M. Palou-Bosch* - Cubainformación


Los trofeos pueden ser de varias clases: el trofeo de caza o pesca mayor; el trofeo en otro tipo de deporte, sin que la muerte aparezca; el trofeo conseguido por una obra artística o literaria; y, por supuesto, han existido los trofeos de guerra.

La consideración de que un trofeo de guerra sea todavía elemento de devoción por parte de quien consiguió el objeto, desde luego estaría fuera de cualquier sentimiento o convicción humanísticos.

Los trofeos, pues, podrían ser definidos según el tipo de trabajo o tarea que haya llevado conseguirlos; y según el daño o beneficio que hayan provocado.

Por ejemplo, la devolución de la “Silla de Maceo” a Cuba es un hecho que refleja la buena intención de amistad y del reconocimiento de que aquellas batallas y guerras en tierras mambises no fueron más que chaladuras colonialistas del ya alicaído imperio español. Al final, de todas formas, Cuba consiguió su independencia. Cuba, en definitiva, ganó aquella guerra contra el Estado español. Pues fue una lucha que ni el pueblo de España deseaba.

Ya el general Fernando Weyler, padre de Valeriano, criticaba la política colonialista del gobierno español; con referencia a la campaña en Marruecos, su opinión era clara: “[fue una] contienda en la que se lograron victorias estériles” (Rdguez. Tejerina, 20-6-1997; conferencia en Hospital Militar de Palma).

Y su hijo, ya octogenario, en una conversación con una joven cubanita (Rosario Ros) pronunció estas palabras: “Bien sé que en Cuba no se me quiere (…), porque se me juzga mal (…), pues la última vez que fui a Cuba era con órdenes terminantes de acabar con la Revolución, y como soldado cumplí con mi deber. Se me podrá tachar quizás de enérgico, acaso de duro, pero no de injusto. Tengo la conciencia tranquila…Mire usted, los cubanos quizás no me querrán, pero yo quiero a Cuba más que muchos de ellos. Yo no puedo olvidar los más felices años de mi vida pasados en Santiago de Cuba… Aquellas fiestas en el Cafetal Santa Ana de la familia Vinent y en el Cafetal de la familia Salazar; aquellos campos incomparables, aquellos espléndidos potreros de Puerto Príncipe…aquella Habana…hermosísima, riquísima, incomparable… Yo no guardo rencor a Cuba ni a los cubanos; ellos tenían razón, cuando un hijo se hace mayor se independiza, ¡y los pueblos también se emancipan! ¡Ojalá que España en vez de mandarme a acabar la Revolución me hubiera mandado a darles la independencia!

Es lo que debimos hacer. La autonomía no, yo soy enemigo de medias tintas: La Independencia” (Ramos Cárdenas, “Una cubanita que no se puso de pie ante el Capital Gral. Weyler” [carta de una cubanita a su padre contándole la anécdota], Memorándum Vitae, 2013, memorandumvitae.blogspot.com)

En otro pasaje de la carta a su padre, Rosario recuerda las palabras de Valeriano cuando éste cuenta las ofertas que algunos le hicieron para traerle la cabeza de Maceo por 30.000 dólares:  “…Yo no acepté; así se mata a los bandidos, y aquel [hombre] era un valiente que había de morir como murió, honrosamente frente a frente, como un león” (Ramos Cárdenas).

En otro pasaje de aquella conversación, Rosario Ros añadía lo que don Valeriano le dijo a la Reina, justo al llegar a Madrid para informarle de su campaña en Cuba: “Majestad, ahora Cuba se pierde y la Corona de España pierde su más preciosa joya” (Ramos Cárdenas).

De todo ello, habría que inferir que el Sr. Valeriano sí devolvería con honor la Silla a Cuba.

* Comisión de estudios e investigación de la Casa Amistad Baleares-Cuba.

Opinión
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