Luis Toledo Sande* - Cubaperiodistas.- Aquí no se polemiza con individuos: solo se discurre sobre ideas y enfoques. De preferencia, por tanto, no se mencionan autores ni se citan textos, salvo para compartir ideas. Tampoco se ignoran hechos insoslayables, ni que tal vez no se requiera mucha luz científica para dar por sentado —es un ejemplo— que en Cuba la esperanza de vida de sus pobladores habrá sufrido algún descenso en los últimos quinquenios.


Quizás —y no precisamente en busca de resignación— habría que preguntarse por qué el descenso no ha sido mayor. Si en las conocidas circunstancias en que transcurre la cotidianidad cubana ese descenso no estuviera produciéndose, habría quizás que buscar explicaciones milagrosas, divinas. Y ante ciertas elegancias positivistas, pragmáticas, vienen al recuerdo conocidas ideas de José Martí, como aquellas que aparecen en su semblanza de Emerson publicada en La Opinión Nacional, de Caracas, el 19 de mayo de 1882: “Las ciencias confirman lo que el espíritu posee”.

A eso añadió juicios como los siguientes, que —puesto que él tenía en el debido alto aprecio a las ciencias en general-— vale considerarlos enfilados contra chaturas del positivismo: “El espíritu presiente; las creencias ratifican. El espíritu, sumergido en lo abstracto, ve el conjunto; la ciencia, insecteando por lo concreto, no ve más que el detalle”. Para quienes conozcan la indisoluble relación de espíritu y ética en Martí, será relevante esta anotación de su cuaderno de apuntes identificado con el número 18 en la edición vigente de sus Obras completas: “Inutilidad de la ciencia sin el espíritu”.

Quede también claro que aquí no se intenta velar de ningún modo y en ninguna medida —sería criminal hacerlo, aunque para ello no se manipulara información— problemas que instituciones y autoridades cubanas, empezando por el Estado y el gobierno, son las primeras que deben conocer a fondo, hasta el menor detalle, para enfrentarlos con la sabiduría y la celeridad necesarias, y resolverlos. La esperanza de vida, y las tasas de neonatos saludables asociadas a esa esperanza, han sido y deben seguir siendo para Cuba índices básicos de lo que significan las aspiraciones socialistas.

Incluso si el tema se analiza con fines contrarios a dichas aspiraciones, y hasta las repudian con mayor o menor franqueza, los resultados deben tenerse en cuenta, aunque solo sea para seguir el lúcido consejo de Antonio Machado y su Juan de Mairena: “El Diablo no tiene la razón, pero tiene razones que deben oírsele”, y —vale añadir a un consejo que aquí se ha memorizado— no para complacer al Diablo, sino para enfrentarlo mejor.

Con la insolvencia para importar o producir alimentos y medicinas indispensables para la vida y el sistema de salud que se debe salvar contra viento y marea, se combinan males de la índole de tramos de vía pública devenidos basureros o que por su estado propician accidentes, mercados que incumplen las normas de higiene, aguas contaminadas y el estrés asociable a esas circunstancias, así como al agobio con el transporte, la energía eléctrica y la vivienda, y a otras angustias. A veces más allá de la grafía y la acústica por las que pueden parecerse, la desidia permite pensar en disidencias inconscientes o disimuladas, pues los resultados acaban siendo similares.

El autor del presente artículo cree que tiene derecho a que no se le atribuya, ni de lejos, propensión alguna a justificar deficiencias y torpezas internas con el argumento de que el bloqueo impide vencerlas. Pero también estima que no se deben pasar por alto las posiciones —científicas o “científicas”, o vulgares— que minimicen los efectos de un crimen que va por más de sesenta años de acción y que influye en el conjunto del funcionamiento social, y cuyos promotores confesaron, desde el comienzo, el propósito de imponerle a Cuba penurias que acabaran con el apoyo popular mayoritario ganado por la Revolución y el gobierno que la representa. ¿Habrá quienes crean que, si el bloqueo nos mata, se nos debe condenar porque morimos?

Derecho hay pues a cuestionar el valor —no se hable de aristas que pueden ser o estimarse tan subjetivas como las intenciones— de textos cuya solidez parece descansar en la profusión de datos estadísticos. No se trata de menospreciar el valor de esos datos, pero en una conferencia brillante y amena como suya, y citando a un colega a quien no nombró —¿sería él mismo?—, el sicólogo Manuel Calviño apuntó algo que aquí se confía al recuerdo: “Una estadística bien torturada responde lo que se le pida”.

Es como el célebre chiste que establece que una bikini lo muestra todo, menos lo fundamental. O como aquello de que, al decir que en un país determinado se consume un promedio de tres kilogramos per cápita de carne al mes, lo que está en el fondo del aserto es que hay quienes engullen tres kilogramos o más de carne, mientras otros no la ven y menos aún la sienten pasar por su garganta.

En todo eso se piensa cuando, al final de algún texto rico en cifras y dictámenes, acerca de lo vivido en años recientes por Cuba se afirma, como de pasada, lo que sigue: “sin dudas se ha visto agravado por el efecto de las medidas de embargo económico que experimenta el país”. Como sería irrespetuoso, además de infundado, suponer que se está ante falta de dominio del idioma e impericia de redacción, no hay más alternativa que atribuir la cortedad de miras al pensamiento que la asume, ya sea a base de miradas que insectean por lo concreto o que pretenden alzarse hasta el vuelo del águila.

Aceptemos que se prefiera llamar “embargo” al bloqueo, pero ¿identificarlo con algo que Cuba “experimenta”, y no que le ha sido ilegal e inmoralmente impuesto? Aceptemos además que se rehúya decir que se lo impone la potencia imperialista que con su historia y sus prácticas —mucho más que por voz de uno de sus funcionarios más burdos— revela su entrenamiento en mentir, asesinar y robar para ser grande. O “más grande”, eslogan del magnate y expresidente que con toda su mala calaña puede volver a ser césar, y desfachatadamente se ha preguntado por qué su país tiene que pagarle a Venezuela el petróleo que le podría arrebatar sin más, por derecho imperial. ¿Acaso no se lo está robando a Siria como se lo ha robado a Irak y a otras naciones?

Aceptemos todo eso como “simple” expresión del afán de seguir normas académicas y “neutrales” para que el texto, lejos de verse contaminado por el “castrocomunismo”, se reciba en salones “occidentales” como elegante tratado de sabiduría. Pero entonces se podrá reclamar que se acepte asimismo el derecho a considerar que, aunque las escriban dentro o fuera de Cuba autores nacidos en ella o en otras tierras, y vivan donde vivan, páginas de tal corte buscan un espacio en eso que puede llamarse “la mejor cubanología de estilo yanqui”. Y perdone Dios a quien esto afirma, si blasfema al hacerlo.

 

* Escritor, investigador y periodista cubano. Doctor en Ciencias Filológicas por la Universidad de La Habana. Autor de varios libros de distintos géneros. Ha ejercido la docencia universitaria y ha sido director del Centro de Estudios Martianos y subdirector de la revista Casa de las Américas. En la diplomacia se ha desempeñado como consejero cultural de la Embajada de Cuba en España. Entre otros reconocimientos ha recibido la Distinción Por la Cultura Nacional y el Premio de la Crítica de Ciencias Sociales, este último por su libro Cesto de llamas. Biografía de José Martí. (Velasco, Holguín, 1950).

 

 

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