Artur González / Heraldo Cubano.- Desde los años 90 del siglo XX Estados Unidos comenzó, con mayor fuerza, su trabajo para lograr la llamada “transición pacífica a la democracia” en Cuba y así se reflejó en el informe de la Comisión para la Asistencia a una Cuba Libre, aprobado el 06 de mayo del 2004 por el presidente George W. Bush, también conocido como el Plan Bush.


El propósito de aquella Comisión era “buscar modalidades nuevas, mediante las cuales Estados Unidos pudiera ayudar al pueblo cubano a poner fin rápidamente a la dictadura castrista”. Además, “explorar un enfoque más dinámico, integrado y disciplinado para socavar las tácticas de supervivencia del régimen castrista y fomentar situaciones que ayuden al pueblo cubano a acelerar el fin de la dictadura”.

Para alcanzar esos objetivos, se diseñaron seis tareas conexas que consideraban básicas para impulsar el cambio de sistema político en Cuba.

1-Potenciar a la sociedad civil cubana.

2-Ruptura del bloqueo de la información impuesto por la dictadura cubana.

3-Negar recursos a la dictadura cubana.

4-Poner de relieve la realidad de la Cuba castrista.

5-Alentar los esfuerzos diplomáticos internacionales para apoyar a la sociedad civil cubana y poner en entredicho al régimen castrista.

6-Socavar los planes de sucesión del régimen.

Como país imperial, el Plan contempla el nombramiento de un procónsul yanqui, al que denominan eufemísticamente “Coordinador” de la Transición en el Departamento de Estado, para facilitar la aplicación ampliada de proyectos pro democráticos de diplomacia pública y desarrollo de la sociedad civil para Cuba.

La primera tarea contempla: “Introducir valores y prácticas democráticas y de libre empresa, y crear instituciones y servicios que mejoren la salud, la nutrición, la educación, la vivienda y los servicios sociales a disposición del pueblo cubano”, todo al estilo yanqui.

Para materializar sus propósitos colonizadores el Plan afirma: “Organizaciones cubano-americanas y otras organizaciones y ciudadanos estadounidenses también participarían en dicho esfuerzo”, y reconoce que: “el pueblo cubano tiene una buena educación básica y, a pesar de la represión del régimen castrista, ha demostrado tener gran firmeza de ánimo, sagacidad y una actitud emprendedora”.

Y añade: “Necesitarán los recursos (incluidos préstamos a corto y largo plazo), asistencia técnica, y apoyo en general para que puedan mejorar el nivel de salud, lograr el cambio a una economía de mercado, y mantener y mejorar su infraestructura y servicios básicos”.

Sin embargo, parece que la mafia cubana en Miami que tanto aplaudió este Plan Bush, olvidó el propósito del mismo y ahora ante la apertura en Cuba de nuevas pequeñas y medianas empresas de propiedad privada, esas por las que abogó con fuerza el presidente Barack Obama, se opone totalmente a que el gobierno de Estados Unidos realice cambios para ayudar a ese sector privado, asumiendo una posición de negación de la negación.

Se han pasado años exigiendo el fortalecimiento de la propiedad privada y ahora que el gobierno cubano lo hace, entonces ellos se oponen a que pueda lograrlo. ¿Quién los entiende?

Esta posición está encabezada por el congresista y representante republicano de la Florida, Mario Díaz-Balart, quien, ante la posibilidad de que la administración de Joe Biden apruebe nuevas regulaciones para apoyar al emergente sector privado en Cuba, ha declarado estar en contra de cualquier cambio en la política hacia la Isla.

Las regulaciones que se estaban manejando, permitirían que empresarios privados cubanos abrieran cuentas bancarias en Estados Unidos para facilitar sus operaciones, pues, como se conoce, Cuba está aislada del sistema bancario internacional debido a la guerra económica, comercial y financiera impuesta por los yanquis desde hace más de medio siglo.  

También permitirían que bancos estadounidenses aprobaran las llamadas transacciones U-turn en dólares, de ciudadanos cubanos originadas en terceros países, algo suspendido por el presidente Donald Trump, como parte de las 243 medidas para arreciar la guerra económica y financiera contra la Isla.

Mario Díaz-Balart, hijo de un estrecho colaborador del dictador Fulgencio Batista, es presidente de un subcomité de la Cámara de Representantes, encargado de tomar decisiones sobre el presupuesto del Departamento de Estado, cargo que le permite chantajear al gobierno con la ejecución de recortes en la ayuda exterior y financiación a organizaciones internacionales, entre ellas a las Naciones Unidas, lo que acostumbra hacer ante desacuerdos políticos.

La mafia cubana de Miami logró asentarse en el Congreso de Estados Unidos y desde sus posiciones ha encadenado la política exterior y convertir el tema Cuba en un asunto doméstico, para usarlo como moneda de cambio a sus intereses particulares.

Ahora cabildean en los salones del Capitolio para evitar que Biden apruebe cualquier cambio, incluso los anunciados para fortalecer al empresariado privado en Cuba, porque en su aberrado odio dicen que “hacer cambios en las políticas benefician al gobierno cubano, un aliado cercano de Rusia”.

Con las modificaciones al modelo económico cubano, impulsado por el gobierno de la Isla, se han aprobado más de 9 mil pequeñas y medianas empresas privadas con miles de trabajadores, e importan productos incluso desde Estados Unidos, pero las sanciones yanquis no les permiten su crecimiento, a pesar de que la estrategia de los ideólogos para desmontar el socialismo, desde adentro, lo tenga como una línea fundamental en su trabajo subversivo.

El presidente Barack Obama expresó con fuerza que ayudar a los cubanos a trabajar de forma privada, les permitiría independizarse del Estado y convertirse en una fuerza interna para alcanzar la transición hacia el capitalismo, pero la mafia de Miami piensa que eso fortalece al estado comunista y se oponen a flexibilizar la guerra económica, porque su posición histórica es la de asfixiar al pueblo cubano para que se lance a las calles y culpe al gobierno de sus penurias. Después dicen querer ayudar humanitariamente a los cubanos para alentar una transición hacia la democracia.

Certero fue José Martí cuando dijo:

“Los hombres van en dos bandos: los que aman y fundan, y los que odian y deshacen”

 

 

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