Red Semlac.- La historia del transformismo en Cuba, según especialistas y artistas, aún está por contarse en toda su complejidad, magnitud y alcance cultural. El silenciamiento que aún le ronda tiene mucho que ver con la homolesbotransfobia, sus raíces y pervivencia en la sociedad cubana. Sin embargo, artistas y especialistas recuperan esas memorias fragmentadas y defienden hoy lo que también ha sido un arte de la resistencia y la lucha por el derecho a existir. El debate El arte de transformarse y resistir reúne las voces de Argelia Fellove Hernández (transformista y coordinadora de Afrodiverso), Riuber Alarcón (transformista) y el ensayista y poeta Norge Espinosa.


El transformismo tiene una tradición centenaria en Cuba. Si tuvieras que compartir tres elementos que lo distinguen, ¿cuáles serían?

Norge Espinosa: La tradición del transformismo en Cuba merece un estudio mucho más amplio, pero como sucede con la historia de la comunidad LGBTIQ, todavía está por trazarse un camino mucho más firme con respecto a su propia tradición, a su composición como una parte importante de nuestra sociedad y, por supuesto, la tarea de visibilizarla desde los días del descubrimiento hasta el presente.

Primero habría que recordar las primeras señales de este tipo de manifestación que no siempre estuvieron cercanas a lo que conocemos hoy como travestismo y transformismo, pero que hablan de una determinada dosis de indisciplina en la sociedad que se iba forjando en la Cuba colonial y de la cual viene a ser una evidencia memorable la «Carta crítica del hombre muger» de José Agustín Caballero, publicada en 1791 en el Papel periódico de La Habana. El caso de Enriqueta Favez viene a ser también un punto señalado en la historia de la colonia.

Transformistas y travestis habitaron territorios que han sido durante mucho tiempo considerados como zonas marginales de la propia cultura. Pienso, por ejemplo, en el teatro popular, el teatro bufo, donde la figura del maricón y del hombre travestido aparecía frecuentemente como un elemento humorístico. Pero también habría que contar la manera en la que, poco a poco, empezaron a evidenciarse otras necesidades y libertades del cuerpo y del deseo en nuestra nación.

En cuanto a los tres elementos que podrían distinguir esa tradición centenaria del transformismo en Cuba, creo que el primero sería, justamente, ese carácter intermitente, esa manera todavía a rafagazos con las cuales aparecen aquí y allá figuras que van dando fe del homosexual, la lesbiana, el travesti y otros sujetos que alguna vez se consideraron seres extravagantes; quienes han estado presentes en la historia, no solo del arte y la literatura cubanos, sino de la nación misma desde sus propios inicios.

Quien quiera saber un poco más de este devenir tendría que rastrear más a profundidad la increíble participación de muchos de estos sujetos. Se hace muy difícil todavía organizarla como una secuencia que complete silencios de nuestra historia; esa historia escrita con mayúsculas, esa épica, especie de historia patricia que nos ha acompañado durante tanto tiempo y en la que ahora, por suerte —gracias al trabajo de investigadores y personas que aportan desde distintas expresiones— van apareciendo nombres que completan parte de esos vacíos.

Un segundo elemento tiene que ver con el gusto por el espectáculo. En la tradición nocturna, del cabaret, la figura del transformismo ha sido siempre muy llamativa. En los carnavales también existía la tradición de que aparecieran hombres disfrazados de mujeres, quienes aprovechaban ese espacio tan efímero que da una fiesta patronal para vestirse de esta manera o para hacer aquello que las ropas masculinas no les permitirían materializar a la luz del día.

En los años cuarenta y cincuenta, con el crecimiento del mundo del espectáculo, aparecen transformistas que ganan notoriedad. El caso por supuesto más famoso es Musmé, quien llegó a grabar discos y transformarse en una mujer espléndida cuando salía a escena. También hay que pensar en humoristas que llevaron papeles de mujeres a la televisión.

Es curioso que, justo cuando llega la Revolución, comienzan a desaparecer muchos de estos personajes que formaban parte de la vida nocturna de los bares y cabarets. En este momento, Severo Sarduy comienza a escribir una especie de narrativa travesti, por decirlo de alguna manera, con los personajes de Auxilio y Socorro, que aparecen en su primera novela importante y que luego, cuando está radicado definitivamente en Europa, se convierte en parte de una especie de convulsión donde la cubanía también se identifica como un deseo travesti, cosa que él no solo expresó en su narrativa, sino que también pasó a su poesía y, sobre todo, a su ensayo.

El pequeño boom que hubo de transformismo en La Habana al inicio de los noventa se conecta también con la aparición de los primeros pacientes del VIH-sida en Cuba. En las pequeñas celebraciones que se les permitían en los sanatorios o cuando podían salir a algunos lugares, pues optaban por vestirse de mujer y llegaron a crear pequeñas compañías que, poco a poco, salieron incluso del cerco de lo que podría ser el teatro de aficionados o amateurs y se presentaron en varios espacios, como muestra el documental Mariposas en el andamio(1995). Algo que hubiera sido completamente impensable en los años sesenta o los setenta.

El mundo del espectáculo ha sabido acoger a esta figura con una especie de gusto e interés particular hacia la figura del cuerpo travestido, el cuerpo que se transforma en otro: otro sexo, otro género. Esa también podría ser otra de sus características: ese gusto por el color, por el espectáculo, por incorporarse a una realidad de autoridad ficticia que le permite reconocerse ante un público cómplice, que también disfruta esa especie de indisciplina que contiene tanto gozo, brillo y espectáculo.

Un tercer elemento podría ser el carácter de resistencia. Creo que transformistas y travestis son las personas más vulnerables dentro de la comunidad LGBTIQ+ y, sin embargo, siempre han logrado permanecer.

Hay ejemplos que demuestran cómo lucharon estas personas a lo largo de periodos de mucha represión para poder seguir adelante y cómo se resisten a desaparecer.

Las cartas, los documentos que han sobrevivido de los que pasaron por las UMAP (Unidades Militares de Ayuda a la Producción) –como ha contado el dramaturgo Héctor Santiago, cuyos documentos sobre el tema se encuentran en la Universidad de Miami, en el fondo de la colección cubana, nos relatan—, igual que Reinaldo Arenas en sus memorias —cómo las locas, los homosexuales no dejaban de hacer fiestas y con lo que tuvieran a mano se disfrazaban y hacían imitaciones de las grandes figuras del espectáculo cubano de aquella época.

A lo largo de todo ese tiempo, que puede de ser de una represión a veces muy violenta, las figuras del transformismo perduran y saben reaparecer una y otra vez en distintos sitios, ya sea en fiestas grandes como ocurría a inicios de los noventa o, incluso, en celebraciones políticas realizadas en barrios.

Yo recuerdo que, cuando hicimos las primeras jornadas y las galas contra la homofobia y la transfobia, estuvieron dirigidas por Carlos Díaz y yo fui su asesor y guionista. Tuvimos que luchar mucho para incorporar a figuras del transformismo que ya eran muy populares, tal era el caso de Imperio (Abraham Bueno), Estrellita (Jimmy Jiménez) y otras.

En ese momento conocí a muchas de las que ya estaban haciendo una carrera sólida, que venían de épocas anteriores y son verdaderas sobrevivientes, algunas de ellas pacientes de VIH sida.

Me asombró mucho y me emocionó en varios casos esa capacidad de resistencia, esa voluntad de ser ellos mismos y ellas mismas, por encima de cualquier carencia o prejuicio. Era como si la libertad con la cual elegían una identidad también venía a ser una especie de arma de lucha poderosa que les permitía salir al escenario convertidos en la figura que ellos quisieran ser.

Argelia Fellove: El transformismo en Cuba tiene elementos fundamentales que lo distinguen. Por ejemplo, es una expresión artística que nos permite compartir nuestro arte y desmitificar prejuicios relacionados con la sexualidad. El transformismo es espectáculo y es cultura. Otra cosa que distingue al transformismo, en nuestro país, es la posibilidad que les da a muchas personas LGTBIQ de contar con un trabajo, empoderarse y sentir realización desde la expresión artística.

Riuber Alarcón: Los transformistas cubanos tenemos un estilo propio y nos creamos un personaje para tomar prestadas las voces de otros artistas e interpretar sus canciones. En muchos casos, la interpretación tiene que ver con lo que dice la canción, lo que dice la cantante; pero en otros casos le damos una magnitud superior o diferente.  Hay artistas transformistas que caracterizamos en algún momento un personaje, nos adueñamos de ese personaje o nos creamos un personaje propio.

Creo que el transformista cubano, pese a las necesidades del país, siempre tratamos de mantener el buen gusto, la elegancia y el respeto a la imagen. Esto es muy importante para las personas que nos van a ver.  

Y algo más: los transformistas que hacemos la conducción de eventos como anfitriones —y aquí hablo desde mi experiencia—, hacemos promoción y prevención de salud desde los escenarios; o sea, casi siempre mantenemos estos mensajes en nuestro repertorio y eso creo que también nos distingue.

¿Qué se necesita para ser un artista transformista?

NE: Creo que mucho del transformismo en Cuba, durante un largo periodo de tiempo, tuvo esa especie de rara cualidad en la que estaba presente lo amateur, la búsqueda de una identidad artística más específica.

Un artista del transformismo debe tener, por encima de todo, como cualquier otro artista, buen gusto y talento. En las noches de La Habana, durante un buen periodo de tiempo, varios de ellos demostraron tener ese talento, que podían ser no solamente figuras que salían a escena a cubrir esta zona vacía que quedó cuando las grandes baladistas y cancioneras cubanas se fueron todas al exilio.

En este arco tan amplio, han aparecido figuras muy creativas, personas que han demostrado un talento histriónico listo para asumir retos mayores y que han convertido no pocas veces su sola presencia en un gran espectáculo, para demostrar que el transformismo es, por encima de todo, una expresión artística.

AF: Primeramente, tener vocación, sentido de pertenencia con lo que se hace y respetarse una misma. Hay que tener mucho amor propio y mucho amor por el arte, sentir respeto por los autores y cantantes a quienes vamos a representar; de manera que, a la hora de interpretar, tengamos una actuación coherente. Para ser buen transformista es necesario romper con los estereotipos y conocer un poco de teatro, contar con herramientas que te permitan hacer un buen espectáculo.

RA: Como en todas las artes, se necesita talento y conocimiento. Usted puede tener un talento empírico e interpretar bien una canción, puede hacer bien la conducción de un evento o un buen performance, pero necesariamente no tiene que estar transformado y el transformismo lleva transformación, de ahí viene su nombre. No estamos hablando de que tiene que ser una mujer con los parámetros de belleza y elegancia establecidos; digo mujer u hombre, en lo que sea que usted se va a transformar; se trata de ser artista que convenza al público.

Entonces, hay que tener el conocimiento para saber qué te queda bien, para reconocer el público que tienes en frente y qué tipo de trabajo le vas a ofrecer. Hay que investigar en profundidad los mejores recursos para la transformación que quieras realizar. Esto es muy importante, porque muchas veces tomamos patrones de otros artistas y no siempre ese patrón nos queda bien o es el correcto. En este, como en todo arte, si uno quiere trascender y dejar una huella, debe buscar originalidad y eso lo da el conocimiento.

¿Crees que desde esta manifestación artística se pueden romper estereotipos machistas, sexistas, racistas y homolesbotransfóbicos?

NE: Por supuesto que sí. Pero, ¿en qué medida somos capaces o no de asumir eso en un espacio público? El arte ha demostrado, en nuestro país, asumir agendas sociales mucho antes que las instancias gubernamentales.

El tema está también en cómo se maneja en un espacio público, político, la figura de un hombre transvertido o de una mujer. Estos últimos casos, es cierto que no son tan frecuentes, pero sí las hay que han empezado a asumir este tipo de expresiones y que han creado repertorios y trabajos de performance propios.

Sería necesario no ver al travesti o al transformista como una especie de vocero de otras expresiones, sino que sea capaz de ofrecer una noción de cuáles son sus libertades, reclamos, demandas; teniendo en cuenta que vivimos en un país donde esta parte de la comunidad LGBTIQ ha sufrido mucho.

Creo que todavía estamos muy distantes de lograr ese punto en el cual, una política del perdón o una estrategia de la disculpa nos permita hacer creer que podemos respirar mejor ciertas cosas, sin olvidar lo que la historia ha sido. Si algo me ha molestado, en buena medida, es el uso de la figura de la persona trans en instituciones políticas cubanas. Repentinamente, esas historias aparecen convertidas en una especie de celebración todo color, todo carroza, todo afirmativo y donde el espacio de la interrogación, del debate, de la duda y del repaso histórico y del reconocimiento ha quedado relegado a un segundo plano.

AF: Desde mis prácticas y con años impulsando un proyecto sociocultural comunitario, me queda claro de que sí: rompe con muchos estereotipos, sensibiliza y nos fortalece como personas, pues llevamos mensajes a la comunidad desde el vestuario, el lenguaje corporal y la proyección escénica.

En los barrios, que es donde más trabajamos nosotres, se ve cómo se sensibilizan niñas y niños, las madres, los hombres, etc. Se rompen muchos mitos y cánones sociales que influyen en los imaginarios públicos sobre el transformismo. Quienes comparten con nosotres, reconocen que compartir, estar cerca, tocar la piel de los transformistas y ver más allá de prejuicios sexuales es un aprendizaje.

Esto sucede con más conciencia en el transformismo masculino que defendemos, pues tratamos de romper con patrones sexistas, machistas, misóginos y de los fundamentalismos religiosos. Buscamos la manera de dar la mano y el alma en cada espacio y en cada actuación. Luego vemos las transformaciones que se suceden al volver a esas comunidades. El transformismo también implica transformación social.

RA: Claro que sí. Se pueden romper patrones y también se pueden reafirmar. Porque el machismo forma parte de nuestra cultura, aunque luchamos contra él. Muchas veces reafirmamos esos patrones machistas, incluso tratando de superarlos.

El transformismo, además, es un arte que la gente discrimina. Increíblemente, lo primero que debe quedar claro es que el transformismo no es una expresión de la sexualidad; sin embargo, la gente lo suele mezclar y el transformismo rompe con estos patrones. También hay directores y teatristas que no lo ven bien, que lo consideran una sobreactuación o no les interesa; hay muchas maneras de discriminar que no solo es la machista y homofóbica.

Igualmente tenemos que hablar de qué tipo de performance uno va a utilizar, qué tipo de mensaje se llevará con la canción, con el diálogo. Como en todo arte, está presente el talento y la intención de la persona que está realizando el performance. Por eso te digo: puedes reafirmar estos parámetros y también puedes ayudar a eliminarlos, a combatirlos. Muchas veces no se eliminan, pero invitas a reflexionar sobre ellos.

En 2016 fue noticia la profesionalización de los primeros artistas transformistas. ¿Qué significó este paso?  A siete años, ¿cuáles prejuicios o dificultades frenan el desarrollo de esta expresión artística? ¿Qué desafíos extras pueden existir fuera de la capital?

NE: Creo que si bien artistas transformistas han encontrado espacios donde interactuar con el público, ganar determinados elogios y aplausos, faltan muchos otros por garantizar.

En teatro El Público, la compañía a la que pertenezco, hemos trabajado no pocas veces con transformistas o con actores que han pasado a ser parte de ese ámbito, pues esta ha sido una línea estética del grupo desde que se fundó.

Con nosotros sigue trabajando Estrellita (Jimmy Jiménez), que es una de las mejores transformistas que tenemos en La Habana y recuerdo que, cuando el director y el dramaturgo Héctor Quintero estrenó en Cuba su último espectáculo dedicado a la figura de Bola de Nieve, Estrellita e Imperio (Abraham Bueno) doblaban un personaje y lo hacían brillantemente, al punto de que Estrellita ganó el premio Caricato por ese personaje.

El éxodo que vive Cuba hoy puede haber despoblado mucho estos escenarios. Esto es algo que está resintiendo al mundo del y en las compañías profesionales del país; así que este tipo de representación probablemente esté también sufriendo parte de esta ola migratoria. No sé ahora cómo se encuentran estos artistas trabajando, no sé cuánto se les está pagando en un país donde el dinero ahora mismo no tiene ningún valor; no sé exactamente hasta qué punto esa legalización de los transformistas como artistas profesionales les está ayudando en ese territorio. Creo que habrá que investigar más sobre todo este tema.

AF: Es cierto que fue una noticia súper importante. A siete años de la profesionalización de este arte, seguimos creciendo. Algunas personas se retiran de los escenarios, hay quienes se mantienen escépticos o esperando que alguien les apoye.

Sin embargo, se mantiene invisible el transformismo masculino en Cuba, pues existen muy pocas posibilidades de trabajo y de actuación. Los transformistas en el país siguen luchando por un espacio donde puedan expresar su arte, hay muchos que no son inclusivos. Esto es un problema que todavía no se ha resuelto, espero que algún día los directores artísticos y las instituciones hagan lo mismo que está haciendo nuestro proyecto Afrodiverso y el centro cultural El Mejunje, que apoyan el transformismo masculino y lo visibilizan.

Desde mi experiencia y mi manera de ver el arte del transformismo, después de tantos años, puedo agregar que aún persisten muchísimos prejuicios, tabúes, incluso desprecio hacia los transformistas masculinos dentro del mundo del transformismo. Existe la falta concepción de que el transformismo masculino no es espectáculo. Fuera de la capital es mucho más engorroso. Los chicos de Santa Clara tienen El Mejunje, pero en otros lugares no se conocen. No se han hecho festivales de transformismo masculino y, cuando lo propones, te preguntan ¿para qué?

No hay confianza ni reconocimiento nacional del transformismo masculino. Desde Afrodiverso estamos incentivando todo el tiempo esta expresión artística como una fortaleza, que se sepa que tenemos un espacio para compartir con toda la comunidad y las personas que lo deseen.

RA: El hecho de pertenecer a la agencia artística Caricatos y a una empresa, evidentemente, es un logro importante; porque implica tener seguro social, sentirte que formas parte de un gremio artístico. Es un paso añorado, deseado y, sobre todo, muy trabajado, Que, al cabo de más de 20 años de ser artista y de vivir de mi arte, me reconozca el gobierno como un artista, pues evidentemente ese reconocimiento también forma parte de mi crecimiento profesional y personal.

Pero el miedo frena el crecimiento de nosotros los artistas transformistas; nos frena el machismo, la mentalidad patriarcal, todo lo que precisamente combatimos.  

Sobre todo, nos limita el miedo a reconocer un arte simplemente como arte y ya. Cuando las personas van a poner un cuadro en una galería o lo van a exhibir en la televisión, nadie justifica por qué va a poner el cuadro. Pero entonces, cuando va a salir un transformista en televisión, primero hay que justificarlo, después hay que ver qué va a presentar, cómo lo hará…

¿Por qué a transformistas cubanos no se les permite conducir un programa de televisión? Ah, claro, me van a decir que un transformista cubano no puede conducir un programa de televisión porque a lo mejor no tiene los estudios necesarios, porque a lo mejor no se les respeta la trayectoria artística, porque no pertenece a una empresa. Pero no se dan cuenta de que los mismos prejuicios que hoy nos impiden llegar a esos espacios son los que no dejaron que perteneciéramos a una empresa; las instancias que dicen que no estamos preparados son las mismas que no incluyen en las academias la especialidad del transformismo, conforme existe el clown. El transformismo es un recurso escénico que muchas personas asumimos como profesión y puede ser una especialidad dentro de la actuación, como lo puede ser la conducción dentro del periodismo. 

Por ejemplo, yo creo que estoy preparado perfectamente para llevar un show en Tropicana. Pero no se puede. No te dicen no se puede, pero no llegas. Hay gente muy buena en el cabaret Parisien, en Tropicana, pero he visto también gente muy mala; he visto gente muy buena en televisión y gente muy mala; he visto transformistas muy buenos y muy malos, como en todo. Entonces pienso que debe superarse el miedo y el machismo. Acabar con las etiquetas que se les ponen a cosas que no las llevan.

Yo puedo ser un buen comunicador y no importa cómo me vista, eso no le interesa a nadie. Si mañana yo quiero dar una noticia en el noticiero y tengo el talento y la presencia para hacerlo, debiera poder hacerlo. Pero volvemos al tema de los estereotipos, por eso me remito a la pregunta anterior, muchas veces hay que usar el estereotipo que te permite encajar.

Muchas veces hay más civilización fuera de la capital y más respeto. Eso te lo puedo garantizar. Pero el desafío es el mismo, porque el machismo es uno solo. Aunque sí hay machismo disfrazado. La discriminación y la violencia son una sola.  

Yo soy del criterio de que, si usted es homofóbico y a usted no le gustan los homosexuales o el transformismo, se le respeta, es su derecho. Usted lo que no puede agredir, no puede discriminar ni violentar mi derecho. No importa que la gente no quiera o no entienda a una lesbiana, un gay o un bisexual; lo que tiene que existir es respeto.

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