Marilys Suárez Moreno - Revista Mujeres.- Había transcurrido 31 años desde que fuera descubierta la Conspiración de José Antonio Aponte, condenado y ahorcado en 1812, cuando en noviembre de 1843 se produjo la sublevación de esclavos más destacada y masiva ocurrida en la Cuba colonial.


La Matanzas de mediados del siglo XIX contaba con una dotación esclavista de más de 100 000 esclavos, entre hombres y mujeres, según estimaciones del que fuera destacado investigador y acucioso historiador José Luciano Franco, quien estimaba que en esa década más del 46% de la población era esclava y la trata negrera sostenía la tendencia a seguir aumentando la cifra.

El ingenio matancero de Triunvirato fue su principal escenario y entre sus líderes destacaban dos mujeres, Carlota y Fermina, ambas de origen lucumí. Una rebelión que logró extenderse hacia otros ingenios y cafetales cercanos y que, finalmente, fue abortada con un gran costo de vida entre la población esclava. Para rendirle homenaje a Carlota, se le puso ese nombre a la misión militar cubana en Angola.

En cuanto a Fermina, una mujer negra y esclava, se conoce muy poco o casi nada. Ella estuvo entre los líderes de esos masivos levantamientos de mayo de 1843, al igual que Eduardo, el tamborero que con la percusión ancestral de los cueros llamó a los esclavos a pelear para recuperar su libertad, tercero de los protagonistas implicados en esas rebeliones.

Al repique de los tambores, la señal que llamaba a la lucha, salieron en masa los esclavos. Ellas y ellos sabían del látigo inmisericorde, del cepo y los grilletes en los tobillos, y sus carnes estaban laceradas por los latigazos que siempre tenían a mano aquellos que llamaban el mayoral o capataz.

Liderados por la rebelde Carlota, quien conocía que a través de los tambores las personas esclavizadas se comunicaban entre sí, el llamado era a los machetes, templados ya para ir tras el mayoral y su séquito de represores, como habían acordado. Tenían también el propósito de liberar a Fermina, encerrada en un calabozo con grilletes en los tobillos y las carnes desgarradas por los latigazos y quien era considerada una esclava demasiado rebelde por sus ideas y luchas.

Como era previsible, las rebeliones de Triunvirato y de los ingenios Santa Rosa y La Majagua, entre otros cuyas dotaciones se alzaron, fueron derrotadas y brutalmente reprimidos sus cabecillas, no sin antes presentar una heroica resistencia.

Muchos murieron en el intento, como Carlota, quien encabezaba el rescate de Fermina y la revuelta. ¡Muerte, fuego, libertad! Eran esas las palabras que, según los historiadores, gritaban aquellas mujeres y hombres sublevados en Triunvirato, a su paso por los ingenios y cafetales de la zona y a los que se iban sumando los negros de otros palenques y barracones.

Fermina fue capturada viva, cubriendo heroicamente la retirada de sus compañeros, durante las primeras rebeliones, según cuenta la tradición oral. Ferozmente castigada por los latigazos, fue encerrada en una mazmorra con ambos pies metidos en el cepo, remachado por cadenas. Viva y rebelde, esperó una segunda oportunidad de ser libre o morir. Fueron a rescatarla Carlota y los cientos de esclavos que la acompañaban y de cuyo final ya hablamos.

En cuanto a Fermina Lucumí, se dice que degolló de un solo impulso al mayoral que la había torturado durante tanto tiempo y que, capturado por los alzados, trató de defenderse golpeando con sus puños a la rebelde mujer que, al parecer, atraía sobre si la furia y la atención de sus perseguidores.

La heroica mujer fue fusilada en marzo de 1844, junto a su grupo de resistencia, todos de etnia gangá. En el lugar del sacrifico se levantó una escultura que perpetúa su memoria. Y al igual que Carlota, su nombre es símbolo de rebeldía, independencia, heroicidad y estoicismo.

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