Por Octavio Fraga Guerra* - Cinereverso - Cubainformación.- El mar penetra en los contornos y brasas de esta ciudad que en tiempos pretéritos lució amurallada y antigua, rolliza y cigüeña, singular e irrepetible. Ropajes impresos con acuarelas delinean sus muchas identidades vertidas como signos de coronados misterios que apuntan hacia un dibujo mayor.


En este otro espacio temporal La Habana luce altiva, risueña, soportada por los anclajes de su historia mestiza, cosmopolita, definitivamente dialéctica. Mientras, todo toma su curso por esa lógica que traduce la dialéctica. La ciudad transita por parajes de encumbrados cimientos: la cultura y la conciencia crítica de lo irrepetible.

Son los anclajes desde donde se materializa la voluntad de la naturaleza de “tocarlo” todo; arropada de pretextos irrumpe con fuerza, abraza los leños de la noche que le sirve de mampara y ocurre el “milagro”: la escalada que lacera la paz, ahora truncada.

Las trenzas de la ciudad, erguidas ante el tronar de muchos otros cercos, se afianzan como carbones, empeñadas en resistir los embates de un ciclón acordonado, siempre dispuesto a destronar los sueños que se pintan en un horizonte impreciso.

Oleadas de mar en auténticas embestidas evolucionan desde otras coordenadas surcando los límites de lo insular. Se afincan y destronan sobre alargadas faldas de telares leños, transformadas en estampidas de caóticas envolturas. Transitan desplegadas sobre los ardores de dispares cromatismos, y emigran dispuestas a catapultar otras cartografías de virtuosas metáforas.

Desde los nichos de un escenario tardío, se distinguen patinas de luz y aguaceros cercos. Tras la primera lectura, emergen auténticos trazos de siluetas eróticas ante la evolución de una música tupida, zanjada por curvas henchidas y líneas inconexas. En ese dramático momento, emerge la incomprensión de poetas imposibilitados de traducir las indisciplinas de las formas.

Violentas marejadas de ciclos cortos se agolpan en los límites de muchas horas —el tiempo es una convención multiplicada— y es que resulta imposible doblegar sus alas. Los nardos de mar golpean acantilados de tuberías corroídas, encaran con fuerza a dientes de perros esculpidos por desafiantes texturas y muros corredizos. Desde otros parajes, la ciudad libera sábanas blancas al poniente de su estatura. Y todo, para calmar la ira de vientos desaforados.

Al final de cada ciclo, lámparas teñidas por humedades abrigan el cansancio de soportar el salitre y los cercos de la noche, siempre venidos de una ruta imprecisa, pues son estos  los últimos testigos de un ejercicio inusitado. Cuando se apagan, esconden palabras de truncas crónicas, que se dibujan como huellas indescifrables en las cristaleras de sus miradas.

Esta foto de sutiles líneas abriga baldas de historias, esas historias mutiladas, reunidas en los “infinitos” pixeles del fotograma. Se ha gestado de manera artesanal, al vuelo, sin previo aviso, soportada sobre las raíces de un drama inconcluso. El verbo emerge desde el núcleo del relato, dispuesto a tomar los saltos de sus contornos esenciales para la escritura de un reciclado tempo.

El espacio dramático queda “congelado” en dispares evoluciones, donde nada está pintado al azar. Los significados habitan superpuestos, en las muchas líneas que transitan tendidas en toda su arquitectura.

Al fondo, apenas “imperceptible”, el muro que “contiene” las arremetidas del mar. En un segundo plano, más al centro, otro muro cortado, dispuesto como parte de una puesta en escena que subraya la fragilidad del espacio escénico.

Lo “teatral” se refuerza con otros elementos anclados por las lógicas de la urbanidad. Las lámparas que lo avistan todo callan y una señal de transito ironiza la escena, con un “Ceda el paso” para un ciclón que actúa sin fecha de entrega.

El mar ha penetrado más allá de los “límites posibles”. ¿Podemos amordazar los adjetivos de sus cóleras, las aventuras de sus embestidas? La puesta e inmensidad de lo líquido en esta escena —que es tan solo un fragmento— se avistan como escalones desparramados en un gran proscenio, en tonos blanco-negro, también grises, que confirman sus raíces en el mar.

En el centro de todo, más a la izquierda, el sujeto metafórico, el signo que edifica el trazo lector de esta puesta fotográfica. Un niño con los pies mojados observa la “quietud” y el desempaque final de un cerco que “hasta hace poco” actuó desaforado. La escena deja huellas, sabores, mutilaciones y preguntas, muchas preguntas, sembradas para ser bocetadas en ese mismo horizonte donde se gesta el furor de un ciclón irreverente.

Tras ese epílogo emergen las respuestas, esas que se anulan para calmar monólogos y austeras conversaciones.

Sobre los cromatismos de la instantánea aflora la fragilidad humana, el sentido de la vida ante las urgencias del otro, la jerarquía de lo que resulta esencial o más bien impostergable.

En otro plano se distingue el diálogo inconcluso entre el sujeto y la naturaleza. Para solventarlo, se desatan verbos machistas, palabras “inteligentes”, toda una gramática para apuntalar en la conciencia de la sociedad global los “poderes” que vestimos y cómo somos “capaces de doblegar” los cantos enardecidos del mar, cómplices de otras colisiones.

Foto de portada: Sonia Almaguer (Cuba). Niño ante el ciclón. Serie Ocho Km de historias

(Tomado de Cuba en Resumen)

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