Ania Terrero - Cubadebate (Letras de género) / Foto: Atlantic Fish.- Desmontar el mito del amor romántico no significa renunciar a tener una relación de pareja. El desafío consiste en aprender a hacerlo.

Amelia tiene 20 años y comenzó un noviazgo de película: flores, bombones, puestas de sol en el malecón, mensajes amorosos, declaraciones en las redes sociales, todo tipo de detalles. Parece que, ahora sí, encontró a la pareja ideal. Amelia estudia en la universidad, trabaja, tiene muchas amistades y a menudo pasea con ellas.


Cuando la relación empieza a consolidarse, el novio maravilloso pide más. Parece lógico: se quieren. Comienza a cuestionarle que vaya sola de fiesta: “¿Tú no me amas? ¿Cómo es posible que quieras salir sin mí?”. Y ella cede, lo lleva a todas partes. A veces, hasta incomoda a sus amigas que buscan un poco de privacidad.

Él bromea sobre sus amigos hombres, se hace el celoso, la cela de verdad. Amelia, para evitar problemas, se aleja poco a poco de ellos. Sus amistades la llaman y le dicen que ya nunca la ven, pero ella está feliz, enamorada. ¿Qué más necesita? Él es lo que siempre ha buscado.

Sin embargo, las peticiones van en aumento. Él sugiere que deje de trabajar: al fin y al cabo, dice, eso no hace tanta falta ahora, podrá concentrarse en los estudios y tendrán más tiempo para ellos. Ella se niega. Discuten. Él pide sus contraseñas de Facebook o, al menos, ver los mensajes de su celular, porque entre ellos no debe haber secretos. Ella no quiere. Discuten.

Él se molesta cuando ella no llega a la hora justa después de la escuela. Comienza a cuestionarle dónde está, qué hace, con quién habla. Ella siente que se ahoga en la relación, pero no quiere dejarlo. Si no se decide pronto, le dicen sus amigas, la historia puede empeorar: ¿Qué vienes después de esas discusiones y el control en exceso? ¿Los golpes?

Amelia no sabe qué hacer. Nadie le enseñó a salir. Aprendió que para amar hay que sufrir. Ella no es consciente, pero es una víctima más del mito del amor romántico.

El caso de Amelia no es necesariamente la norma. No pocos hombres comentarán que en sus relaciones son ellas las que controlan y habrá quien, por supuesto, asegure que no sufre este tipo de problemas. Porque del mismo modo que hay celosas y controladores, existen mujeres empoderadas y hombres que no discriminan. Y luego están, también, los que reproducen los estereotipos sin darse cuenta, sin intención de ser víctimas o victimarios.

La historia que aquí se cuenta forma parte de un entramado social más complejo donde hay hombres, mujeres y relaciones de todas las formas y colores, pero apunta hacia un problema pendiente, muchas veces invisible. Y todo sucede, además, en una sociedad donde por obra y gracia del machismo latente, las mujeres juegan con desventaja.

¿En busca de un príncipe azul?

Según la periodista, profesora y experta en temas de género Isabel Moya, cuando hablamos del mito del amor romántico nos referimos a la manera en que se ha construido un ideal del amor, entendido como la unión de dos mitades, la complementariedad, el “sin ti me muero”, “sin ti no puedo vivir”; la exclusividad, la pasión eterna, entre otras creencias.

Las princesas de Disney, la religión católica, las novelas y películas románticas reproducen una y otra vez para las mujeres el esquema del amor como salvación, como único objetivo en la vida, como exclusiva fuente de felicidad por encima de la carrera profesional y la realización personal.

Crecemos entre mitos –estereotipos también, si se quiere- como la búsqueda de la media naranja, porque sin ella estamos incompletos; la validación del amor controlador, porque “si lo amas te pertenece y si te cela solo está demostrando afecto” y aquello de que para amar hay que sufrir e incluso odiar, pues “quien bien te quiere, te hará llorar”.

Hasta cierto punto, la sociedad patriarcal nos enseña a esperar un príncipe azul que nos salvará de la monotonía, que nos proveerá estabilidad sentimental y económica y que, por supuesto, nos hará madres: el sueño de todas para ser mujeres plenas. Otro mito.

Entonces, cuando la pareja ideal no aparece, la relación sale de los moldes preestablecidos, los hijos se posponen o, sencillamente, existe una orientación sexual distinta, los protagonistas son discriminados.

“Estos mitos están construidos sobre una heterosexualidad normativa, lo cual los hace más peligrosos. Nunca ves a dos princesas o a dos príncipes enamorados. Por tanto, desde la infancia, si eres gay o lesbiana, te sientes fuera de lugar y creces pensando que no vas a encontrar el verdadero amor”, confirmó Isabel Moya.

Idealizar el amor trae consecuencias desde edades tempranas. Los adolescentes asumen estas propuestas y reproducen los patrones de control y dominación dentro de sus primeras relaciones. A las muchachas les parece normal que sus novios le digan cómo tienen que vestir o cómo se deben comportar. Tecnologías mediante, el asunto se complejiza: llamadas constantes al celular, exigencias de control sobre los contenidos y las contraseñas de sus perfiles en redes sociales, etcétera.

Una investigación liderada hace un par de años por Moya en la Editorial de la Mujer reveló que, para ellas, si sus novios las llamaban más de siete veces al día, era una señal de amor. Ante la misma pregunta, los muchachos respondieron que lo veían como una señal de control.

Mientras, quienes no consiguen pareja se sienten fuera de lugar. Las relaciones emocionales y sexuales terminan convirtiéndose en una meta que se debe alcanzar a toda costa para encajar. Aunque no haya reparación para enfrentarlas o suficiente madurez sexual y sentimental. Las consecuencias: embarazos en la adolescencia, infecciones de transmisión sexual, tempranas muestras de violencia.

Los patrones de belleza impuestos por una sociedad que privilegia a la mujer blanca, bonita, delgada y de buena figura también juegan un papel fundamental en este asunto. Desde pequeñas vemos a algunas muchachas hacer dietas hasta el cansancio, sufrir si sus senos no tienen el tamaño adecuado, tratar el cabello para que siempre luzca lacio e intentar, una y otra vez, entrar dentro del molde que se acepta como hermoso, ideal. Y a veces lo reproducimos.

La constante lucha suele marcar nuestra autoestima: creemos que somos imperfectas, que tenemos cosas que arreglar. Salir de ahí no siempre es fácil. Aprender que nuestro cuerpo debe ser respetado; que nadie puede tocarlo, usarlo o definirlo; que necesitamos estar bien con nosotras mismas; que quien nos quiera debe hacerlo por lo que somos y no por lo que aparentamos, a veces cuesta la vida entera.

Quien bien te quiere, te hará llorar…

Las implicaciones del “amor romántico” y todo lo que a él se asocia pueden ser aún más complejas. A menudo la violencia de género se ha justificado también en la existencia de este tipo de amor, que invita a las mujeres a convivir con abusos, maltrato y explotación en medio del ideal -casi sagrado - de “soportarlo todo”.

Si nos cuentan que solo existe una persona correcta para cada uno y nos enseñan a temerle a la soledad, abandonar una relación que no nos satisface puede ser muy difícil. Además, la validación de los celos y el control como prácticas amorosas puede contribuir a cortar los lazos más allá de la relación de pareja y aislar a los individuos dentro de esta. En este contexto, las mujeres están en desventaja.

Para Coral Herrera, antropóloga feminista española, el mito del amor romántico está construido sobre un binomio de sumisión - dominación. “No nos enseñan a relacionarnos horizontalmente, de tú a tú, de igual a igual. Y como vivimos en una sociedad tan machista, nuestra forma de querernos es machista y por eso siempre la sumisión es de la mujer ante el hombre”.

Isabel Moya confirmó que las mujeres han sido entrenadas para entregar más que para recibir, lo cual genera relaciones de dependencia y de poder entre los integrantes de una pareja.

Por tanto, cuando muchachas como Amelia están dentro de una relación aparentemente ideal, tienden a querer mantenerla por encima de todo, aunque empiece a dar señas de no ser la correcta.

Por temor a haber gastado “la única oportunidad de amar”, a que el físico no sea suficiente para conseguir una nueva pareja, a la crianza de los hijos sin compañía, a no mantenerse económicamente, ellas sufren y entienden como normales rutinas de dependencia y control. La psicóloga española Clara Coria define este fenómeno como la dimensión perversa del aguante: aguantar todo lo venga, someternos en aras del amor.

En ocasiones el problema deriva en infelicidad y frustración, en otras tal comportamiento fortalece el ciclo de la violencia y el control va en ascenso, hasta convertirse en acoso, golpizas, feminicidios.

En palabras de Isabel Moya, “el imaginario en torno al amor romántico puede generar violencia, porque las relaciones que se establecen de esa manera están basadas en la dependencia y la desigualdad: el hombre siente que, además de querer y proteger, domina.(…) Empieza con los celos, pero puede llegar a niveles de dominación en los cuales quien controla llega a pensar que tiene derecho a maltratar y hasta decidir si su pareja vive o muere”.

Sufrir menos, amar más

Desmontar el mito del amor romántico no significa renunciar a tener una relación de pareja. El desafío consiste en aprender a hacerlo. El amor auténtico no se sostiene sobre la adoración, el control o la pertenencia; sino sobre la libertad de cada individuo, la lealtad y el compañerismo, la capacidad de llegar a acuerdos, la equidad. Cuando consigue ser así, se gana a pulso todos los calificativos que le pongan. Es, sencillamente, hermoso.

Se trata de sufrir menos y amar más, de aprender a estar feliz por igual dentro de una relación o fuera de ella, de construir una red de afectos más allá del noviazgo o el matrimonio, de evaluar con sensatez cuando el amor vale la pena y cuando no, de validar el amor en todas sus formas y presentaciones porque todas las formas de quererse son posibles. Una vez más, de no discriminar.

Ya lo anunciaba la filósofa feminista Simone de Beauvoir a principios del siglo XX: “El día que una mujer pueda no amar con su debilidad sino con su fuerza, no escapar de sí misma sino encontrarse, no humillarse sino afirmarse, ese día el amor será para ella, como para el hombre, fuente de vida y no un peligro mortal”.

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