Juana Carrasco Martín - Juventud Rebelde - Tomado de Cuba en Resumen


Estados Unidos está cundido de paradojas y esta es una de ellas. El 11 de enero de 2021, a pocos días de dejar de ser presidente de la poderosa nación —a regañadientes y no sin intentar su fanaticada revertir el proceso electoral ganado por Joseph Biden—, Donald Trump dio un golpe bajo y puso el nombre de Cuba en una contrahecha lista de países patrocinadores del terrorismo. La incongruencia no reside solo en que es una total falta a la verdad, es que de hecho Cuba y Estados Unidos tienen en funcionamiento un acuerdo de cooperación bilateral en contraterrorismo.

Pero lo inaudito fue que Biden le puso la cereza envenenada al pastel cuando mantuvo a la Mayor de las Antillas en ese registro de falsedades, aportando su propia impronta al unilateral y tendencioso registro, cuyo propósito es causar el mayor daño y agobio posible a la vida cotidiana de los cubanos, con la pretensión de que el pueblo se rebele contra la Revolución, una maquinación infernal iniciada tan tempranamente como julio de 1960 cuando el entonces presidente Dwight Eisenhower impuso las primeras medidas económicas contra Cuba, suspendiendo la cuota azucarera y nos privó así del 89 por ciento de los ingresos procedentes de ese sector, prácticamente la única industria del país.

No quedó ahí la decisión de Eisenhower, quien en octubre de 1960 prohibió todas las exportaciones hacia Cuba, con la excepción de las materias primas alimenticias y los medicamentos, cerrando así las puertas del principal mercado de la isla.

El 6 de abril de 1960, el Memorando de Lester Mallory, secretario asistente de Estado para Asuntos Interamericanos, dejó plasmado cínica y prepotentemente de qué trataba la política de Estados Unidos hacia Cuba en un informe titulado «El declive y la caída de Castro»:

«La mayoría de los cubanos apoyan a Castro […]. No hay una oposición política eficiente. […]. El único medio posible de alienar este apoyo interno es mediante el desencanto y la desafección basada en la insatisfacción económica y las penurias. […]. Todos los medios posibles e imaginables deben utilizarse rápidamente para debilitar la vida económica en Cuba […] negando financiamientos y suministros a Cuba, disminuyendo los salarios reales y monetarios, con el fin de sembrar el hambre, la desesperación y conseguir el derrocamiento del Gobierno».

Pretendían cortar de raíz e impedir de la manera más brutal e inhumana que Cuba fuera ejemplo para otros en el hemisferio, peligro inminente para la hegemonía estadounidense sobre lo que consideraba su traspatio neocolonial. «Si la Revolución Cubana es un éxito, otros países en América Latina y quizá en otra parte la tomarán como modelo».

Desde el famoso general Ike, y durante más de seis décadas, otros 12 inquilinos de la Casa Blanca emplearon de todo lo habido y por haber, desde actividades terroristas contrarrevolucionarias, grupos de bandidos, invasión militar mercenaria, crisis mundial nuclear, guerra química y biológica con virus y plagas contra personas, animales y cultivos, campañas de mentiras, utilización de las más avanzadas tecnologías utilizadas para la desinformación, pretensiones de soliviantar a segmentos de la población y hasta endulzadas zanahorias, acompañando el arma mayor, permanente y más poderosa, el bloqueo comercial, económico y financiero.

El bloqueo fue recrudecido por 243 medidas económicas dictadas por Trump, e intensificó la guerra económica cuando el 12 de enero de 2021 hizo reaparecer la lista en cuestión, tildando de «terrorista» a quienes hemos sido víctimas principales del terrorismo de Estado, en el cual Estados Unidos es experto.

El presidente Obama, en 2015, reconoció lo obsoleto del bloqueo y tuvo una política de acercamiento a la posibilidad de unas relaciones normales y constructivas entre vecinos, pero Trump revirtió la situación.

Estar en esa lista implica severas restricciones al acceso de Cuba a los mercados financieros internacionales y limita la capacidad para realizar negocios con otros países y entidades. Es un castigo incluso a terceros que se ven obligados a elegir entre comerciar con Estados Unidos o con Cuba. Para nadie es un secreto que la pequeña nación caribeña es perdedora en esa puja de intereses. La lista es un dogal perverso.

Biden, Trump: pocas diferencias

Sin embargo, el actual mandatario, Biden, en lugar de cumplir su promesa de echar atrás los pasos trumpianos, le siguió las huellas y cada año ha renovado la decisión de mantener al pueblo cubano en el infame registro, a pesar de que se han multiplicado los llamados desde sus propias
filas demócratas a que borre el manchón, en el que, por cierto, están solo naciones respondonas a las órdenes imperiales (República Popular Democrática de Corea, Irán y Siria), y no precisamente Estados terroristas o sus patrocinadores.

Dicho en buen cubano, la administración Biden se limpia con una premisa básica, para designar a un país como patrocinador del terrorismo, la legislación estadounidense exige al Secretario de Estado que determine que el Gobierno de dicha nación ha brindado apoyo repetidamente a grupos terroristas. Imposible de probar lo inexistente.

El pasado 2 de enero, un artículo en la influyente publicación washingtoniana de temas políticos The Hill, abría el nuevo año con una exhortación sensata, refiriendo que dos miembros demócratas del Congreso criticaron la inclusión de Cuba en la arbitraria y unilateral lista, pidiéndole a Biden que la invalidara.

«Fue una acción vengativa tomada por la administración Trump en enero de 2021 cuando dejó el cargo, y la política ya debería haber cambiado», fue lo que escribieron los representantes por el estado de Massachusetts, Jim McGovern y Ayanna Pressley, en una carta de diciembre, pero que, dijo The Hill, no se hizo pública entonces. Misiva que fue suscrita por otros representantes (Seth Moulton, Lori Trahan y Stephen Lynch) y por los senadores Elizabeth Warren y Ed Markey.

Precisamente, los legisladores le recordaban a Biden el acuerdo de cooperación bilateral en contraterrorismo entre Cuba y Estados Unidos y también sus promesas de campaña electoral: «Como candidato a presidente, usted prometió abordar un nuevo compromiso con Cuba y regresar a la política iniciada durante la administración Obama-Biden, y lo apoyamos en este compromiso».

Esa carta, que parece dictada por la honestidad y la sensatez, agrega: «Si bien existen múltiples razones para la crisis económica en Cuba, sin duda un factor importante que contribuye son las restricciones y sanciones que enfrentan las instituciones financieras internacionales y otras entidades porque Cuba está en la lista SSOT (State Sponsors of Terrorism)».

Y enfatiza: «Las constantes dificultades que enfrentan todos los sectores de la sociedad cubana son la fuerza impulsora para que decenas de miles de personas abandonen sus hogares y migren a Estados Unidos», por lo tanto consideran que mantener las restricciones selectivas va en contra de los intereses directos de Estados Unidos.

Así están las cosas. Biden insiste en una política de coerción, imprudente e irrealizable, de la cual han sido advertidos todos los presidentes que pasaron por la Casa Blanca desde el Memorando de Lester Mallory: John F. Kennedy, Lyndon B. Johnson, Richard Nixon, Gerald Ford, Jimmy Carter, Ronald Reagan, George H. W. Bush, Bill Clinton, George W. Bush, Barack Obama, Donald Trump y Joe Biden.

Ellos se han ido y otro ya apunta a que también se va, pero nosotros aquí estamos. Magullados económicamente, escasos de alimentos, maltratado nuestro magnífico sistema de salud por la falta de medicinas y otros insumos, prácticamente sin financiamiento para poder adquirir lo necesario en los mercados internacionales donde los precios se elevan a diario, en un mundo de incertidumbres económicas para todos. Estamos sobreviviendo, pero eso, vivos y como me gusta proclamar: De pie.

Contra Cuba
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