Iroel Sánchez - La pupila insomne.- La televisión cubana transmitió la noche de este sábado la película Víctor Frankenstein, una de las muchas versiones cinematográficas y televisivas de la novela de la escritora británica Mary Shelley. La historia del hombre que, juntando partes de cadáveres, crea un nuevo ser que termina resultando una monstruosidad rebelada contra su creador no deja de motivar a realizadores del cine y la televisión, y su «moraleja», tal vez sin ser algo pretendido por su autora literaria, no deja de hacerse realidad en la política contemporánea. La más reciente de las posibles asociaciones políticas del relato frankensteinano puede llegar de lo sucedido esta misma semana en las elecciones de medio término en el estado norteamericano de la Florida, donde el Partido Republicano obtuvo un resonante triunfo.


Pretendido o no, lo cierto es que lo ocurrido este 8 de noviembre en el Sur del estado norteamericano de la Florida vuelve a poner en actualidad la vieja máxima de que a quienes alimentan artificialmente un monstruo termina dañándolos su creación.

Por más que el presidente Biden se esmeró en complacer a la ultraderecha que controla el voto cubanoamericano en Miami, continuando las políticas de asfixia contra Cuba de su predecesor Donald Trump, y negando así sus propias promesas de campaña electoral por la Presidencia, el voto de ese sector fue de manera contundente para los candidatos republicanos en esa zona. La frase del ganador de la gobernación del estado, el republicano Ron De Santis, resume el “éxito” del cortejo trumpista realizado por Biden a una ciudad donde más del 50% de los votantes son cubanoamericanos: “Gracias, Miami”.

Desde las elecciones de 2002, cuando el hermano del entonces presidente George Bush, Jeb Bush, ganara esa gobernación, el Partido Demócrata había controlado ese cargo. Igualmente ganó su escaño por ese estado el senador Marco Rubio, quien en su campaña se jactó de ser el autor de las políticas contra Cuba de Trump que, según él, Biden mantiene “por miedo al exilio cubano”. Fueron también reelectos en Miami los tres representantes republicanos a la Cámara que se caracterizan por la línea dura anticubana: María Elvira Salazar, Mario Díaz-Balart y Carlos Giménez.

Pero lo que pudiéramos llamar la no escrita «Ley Frankenstein» en la Florida no sólo afecta a los Demócratas: que ganen los partidarios de las políticas trumpistas contra Cuba no quiere decir que Donald Trump tenga allí garantizado el respaldo a una candidatura presidencial republicana en 2024. El ahora gobernador republicano Ron De Santis es de los candidatos que triunfó sin el apoyo del expresidente y se dibuja ya como un aspirante a la nominación republicana a la Casa Blanca frente al magnate, para lo cual tendrá que contar con ese aparato de presión, extorsión y propaganda política que está en manos de la ultraderecha cubanoamericana de Miami.

Lo paradójico es que es el gobierno de Biden el que ha contribuido a sostener la vitalidad de ese aparato por dos vías:

  1. Al mantenerse por la Casa Blanca la política trumpista de máxima presión contra Cuba, combinada con la pandemia de Covid-19 cuando se le negó a la Isla por la administración Biden hasta el oxígeno medicinal, la crisis económica global subsecuente y las consecuencias de la guerra en Ucrania, hechos como los disturbios de julio de 2021 y las protestas en algunas localidades en el segundo semestre de 2022 por los cortes eléctricos agudizados con el paso del huracán Ian, han alimentado la percepción en ese sector de que mientras más duro se le apriete más rápido caerá la Revolución cubana y quién mejor para hacerlo que los políticos que en Estados Unidos acusan a los Demócratas de tan socialistas y comunistas como el gobierno de La Habana.

  2. Se ha mantenido por el gobierno de Biden el tradicional financiamiento millonario a medios en internet para la guerra psicológica contra Cuba que se ha derramado durante las dos últimas décadas al sostenimiento de líderes de opinión que construyen percepciones anticomunistas extremas en parte del electorado miamense. Más recientemente, como revela una encuesta de la Universidad de la Florida, en las percepciones sobre Cuba de los cubanoamericanos han ganado influencia un grupo de personas que en las redes sociales digitales lanzan un discurso anticomunista aún más extremo, de odio, organizan y financian acciones terroristas en la Isla, que serían combatidas por los organismos norteamericanos de aplicación de la ley si fueran dirigidas a la sociedad estadounidense, pero gozan de total impunidad por parte de las autoridades federales. Más de uno de esos «influencers» tiene vínculos orgánicos con políticos republicanos electos este 8 de noviembre en la Florida.

Fue un republicano, Ronald Reagan, quien junto al terrorista Jorge Más Canosa y su Fundación Nacional Cubano Americana, insertó en la institucionalidad estadounidense a los cubanos de Miami que venían de las organizaciones violentas creadas por la CIA en los años sesenta y setenta del siglo XX para la guerra sucia contra Cuba. El dinero federal ha seguido fluyendo hacia esa misma guerra, ahora más concentrada en la propaganda vía internet. Sin embargo, cuando el gobierno de Barack Obama, sin abandonar esos financiamientos ni objetivos, asumió una política hacia Cuba de contacto people to people que desafió al viejo Frankenstein miamense ganó el voto cubanoamericano al igual que hizo su sucesora como candidata Demócrata Hillary Clinton.

El people to people, lejos de asustar al gobierno de La Habana, aterrorizó a los extremistas sucesores de Mas Canosa que encontraron en Trump a alguien dispuesto a desmontarlo y a hacer lo que quisieran con tal de ganar la Casa Blanca. Aparecieron así “ataques sónicos comunistas”, que ahora niega hasta la CIA, para justificar el cierre del consulado estadounidense en La Habana, lo que estimuló una ruta migratoria irregular por tierra y por mar que ha puesto a la Casa Blanca ante un grave problema. Ese flujo migratorio multiplicado no se resuelve con retomar tardíamente los acuerdos migratorios con Cuba, como acaba de hacer a regañadientes la actual administración, su base material son las medidas de bloqueo recrudecido por Trump que Biden mantiene intactas. A la par de los «ataques sónicos» los médicos cubanos en Venezuela fueron convertidos por obra y gracia del Departamento de Estado trumpista en militares listos a invadir Colombia, pero hoy los presidentes de ambos países conversan amistosamente, mientras desde Washington viajan a Caracas enviados especiales en busca de un petróleo cada vez más caro y distante gracias a la aventura ucraniana de Biden y su hijo Hunter.

El mundo cambia, se reconfigura, Estados Unidos, necesita, ante una alianza ruso-china que gana influencia, afianzarse en una América Latina que no comparte su política hacia Cuba. Tres de los países con más peso político y económico en la región (México, Argentina y Colombia) critican abiertamente las políticas trumpistas de Biden hacia la Isla, mientras a partir de enero un Lula latinoamericanista  y amigo de Cuba ocupará la presidencia de Brasil, con aún más peso que los tres anteriores juntos, para cerrar un cuadro de influencers en el gobierno y no en las redes sociales que plantean importantes desafíos a Washington. ¿Mantendrá a pesar de ello Biden la política  trumpista contra Cuba para complacer a un Frankenstein que lo desprecia en las urnas y el discurso?

Víctima hasta ahora de una especie de Síndrome de Estocolmo miamense el actual ocupante de la Casa Blanca acaba de declarar que quiere volver a ser presidente en 2024 pero una pregunta posible es si lo podrá ser sin desafiar al Frankenstein republicano y mafioso del Sur de la Florida que no se esconde para gritar que el Presidente le tiene miedo.

(Este artículo es una versión ampliada de uno publicado originalmente en Al Mayadeen)

 
 
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