Nunca se debe esperar a que las amenazas traspasen las palabras, a que los celos se conviertan en marcas en el cuerpo, a que el hogar se transforme en cárcel y el amor sea la justificación para la violencia

Carmen Maturell Senon - Revista Mujeres.- Él la esperaba en la puerta, aunque sabía dónde estaba; tramó situaciones en su mente al percatarse de la hora y las pocas llamadas sin responder. La ira lo fue consumiendo. Ella divisó de lejos su aura demonizada, pero continúo con su andar calmado junto a sus dos pequeñas. Nunca imaginó que la agresión llegaría de la mano de quien una vez amó.


«Habíamos regresado de un cumpleaños infantil y él siempre supo dónde nos encontrábamos. Cuando llegué a la casa, dijo que me timbró al celular, pero nunca escuché la llamada. Tuvo celos, pensó que yo estaba con otro y, entre muchos reclamos, cogió lo primero que se encontraba en su camino y me agredió. Las niñas estaban presentes, pero no le importó».

Violencia tras la puerta

Mediante prácticas legitimadas, disfrazadas de «te quiero», «eres mía», «tengo celos por…»; se oculta tras la puerta un fenómeno que no restringe en edad, color de la piel o solvencia económica. Un fenómeno que, en el peor de los casos, cuesta vidas y se funda en las desigualdades jerárquicas entre hombres y mujeres.

Decir que la violencia de género posee diferentes manifestaciones no es un dato nuevo, pero lo peculiar es que el cónyuge o expareja constituye el principal perpetrador. Así lo verifica la Encuesta Nacional de Igualdad de Género (ENIG-2016), al plasmar que el 26,7% de las mujeres de 15 a 74 años han sido víctimas de algunas expresiones de violencia en su relación de pareja en los últimos 12 meses.

Además, las cifras de femicidios cometidos también lo confirman. Según los procesos judiciales resueltos en los tribunales delpaís en 2022, 16 mujeres fueron víctimas de femicidio por parte de su pareja oexpareja. Aunque los índices parezcan mínimos, en realidad representan alertas, si consideramos que la familia –núcleo fundamental de la sociedad– es el entorno para perpetuar esta problemática social. La violencia de género, lastimosamente, está presente en el interior de muchos hogares.

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Los comienzos de una relación amorosa están bañados de magia. Nuestro cerebro se encarga de omitir defectos que, a corto plazo, pueden desembocar en situaciones desagradables. A Daynis le pasó así: aparentemente un romance sano, centrado en su bienestar y en la crianza de sus hijas. Sin embargo, la desconfianza y la posesión fueron claras señales de alarma.

«Siempre tuve claro que los celos no son una muestra de amor. Pensé varias veces en terminar la relación, debido a su comportamiento, pero no soy de piedra y quise darle una oportunidad, simplemente estaba enamorada y confié en que, con el tiempo, cambiaría. Por eso aquel día me sorprendí cuando me atacó físicamente, porque una vez quizás sea justificable; dos, pienso que es costumbre y tres, ya es un hábito que no le iba a dejar pasar. Considero que la persona que ama nunca maltrata; además, hubo sangre delante de mis hijas».

Para la psicóloga y presidenta de la Sociedad Cubana de Psicología en Santiago de Cuba, Yanet Silva, el flagelo es peor que una pandemia y añade que los orígenes continúan siendo los mismos: la percepción de la mujer como el género débil y el hombre como protagonista de las acciones.

Concerniente a las características de las víctimas, explica por qué muchas se mantienen sumisas. «A pesar de que estén siendo violentadas, pueden asumir que todo lo que ocurre es normal, debido a los mismos cánones naturalizados por el patriarcado. La construcción de la personalidad influye, conjuntamente, porque si en el desarrollo no hay una formación adecuada de la autovaloración y autoestima, pudiera perjudicar el afrontamiento de cualquier situación».

A menudo, las mujeres que transitan por los episodios de violencia se aíslan y se les dificulta distinguir la salida a su situación. Por eso la red de apoyo es esencial, pues proporciona protección emocional y práctica para la recuperación. «Es importante tener con quién contar, protegerse y sentirse acompañada en distintos espacios. La red de apoyo puede incluir amigos, familiares, profesionales de salud y del Derecho, quienes ayudan en el asesoramiento legal y psicológico», explica Yanet Silva.

Si nos referimos a las secuelas de la violencia de género, no se puede ignorar uno de los puntos más frágiles: niñas, niños y adolescentes, quienes sufren el impacto de manera indirecta. ¿Acaso se piensa en los infantes cuando ocurren episodios violentos en su presencia? Ellos y ellas crecen inseguros, temerosos, abusados por su propia familia. Con Mujeres conversó la psicóloga y profesora de la Universidad de La Habana Carla Álvarez y alegó que, si en los momentos de plena formación se sufren momentos traumáticos --como son los actos de violencia-- y no se gestionan de manera correcta, posteriormente habrá consecuencias en el desarrollo personal e integral.

Romper los ciclos

Este fenómeno que atraviesa a Cuba no es una suma de hechos aislados, como bien expresa la especialista Clotilde Proveyer. Se basa en estereotipos, mitos naturalizados y comportamientos sexistas perpetuados por el sistema patriarcal, al cual se debe hacer frente. Si bien la agresión física es la más evidente, existen otras expresiones de maltrato que vulneran el alma y que también se producen dentro de las casas.

Según Carla Padrón, psicóloga del Centro Nacional de Educación Sexual (Cenesex), se ha normalizado diferentes tipos de micromachismo, violencias simbólicas, psicológicas y pautas a la hora de relacionarnos interpersonalmente, que a veces cuesta percibir que se está cometiendo un acto de violencia.

«Sucede que hemos adaptado como estilo de vida la imposición de nuestros criterios, la asimetría de poderes entre las relaciones. Por tanto, cuando somos testigos de una escena de violencia, creemos que si ocurre entre familia no deberíamos de meternos, porque nos han enseñado que “entre marido y mujer nadie se mete”. Por eso hacen falta pautas de relacionamiento más positivos, respetuosos, asertivos, donde estemos buscando otras formas de soluciones y de relacionarnos».

 

En tal sentido, nuestro país trabaja por eliminar las desigualdades de género; ejemplo de ello son las acciones que realiza la Federación de Mujeres Cubanas (FMC) con el ya implementado Programa Nacional para el Adelanto de las Mujeres (PAM) y la Estrategia Integral para la prevención y enfrentamiento a la violencia de género e intrafamiliar. Además, las normas de corte penal abren caminos para la atención a delitos vinculados con los diferentes tipos de violencia machista y familiar, así como la protección a víctimas.

Concerniente a esto, Joaquín Guardia del Prado, especialista de Derecho Penal y miembro del proyecto Justicia en Clave de Género, en Santiago de Cuba, afirma que en materia legislativa se han logrado avances instituidos a partir de la Constitución de la República en el 2019. De ahí que existan leyes que sancionen la violencia basada en género.

«En 2021 se promulgó la Ley 143 “Del Proceso Penal”, en la cual la víctima alcanza la condición de “sujeto procesal” y se le reconoce el derecho a ser escuchada, recibir asesoramiento por más de un abogado, derecho a su dignidad, a proponer pruebas y declarar en privado si lo estima conveniente. Además, si esta persona se encuentra en una situación de vulnerabilidad, existe la posibilidad de aplicar la protección cautelar en cualquier estado del proceso legislativo, prohibiéndole al maltratador acercamiento tanto a la víctima como a personas allegadas», añade Joaquín Guardia.

Al respecto, el Código Penal agrupa 36 modificaciones relacionadas con esta forma de discriminación por cuestión de género. Entre ellas se destaca la posibilidad que tiene el tribunal de incrementar a un tercio el límite máximo del marco penal de la sanción que corresponda, según el hecho delictivo cometido por violencia de género y violencia intrafamiliar.

Sin embargo, que se apruebe una Ley no significa que todo se erradicará de una vez. Como sociedad, se necesita entender qué es la violencia de género, sus orígenes, las formas más y menos visibles y, sobre todo, se necesita denunciar.

La víctima no es la única autorizada a denunciar, todas las personas pueden hacerlo (familiares, amigos, vecinos) si conocen de alguien que esté pasando por una situación de violencia)

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Daynis no vaciló en denunciarlo aquella vez que le rasguñó la cara. Sabía de antemano que, luego del primer golpe, ocurren otros y no paran hasta la muerte. Permitirlo jamás fue una opción.

La acusación se efectuó sin complejidad. El agresor estuvo algunos días encarcelado por violencia contra la mujer. Ella alegó que no quiso extender más el hecho y todo quedó en una orden de alejamiento.

Como Daynis existen otras mujeres que sufren lo mismo y, en la mayoría de los casos, prefieren callar: por temor, vergüenza, dependencia al agresor o desconfianza hacia el sistema judicial y policial. Otras veces, el desconocimiento y la normalización del problema provocan que las víctimas no perciban la agresión como un acto que infringe sus derechos y salud. Pero, por más exigua que sea la acción, denunciar la violencia basada en género es el primer paso para poner fin y romper los ciclos que yacen en el espacio privado.

No obstante, existen casos donde la mujer agredida denuncia en la institución responsable y no es atendida correctamente o el proceso se hace tedioso. Por tanto, se precisa velar más por el cumplimiento de las leyes y sensibilizar al personal forjado en la sociedad patriarcal.

«Es cierto que muchas veces existe una mala actuación por los operadores jurídicos, investigadores criminalistas y de la misma Policía Nacional de la República, por eso debemos de aumentar la preparación, trabajar en la prevención social y comunitaria, además de dar a conocer a dónde se tiene que dirigir una mujer víctima de violencia», insiste Joaquín Guardia.

Para la psicóloga Yanet Silva, se debería contar con más espacios de acogida, «pues la mujer, una vez que denuncie, pudiera ser perseguida y sería importante tener un lugar donde resguardarse hasta que el proceso termine. Porque si bien al agresor le pueden imponer una orden de alejamiento, nada garantiza que la cumpla», agrega.

Aún falta un largo camino por recorrer para la atención y prevención de la violencia machista. No obstante, denunciar siempre será el primer paso, la vía punitiva que contribuye a visibilizar el problema y lograr una cultura de respeto. Nunca se debe esperar a que las amenazas traspasen las palabras, a que los celos desmedidos se conviertan en marcas en el cuerpo, a que el hogar se transforme en cárcel y el amor sea la justificación de violencia.

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¿Te culpaste alguna vez?

«Solo me culpo por el hecho de que mis hijas hayan tenido que presenciar los maltratos. Actualmente, a ellas no les gusta que yo hable en voz alta, ni discuta, porque lo sucedido les ha afectado. Más allá de eso, sé que no tengo culpa en nada. Y jamás lo perdonaré, nadie debe de ser víctima de violencia por muy imperceptible que sea. Tenemos que querernos y así obtendremos la fuerza para seguir adelante».

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