiento fue batallar. Había que tirar y empecé a hacerlo.
“Esa noche había entrado de guardia a la medianoche y debía estar seis horas. El ataque fue a las 2:00 am aproximadamente. Era de madrugada. Todo estaba oscuro. Si un helicóptero viene para arriba de ti, lo único que te queda es tirarle y defenderte. Así fue. Hasta el último momento estuvimos disparando”.
Yohandris, con h intermedia como nos rectificó, estuvo ahí esa noche, en el mismo lugar donde cayeron sus compañeros, los de Cuba toda. Este cubano bueno los cargó a todos, y hoy solo puedo imaginarme el peso que llevó y lleva consigo, el de la muerte, el dolor, la impotencia y la injusticia.
“Nuestros compañeros son una gloria para toda Cuba. Ellos eran mis hermanos. Estaban conmigo trabajando. Los vi caer a todos y a todos los cargué. Allí no hubo apoyo de nadie para eso, pero ningún cuerpo quedó en el campo. Los preservamos en un dormitorio de nosotros. No puedo explicar el dolor. Pero al menos nadie se quedó en Venezuela. Aquí están, en nuestra Patria.
“Con mi país estará siempre mi disposición para contrarrestar al enemigo donde haga falta. Así nos enseñó el Comandante. Y tampoco puede ser en vano la muerte de mis compañeros”.

El dolor está dentro. Justo arriba del estómago. No tiene que decírmelo. Lo sé. Los hombres nobles lo sienten así. Allí, unos dedos más arriba, en la garganta, la impotencia, la rabia hacia quienes se creen con el derecho y el poder de arrebatar la vida de gente buena, el no saber qué decir, la vergüenza de cargar en sus brazos el peso de la injusta muerte.
Solo me queda el dolor de que no pudimos pararlos
Gretel Díaz Montalvo
Trabajadores
Lo que sus ojos vieron el pasado 3 de enero durante el ataque de Estados Unidos a Venezuela no se le olvidará nunca a Yohandri Varona Torres. Hacía apenas dos meses y seis días que había llegado este camagüeyano nacido en la comunidad de Jagüey, en Vertientes, a esta nación sudamericana con el objetivo de servir de apoyo a la seguridad personal. Eso lo había aprendido de Fidel, dice, así que donde hiciera falta él iba.

Camagüey rinde honor a combatientes caídos en Venezuela desde la plaza de la Revolución Mayor General Ignacio Agramonte. Foto: Gretel Díaz Montalvo
Pero aquel sábado se tornó fatídico. A las 12 de la noche se puso en su posición, le correspondían seis horas de guardia. Y aunque todo se veía tranquilo Yohandri sabía que el mayor peligro estaba en confiarse. Por eso cumplía su guardia con un celo rayano en el exceso.
Eran cerca de las dos de la mañana cuando vio al primero de los helicópteros del grupo de comandos estadounidenses que esa madrugada desembarcaría en Caracas para secuestrar al presidente Nicolás Maduro.
Apenas tuvo tiempo de salir de la posta en la que cumplía el servicio de guardia para parapetarse a unos metros de distancia y comenzar a disparar. A esa decisión, o a la suerte, le debe la vida. Como si se guiaran por un plano de exactitud milimétrica los atacantes dirigieron su fuego contra la caseta que hasta solo unos segundos antes había ocupado.
«Tenían mucho más poder de fuego que nosotros, narra Yohandri, que solo contábamos con armamento ligero. Lo otro a su favor es que parecían saber dónde quedaba todo. Así le tiraron a las postas y a los dormitorios donde estábamos los cubanos y lograron matar, entre los primeros, a los jefes».
Unos 23 años de experiencia en el Departamento de Seguridad Personal tiene este primer suboficial, nunca había vivido nada ni parecido. Pero en el entrenamiento le habían enseñado bien y esa madrugada vació cargador tras cargador disparando contra los enemigos. «Había que tirar y tirar. Defender y matar», sentenció.
«A pesar de su ventaja de fuego, añadió, estoy seguro de que les hicimos bajas. Más de las que ellos reconocen. Nos batimos duro. Seguimos tirando hasta que casi todos fuimos cayendo, muertos o heridos».
No fue un combate rápido, ni fácil, como en principio intentaron hacer creer Trump y sus secuaces. Con el paso de los días se ha ido confirmando que solo la muerte y la falta de municiones consiguió apagar la resistencia de los cubanos.
Yohandry recuerda todo con una lucidez terrible. Sus ojos parecen repasar una a una las imágenes. Llora. Llora de rabia. Nunca podrá olvidar el enfrentamiento, dice, pero sobre todo las horas posteriores, en que los sobrevivientes del grupo debieron trasladar los cuerpos de sus compatriotas caídos.
«Los cargamos y llevamos hacia un edificio, que había sufrido daños pero nos permitía guarecerlos. Fue muy duro, porque eran hombres a los que conocíamos, con los que habíamos convivido hasta pocas horas antes. Pero los llevamos a todos, no abandonamos a ninguno.
«Cuando empiezan a caer las bombas en lo único que se piensa es en combatir. Estábamos allí para eso y fue lo que hicimos. Solo me queda el dolor de que no pudimos pararlos. Y este dolor, dice mientras se golpea el pecho, tengo que desquitármelo con el enemigo».
TESTIMONIO DE UN COMBATIENTE CUBANO QUE DEFENDIÓ AL PRESIDENTE MADURO
Tomado del FB de Ignacio Ramonet
Yohandris Varona Torres llevaba dos meses y seis días como integrante de la Seguridad Personal en Venezuela cuando ocurrió el ataque, la experiencia más intensa en 23 años de servicio militar, justo en su primera misión internacionalista.
Pero aquel sábado 3 de enero se tornó fatídico. A las 12 de la noche se puso en su posición, le correspondían seis horas de guardia. Y aunque todo se veía tranquilo Yohandri sabía que el mayor peligro estaba en confiarse. Por eso cumplía su guardia con un celo rayano en el exceso.
Eran cerca de las dos de la mañana cuando vio al primero de los helicópteros del grupo de comandos estadounidenses que esa madrugada desembarcaría en Caracas para secuestrar al presidente Nicolás Maduro.
Apenas tuvo tiempo de salir de la posta en la que cumplía el servicio de guardia para parapetarse a unos metros de distancia y comenzar a disparar. A esa decisión, o a la suerte, le debe la vida. Como si se guiaran por un plano de exactitud milimétrica los atacantes dirigieron su fuego contra la caseta que hasta solo unos segundos antes había ocupado.
«Tenían mucho más poder de fuego que nosotros, narra Yohandri, que solo contábamos con armamento ligero. Lo otro a su favor es que parecían saber dónde quedaba todo. Así le tiraron a las postas y a los dormitorios donde estábamos los cubanos y lograron matar, entre los primeros, a los jefes».
Unos 23 años de experiencia en la Direccion de Seguridad Personal tiene este primer suboficial, nunca había vivido nada ni parecido. Pero en el entrenamiento le habían enseñado bien y esa madrugada vació cargador tras cargador disparando contra los enemigos.
«Había que tirar y tirar. Defender y matar», sentenció. “Nos batimos ahí contra los aviones que estaban ametrallándonos. A pesar de que nuestro armamento era más pequeño no dejamos de pelear, nos enfrentamos. Tengo mi preparación y sé cómo combatir, pero eran superiores a nosotros. En ese momento mi único pensamiento fue batallar. Había que tirar y empecé a hacerlo.”
«A pesar de su ventaja de fuego, añadió, estoy seguro de que les hicimos bajas. Más de las que ellos reconocen. Nos batimos duro. Seguimos tirando hasta que casi todos fuimos cayendo, muertos o heridos».
No fue un combate rápido, ni fácil, como en principio intentaron hacer creer Trump y sus secuaces. Con el paso de los días se ha ido confirmando que solo la muerte y la falta de municiones consiguió apagar la resistencia de los cubanos.
Yohandry recuerda todo con una lucidez terrible. Sus ojos parecen repasar una a una las imágenes. Llora. Llora de rabia.
Nunca podrá olvidar el enfrentamiento, dice, pero sobre todo las horas posteriores, en que los sobrevivientes del grupo debieron trasladar los cuerpos de sus compatriotas caídos.
«Los cargamos y llevamos hacia un edificio, que había sufrido daños pero nos permitía guarecerlos. Fue muy duro, porque eran hombres a los que conocíamos, con los que habíamos convivido hasta pocas horas antes. Pero los llevamos a todos, no abandonamos a ninguno.
«Cuando empiezan a caer las bombas en lo único que se piensa es en combatir. Estábamos allí para eso y fue lo que hicimos. Solo me queda el dolor de que no pudimos pararlos. Y este dolor, dice mientras se golpea el pecho, tengo que desquitármelo con el enemigo».
Yohandri Varona Torres: un conmovedor testimonio
Con todos los cubanos caídos compartía a diario y duele mucho su pérdida, expresa el primer oficial Yohandri Varona Torres, quien tuvo entre sus brazos los cuerpos exánimes, y ahora jura que sabrá honrarlos como se merecen.
Yamylé Fernández Rodríguez
Radio Reloj
Camagüey, Cuba. – Con voz entrecortada por el dolor y la indignación, el primer oficial camagüeyano Yohandri Varona Torres evoca el pasado tres de enero, cuando sus compañeros cayeron en combate, tras luchar como fieras ante la agresión de Estados Unidos contra Venezuela.
Avalado por 23 años de experiencia como especialista en Seguridad Personal, Varona Torres hacía poco más de dos meses había llegado a Caracas y el día del terrible suceso estaba de guardia.
Recuerda que sobre las 2:00am divisaron los helicópteros enemigos y siempre primó la certeza de que tocaba combatir hasta el final, pues los yanquis iban decididos a dejar muerte y destrucción.
Con todos los cubanos caídos compartía a diario y duele mucho su pérdida, expresa el primer oficial Yohandri Varona Torres, quien tuvo entre sus brazos los cuerpos exánimes, y ahora jura que sabrá honrarlos como se merecen.









