Marilys Suárez Moreno - Revista Mujeres (Foto: Invasor).- En Cuba, las familias tienen un amplio diapasón. Bajo un mismo techo conviven padres, abuelos, nietos y muchos otros parientes más, dado el caso. Todos bajo los influjos de la contemporaneidad y de los aportes personales de sus miembros. Individualizadas en su  contexto, transformada a la luz de los tiempos, pero necesarias e insustituibles para nuestros proyectos de vida en común y como ataduras vitales de la sociedad, ese grupo heterogéneo protagoniza nuestras vidas.


Según Mayda Álvarez, directora del Centro de Estudios de la FMC, estos núcleos no son solo unidades de convivencia, sino redes de contención y  espacios primordiales para enfrentar situaciones como la que ahora vivimos con la pandemia de la COVID-19, donde estos núcleos primordiales de la sociedad han demostrado una gran capacidad de resistencia y creatividad.

De hecho, esa coexistencia generacional origina criterios dispares, formas de actuar diferentes, desacuerdos y hasta relaciones de poder, según las particularidades que identifican a cada persona  y que, cuando hay control y respeto, configuran una relación inestimable, sin dejar de constituir también un constante desafío a la concordia intima al converger sentimientos y factores agravantes entre los convivientes.

La familia cubana muestra historias en su cotidianidad que evidencia, el papel generacional en la formación de patrones de conducta adecuados. Una máxima que, en la mayoría de los casos, conserva total  vigencia. En ese universo, las mujeres, gran parte de las veces madres y cabeza de familias, son faro y rotor impulsor.

Por ende, resulta imposible ver a la familia como una institución tradicional inamovible, sin contradicciones ni diferencias, ajena a lo que ocurre en su comunidad y en el país entero. Creo más bien que ese “refugio emocional “que tenemos en casa y en el que cada componente del núcleo forma parte feliz de la preservación de su armonía, continuara siendo parte intrínseca de la sociedad y su  coexistencia humana. Aquí y en cualquier punto del planeta.

Algo queda claro, la familia cubana tiene la virtud de colocarse en el centro de lo que ocurre, tanto en su entorno familiar y comunitario como en el resto del país,  como parte indisoluble de ese concepto que llamamos nación. Son tiempos de pandemia, de lucha contra las dificultades, de  que acabe de cuajar la Tarea Ordenamiento  y de una tremenda confianza en el futuro, lo que valoriza aun más ese universo  familiar del que no somos ajenos  desde que venimos al mundo.

De ahí que la atención a las familias como células de la sociedad han sido líneas prioritarias de la Revolución y, en particular, de la  Federación de Mujeres Cubanas. Las Casas de Orientación a la Mujer y la Familia de la FMC, juegan, asimismo, un rol de primer orden en la atención a los núcleos desfavorecidos, los problemas de violencia familiar, etc. Otras instituciones estatales, como los ministerios de Educación y de Trabajo y Seguridad Social, participan también en la identificación y solución de los mismos.

La promulgación de un texto jurídico de concordante elocuencia como es el Código de las Familias en discusión y fase de aprobación en estos momentos, aparte de constituir un avance en materia de concepción de la familia en Cuba y responder a un mandato constitucional, acorde con los tratados internacionales que sobre el tema ha ratificado nuestro país, es un referente y un soporte, por su potencial humano, para hacer frente a los desafíos de la sociedad cubana actual y a las características de nuestras familias.

Resultante de la obra revolucionaria, el anteproyecto de Código de las Familias  es y será en su concepción un instrumento vivo y eficaz por la multiplicidad de los temas que aborda, relacionados, por ejemplo, con el matrimonio y la unión igualitaria, la filiación, las relaciones parentales y las instituciones de guarda y protección, entre otras problemáticas existentes en el entramado social del país en momentos en que nos empeñamos en rediseñar su rumbo futuro.

Un Código que no margina a ninguno de sus componentes ni los convierte en meros espectadores, sino que los hace sujetos activos de su evolución y progres, reconociendo y ratificando la autoridad básica de la familia en la conducción y formación de sus hijos e hijas.

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