Sigfredo Ariel - La Jiribilla.- Que Daniel Chavarría convoca a un público interesado, por no decir especialmente ávido, ha quedado comprobado muchas veces en La Habana. Su presencia en la Noche de los Libros el pasado 6 de julio fue una de las ocasiones recientes para comprobarlo: “parecía un concierto de rock”, dijeron quienes pasaron por el parque de 23 y F y vieron la muchedumbre no solo de sus lectores, sino de sus “oidores”, porque a la gente le encanta escuchar a Chavarría. 

Solo así se entiende que el público que acudió al jardín de la Casa de la Amistad de la calle Paseo en la tarde del día 11 se mantuvo atento y silencioso —que son dos cosas muy distintas— a lo largo de los 90 minutos que duró su charla titulada “Nuestra Francia Nutricia”. Fue el primero de una serie de Miércoles de la Recontre, propiciada y auspiciada por un grupo de amigos franceses radicados en Cuba —e italianos y cubanos, no faltaba más— para escarbar y regocijarse con y de la presencia gala por estas tierras. Con tal pretexto “el enciclopédico” Chavarría movilizó a Rosseau y Descartes, al Victor Hugo entrañable (vaya palabra maltratada) que entró por la puerta de su adolescencia para hablarle y ayudarle a entenderse “más que un padre” y lo hizo comunista.

Comunista y todo lo acompañamos a la Sainte Chapelle en una visita reciente, sitio misterioso si lo hay en el mundo, recinto capaz de hacernos arrepentir de pecados cometidos y por perpetrar toda vez que arribamos a la mágica planta alta, acorralada de vitrales que tornasolan las pobres, mortales teces humanas y las convierten en claros arquetipos medievales. Pensé que hablaría luego de Rubén Darío, pero no, tal vez en otra ocasión.  

 
Con Chavarría caminamos por el París de los años dorados del tango, gran revolución latinoamericana que sazonó la entreguerra y engendró una modalidad medio salvaje, masculinamente escénica a la manera Valentino: el “tango apache”. Con Daniel vimos nacer las burguesas, miméticas, enormes diagonales que atraviesan Buenos Aires para aproximarse en lo posible a “ser como París”; los techos de dos aguas, los muebles que copiaban los del rey Sol, la traducción del estilo imperio que prosperó en el Sur como símbolo del “buen gusto”; el culto de la cousine française con sus soufflés de  milagrosa complexión y sus 500 variedades de queso (razón esta última por la cual De Gaulle consideraba ingobernable la France por excesiva variedad de preferencias) y tantos suspiros latinoamericanos que ha escuchado la ciudad-luz de los exiliados por tantas dictaduras, sobre todo, ante las cuatro patas férreas de la Eiffel.


Mientras hablaba de pebetas y compadritos de los años 20 “anclaos en París”, el orador no pudo contenerse y entonó dos, tres fragmentos de tangos; uno de ellos fue “Madame Ivonne”, la desventurada historia de la mademoiselle embaucada por “aquel argentino que entre tango y mate la alzó de París” para dejarla abandonada luego en tierra extraña. Luego entonó una estrofa de “Muñeca brava”. No sé cómo se atrevió.


¿Por qué canturreó esa tarde Chavarría si como dijo afinación y ritmo no están entre los dones que los dioses le confirieron? Pues para explicarnos que el tango es “narrador” (mejor decir que narrativo) que “cuenta” más que “retrata”, rasgo que sí es propio del bolero que atrapa un instante, una sensación, un sentimiento más o menos fugaz. Y lo hizo también porque no pudo resistirse a la tentación, no cabe duda, y porque están en su cabeza, indivisibles, letra y melodía. El tango que es narrador no solo contiene una historia en su letra, también a menudo concluye con una moraleja de raíz filosófica o filosofante, pudo haber dicho también. Y no es el único género popular que se permite tal conclusión, por cierto. Eso lo sabe él perfectamente.


“El tango como el guaguancó es un género narrativo”, afirmó Daniel Chavarría sin sonrojarse mientras que el sol se iba yendo de El Vedado poco antes de que agradeciera (con sinceridad, no hay duda) la paciencia de su auditorio y diera paso a la parte musical de ese primer Miércoles de la Recontre, que no quiere decir, como piensa casi todo el mundo “reencuentro”, sino “encuentro” simplemente.


Y entonces, como venidos de una dimensión, por un camino que atravesara a la inversa más de un siglo, se acercaban los rumberos. Una clave melodiosa los juntaba y calentaba la voz igual que juntaría y calentaría las voces de los cantores que en las navidades de los primeros años novecientos atravesaban los barrios de Cayo Hueso o Pueblo Nuevo. Como una liturgia, el coro cubano callejero: afinadísima la clarina, profundo, muy profundo el bajo, nítidas y llenas las voces centrales: los hombres y mujeres del grupo Clave y guaguancó se acercaban a sus tambores, a sus cajones, al catá, al chequeré, al encuentro con la palabra de Chavarría y con nosotros.
 
Entonces Amado de Deus, ese patriarca auténtico, contó con muy pocas palabras de las hospitalidades que habían recibido él y su grupo en Francia en cada visita; de la familiaridad, de las semejanzas humanas que había encontrado en Lutecia. “Después de Chavarría cantaremos y tocaremos en esta noche fraternal y armónica”, dijo el rumbero principal. Y comenzó el yambú de Piñeiro, lento, fidelísimo, “Desengaño de los roncos”, narrativo-narrador de punta a cabo: “buscarás los lugares más oscuros para poder llorar a solas tantas penas…” Y luego el bolero “Convergencia” en tiempo de guaguancó con un estribillo final: “Amalia tiene un gallo, Amalia está en las nubes…” Y después una zamba inesperada demostró cuán cerca está Brasil de la Cuba rumbera. Esto y más sucedió en el jardín que fuera de Catalina Lasa en la calle Paseo mientras caía la noche.


“Miércoles de Encuentro”, vaya título justo pensábamos mientras que los del público que podían se sumaban al baile o seguían el compás con los tacones, con la yema de los dedos sobre cualquier superficie, madera, plástico, piel: el muslo propio, el brazo de su pareja absorta.

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