Cada cubano o cubana, viva donde viva, debiera leer cada cierto tiempo “Vindicación de Cuba". Foto: Modesto Gutiérrez.


Marlene Vázquez Pérez

Cubadebate

Cada cubano, viva donde viva, debiera leer cada cierto tiempo “Vindicación de Cuba”. Sería un ejercicio intelectual y espiritual muy útil, del que saldría fortalecido el sentido del patriotismo, por encima de cualquier posicionamiento político o ideológico.

Han pasado 135 años desde los días arduos en que nació ese texto medular. Su actualidad se ha mantenido intacta, no solo por la vehemencia, vigor estilístico y fuerza argumentativa del verbo martiano, sino porque las circunstancias que lo provocaron, amén de las variaciones históricas, siguen siendo casi las mismas, y si han variado, es para peor.

Con este artículo, escrito en forma de carta al director de The Evening Post, y cuyo título se debe al titular del periódico neoyorquino, que lo publicó el 25 de marzo de 1889, respondía Martí a dos artículos ofensores, publicados pocos días antes. El primero de ellos, Do we want to Cuba? (¿queremos a Cuba?), apareció en The Manufacturer, de Filadelfia, el 16 de marzo, y poco después se hizo eco del mismo el propio Evening…Ambos órganos de prensa, enemigos entre sí, pues el primero respondía al proteccionismo, y el segundo al librecambismo, estaban perfectamente de acuerdo en un punto: la inferioridad absoluta de los cubanos, lo cual hacía que Cuba fuera “desdeñada” por los norteamericanos, pues en su opinión sería perjudicial para la nación norteña anexarse una posesión valiosa económicamente, pero que pondría en riesgo la “pureza” de sangre de sus habitantes.

Entre otros elementos denigrantes, ambos rotativos coincidían en tildar a los nacidos en la isla como cobardes, perezosos, afeminados, faltos de conciencia cívica, charlatanes, incapaces, inútiles, que no se habían independizado de España porque no podían gobernarse por sí mismos y no tenían valor para vencer en combate al ejército colonial. Llegaban al extremo de calificar nuestras tentativas armadas como revueltas que no rebasaban “la dignidad de una farsa.”

Un hombre como Martí no podía ver en calma esa afrenta. Inmediatamente se dio a la tarea de responder de manera enérgica, moderada y convincente a todas las injurias. Y en esa labor utilizó la lengua del ofensor, para llegar al lector norteamericano medio, que entonces, como ahora, desconocía mayoritariamente lo que tenía lugar fuera de sus fronteras. Su modo de comenzar el texto da fe de su voluntad de unir a los cubanos, independientemente de su posición política, pues todos fueron agredidos por igual:

Ningún cubano honrado se humillará hasta verse recibido como un apestado moral, por el mero valor de su tierra, en un pueblo que niega su capacidad, insulta su virtud y desprecia su carácter. Hay cubanos que por móviles respetables, por una admiración ardiente al progreso y la libertad, por el presentimiento de sus propias fuerzas en mejores condiciones políticas, por el desdichado desconocimiento de la historia y tendencias de la anexión, desearían ver la Isla ligada a los Estados Unidos. Pero los que han peleado en la guerra, y han aprendido en los destierros; los que han levantado, con el trabajo de las manos y la mente, un hogar virtuoso en el corazón de un pueblo hostil; los que por su mérito reconocido como científicos y comerciantes, como empresarios e ingenieros, como maestros, abogados, artistas, periodistas, oradores y poetas, como hombres de inteligencia viva y actividad poco común, se ven honrados dondequiera que ha habido ocasión para desplegar sus cualidades, y justicia para entenderlos; los que, con sus elementos menos preparados, fundaron una ciudad de trabajadores donde los Estados Unidos no tenían antes más que unas cuantas casuchas en un islote desierto; esos, más numerosos que los otros, no desean la anexión de Cuba a los Estados Unidos. No la necesitan.

A partir de ese momento, despliega una poderosa argumentación, basada en hechos tangibles, en nombres propios, en vínculos entrañables entre los dos pueblos, pues llega a aludir hasta a los norteamericanos que pelearon en nuestra Guerra de los Diez Años, como Thomas Jordan o Henry Reeves, este último caído en combate.

Entre los cubanos que honraron a la patria desde la emigración destaca en primer lugar al poeta José María Heredia, el cantor del Niágara, fundador de nuestro romanticismo y conspirador independentista, quien marchó al exilio porque su vida corría peligro; seguidamente menciona al ingeniero Aniceto G Menocal, jefe de las obras del proyectado canal por Nicaragua, figura de alto prestigio en el ámbito académico estadounidense. De igual manera, elogia a Francisco Javier Cisneros Correa, impulsor de la navegación fluvial y el ferrocarril en Colombia, entre otros.

Llama la atención que en esa nómina de desempeño exitoso sitúe en el sitio señero al bardo romántico, que fue capaz de desafiar muy tempranamente al gobierno colonial y abandonó la seguridad económica y el triunfo intelectual por el destierro y el cumplimiento del deber. Ello no es casual, si nos atenemos a la propia concepción que tiene Martí de la poesía, expresada en otro texto imprescindible, su semblanza del poeta estadounidense Walt Whitman:

¿Quién es el ignorante que mantiene que la poesía no es indispensable a los pueblos? […] La poesía, que congrega o disgrega, que fortifica o angustia, que apuntala o derriba las almas, que da o quita a los hombres la fe y el aliento, es más necesaria a los pueblos que la industria misma, pues esta les proporciona el modo de subsistir, mientras que aquella les da el deseo y la fuerza de la vida. ¿A dónde irá un pueblo de hombres que haya perdido el hábito de pensar con fe en la significación y alcance de sus actos?

Su concepción de la cultura como elemento unificador de la nación, y base del patriotismo, queda aquí expuesta, y aclara sobradamente el porqué de la primacía concedida a Heredia.

A tenor con la gravedad del asunto, Martí tradujo rápidamente los artículos ofensores y su respuesta a la injuria, y ya el 3 de abril de ese propio año circulaba entre la emigración de habla hispana asentada en Nueva York el folleto Cuba y los Estados Unidos, salido de las prensas de El Avisador Hispanoamericano. Además, lo envió de manera personalizada a varios amigos suyos, sensibles al tema de la anexión de Cuba, e incluso a partidarios de ella, como fue el caso de José Ignacio Rodríguez:

Ahora no puedo contener el deseo de enviarle unas líneas que publiqué en el Post, defendiendo a nuestra tierra de cargos que no pueden dejarse correr sin peligro, sea cualquiera la suerte que espere al país que con tenerlo a V. entre sus hijos, ya tiene material suficiente para su defensa.

Con ello aspiraba Martí a sumar a la causa de la defensa de Cuba a todos aquellos que la amaran sinceramente, salvando las diferencias de opinión y poniendo por encima el afecto y el interés nacional. En aquella época era posible encontrar anexionistas honestos, y era posible sacarlos del error y ganarlos para la causa independentista. Rodríguez no honró su confianza de su antiguo discípulo y fue un decidido partidario de los Estados Unidos hasta el final de su vida.

Independientemente de la admiración de muchos cubanos por la nación del Norte, Martí deja claro en su texto que

[…] no pueden creer honradamente que el individualismo excesivo, la adoración de la riqueza, y el júbilo prolongado de una victoria terrible, estén preparando a los Estados Unidos para ser la nación típica de la libertad, donde no ha de haber opinión basada en el apetito inmoderado de poder, ni adquisición o triunfos contrarios a la bondad y a la justicia. Amamos a la patria de Lincoln, tanto como tememos a la patria de Cutting.

El cierre, con el paralelo entre Abraham Lincoln, el presidente mártir que abolió la esclavitud, y Augustus K. Cutting, un aventurero inescrupuloso, violento, partidario de la anexión, y su intento, con la anuencia de algunos miembros de su gobierno, por crear un incidente fronterizo entre Estados Unidos y México que estuvo a punto de desembocar en guerra, no es casual. Revela la complejidad de un país poderoso, entonces en plena expansión, poco después ya potencia imperialista, cuyas esencias agresivas se han ido acentuando cada vez más.

Hoy estamos abocados al mismo dilema, de un lado el pueblo norteamericano y las facetas honestas de la intelectualidad progresista de aquel país. De otro, las fuerzas terribles, partidarias de la guerra, ancladas en un discurso neofascista, que pretende sojuzgar a la Humanidad, especialmente a los pueblos del Sur, a los que miran con ambición y desprecio. Cabe decir, entonces, que ese texto de Martí, pensado en función de Cuba, puede ser leído hoy, con toda justicia, como Vindicación de Nuestra América, o mejor, de todos aquellos pueblos que luchan por su soberanía y en pos de un ideal de paz y justicia social.

En video, Mesa Redonda sobre Vindicación de Cuba:

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