Antón Arrufat - La Jiribilla.- En estos días la televisión cubana ha transmitido diversas noticias, reportajes y entrevistas sobre mi vida de escritor. En ellas han incluido numerosas fotografías personales. Una de estas fotos llamó mi atención, la miré como si nunca la hubiera visto, y adquirió una fuerza desconocida que me hizo recordar un hecho casi olvidado de mi infancia.

La foto muestra a un joven, el que sin duda era yo, acostado en una cama, estiradas las piernas, la espalda sobre una almohada, vestido y con zapatos, entre las manos un libro abierto.


Antes que la imagen desapareciera, me paré de un salto frente a la pantalla. No fue el título lo que me interesó descifrar, ni que leyera acostado, lo que no hago desde hace tiempo, lo más importante de esta foto es un hecho que no debe llamar la atención de nadie y que en mi infancia, sin embargo, fue decisivo: leer con espejuelos. 

Aprendí muy tarde a leer, cuando ya mi familia desesperaba y comenzaba a creerme un retrasado mental.

Oficialmente nací en el 35 del siglo pasado, expresión terrorífica esta, que me impresiona como si tratara con una persona antiquísima, pieza digna de la vitrina de un museo. Si nací en tal fecha, un 14 de agosto, lo que aseguraban mis padres y atestigua la inscripción del juzgado, vine al mundo por segunda vez en el dichoso momento en que por fin aprendí a leer. Volví a nacer ese año, ese mes.

Resultó tardío ese nacimiento: era miope y mi familia no lo había descubierto. Mis padres no necesitaban espejuelos y la herencia procedía del abuelo paterno que vino desde Cataluña en el vientre de su madre, y ya era miope en ese recinto dichoso.

Fue el profesor quien descubrió la verdad: redactó una nota para mis padres y me la entregó para que yo mismo se la llevara. La curiosidad ha logrado siempre vencerme, y camino de casa abrí el sobre, y de nada pude enterarme.

Cuando me pusieron los primeros lentes, nací entonces a una existencia doble, la que se vive y la que se transfigura. Y en tal espacio y en ese tiempo dúplice todavía permanezco.

Con mis lentes redondos y de aro dorado (se usaban en aquella época y han vuelto a usarse, así es de reciclada la moda), salía a las calles de Santiago a batear las piedras que tiraba al aire, a correr por las calles, empapado en sudor, a fajarme y boconear si me llamaban “cuatro ojos”.

Nadie se atrevería a apostar que tal mataperros gritón y miope, sucio, sin bañarse, pudiera de pronto desaparecer con un libro para leerlo en secreto.

Leer me hizo participar en una acción opuesta: la de pasar las páginas y entrar en relación con ambientes, casas y paisajes, con personajes y pensamientos que intentaban explicar, expresar al menos, estructurados mágicamente, la luminosa oscuridad que hay en nosotros y en el mundo, mientras llegaba emocionado al final de cada página.

De muchacho tuve pocos libros y poco dinero para comprarlos. Hablo de los que se leen por placer, por puro hedonismo, no de los que me servían de texto en la escuela y mis padres me compraron siempre, como decía mi madre, sacándole la plata al vientre de la ballena.

En mi casa se escuchaban novelas radiales y se conversaba, papá leía el periódico y oía la transmisión de la pelota. Los primeros libros los llevé yo, para sorpresa de todos. Las horas de la tarde, al regresar de las clases, se convirtieron en las más favorables. Mi madre andaba en la cocina y mi padre no había regresado del trabajo. Eran el tiempo, la soledad y el silencio propicios, hasta que venían a sacarme del mundo de Julián Sorel o de mi existencia junto al Floss, para que me bañara o fuera a la bodega, “ahora que no estás haciendo nada”.

Cuando conocí en 1970 la edición cubana de la primera parte de la autobiografía inconclusa de Sartre, me sorprendió este hecho: “empecé mi vida como sin duda la acabaré: en medio de los libros”. Yo no nací rodeado de libros, pero, sin duda, moriré rodeado de ellos. “En el despacho de mi abuelo ―cuenta Sartre— los había por todas partes. Reverenciaba esas piedras venerables, derechas o inclinadas, apretadas como ladrillos en la estantería de la biblioteca de mi abuelo”.

Mis libros eran de uso, comprados en los baratillos, a los vendedores de los portales, ediciones baratas de Tor y Sopena Argentina. Si me interesaban otros, los buscaba en las bibliotecas públicas, húmedas y polvorientas, con los estantes medio vacíos. En esa etapa no leí muchos libros, releía una y otra vez aquellos que me gustaban, unos 10 ó 12, y eran suficientes. De ellos estaba enamorado, los sacaba a la calle, abría en los parques, los marcaba, dormía con ellos y me encerraba en el inodoro, de los lugares más solitarios que conozco, y durante horas los leía sentado en la taza. Colette llamaba a esto “una pasión razonada”. Así conocí y practiqué el arte supremo de leer y de releer. 

Ustedes no ignoran por qué estoy en esta inauguración, las razones que tuvo el jurado para entregarme el Premio Nacional de Literatura y las que tuvieron los organizadores para dedicarme esta Feria, junto a Graziella Pogolotti, que también ha forcejeado múltiples horas con las palabras y la quimera.

Las cosas decisivas para nuestra vida, principalmente las relacionadas con la cultura espiritual, requieren del transcurso del tiempo, como el crecimiento de los árboles o de nuestro cuerpo, para crear un humus significativo…. Durante estos 17 años cumplidos, y sobre todo desde la época en que comenzó a celebrarse en esta antigua fortaleza, la Feria ha conseguido despertar la curiosidad popular, el deseo de venir, la conversación entre lectores… Decenas de miles, cruzando el mar, vienen durante los 10 días y a toda hora, desde las nueve hasta el anochecer, y si no todos compran libros, todos miran comprar libros.

Tal animación espiritual, el acercamiento al conocimiento escrito, pues no se trata de exhibir las últimas tecnologías de nuestra época, resulta insólita para muchos y entre ellos para mí mismo. Si comparo esta Feria con las ferias de mi juventud, resultaría risible la comparación. En la década del 50, aquellas ferias duraban un fin de semana, se realizaban en un área diminuta del Parque Central, y formaban un conjunto de cuatro o cinco quioscos de madera, pintados de verde, y en el medio un círculo de sillas donde al mediodía tocaba la Banda Municipal. Nadie daba una conferencia ni se hablaba de escritor alguno. No había actividades colaterales, ni exposiciones de pintura, no había funciones de cine. Vender era el fin último de todo aquel conjunto deslucido, donde a veces un Cuadro de declamación, compuesto por actores aficionados, representaba un paso de Lope de Rueda o un entremés de Cervantes.

“Oiga, figura, consígame una invitación”. En los días previos a la inauguración de la Feria, múltiples veces oigo en mi cuadra este reclamo con variantes en su expresión, pero con un invariable deseo: participar, venir con la familia, traer a los hijos pequeños, formar un grupo de amigos o dos o tres parejas de novios. Visitar la Feria tiene algo de paseo extramuros, de excursión al otro lado de La Habana. Es hermoso ver a los niños sentados sobre el césped o sobre las aceras con libros en las manos, mostrárselos unos a otros, como si fueran joyas curiosas.

Esta Feria ocurre en días cruciales para la nación. Nadie ignora la importancia que tienen estas horas. Se siente en el aire que respiramos, se oye en las voces de todos y en cualquier parte. Varias veces a lo largo de estos años nuestra sociedad ha sentido, del modo en que se siente el compromiso social y el deseo de mejorar nuestras vidas, como un viento que suena y vibra entre todos, y no fuimos remisos ni sordos. No lo seremos tampoco en el presente. En momentos cruciales semejantes a este, supimos encontrar, inaugurar caminos, rectificar y enderezar lo torcido. En ese momento estamos, lo oímos sonar incesante, sale de nuestras bocas y se plasmará con nuestras manos, con las manos de todos.

Si leía desde niño, desde niño escribí, mirando a través de mis lentes y en mis libretas de clase, poemas, piececitas teatrales, relatos. Tracé para mi uso un destino de escritor, y después, a semejanza del fatum en las tragedias griegas, lo volví de inflexible cumplimiento. Sin posible remedio pertenezco a esos seres que se forjan “su” destino, y luego, como si trataran con un dios inexorable y de hierro, lo cumplen hasta sus últimas o graves consecuencias.

Desde ese instante no he dejado de responder con la escritura a las infatigables señales y provocaciones de las cosas del mundo y de las palabras humanas. Fiel al destino que elegí y me forjé con mano férrea, no fui ni seré más que un escritor.

Pido disculpas por mi insistencia.

Palabras de presentación en la inauguración de la XVII Feria Internacional del Libro de La Habana.

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